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Gloria: La Dama Oscura

Relato procedente:Un NombreEdad: 24 años.

Ciudad: Brooklyn. Profesión: Sicario.

Descripción física:

Mi cabello rojizo me llega más abajo de los hombros, escalonado y casi siempre recogido con una coleta, menos el flequillo que lo dejo ondear al viento. Mis ojos de color miel traen la sorpresa de la gente, no son muy comunes, es una de las cosas por las que me siento especial. Labios gruesos y tez pálida, combinada con un cuerpo bien entrenado, en mi trabajo puedes encontrarte cualquier cosa. Siempre visto de negro, con dos fundas de arma, una en cada pierna, con un cuchillo pequeño y afilado en la bota derecha, una camiseta cualquiera y una chupa de cuero. Solo llevo vestido cuando lo requiere la ocasión, a través de seducción hacia el objetivo para conseguir terminar el trabajo o para infiltrarme en cualquier lugar, están sobrevalorados, los pantalones son más cómodos.

Descripción de la personalidad:

Cualquiera que me conozca me llamará sarcástica y amante de la ironía, no puedo negarlo, me río de las cosas más serias para que dejen de serlo y respondo despreocupada a aquello que les vuelve locos a los demás para crear sensación de seguridad en la conversación. Se podría decir que manipulo a los que hay alrededor para conseguir terminar un trabajo, no le doy demasiada importancia a matar a alguien, no porque sea fría y calculadora, sino porque evita que me vuelva loca de remate. Mi reputación me precede y siempre voy en busca de dinero fresco y de quién me pueda ofrecer más de lo que otros me dan, fluctúo entre oferta y demanda.

Entrenador exigente:

Cuando mi madre murió de cáncer, no sabía qué hacer, tenía doce años y muchos más por delante donde la echaría en falta, donde se me presentarían circunstancias en las que ella no podría asistirme, así que, mi padre ocupó su lugar pero no desde un punto de vista dulce, paciente y amoroso, más bien desde lo único que conocía: la lucha libre. Durante un tiempo, estuve frustrada buscando respuestas de por qué mi madre tuvo que morir, gritaba cada noche tras cada pesadilla y mi ansiedad aumentaba incontroladamente, caía enferma de forma frecuente, así que, mi padre empezó a entrenarme, decía que todo iría bien si seguía sus consejos, una rutina diaria y comida saludable, el truco para tener una mente clara era mantener tu cuerpo fuerte.

Al principio, todo fue un juego, algo para ayudarme a desconectar, pero unos años más tarde, entrenaba para pelear, mi padre me enseñó a defenderme y a estar en forma, incluso, a saber cuánto debía comer al día y qué no debía comer. Empecé a muscular bastante temprano y, en cuanto me di cuenta, cualquier chico del colegio que me insultaba terminaba empotrado contra una de las taquillas del pasillo sin demasiado esfuerzo, nadie se atrevía a dirigirme la palabra. Parecía genial pero, detrás de esto, había exigencia, sudor, lágrimas y trabajo duro, debía pasar cada una de las fases que mi padre me imponía si no quería terminar sin cenar o con dos latigazos en la espalda, era muy duro. Quiso que fuese la luchadora perfecta.

Trabajos inútiles:

Terminé el instituto pero no quería ir a la Universidad, tan solo de pensarlo me daban escalofríos, aquello no estaba hecho para mí, así que, empecé a buscar trabajo. Estuve aguantando a jefes idiotas, compañeros nefastos y abusos de poder durante algo más de cinco años, eran trabajos inútiles que me proporcionaban el dinero suficiente para ayudar a mi padre con los gastos del gimnasio y los de la casa, pero no me gustaba ser una esclava del sistema, tampoco el tener que trabajar duro para darle el dinero a un ricachón que ni siquiera sabía mi nombre, quería tener un negocio propio pero, no uno cualquiera, debía pensar qué se me daba bien y empezar algo con ello.

Una parte del entrenamiento tras haber cumplido los 21 años, fue el coger un arma y disparar. Mi padre me llevó a un lugar alejado para hacerlo contra unas cuantas latas de CocaCola y, la verdad, no esperaba que me fuera tan bien como fue. Según dijo, tenía un talento innato que a muchos otros les gustaría tener. Mi acercamiento a las armas fue aumentando, cada vez me atraían más y empecé a salir de caza con mi padre, mientras él no llegaba a matar a un ciervo, yo era capaz de cazar a dos con un solo tiro, como si lo hubiera hecho en otra vida o me hubiera dedicado a algo similar. Mi padre sonrió orgulloso y me dijo que iba a ofrecerme un trabajo que no podría rechazar.

La mujer sicario:

Él conocía a muchísima gente, tenía contactos en todas partes gracias al gimnasio, a la gente que iba y con lo relacionado a su trabajo anterior: vendedor de armas. Un día, invitó a alguien a casa, era un chico joven, bastante guapo, con una gabardina de color negro, su vestimenta al completo se parecía a la de un mercenario y su mirada, decidida a captar la mía. Necesitaba un socio por un tiempo, alguien a quién entrenar para matar, a un buen tirador, alguien que fuera sus ojos sobre los tejados y que se le dieran bien los disparos a larga distancia. Yo parecía un buen candidato, dado que, le sorprendí en el campo de tiro que mi padre y yo montamos en el bosque. Me llevó con él a Japón, donde empecé a desarrollar algunas de las habilidades propias de un asesino.

Quizá os preguntaréis: ¿por qué aceptaste?, ¿disfrutas matando gente? Acepté porque estaba en un proceso de auto conocimiento, de saber qué quería y me dejé guiar por mis instintos, todos ellos me dijeron que me fuera con ese tío y lo hice. No me arrepentí en absoluto, volví como una mujer más fuerte, más segura de mí misma y explosiva, hice algunos contactos en Japón y digamos que me gradué del entrenamiento, seguí aprendiendo artes marciales y el primer asesinato se me asignó unas semanas después de haber vuelto a casa. Debía ir a Rusia. Hubieron circunstancias de novata que me gustaría no haber tenido pero, incluso así, pude salir a flote, maté al objetivo y el dinero me supo a gloria cuando me di cuenta de que podía permitirme vivir en cualquier parte del mundo. Mi padre estaba feliz de que fuera a independizarme por fin y de que luchara incluso mucho mejor que él.

Un adiós y un fantasma:

Mi padre murió en cuanto cumplí 30 años, un accidente mientras iba borracho a las cuatro de la mañana, se volvió descuidado desde que me había ido de casa. Volví de Bali tras haber terminado un encargo y fui a reconocer su cuerpo, me dolió como si me hubieran arrancado la otra parte de mi alma que me quedaba, tanto que no pude ni llorar, ni siquiera parpadeé. Vendí la casa, allí ya no me quedaba nada y eliminé mi nombre de todas partes, si quería hacer bien mi trabajo debía ser invisible como un fantasma, necesitaba que no hubiese ningún registro o dato de mi existencia, así que, lo eliminé todo, incluso mi fecha de nacimiento.

Me dediqué en cuerpo y alma a mi trabajo, dejé el pasado atrás y pretendí que jamás existió, centrándome en los tecnicismos de cada misión, siendo una mujer de mundo y ganando cierto renombre hasta el punto que dejé de necesitar a un socio y empecé mi negocio sola, mucha gente me llamaba, tan solo hice rular mi número allá a donde fuese para que fuera más accesible, sobre todo si ya había tonteado con mafias, era peligroso pero daba mucho dinero y me pagaba los hoteles. Pero, tras un asesinato en Brooklyn quise que me dieran un nombre, ya que, borré el mío de todas partes, dejé su cuerpo en medio de la plaza más transitada y dejé que me vieran algunos cámaras de canales de televisión con renombre por detrás con una capa negra y el cabello suelto para dar cierto juego. ¿Qué saqué de ello? La Dama Oscura, un nombre que empieza a oírse incluso entre asesinos, compradores y vendedores de armas y en el mercado negro, quién me conoce ha empezado a llamarme así. Mi padre estaría orgulloso… ¿verdad?

Un futuro de objetivos:

Jamás dejaría este trabajo, y mucho menos ahora que gano más dinero del que puedo gastar. Me di cuenta de que heredé algo muy significativo de mi padre: la ambición, no podía separarme de ella ni aunque quisiera, ambas íbamos de la mano, juntas tras cada matanza y no podría arrepentirme. Sigo esperando a que el móvil empiece a sonar de nuevo para saber quién es mi objetivo y a dónde he de dirigirme, cuál será mi vestuario y mi papel para entrar en el lugar que necesite, cronometrar los minutos y segundos que tengo para hacerlo y terminar disfrutando del dinero que tengo en el banco, la compra de armas es cara pero tendría suficiente para comprarme un búnker repleto de ellas.

¿Serás tú el siguiente?


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Nadia: La Mujer Lobo

Relato procedente:No lo Sabes“. Edad: 32 años.

Ciudad: Nueva Jersey. Profesión: Antropóloga.

Descripción física:

Cabello castaño hasta más abajo de los hombros, ondulado y alineado, no soy de esas a las que le gustan las florituras en el pelo, soy de estilos clásicos. Mis ojos castaño oscuro cambian a negro cuando me transformo, mis labios finos y mi nariz en un hocico, y mi cuerpo esbelto en el de un lobo con muchas ganas de corretear por el bosque. He pasado por cambios, a veces, no tienes control sobre ellos, es como si tuvieras dos tipos de cuerpo y cada uno se mostrase de una forma hacia los demás. Y bueno, siempre tienes que comprar ropa de más, al transformarte rompes con absoluta seguridad la que llevas puesta, cuando te das cuenta, necesitas más bragas de las pocas que siguen existiendo en tu armario…

Descripción de la personalidad:

Supongo que no soy como todos los lobos ni como todas las personas, suelo ser más bien solitaria, amante de mi propio espacio y me gusta ocuparme de mis propios asuntos, asumir el control de mi naturaleza y dejar de lado aquello que me atrapaba, las manadas son mucho más complejas de lo que se deja ver a simple vista. Me gusta verme como alguien normal a ojos de los demás, mezclarme entre humanos porque yo también tengo esa parte, me da tiempo para dejar de lado lo sobrenatural, es lo que siempre debo arreglar o a lo que debo prestar más atención. El auto conocimiento lo he entendido como un don que he desarrollado con el tiempo, nadie me ha enseñado del todo a sentir o percibir, a oler o saltar, mis pasos han sido míos, tratando de cuidarme y protegerme a mí misma.

Desde el nacimiento:

Cuando era niña, empecé con pesadillas, a esto le siguió una sensibilidad extraordinaria a todo lo que olía, a una rabia a veces, incontrolada y un tacto muy sensible. Mis padres también fueron licántropos de nacimiento y mantenían todos mis cambios a raya, sabían qué paso debían dar tras haber pasado una nueva fase. Aprendí mucho de ellos pero eran demasiado exigentes, tercos, no me permitían salir hasta tarde, tener novio y, mucho menos, dejarme ver tras haberme transformado, incluso, las noches de luna llena me encerraban en el sótano para que no hiciera daño a nadie. Para mí, nada de esto eran opciones, no era vida, no era sentirse libre, era un lobo esclavizado.

Siempre me contaron historias sobre los vampiros y la rivalidad que prevalecía desde hacía décadas entre ambas especies, debía estar alerta incluso cuando volvía del instituto, olían nuestro aroma. Me parecían curiosos, no lo negaré, pero cuando veías los baños de sangre que eran capaces de provocar en menos de dos segundos, toda esa curiosidad inicial se desplomaba. En aquellos tiempos de adolescencia era muy inocente, era humana a ojos de la gente, vivía como una pero tras cruzar la puerta de casa todo volvía a ser obsesivamente anormal, desde interrogatorios sobre si me había controlado hasta a cuántos kilómetros de distancia podía escuchar esta vez. Era agobiante.

Los baches que cayeron en desgracia:

Los licántropos, a veces, tienen transformaciones complejas cuando llegan a cierta edad, cada uno es distinto. En mi caso, no empecé a notar nada hasta los 18, edad en la que todo se magnificó, desde los sonidos, el tacto, la memoria, la ira… todo me excitaba de más, no podía estar en aglomeraciones de gente, debía apartarme y seguir sola. Recuerdo que mis padres estuvieron a las duras y a las maduras conmigo, pasando todos los baches juntos, parecía que lo controláramos. Una noche, algunos vampiros de un clan que mis padres llevaban tiempo investigando, entraron en nuestra casa por sorpresa, la luna llena estaba fuera y yo permanecía en el sótano con todos los huesos de mi cuerpo rompiéndose a velocidad de una abuela cruzando un paso de cebra, fue una de las transformaciones más dolorosas por las que pasé… Solo recuerdo haber terminado la transformación, el haber roto la puerta que me mantenía encerrada en el sótano y el ver a mis padres tratando de llegar a un acuerdo con ellos para que se fueran.

Perdí el control. Rugí tan fuerte y con tanta rabia que todos los presentes se quedaron muy quietos. Mi madre, se acercó a mí hablándome con tranquilidad, cercanía, pero ella fue a la primera a quién ataqué, dejé de ser Nadia y pasé a ser la bestia incontrolable. Desperté desnuda en medio del salón con sangre a mi alrededor y en las paredes, vi los cuerpos de aquellos a los que quise y a mis enemigos, los maté a todos. No tuve fuerzas ni siquiera para llorar, no había logrado controlar mi transformación, tal como mi padre había temido, no le hice caso y no quise que me atara con cadenas, debí haberle dejado. Tras aquello, no volví a casa. Hice un velatorio privado donde honré su memoria, mientras puse sus cuerpos en una barca que empujé al mar y la que quemé viendo cómo se alejaba. Esa fue la última vez que tuve contacto con mis padres. Los vampiros del clan Letta me persiguieron desde entonces.

Rechazo de una manada:

Desde que nací, ya estaba destinada a la manada a la que mis padres siempre habían pertenecido: Lotus Librea, una de las más antiguas y más fortalecidas. Siempre me enseñaron a cazar en grupo, la llamada a otros hombres lobo, cómo ayudarme de otro para transformarme, a aullar, a cómo empezar una lucha y, sobre todo, me entrenaron para los ritos de iniciación. Lo sabía todo sobre la manada, creo que era una de las cosas que me embaucaban de seguridad, sabía que ellos cuidarían siempre de mí y bueno, les conocía desde que era pequeña, la mayoría de veces estaban en casa, éramos como una familia enorme pero, al haber “matado” a mi familia y al tener a los vampiros Letta pisándome los talones, no creí que fuera buena idea empezar el rito de iniciación, no era bueno para ellos y mucho menos, para mí, no quería perder el control, debía estar sola.

Luke, el que era como el hermano de mi padre, me lo pidió varias veces, tan solo querían cuidar de mí, pensaban que necesitaría refuerzos, alguien con quién contar. Debía aprender a moverme sola, a cazar y desenvolverme en ambientes oscuros, a no esperar ayuda de nadie para aprender a cómo sobrevivir, tenía que sentirlo y verlo, conocerme a mí misma durante las transformaciones y cómo llegar a controlarlas. Por supuesto, que ellos podían ayudarme, lo tenía claro, pero era algo que debía descubrir por mí misma, mientras Luke me prometió que se mantendrían a salvo del clan Letta, no quería verles involucrados en mi desastre.

Aprendizaje y experiencia:

Fue un viaje duro, iba de ciudad en ciudad hasta que encontré una pequeña casa en una montaña, deshabitada desde hacía bastante tiempo, decidí reformarla y quedármela, tenía un bosque alrededor que podría servirme de ayuda en mi forma de lobo. Y así fue. No había necesidad de esconderse, tampoco de que nadie resultase herido, tampoco era una zona conocida, así que, ni siquiera el clan de los Letta podría encontrarme allí, era perfecto, pensé que instalarme sería una gran idea.

Controlar mis transformaciones no fue fácil, tuve que observar cómo reaccionaba mi cuerpo a los estímulos externos para entender cómo controlar la parte bestia. No lo conseguí a la primera, tampoco a la segunda y, mucho menos, a la número mil, fueron años de meditación, concentración, ejercicio, entrenamiento físico, respiración profunda y grandes dosis de paciencia para lograr controlar cuándo quería transformarme y cuándo debía reprimir esa parte de mí. Debía estar preparada para dejar de ser la presa y empezar a ser el depredador, el clan de vampiros Letta debían desaparecer.

La caída:

Oí a un grupo de vampiros hablando sobre un ataque en la iglesia pero, no supe a qué se referían hasta que me planté allí para verlo. El clan Letta había descuartizado a cada miembro de la manada Lotus Librae, las paredes estaban bañadas en sangre. No escuché ni un grito, tampoco un susurro de nadie alrededor que pudiera ayudarme con aquel desastre, iban tras de mí y tuvieron que pasar por encima de ellos para hacerlo, sabían que me enfadaría e iría en su busca, todo ese espectáculo mafioso era una trampa, simples peones caídos por un capricho mayor. Me mareé, incluso, vomité. Aquellos lobos habían sido mi familia, me aparté de ellos para protegerles y, aún así, habían perecido, mis padres no estarían muy orgullosos, eso seguro…

Y, ¿en la casa de Dios?, ¿en serio? Sabía que los vampiros eran unos enemigos incansables de lo llamado todopoderoso pero, ¿en una iglesia cometer un acto tan macabro? No podía creerlo, tampoco el hecho de que Luke también hubiese muerto, había sido lo más cercano a un tío que había tenido.

Un futuro de incansable venganza:

Les he perseguido durante días, meses. Sé sus escondites, sus trapicheos y sus tipos de sangre preferidos, los juguetes que se llevan a la cama y lo que ellos llaman armas. Son listos, inteligentes, astutos, diría que tienen todo el perímetro de la mansión que habitan totalmente controlado y podría confirmar que es impenetrable, tan solo debo seguir el mapa donde me indica por qué pasadizo secreto podría entrar. Meses de preparación, entrenamiento en bucle y la parte bestia preparada para morder traseros. En vez de mantener el control, esta noche, debía disfrutar de no tener ninguno, de moverme libre entre ellos, matar a cada uno que se me cruce por el camino sin piedad. Mis colmillos lo estaban deseando.

No podía ver el futuro, tampoco si saldría viva pero quería ver aquella mansión llorando sangre y yo siempre obtengo lo que quiero.


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No lo Sabes:

– No. No lo sabes.

No sabes las atrocidades que he visto. Las miradas inquietas, las sonrisas quedas, sin piedad o compasión tras cada conversación, frialdad, distancia y dolor. Podías oír sus huesos romperse, los gritos, sangre y cuerpos inertes ocupando el centro de la iglesia. No sentía una sola alma palpitante, ni un susurro, ni una palabra lejana proveniente de un “estoy aquí”, tampoco un apoyo. El shock se dispara, mi mente trata de rechazar el suceso y caigo en un espiral de un “no lo entiendo”. Puedo respirar pero no sé hasta cuándo, mis ojos se van adaptando al color rojo que tiñe las paredes, a ver caras sin mueca, desastres entre incertidumbre.

Un mareo. El olor. El estómago revolviéndose. No, no lo sabes. No lo has vivido, tampoco lo has sentido, no has estado en mi piel y en mis cicatrices, ni mucho menos en mi mente. Esto último, considéralo un regalo. No te has encontrado con mis demonios, mis puertas cerradas y la oscuridad que adentran. No sabes el color de mis pensamientos, de mis locuras y las preguntas que guardo para un “quizás más tarde te cuento”. No sabes de mis inquietudes, dudas y constante desesperación por saber qué ocurrirá mañana, cuando trato de resolver un rompecabezas para mantener la mente ocupada y no recordar cómo se rompía cada hueso de mi cuerpo tras la transformación. No sabes mis miedos, mis esperanzas, mis pesadillas después de cada muerte.

No sabes lo que yo sé. No entiendes lo que yo entiendo. Y no les oyes. Esos susurros que acechan cada noche en cada habitación, en cada rincón de una mansión silenciada, de una soledad hiriente y flores marchitas. No sabes de los paseos en coche a altas horas de la madrugada para no pensar, de los días grises y las noches de Luna Llena. Esas noches donde descubres quién eres, qué eres y quién será el siguiente, visto entre borrosas imágenes y sin saber si quiera su nombre. No sabes las preguntas que te haces al despertar en medio de ninguna parto con un cuerpo inerte a tu lado y no recordar lo que ha ocurrido, tampoco sabes el arrepentimiento que perfora tu pecho y te deja sin aliento cuando descubres que has sido tú una vez más.

Quiénes andamos solos, encontramos sombras, malos momentos, irrompibles recuerdos. Nadie nos sostiene mientras caemos, luchamos mientras nuestros dedos se vuelven garras y los dientes colmillos, sabiendo que tendremos otra noche movidita de la que volver desnudos a casa. Las ropas raídas y la pequeña resaca, mostrada en sangre recorriendo las comisuras de los labios, un cansancio horrible y dolor en cada parte del cuerpo. Te destroza el alma y no sabes cuántas horas necesitarás de sueño. Empiezas a entender que eres fuerte pero sigues teniendo una parte humana que sigue sintiendo, extasiada, mientras caminas a rastras hasta tu casa para tirarte en la cama sin ponerte el despertador, tan solo buscando dormir y encontrar cierto confort entre las sábanas de seda que te esperan.

No. No sabes quiénes son los que lo hicieron. No sabes nada. Porque no estuviste allí, no les viste, sentiste y oíste. Mordían y arrancaban la carne de aquella gente como si de muñecos se tratara, pequeñeces en comparación a sus destrezas, rapidez y fuerza, a sus colmillos y cambios, sus ojos inyectados en sangre y ese poder que no podían evitar que saliera de su ego. Ese placer mientras la sangre embadurnada sus bocas, mientras se relamían como gatos al terminar su comida. Parecían hambrientos, sedientos de sangre y violencia, llenos de odio, no eran llamados a la consciencia, al dudar de si lo que estaban haciendo no era excesivo. Parecían no sentir. No entender. No comprobar dos veces. Dejando las paredes bañadas en sangre sin remordimiento, yéndose tras haberse dado un buen festín justo en la casa de Dios.

No. No sabes quiénes somos. Quiénes fuimos y en qué nos convertiremos. Si corremos junto a una manada o caminaremos a paso lento entre una oscuridad combinada con tristeza, colmada de violencia e incertidumbre al no saber qué puedes llegar a hacer en la siguiente Luna Llena.

– No. No lo sabes.


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You Don’t Know:

– No. You don’t know.

You don’t know the atrocities I’ve seen. Restless glances, smiles remain, merciless or compassionless behind every conversation, coldness, distance and pain. You could hear their bones breaking, screaming, blood and inert bodies occupying the center of the church. I didn’t feel a single throbbing soul, a whisper, not a distant word coming from a “I’m here,” not a support. The shock soars, my mind tries to reject the event and I fall into a spiral of a “I don’t get it.” I can breathe but I don’t know how long, my eyes adapt to the red color that stains the walls, to see faces without grimace, disasters between uncertainty.

Dizziness. The smell. Stomach wallowing. No, you don’t know. You haven’t lived it, you haven’t felt it either, you haven’t been on my skin and my scars, let alone in my mind. The latter, consider it a gift. You haven’t met my demons, my locked doors and the darkness that go in. You don’t know the color of my thoughts, my follies and the questions I keep for a “maybe later I’ll tell you.” You don’t know about my concerns, doubts and constant desperation to know what’s going to happen tomorrow, when I try to solve a puzzle to keep my mind busy and not remember how every bone in my body broke after a transformation. You don’t know my fears, my hopes, my nightmares after every killing.

You don’t know what I know. You don’t understand what I understand. And you can’t hear them. Those whispers lurking every night in every room, in every corner of a silenced mansion, of hurtful loneliness and withered flowers. You don’t know about late-morning drives so you don’t think about gray days and Full Moon nights. Those nights where you find out who you are and who will be the next victim, seen between blurry images and not knowing if you want to know their name. You don’t know the questions you ask yourself when you wake up in the middle of nowhere with an inert body by your side and not remember what happened, you also don’t know the regret that pierces your chest and leaves you breathless when you find out it was you once again.

Those of us who walk alone find shadows, bad times, unbreakable memories. No one holds us as we fall, we fight as our fingers become claws and fangs, knowing that we will have another busy night from which to return home naked. The cracked clothes and the small hangover, shown in blood walking through the corner of the lips, horrible tiredness and pain in each part of the body. It shatters your soul and you don’t know how many hours you’ll need of sleep. You begin to understand that you are strong but still have a human part that still feels, ecstatic, as you walk to your house to lie in bed without setting the alarm clock, just looking to sleep and find some comfort among the silk sheets that await for you.

No. You don’t know who did it. You don’t know anything. Because you weren’t there, you didn’t see them, you didn’t feel and heard them. They bit and ripped off the flesh of those people as if they were dolls, small things compared to their skills, speed and strength, their fangs and changes, their eyes injected in blood and that power that could not prevent them from coming out of their ego. That pleasure as the blood smeared their mouths, while they were beathed like cats at the end of their meal. They seemed hungry, thirsty for blood and violence, full of hatred, were not called to consciousness, doubting whether what they were doing was not excessive. They didn’t seem to feel. Don’t understand. Don’t double-check. Leaving the walls bathed in blood without remorse, leaving after having given a good feast right in the house of God.

No. You don’t know who we are. Who we were and what we will become. If we run alongside a pack or walk slowly through a darkness combined with sadness, filled with violence and uncertainty by not knowing what you can do on the next Full Moon.

– No. You don’t know.


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Alas Blancas:

Érase una vez, un hada. Destinada a estar encerrada en una botella por el resto de sus días, sin una oportunidad de explicarse ante sus hermanas. La tiraron al mar para que se perdiera, para que dejara de alzar su voz y utilizar su magia para hacer el bien, algo que empezaba a estar muy mal visto entre su poblado, alguien que no quería sacrificar vidas humanas para satisfacer la suya propia, creando caos y ayudando a resurgir la magia negra, algo que los padres de Lara lucharon por enterrar para que nunca más ningún hada quisiera corromperse por ese poder.

Sus pequeñas alas empezaron a resquebrajarse poco a poco, las hermanas le habían quitado la magia que poseía desde que nació, desterrada y marchita. Llevaba intentando escapar más tiempo del que habría querido y no existía salida, era una botella sellada con magia. Estaba perdida. Recordó sus risas mientras le daban golpes, la abucheaban y la destinaban a permanecer olvidada, incluso, amando el reino de las hadas más que ninguna otra cosa en el mundo. Recordó sus miradas de satisfacción, aquella determinación que no podía asustarla más y esa condena al no querer cometer los mismos actos atroces que ellas. No pudo quitarse de la cabeza durante meses los gritos, la sangre, la masacre que desataron a través de ciudades repletas de gente inocente. Se volvieron demonios con almas oscuras y sus corazones susurraban “piedad”.

Se sentó una vez más, en el centro de la botella perdida. Se zarandeaba mucho pero esto no le importó para mantenerse conectada con la madre Tierra, con su espíritu y la magia que, algún día residió dentro de ella. Cerró los ojos, inspiró y expiró. Una y otra vez. Nadie pudo derrotarla cuando los hombres lobos quisieron conquistar los bosques, tampoco las brujas, que intentaron absorber su magia para dejarlas sin nada, ni mucho menos, los gigantes que, tan solo querían ver a “esos pequeños bichejos” muertos, los cambiaformas no tuvieron nada que hacer en cuanto dejó claro que estaban allí para defender lo que era suyo y nadie les quitaría lo que habían conseguido con tanto esfuerzo y, por descontado, los humanos echaron dos pasos hacia atrás cuando contemplaron su pureza, su fuerza y el poder que albergaba. Todos ellos prefirieron la paz antes que ser derrotados sin un ápice de duda y, todo ello, lo consiguió con esa luz que salía de su pecho cada vez que se sentaba y respiraba hondo.

Esta vez, sí era fuerte. Su cabeza cayó hacia atrás, sus alas empezaron a extenderse poco a poco y la botella a romperse. Recordó a sus padres cuando le dijeron que era la única que podía controlar los bosques y que debía ser fuerte. La luz en su pecho se iluminó más. Recordó a aquellos niños que jugaban con las flores, subidos a los árboles intentando llamar la atención de sus mayores, las grandes cenas, las conversaciones de cama con sus hermanas, las preocupaciones, que fueron muchas… El cristal, al fin, se rompió en dos y la luz volvió a entrar en su pecho, dejándola exhausta con ambas piernas tocando el agua y sus alas por fin curadas. El aire chocó contra su cara, era la mejor sensación que había tenido en años, el agua fría la hizo sentir de nuevo y el viento, la hizo volar sin perder más tiempo…


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White Wings:

Once upon a time, there was a fairy. Destined to be locked in a bottle for the rest of her days, without a chance to explain herself to her sisters. They threw her into the sea to get lost, to stop raising her voice and use her magic to do good, which it was something that was very badly seen among her village, someone who did not want to sacrifice human lives to satisfy her own, creating chaos and helping to resurface black magic, something Lara’s parents struggled to bury so that no fairy would ever again want to be corrupted by that power.

Her little wings began to crack little by little, the sisters had taken away the magic she possessed since she was born, banished and withered. She had been trying to escape longer than she would have wanted and there was no way out, it was a bottle sealed with magic. She was lost. She remembered their laughters as she was beaten, booed and destined to remain forgotten, even loving the Fairy Kingdom more than anything else in the world. She also remembered their looks of satisfaction, that determination that could no longer frighten her and that condemnation by not wanting to commit the same terrible acts as them. She could not get out of her head for months the screams, the blood, the massacre they unleashed through cities full of innocent people. They became demons with dark souls and their hearts whispered for mercy.

She sat once more, in the center of the lost bottle. It was shaking a lot but she didn’t care about this to stay connected to Mother Earth, with her spirit and the magic that someday resided within her. She closed her eyes, inspired and expired. Over and over again. No one could defeat her when werewolves wanted to conquer the forests, nor did the witches, who tried to absorb their magic to leave them with nothing, not even the giants who just wanted to see “those little things” dead, the shapeshifters had nothing to do as soon as Lara made clear that they were there to defend what was theirs and no one would take away what they had achieved with so much effort and of course, humans took two steps back when they contemplated her purity, strength and the power she harbored. All of them preferred peace rather than being defeated without a shred of doubt and all of this she got it with that light coming out of her chest every time she sat and breathed deep.

This time, it was stronger. Her head fell backwards, her wings began to spread gradually and the bottle to break. She reminded her parents when she was told she was the only one who could control the woods and that she had to be strong. The light on her chest lit up more while she remembered those children who played with flowers, climbing trees trying to get the attention of their elders, the big dinners, the bed talks with their sisters, the worries, which were many… The glass, at last, broke in two and the light re-entered her chest, leaving her exhausted with both legs touching the water and her wings finally healed. The air hit her face, it was the best feeling she had in years, the cold water made her feel again and the wind, made her fly without wasting any more time…


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