Publicado en Personajes

Veronica: La Observadora

Relato procedente:A Través de la Ventana“.

Edad: 17 años. Ocupación: Estudiante.

Ciudad: Maine.

Descripción física:

Mi cabello es castaño claro con unas mechas rubias que se notan algo más en las puntas, le da un toque natural, largo hasta más abajo de mis pechos. Los ojos color miel son heredados de mi madre, pueden mostrar a alguien decidido y cariñoso pero, realmente, encierran a una persona herida y algo tímida. Labios gruesos, casi siempre con un toque rosa pálido, nunca me han gustado los colores vivos. Tengo la piel bastante pálida, así que, a veces, aplico un poco de colorete en mis mejillas rosa pálido que a penas se aprecia pero que me encanta cómo queda viéndome desde el espejo. Estoy bastante en forma y sana que, al fin y al cabo, es lo más importante. Suelo vestir con vaqueros, zapatos cómodos y blusas de colores diferentes o camisetas negras de manga larga, son mis preferidas.

Descripción de la personalidad:

No me ha gustado mucho etiquetarme a mí misma, pero me definiría como alguien bastante tímida, confiada y, en ocasiones, inocente, con ganas de aprender cosas nuevas, creo que por eso soy la “cerebrito” de clase, nadie reconoce mi inteligencia como algo bueno pero creo que sería un talento a destacar bastante importante. Me gusta mucho leer, salir a correr y estudiar, no me gustan las fiestas y tampoco los lugares donde se conglomera mucha gente, tiende a ser agobiante. Una de las cosas que más disfruto es el averiguar las vidas de mis vecinos tan solo observándoles, imaginar qué les pasa por la mente cada mañana y ver cómo reaccionan a sus propias caídas en medio de la calle, suele pasar, no creáis, es divertido. Esto último no hay mucha gente que lo sepa pero, quién lo hace, cree que estoy loca, algo que nunca ha elevado mi nivel de popularidad.

Infancia esperada:

Siempre fui una de esas niñas que creció con el amor de padres casados, que se querían muchísimo y querían lo mejor para mí, fui hija única y muy esperada, aunque han sido muy protectores conmigo por esta misma razón. Les vino genial que me gustara estudiar y fuera la hija modelo, casi siempre estaba en casa y no tenían que preocuparse de mí más de lo necesario como ocurría con otros niños, a mí no me interesaba quedarme a dormir a casa de mis amigos porque prefería estudiar a los mamíferos o preparar a la perfección un examen de matemáticas para terminar superando con mi nota al resto de la clase, para mí era un reto, para los demás, una niña de mamá con necesidad de aceptación.

Por ser inteligente escuché comentarios de todo tipo pero seguí mejorando aún más para cerrar algunas bocas arrogantes, creo que mi infancia fue la que mis padres esperaban, tranquila, sin altibajos ni montañas rusas, era obediente, me gustaba serlo y tenía esa personalidad positiva y asertiva, algo irritable para otros y más que conveniente para mi familia. No es que estuviera de acuerdo con todo o no me preguntara muchas cosas dentro de mí pero solía sacar mis propias conclusiones observando cómo actuaban los demás para tratar de comprenderles, así era como todo fluía, sin preguntas, solo observando.

Amor a primera vista:

Como toda joven adolescente, tiendes a caer en las redes de lo que sería un amor de película, te atas a una idea equivocada de alguien guapísimo que cruza los pasillos y con el que te cruzas a menudo, vais a la misma clase y su sonrisa es tan magnética como sus ojos negros, te encantaría tocarle su cabello castaño oscuro y arrancarle la camiseta, mientras te das cuenta de que lo que estás pensando es tan solo un producto de tus hormonas danzando como locas por todo tu cuerpo. Frenas. Haces una pausa. Pero sigues babeando sin cesar. Ese era Sam. Se cuidaba, todas las chicas iban detrás de él y solía hacerse el buen chico, inocente, tímido, e incluso, el inteligente, pero esto último tan solo lo fingió conmigo para que todavía me llamara más la atención.

Nunca habíamos sido muy íntimos pero nos conocíamos de haber hecho trabajos juntos, aunque yo hiciera tres veces más que él y tan solo se dedicara a leer lo que yo había escrito para aprobar, era patético pero me gustaba. Se dio cuenta de esto, es más, me sonrojaba cuando estaba cerca de él, así que, casi que era inevitable que lo supiese, todo el mundo lo decía por los pasillos, Sam trataba de hacerles callar pero, al parecer, hizo una apuesta con sus amigos para ver qué tardaba en creerme su numerito de que yo a él también le gustaba. ¿Os lo resumo? Tardé muy poco. Fingía muy bien, era como una serpiente deseosa de crear un drama, que todo el mundo se riera de mí y que fuese incapaz de volver a mirarle a la cara. Pero, hasta que ese momento tuviera lugar, debía conseguir quedar a solas conmigo.

Sam estaba en tercero y yo en un curso más abajo, por lo que, no tuvo reparo en acercarse a mí en la clase de química y en decirme al oído que estaba preciosa y que mis ojos le recordaban al mar, me derretí como un caramelo y le sonreí, entre tímida y nerviosa, acarició mi mano derecha con un dedo, sensualmente, preguntándome si me gustaría salir con él, me invitaba a su casa para pasar un buen rato juntos, a lo que le dije que sí, tras dejar que me diese un beso en la mejilla. No dejó de mirarme durante un rato y se ocupó de que yo me diera cuenta. Estaba claro que estaba viviendo un sueño, al fin el chico que me gustaba, entraba en razón, dejaba de ver tanto a las animadoras para estar con alguien tan inteligente como yo, sin pensar por un momento en que era una táctica para humillarme en público.

El intento de violación:

Fui a su casa, contenta de que mi sueño se hubiera hecho realidad. Subimos a su habitación y cerró, supongo que con llave porque oí una especie de “crack”, recuerdo haberme preguntado por qué lo haría pero no quise prestar atención. Se acercó y puso sus manos en mis caderas, sus labios se posaron sobre los míos y empezamos a besarnos más apasionadamente unos segundos más tarde. Fue húmedo, intenso y no quería parar hasta que noté que Sam empezaba a desabrocharme el botón del pantalón. Paré, le miré y le pregunté qué hacía, pero tan solo sonrió, quitándome mis manos sobre las suyas, me los bajó hasta los tobillos y me tiró sobre la cama, poniéndose encima de mí para así tener todo el control sobre mi cuerpo para que no me moviera y él pudiera hacer lo que quisiera, de hecho, me arrancó la camiseta y empezó a besarme por todas partes, incluso, cuando trataba de apartarle desesperadamente.

Fui algo lenta al principio porque trataba de que mi cerebro aceptara que el tío que me gustaba estuviera a punto de pasar las líneas del respeto y el “no quiero hacer esto” para llegar a su clímax absoluto. Cogí un bate de béisbol que estaba cerca y le di con él tan fuerte como pude, fue tal que cayó hacía atrás al suelo mientras yo me subía los pantalones, cogía las llaves que había dejado encima de la mesa y salía pitando de aquella casa sin mirar atrás. Lo que no vi venir fue ese intento de querer ser el mejor, incluso, casi habiendo cometido un delito, contándole a todo el mundo que yo me había insinuado y que quería acostarme con él, que era una fiera en la cama y que después de eso él prefirió no volver a salir conmigo porque yo no tenía paciencia y estaba muy caliente como para llevar una relación tranquilamente. Era un abusón mentiroso, estaba claro, pero yo debía hacer algo parra probar lo que me había hecho.

Observar era la clave:

Mis padres querían dejar la casa donde estábamos viviendo para alquilar otra un poco más grande y que cubriera gran parte de nuestras necesidades actuales, así que, les convencí para alquilar la que estaba justo enfrente de la casa donde vivía Sam, necesitaba tenerle vigilado para encontrar un punto flaco que poder explotar y contar a la policía porque sin pruebas sabía que no me creerían. Puse todo mi esfuerzo en que mis padres accedieran y lo hicieron, así que, la primera fase estaba completada. Pensé que sería fácil pillarle con las manos en la masa pero no lo fue, era muy perfeccionista y rara vez hacía algo cuando sus padres estaban en casa que, básicamente, era casi siempre. A veces, me daba por vencida y creía que aquello no iba a servir para nada pero otras, ponía todo mi empeño para tratar de encontrar algo útil aunque fuese el perfecto niño de mamá, algo tendría que hacer mal.

Pasó un año hasta que encontré algo que utilizar en su contra, dando en el instituto una presencia invisible. No estaba planeado, tampoco fue algo que me esperara en ese momento pero, ¡le pillé con las manos en la masa! Estaba con una animadora en su habitación, besándose, hasta que Sam hizo lo que mejor sabía hacer: coger lo que no era suyo. Cogí mi móvil y lo grabé todo desde mi ventana que justo quedaba frente a la de Sam, fue horrible lo que presencié y me sentí fatal por estar grabándolo en vez de llamar a la policía, pero tenía que hacerlo si quería que lo que me había sucedido a mí se creyera lo suficiente, necesitaba utilizar a esta chica para esto, aunque sonara rudo y egoísta. Desgraciadamente, con ella sí culminó el acto, mientras intentaba gritar y se movía de un lado a otro, desesperada, sin saber que yo podría haber evitado la situación desde el otro lado de la calle, no la culparía si llegase a odiarme…

Un futuro vengativo:

¿Próxima parada? Comisaría de Policía, sin pensarlo. Pensaba vestirme y bajar corriendo, sin nadie que me protegiera de lo que iba a pasar, pero pensé que mis padres debían saberlo primero. No lo conté, decidí callarme hasta que tuviera algo con lo que destruir a ese perfecto engreído arrogante. Estaban en la mesa comentando algo sobre el siguiente partido, riendo y compartiendo algunos recuerdos de cuando eran jóvenes e iban a los partidos de fútbol en sus citas, eran como dos adictos. Era consciente de que iba a interrumpir ese momento con algo que no esperaban y que sería culpable de ocultarlo pero, aquel era el momento de decirlo y denunciarlo. A parte de que era lo correcto, quería vengarme de Sam por todo, sin remordimientos, ese era el lema.


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Memorias Ahogadas:

Cuando abro los ojos, sigo viendo mis pecados de reojo. Otro otoño que tratar de ahogar, otro recuerdo roto tras tanto tiempo pasado. Jamás podría olvidarlo. Toparme con un pasado quebrado una y otra vez, incluso, estando sola en un mismo abismo, observando las personas pasar a través de la ventana, inspirando miedo y expirando esperanzas surrealistas. No sabría cómo encontrarme con el perdón, con las mil y una formas de expresar lo que siento y no encontrar salida, tampoco el hecho de ser un peón más de una pirámide inalcanzable.

Podrían pasar los días y las horas sin nada que cambiara, sin una razón para no odiar lo que hice, lo que dije o sentí. Podría decir que una sonrisa lo arreglaría todo, sincera, sin ser escondida, sin tratar de escapar de la situación, pero mentiría si creyera que el mundo es tan simple y fácil. Dejé de creer en arcoiris y unicornios en el momento en que empecé a gatear, dejé de creerme las cuentos alegres y las palabras bonitas mucho antes de que me salieran los dientes y la maldad consiguiera devorarme.

Un nuevo otoño que recordar. Que echar de menos. Que celebrar. Mientras trato de cambiar de vida, de hábitos y rutinas para que nada me delate. Las expresiones de la cara son mapas inequívocos de aquello que se te pasa por la cabeza, por lo que, agradezco ser una momia que no mueve ni un músculo. Podría tiritar pero notarían mi debilidad, pequeños entrecijos de los que dudar, en los que encontrar un solo motivo por el que culparme. Quizá mi cabeza no deja de hablar, quizá los susurros tienden a volverme loco, teniendo siempre la certeza de que puedo escuchar cuando quiero o, al menos, eso decía mi madre antes de emitir su último suspiro aquel otoño del ’93, agonizando mientras mis manos permanecían alrededor de su cuello sin saber muy bien cómo toda mi vida había estado rodeando ese preciso momento.

Inspirar un nuevo otoño. Expirar una nueva víctima. Entre los árboles, asustada, corriendo muerta de pies y manos antes de empezar a cazarla, antes de encontrar la forma de silenciarla mientras mis manos buscan su cuerpo provocando, una vez más, que mis recuerdos permanezcan ahogados entre últimos suspiros y palabras vacías…


Drowned Memories:

When I open my eyes, I still see my sins of resusing. Another fall than trying to drown, another broken memory after so long past. I could never forget it. To run into a broken past over and over again, even being alone in the same abyss, watching people pass through the window, inspiring fear and expiring broken hopes. I wouldn’t know how to come up with forgiveness, with a thousand and one ways to express how I feel and find no way out, nor the fact that I’m a pawn more than one unreachable pyramid.

It could be days and hours without anything changing, for no reason not to hate what I did, what I said or felt. I could say that a smile would fix everything, sincere, without being hidden, without trying to escape the situation, but I would lie if I thought the world was so simple and easy. I stopped believing in rainbows and unicorns the moment I started crawling, I stopped believing the joyful tales and the pretty words long before my teeth came out and evil managed to devour me.

A new autumn to remember. What to miss. What to celebrate. While I try to change my life, habits and routines so that nothing gives me away. Face expressions are unequivocal maps of what’s going through your head, so I appreciate being a mummy that doesn’t move a muscle. I could ty down, but you’d notice my weakness, small entrees to doubt, in which to find only one reason to blame myself. Maybe my head won’t stop talking, maybe whispers tend to drive me crazy, always being sure that I can hear when I want to, or at least that’s what my mother said before she made her last sigh that fall of ’93, dying while my hands were around her neck without knowing very well how my whole life had been surrounding that very moment.

Inspire a new fall. Expire a new victim. Among the trees, frightened, running dead to her feet and hands before I start hunting her, before finding a way to silence her as my hands search for her body, causing, once again, my memories to remain drowned among last sighs and empty words.