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Margaret: A Quién le Gusta la Lluvia

Relato procedente:Caída“. Edad: 23 años.

Ciudad: Maine. Ocupación: Estudiante de Periodismo.

Descripción física:

Mi cabello es de color castaño, largo hasta un poco más abajo de los hombros. Mis ojos son del mismo color y tienden a mostrar una mirada calmada, interesada y cercana, sin demasiado maquillaje o, en ocasiones, con tonos claros. Mis labios gruesos, sin necesidad de pintalabios, a veces, aplico un poco de vaselina para que no se corten o gloss para que se perciban más intensos. Mi tez es un tanto morena pero no demasiado, me gusta tomar el sol en verano pero no en exceso. Estoy delgada pero siempre me gusta comer de más, ataco la comida como si fuese una muerta de hambre, no puedo evitarlo, ¡bendito sea mi metabolismo rápido! Suelo vestir con blusas y ropa algo más formal cuando estoy en la universidad y algo más cómodo cuando he vuelto a casa para ver a mi familia.

Descripción de la personalidad:

Me molestan los ruidos, mucho más cuando estoy estudiando, soy vegetariana, me encanta la lluvia y siempre salgo con el primer paraguas que me encuentro para disfrutar de ella. Tiendo a ser bastante amable con la gente, al menos, eso es lo que creo y darme a los demás hasta cierto punto, todo el mundo necesita algo de los demás, así que, hay que saber dónde poner los límites. Siempre he sido bastante organizada, me encantan las listas o aplicaciones que incluyen hacerlas para saber qué he de hacer durante el día con mayor detalle y si tengo el tiempo suficiente para hacerlo todo. Me gusta sentir que soy útil, sobre todo, en mi vida y mi día a día, no me importa si es para otros pero para mí misma, es esencial. Me gusta estar cómoda y pasarme el día estudiando si eso es lo que me apetece hacer, podría pasarme días leyendo sin darme cuenta de las horas pasadas, escribir artículos interesantes para un periódico de internet o cualquier otra cosa que tenga que ver con mis intereses. Creo que soy bastante reservada y odio las fiestas.

Esfuerzo y dedicación:

Desde que era niña, siempre hubo un objetivo en mente, no sabría qué hacer si no existiera uno. En el colegio, quería pasar con buenas notas al instituto porque tenía ganas de estudiar lengua e historia, incluso, la biología me llamaba la atención, algo que todo el mundo solía odiar. Quería entrar en la Universidad porque me encantaba escribir y empecé a formar parte del periódico del instituto, no hacíamos gran cosa pero era interesante e importante para mí crecer en esta área. Supongo que, durante la época adolescente, ya me empezó a interesar el periodismo, así que, esa era la meta final, el objetivo al que aspirar con esfuerzo y dedicación, había que ir rápido pero sin prisas.

Dedicaba horas y horas a estudiar, me gustaba saber de todo, mi naturaleza quería que fuese autodidacta, que pudiese hablar casi sobre cualquier cosa con cualquier persona en cualquier momento, y porque una periodista debe saber de todo y tener una cultura general bastante rica e interesante. Me atraían bastantes temas, así que, mi vida estaba en la biblioteca y, muchas veces, me los llevaba a casa para seguir leyendo y estudiando. Mis padres solían preocuparse del echo de que no prestara demasiada atención a socializar y a ir a fiestas de cumpleaños de compañeros de clase o de fiesta siendo algo más adolescente, la verdad, no me interesaba en absoluto, no se estudiaba a Becket en una discoteca con luces de neón y gente saltando al ritmo de la música, para mí, no tenía sentido.

Las pruebas de la vida:

Me dedicaba a llevar a cabo todo lo que escribía el día anterior en mis listas, lo cual, los imprevistos no entraban en ellos. Empecé a sufrir de ansiedad cuando estos ocasionaban cambios en mi día a día y tuve que ir a varios psicólogos para darme cuenta de que estaba tomando actitudes bastante obsesivas e intolerantes hacia mí misma mientras aislaba a los demás con esa extrema concentración hacia mis estudios y mis libros. No lo sentía de esa forma, lo sentía más bien como algo natural que afloraba en mí, algo que me apetecía hacer y que no podía evitar que ocurriese pero tuve que acoplarme a las circunstancias y dejar de leer tanto y prestar más interés a mi alrededor, el cual, no me interesaba del todo pero tuve que socializar a ojos de profesores y padres. Era la “nerd”, el “cerebrito”, la “sabelotodo”, la “obsesiva de los libros”, la “rata de biblioteca”, la “muda”… era increíble lo fácil que podías llegar a ser juzgado por algo que, simplemente, te apasionaba.

Estos comentarios hacían más difícil mi socialización, los rechazos hacían que me echara atrás y sacara un libro de mi mochila, me pusiera a leer y dejara que el resto del mundo dejara de existir. Me ayudaba mucho a inspirarme y escribir algunas cosas que me venían a la mente sobre algo que había visto u oído y podría ser valioso para artículos futuros cuando estudiase periodismo, estaba centrada, me gustaba mi vida tal y como era pero debía fingir muchas veces que estaba cómoda con otros, que quería hablar, debía ser amable y acercarme a personas que no me interesaban sintiéndome fuera de lugar muchas veces y sin ganas de hablar, queriendo buscar zonas de silencio por todo el recinto, alejarme del barullo y los comentarios.

Las listas dejaban de ser tan eficaces conforme ibas creciendo, siempre salía un nuevo imprevisto del que ocuparme o un trabajo que hacer con el que no había contado antes o un taller al que mi madre me había apuntado sin consultarme sabiendo que estaba ocupada. En la universidad no fue todo tan exigente pero seguía sintiendo que nada salía como esperaba o quería. Me di cuenta de que de eso sufre todo el mundo, que todos quedamos atrapados por rutinas que no nos gustan y debemos hacerlas porque no hay otra salida, porque no hay forma de ser uno mismo sin que te ataquen y que no todo son listas perfectas y exigentes para vivir.

Caída del puente:

Todo el mundo sabía cuánto me gustaba la lluvia, ese sonido, esas gotas cayendo en el suelo atrayendo calma y serenidad, tardes de lectura y paseos nocturnos que me encantaba tener sin hablar mucho de ello, a mi madre no le gustaba que saliera tan tarde. Pero yo nunca escuchaba, nada más veía que llovía a través de la ventana, me vestía y salía a la calle a cualquier hora, me relajaba hacerlo, sentía que pertenecía a algún lugar. Aquella noche, fue una de esas noches en las que llovió mucho, donde ese sonido era atrayente y relajante y en el que sentí que debía salir para dar un paseo. Ahora puedo decir que fue un error.

Desde que pasé la plaza de la ciudad y empecé a caminar entre callejones no tan iluminados, empecé a notar que alguien me seguía. Al principio, no quise darle demasiada importancia porque podría ser alguien que vivía cerca y debía ir detrás de mí para llegar… Pero tan solo estaba quitándole fuego al asunto, ese tipo me estaba siguiendo y yo estaba aterrada. Vi cada vez más cerca el puente por el que se llegaba a la universidad, tenía planeado llegar a la zona de seguridad y quedarme allí hasta sentirme a salvo de él y dejar que se fuera, empezaba a darme cuenta de por qué mi madre estaba en contra de que saliera por las noches. Pero no pude llegar, quizá fue porque apreté el paso y alerté al tío de la capucha, corrimos uno detrás del otro, sintiéndome como una presa fui frenada por una de sus manos, hizo que me diera la vuelta y que me cogiera del cuello para tirarme por el puente sin motivo.

Mientras caía, pude preguntarme si era alguien que conocía o, tan solo alguien que necesitaba hacer algo así para sentir que existía en un mundo tan complicado. Era extraño sentirse todo, quizá aterrador para algunos y estresante para otros, podrían haber mil motivos para esto, motivos que yo no lograba encontrar, hasta llegar a las rocas y mi cabeza reventar contra ellas, dejando que la oscuridad me nublase. Ni siquiera un adiós ni un “hasta luego”, quizá un “ya nos veremos”, nada. Pasó y ya está, como todo pasa, sin necesidad de una lista, otro imprevisto para una aspirante a periodista que pasó a la historia antes de haber empezado la suya.

Un futuro imprevisto:

Fui un imprevisto. Unas horas antes, había llamado a mi madre y habíamos hablado de algo banal, absurdo, quizá sobre algo de lo que estaba estudiando y que a mí me parecía interesante comentar. Quizá estaba cansada, puede que fuera eso lo que le dije para dejar de hablar o puede que fuera el examen del día siguiente, por ello, salí a andar, para relajarme. Es curioso cómo todo deja de importar y recordarlo ya no es importante cuando ya dejas de pertenecer a un cuerpo. Pero sí, fui un imprevisto en la lista de mis padres, contando con que hubieran empezado una, no sabía mucho de sus vidas aún habiendo vivido con ellos durante la adolescencia.

Supongo que habría frenado sus vidas, sus rutinas, quizá el entierro molestó a algunos de sus familiares que, a decir verdad, no conocí a muchos o puede que sí y no los recuerde porque estaría enfrascada leyendo algún libro. Todo puede ser. Quizá irían a recoger mis cosas a la universidad, quizá mi compañera de residencia lloraría desconsolada durante un par de días y los siguientes días bromearía sobre su nuevo vestido con su nueva compañera de cuarto. Volverían a casa con el coche, quizá se cogieran unos días de descanso en el trabajo para pasar el shock, quizá tardarían en procesarlo, esto volvería locas sus vidas, un día a día sin listas porque no sería lo mismo, no se sentiría igual. Me había vuelto en un imprevisto, lo que más odiaba de todas y cada una de mis listas, ¿dónde lo añadiría?


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Michael: El que no Recuerda

Relato procedente:Lagunas“. Edad: 42 años.

Ciudad natal: Nueva York. Profesión: Pianista.

Descripción física:

Cabello castaño, bastante canoso, corto y no muy abundante, ojos oscuros y mirada penetrante, con tez un tanto pálida y una risa contagiosa o, al menos, eso me dicen siempre. No he sido delgado toda la vida, he tenido mis fases sobre todo en la adolescencia pero ahora diría que sí lo soy tras mucho ejercicio y la vida sana que Annie planeaba cada día. Me solía vestir de traje y corbata, en mis conciertos me gustaba ir elegante, mucho más si venía gente importante, en los días libres usaba unos vaqueros cualquiera y alguna camisa a cuadros o lisa que tuviera limpia y encontrara en el armario, el resto, ya tiene que ver con pijamas.

Descripción de la personalidad:

Tengo una personalidad bastante dinámica y flexible, al menos, eso era lo que Annie decía que le atraía de mí. Puedo estar en cualquier lugar y hacer sentir a las demás personas cómodas, aunque yo no lo esté o viva una situación difícil, suelo ser amable y dedicado a aquellos que lo necesitan, centrado en ser de los mejores pianistas de todos los tiempos, aunque se necesiten muchas horas y dedicación para ello. Soy un gran lector, devoro libros como devoro comida y me gusta cualquier programa idiota que hagan en televisión con tal de entretener mi mente en algo más que las notas de mi piano. Supongo que tengo carácter afable y cercano, cariñoso en ciertas ocasiones y siempre tratando de ser correcto, aunque tenga mis desmelenes, de vez en cuando.

Entre lujos:

Crecí entre muchos lujos, con una familia adinerada, las criadas me daban todo lo que les pedía y lo hacían sin rechistar, me beneficiaba porque sabía que mis padres se negarían con alguna lección sobre educación y respeto, como hacían siempre. Ellos siempre tenían viajes de negocios, a penas nos veíamos, fui a varios colegios privados, pasé el bachillerato y me enrolé en la Universidad para estudiar Empresariales, la gama que mi padre quería que eligiera, mientras me dedicaba en secreto a tocar el piano. Practiqué un poco en el colegio, era una de las clases más difíciles pero a mí se me daba francamente bien y quise seguir, aunque sabía que a mis padres no les gustaría demasiado la idea y querrían erradicarla de mi cerebro, por lo que, seguí haciéndolo a escondidas con tal de tenerles contentos y ser el hijo modelo.

A decir verdad, no tuve traumas, ningún tipo de drama que me gustaría destacar, tuve una vida bastante fácil y acomodada. Había muchas cosas de mi familia, quizá algunas de sus actitudes con las que no estaba de acuerdo, no eran correctas, puede que viera el mal trato que tenían hacia otras muchas personas que no tenían el dinero que ellos sí tenían y ese carácter altivo que mostraban en sociedad, pero fui cauteloso, paciente, esperé hasta la Universidad para poder empezar a tener una vida por separado de la que ellos no tuvieran por qué enterarse y todo salió bien, con elegancia, todo llega a buen puerto.

Grandes oportunidades:

Las grandes oportunidades surgieron de conexiones importantes con gente que ya conocía a través de mi familia, no fue difícil saber dónde podría hacer conciertos privados y cómo llamar la atención de la gente, incluso, de discográficas importantes que pudieran fijarse en mi trabajo. Hubo un tiempo en el que estuve extremadamente ocupado entre las clases de empresariales y el piano, estaba ahogado, tenía muchos trabajos que entregar, cosas que estudiar y conciertos que planificar entre gente rica y perfeccionista que rebosaba de buen gusto y, bueno, tuve mis malas rachas y tonterías con el alcohol, me gustaban las fiestas y, de vez en cuando, me libraban de acabar con un ataque de nervios o dos.

Conocí a Annie en una de esas fiestas de músicos a las que solía ir para darme a conocer, estaba llena de lujos, luces, estúpidos brindis y gente que solo hablaba de cerrar tratos. Los dos terminamos aburridos en una esquina y me enteré de que a ella le encantaba tocar el violín, era una apasionada de la música y empezamos a ensayar juntos, hacíamos un buen dúo que impresionó a muchas discográficas que quisieron promocionarnos. Era de esperar que ella no le gustara a mis padres, no venía de buena familia, no era como nosotros y era demasiado modosita para ellos. Fueron tan maleducados que dejé de verles por completo, empecé a trabajar y a tener una vida propia con Annie.

Las lagunas:

Desde ese momento que decidí apostar por un futuro diferente, empecé a tener lagunas, ataques de pánico y momentos de estrés extremo que aparecían de la nada. Tuve suerte al haber terminado de estudiar y tener un poco más de tiempo libre porque caía enfermo muy a menudo, creo que fue uno de los peores momentos de mi vida. Hacía cosas que no recordaba que había hecho, me despertaba en sitios a los que no recordaba haber ido antes o haber pensado en ir, a veces, a kilómetros de distancia de casa, reflexionaba cosas que luego no recordaba… Annie era mi muleta, la que me decía qué había dicho o hecho, muchas veces, lo apuntaba en una libreta para cuando yo llegase y ella estuviera practicando o en algún concierto de violín, que pudiera saber qué me había ocurrido.

Era duro porque estuvo pasando durante años y no hubo forma de que dejara de ocurrir. Fui a varios médicos, al principio, creyeron que tenía algún problema cerebral, otras veces, hablaron de algo fisiológico que se les estaba pasando por alto y, por último, un trauma infantil que debió afectarme en el pasado y que, en el momento en que dejé de lado a mis padres, se activó como si fuese un botón. La cuestión era que nadie me ayudaba más que Annie, la chica que hice mi mujer por todo su esfuerzo porque yo estuviera bien y constante apoyo, fue una boda preciosa que trato de que no se vuelva una laguna y deje de recordarla. Ella creó el sistema de la libreta y añadió post-its en la pared para que parase en el momento de trance, si es que era eso lo que estaba ocurriendo. Funcionaba porque, a veces, cuando pretendía salir de casa me paraba al ver sus palabras pegadas en la pared, me sentaba y la esperaba, evitando el temor de haber hecho algo extremo que no pudiese explicar.

El cuerpo de Annie:

A pesar de estas lagunas que interferían en mi día a día, nos fuimos a vivir fuera de la ciudad, en una zona bastante arbolada y preciosa en la que hacía tiempo pensábamos mudarnos, nos gustó una casa grande y espaciosa donde queríamos tener hijos y pasar el resto de nuestra vida. Parecía que las lagunas empezaron a suceder cada vez menos, así que, supusimos que lo que ocurrió fueron situaciones aisladas que podrían tener que ver con el ruido y el ajetreo de la ciudad, junto a todo el estrés acumulado en la Universidad y los conciertos, así que, empezamos a olvidarlo, incluso, las notas en la pared y la libreta. Tuve miedo de olvidarlo pero Annie dijo que sería la única manera de superarlo, que debíamos hacer un esfuerzo para seguir adelante, por lo que, decidí hacerlo, tal y como ella dijo, probar y confiar en que todo saldría bien.

Pero, lo que jamás creí que ocurriría pasó. Me vi a mí mismo tirado en el suelo, con la cabeza y el costado adoloridos, con un cuchillo en la mano y sangre en la otra parte de la cocina que esperaba fuera mía pero que resultó ser de Annie. La encontré sobre un charco de sangre que salía de su pecho y su cabeza, con varias puñaladas del cuchillo ensangrentado que yo había sujetado tan solo unos pocos minutos antes y fui presa del pánico. Caí al suelo de rodillas, sollozando y recordando nuestra vida juntos, fueron flashes que aparecían en mi mente como fotografías. Llegó la policía y todo se oscureció a mi alrededor, no pude entender mucho, creo que me desmayé.

Un futuro imposible:

Estuve durante horas interminables en una sala de interrogatorios con dos tipos, el que hacía de poli bueno y el poli malo, parecía que nunca se ponían de acuerdo con las preguntas que debían hacerme, fue violento y ridículo, ¡había acabado de saber que mi mujer estaba muerta! Habían tenido muy poco tacto durante toda la charla y me acusaban de asesinato en primer grado, al parecer, tenían una prueba irrefutable como lo era el cuchillo que yo había sujetado en la mano cuando me desperté y las cuchilladas en su pecho, me vieron a mí al lado del cadáver llorando y gritando como un loco, tenían suficiente para encerrarme y yo no me acordaba de nada, tampoco tenía nada que justificara mi estado, mis lagunas… Ni siquiera se creyeron que teníamos un sistema, no quisieron que fuese a recoger las libretas.

No esperaba esto, la vida era una estúpida broma pesada, una pesadilla de la que despertar mañana, quizá en cualquier momento. Era frustrante no tener ni idea de qué había pasado o tener la certeza de si había sido yo quién la había matado y por qué, tenía una incertidumbre inexplicable que me impedía estar tranquilo, lo cual, también querían usar para acusarme. Querían llamar a mis padres para corroborar mi historia pero, ¿qué iban a decir ellos? Habíamos estado años peleados y ahora esto era lo único que les iba a hacer tener una relación conmigo, incluso, sabía que, con un par de llamadas mi padre podría hacer que todo esto desapareciera y estaba seguro que lo haría. Pero yo no quería. No quería que pararan la investigación, quería saber qué había sucedido y cerciorarme de si había sido yo, de si le había hecho daño, si la había matado y si quizá me había enajenado, era preciso, quería estar seguro y cumplir la condena que merecía si así había sucedido.

Ahora me queda esperar como un idiota a que alguien me diga algo… Esto no era lo que quería, lo que esperaba, lo que había pedido en mi vida. Esto era imposible…

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Sam: Tras un Asesino

Relato procedente:El Hombre de Hielo“. Edad: 38 años.

Ciudad: Sacramento. Profesión: Policía.

Descripción física:

Cabello corto, negro y fácil de cuidar. Tengo la tez pálida y los labios finos, los ojos marrones de mirada intensa. Soy esbelto, algo fornido debido al ejercicio diario al que me someto para poder realizar las labores policiales con mayor soltura y siempre visto con vaqueros y una camiseta cualquiera, con deportivas o zapatos de vestir o el uniforme del trabajo.

Descripción de la personalidad:

Siempre dicen que soy un tipo recto, que sé hacer lo que mandan sin preguntar, leal y con moral, sí puedo añadir que soy alguien bastante serio, escondo algunas de mis emociones bajo las finas capas de mis palabras y no suelo decir lo que pienso, mis frases con cortas y calculadas, para mí, no hace falta saber demasiado, me gusta ir al grano en las conversaciones con otros. Me gusta el silencio y la calma, mantenerme aislado y ver la tele tras llegar del trabajo con una buena cerveza y unas palomitas de bolsa, sin más vida que esa. Suelo ser bastante sincero y daño algunas sensibilidades ajenas pero me gusta creer que ayudo a otros a abrir los ojos hacia sí mismos, no me importa en absoluto qué piensen o crean los demás sobre mí, tampoco los rumores o las etiquetas que me pongan, vivo mi vida ocupado con el trabajo y cuando vuelvo a casa, lo demás, no existe.

Rectitud, lealtad y sinceridad:

Las tres palabras para una moralidad impecable, según decía mi padre. Él también fue policía y estaba muy orgulloso de ello, siempre quiso serlo desde el momento en el que se presentó a los exámenes y le dieron una bonita placa de investigador. Mis lecciones siempre giraban entorno a lo que él aprendió en la academia y, cómo no, quería que yo también fuera policía, digamos que crecí con ello en la sangre, no me negué. Aunque en el colegio fuese “el hijo del poli” y nadie quisiera juntarse conmigo, a mí me gustaba que lo fuera, me sentía seguro aunque mi madre siempre despotricaba sobre lo mal padre que había sido siempre dejándonos abandonados en casa mientras él hacia patrullas y se pelaba los sesos en cada asesinato que llegaba a su mesa.

No había que hacer preguntas, cuando te daban una orden tenías que cumplirla. Así que, empecé a volverme un poco más callado y, al ser adolescente, empecé a entrenar cada día para las pruebas físicas, solo tenía eso en la mente, ni siquiera los abusones del colegio podían desconcentrarme de ese objetivo. A mi madre le daba miedo y no quería que yo muriera solo como lo haría mi padre, era una dramática empedernida que no supo apreciar lo que tenía y prefería repetir esto antes de reconocer que ella también formó parte para que el matrimonio se rompiera y dejaran de verse aunque papá parecía estancado, siempre recordando los buenos tiempos.

No todas las mujeres son oficinistas:

Su nombre era Grace. Después de pasar las pruebas físicas y la academia, conseguí mi placa y mi arma reglamentaria, me asignaron un equipo en la misma ciudad y empecé a trabajar, lo que no esperaba era que hubiera una mujer como ella entre nosotros, no podía dejar de mirarla, incluso, sabiendo que la hacía sentirse algo incómoda. Al principio, creía que yo era una especie de acosador friki que quería saber lo que hacía, con quién y dónde iba pero lo cierto era que me parecía algo curiosa, por cómo se movía, hablaba y la comida que traía al trabajo, era buena investigando sobre todo casos de gente desaparecida y trasteando el ordenador. Una de nuestras primeras conversaciones fueron cerca del baño, donde siempre nos chocábamos y ella sonreía incómoda, la cogí del brazo y le susurré al oído el restaurante donde podríamos ir a cenar aquella misma noche, no respondió pero esperé allí hasta que apareció, eso era un sí.

Teníamos muchas cosas en común y se confirmaron aquella misma noche. El beso de despedida zanjó el acuerdo y seguimos quedando durante unas semanas más, empezando una bonita relación que acabó en matrimonio, con una hija preciosa y una casa que compré sin que ella lo supiera donde empezamos a vivir enseguida. Mi padre falleció poco después, mi madre cayó en una depresión muy fuerte y tuve que internarla en un hospital donde pudiera cuidar de ella. Era como si me hubiese quedado solo pero, esa no era la pura verdad al fin y al cabo, ¿no?

El Hombre de Hielo:

El llamado “Hombre de Hielo” tenía a toda la ciudad revuelta, la gente empezó a refugiar a sus hijos en casa a horas muy tempranas para que ese loco no les matara. Aunque disfrutaba matando mujeres, también se acercaba a niños, los violaba y los mataba, dejándolos en medio de la calle con una marca mostrando el hielo en la zona del ombligo. Había matado a unas veinte personas ya y se me ocurrió hacer un comentario en la calle que alguien de la prensa pareció escuchar y divulgó en televisión sin mi consentimiento. Fue algo tonto, una estupidez, una broma entre compañeros… solo dije que no tardaría en meter el culito de ese idiota en prisión aunque tuviera que traerlo en una sillita de bebé. En cuanto llegué a casa, encontré a mi mujer y a mi hija muertas en el suelo de la cocina. Dejó una nota en la que me retaba a meter su bonito culito en la cárcel después de haber tocado el mío por dos.

No podría expresar con exactitud lo que sentí en aquel momento pero culpable era una buena palabra a elegir aunque hubiera sido indirectamente. Jamás fue identificado o encontrado, no dejaba huellas y parecía que no fuera a parar. A decir verdad, estaba desesperado, solo y dado de baja para pasar el duelo de mi familia en paz, teniendo que ir obligado a un psicólogo para expresar mis sentimientos, esos que tanto solía esconder porque no me gustaba compartir una mierda con nadie que no conociera. Durante meses, lo único que hicimos fue mirarnos a la cara durante tres días a la semana por una hora, no sacamos nada en claro, me mandó a otro psicólogo y seguimos la misma operación, hasta que el jefe decidió darme de alta en el trabajo de nuevo, suponía que sería una buena medicina para ponerme mejor aunque no quisiera hablar de ello, al parecer, había pillado el mensaje. Tenía ganas de cazar a ese hijo de puta.

La llamada y el accidente:

El Hombre de Hielo llamó mientras dormía, recuerdo que eran las cuatro o cinco de la madrugada, diciendo que le gustaba cómo dormía Mónica, con lo que, intuí que estaba en su casa, a punto de matarla o herirla de gravedad para que yo la viese morir. Mónica fue mi compañera en el trabajo durante cinco años después de lo que ocurrió con mi familia y la tenía en gran estima o quizá, en demasiada estima pero nunca quise llegar a más, me sentía culpable por Grace si seguía adelante y nunca le pedía que saliera conmigo, me lo guardaba para mí para que nadie saliese herido pero él lo supo, algo que indicaba que nos había estado espiando en nuestras investigaciones.

Pedí refuerzos conforme salía del coche y entraba en casa de Mónica, vi que forzaron la cerradura pero a ella no le hicieron nada, todavía dormía, así que, me sentí algo confuso, ¿qué estaba haciendo exactamente?, lo supe unos minutos más tarde cuando me llamó para decirme que había hecho explotar la central de policía y darme una lección sobre que no podía salvar a todo el mundo, ¿qué lección de mierda era esa? Lo que recuerdo después es el haber estado en una cama de hospital tras esa llamada por haber tenido un shock en el que ni siquiera me podía poner de pie. Según Mónica, hubieron 100 muertos y 240 heridos, el resto tenían el día libre o estaban fuera recabando información, pero se encontraba ante un montón de escombros, triste y sola entre la penumbra que empezaba a embriagarla y tratando de no mostrarse emotiva.

Un futuro de destrucción y muerte:

El Hombre de Hielo había hecho esto sin que nadie se diera cuenta, quizá era parte de nuestro equipo sin habernos percatado o puede que tuviera un topo dentro, o puede que nadie se diera cuenta de su presencia porque no era alguien que llamara mucho la atención. Después de esto, sospechaba que iban a haber más muertes, por mí y para mí, le gustaba matar y también le gustaba verme sufrir, sabía quién me importaba aunque yo dijese que no me gustaba la gente, me había calado sin siquiera conocerme o quizá conociéndome desde hacía tiempo, aún no tenía ni idea pero debía conseguir pistas como fuese.

Las pruebas no eran concluyentes o no habían huellas, podía ser que nada encajase al fin y al cabo y que este tipo fuera quién fuera no recibiera lo que merecía, incluso, dándole la oportunidad de seguir matando y aterrorizando la ciudad, a familias enteras y a policías confusos, nadie iba a dormir tranquilo hasta meter el culito de ese cabronazo entre rejas.

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Maggie: Deseo de Ser Otra Mujer

Relato procedente:Una Pausa Cercana“. Edad: 38 años.

Ciudad: Brujas (Praga). Profesión: Fotógrafa.

Descripción física:

Cabello corto y negro hasta los hombros, liso, maleable, sin necesidad de florituras. Mis ojos son de un castaño oscuro, penetrantes, labios finos, piel algo seca y soy esbelta. Suelo vestir con vaqueros rotos y algún top ajustado o con tirantes, aunque cuando hace frío, prefiero llevar sudaderas o jerseis, combinado con unas Vans o Converse. Muchas veces, me ha gustado vestir algo más rockera, maquillarme con tonos más oscuros y utilizar carmín rojo sangre o quizá, negro, en mi tiempo libre lo disfruto, pero trato de dejar estos gustos fuera del trabajo, la buena impresión delante de los clientes es lo mejor para que sigan acercándose nuevos a través del boca a boca, nunca falla.

Descripción de la personalidad:

Muchos me consideran algo brusca, puede que borde al hablar, puede ser cierto, aunque a mí me salga del todo natural, es un método de auto defensa del que es bastante difícil el desacostumbrarse. No soy del todo sincera hasta llegado el momento en el que estoy entre la capa y espada y debo decir lo que creo aunque tarde años en hacerlo, me siento incómoda en lugares repletos de gente y no soporto los interrogatorios, son agobiantes. Soy algo callada y no soporto la condescendencia, me gusta ser libre de hacer lo que quiera cuando quiera y no ceñirme a horarios que otros marquen, por ello, trabajo autónomamente de fotógrafa, me ayuda a marcar mi propio ritmo sin necesidad de asesoramiento externo o un jefe.

Del orfanato a la calle:

Fui una de esas niñas a las que nunca adoptaron, era algo problemática y no solía ir limpia a las reuniones con los padres adoptivos para evitar formar parte de una familia que podría no aceptarme nunca, hacía novillos, me escondía en la sala de las calderas por las noches para leer libros no permitidos que robaba de la biblioteca y muchas más cosas que ahora no recuerdo pero hasta que salí de allí, fui bastante rebelde y desagradable. El único que me caía bien era mi psicólogo, era un tipo bastante enrollado pero nunca le di a entender que me gustaba, sonreí un par de veces en su consulta pero siempre trataba de ocultárselo, no quería que supiera que lo que me enseñaba era útil, no quería irme y seguir siendo una rebelde sin solución era lo único que podía hacer para quedarme y evitar hogares que desconocía.

A los 18 años salí, ya era prácticamente una adulta y debía empezar mi vida como tal, aunque nadie me hubiese enseñado a hacerlo. Empecé viviendo en albergues, fui conociendo gente bastante maja y agradable, Sam fue uno de ellos. Era guapo, interesante y muy servicial, siempre procuraba que todos las personas del albergue obtuvieran un techo, agua caliente, comida y noches agradables de lectura para que vida dejara de parecer tan dura, era mi preferido pero nunca lo dije en alto. Siempre pasaba por delante de él para que me sirviera la comida, nos quedábamos mirando un rato y me iba sin mediar palabra aunque él me saludase, callada y tímida hasta la tumba.

Mejoras óptimas:

Estuve en los albergues hasta los 21, cuando se ofrecieron varios pisos nuevos para gente que no tenía nada, querían que los ocupáramos y nos ofrecían varios trabajos, una labor muy solidaria de Sam, el que se encargó de hablar con el ayuntamiento y los constructores, no sabía quién era o para quién trabajaba, pero parecía ser alguien importante, con influencia. El piso que me ofrecieron fue genial, un cambio agradable, considerando que nunca había vivido sola, y el trabajo de dependienta en la tienda de fotografía del mismo barrio, era interesante y, a la vez, llevadero. No me gustaba hablar demasiado pero sí empecé a cogerle el gusto a eso de hacer fotografías.

El trabajo empezó a gustarme, así que, un día paseando por el parque, vi un anuncio en una farola, donde decía que daban clases de fotografía para futuros fotógrafos, no era demasiado caro pero, podía ahorrar si me apetecía entrar, era una buena iniciativa. Me dediqué a estudiar y a trabajar durante un tiempo y parecía que mi vida iba mejorando. No supe nada de Sam hasta unos meses más tarde, cuando vino a casa a comprobar si todo iba bien, él mismo lo hacía con todas las personas que habían formado parte del albergue, quería ayudarnos de verdad y cada dos o tres meses, hacía visitas a cada uno para saber cómo llevábamos los cambios y si había algún problema. Fue muy cariñoso, atento y hasta me pidió una cita, algo a lo que no pude negarme, cada vez que le miraba sentía mariposas revolotear por mi estómago y, aunque incómodo, me hacía sonreír.

El porvenir inesperado:

Me encantaba salir con Sam, nos atraíamos, hablábamos de todo y estábamos a gusto juntos. Estuvimos saliendo durante dos años sin interrupciones y empecé a ayudarle en los albergues, además de haber empezado mi propio negocio de fotografía desde casa, yo misma me había montado todo el equipo necesario de revelado, las cámaras y los objetivos perfectos dependiendo de en qué ambiente, zona y luminosidad estaba, los clientes empezaban a llamar solos y yo estaba muy feliz, pude dejar el trabajo de dependienta y dedicarme al cien por cien a la fotografía de forma autónoma, el curso que hice me sirvió muchísimo. Sam estaba encantado.

Todo iba sobre ruedas, pero no esperaba la pedida de mano, mucho menos cumplir una expectativa de mujer con hijos, a penas hacía dos años que había empezado a vivir y ya estaba ante un pedrusco enorme de no sé cuántos quilates que brillaba tanto como para cegarme. Recuerdo haberme quedado paralizada, con Sam arrodillado en el suelo y diciéndome todas aquellas cosas tan bonitas, no podía creer que fuéramos a llegar tan lejos y menos en aquel momento. Vi sus ojos, esperaba el “sí”, sonreía como un niño pequeño que quería su juguete y lo quería ya mismo. No estaba del todo segura, pero no quería decirle que “no” para no desilusionarle y perderle, así que, dije que “sí”, por supuesto, empezando a tomar las píldoras anticonceptivas porque sabía perfectamente qué vendría después de la boda.

Alivio instantáneo:

Tras dos años más de casados y tratando de quedarme embarazada desde hacía unos pocos meses sin éxito, como era obvio, sentí una punzada en el pecho, como si no pudiera respirar, como palabras agazapadas dentro de mí esperando ser escupidas. Mi médico me dijo que todo iba bien, aunque yo no lo estuviera, todavía sentía mi pecho cargado, pesado, sin saber muy bien por qué. Me di cuenta de que esa punzada la sentía cada vez que Sam sacaba el tema de nuestro futuro, nuestros hijos y qué casa nos compraríamos para pasar allí las vacaciones en familia, era como si hubiera algo que me moría por decirle pero que evitaba. Decidí hacerlo cuando noté que el dolor de mi pecho se volvía insoportable.

“No quiero seguir casada ni tener hijos”, esas fueron mis palabras exactas. Sam ni siquiera se movió, estuvo durante un rato sentado en el sofá mirando una vela aromática sobre la mesa del té sin tener ningún tipo de reacción fuera de lugar, aunque yo la esperaba. Lo único que obtuve de ello fue un rato de sexo apasionado y el despertar con el sol dándome en la cara, a la vez que le veía irse al trabajo sin más, como si la conversación de la noche anterior no hubiera existido, dejándome confusa entre mis pensamientos y dudosa de nuestra relación, a decir verdad, aún lo estoy.

Un futuro a la espera de una respuesta:

Sé que debo esperar una respuesta. Su respuesta. No sé cuánto tiempo tardará en dármela o si me la dará. Conozco a Sam, lo interioriza todo se sienta como se sienta, sin decir nada a nadie, no comparte demasiado sus sentimientos, mucho menos, cuando duelen. Tan solo queda esperar, sin desesperar, aunque nuestra relación puede que no sea la misma, o quizá sí, tampoco lo sé. Lo cierto es que me he sentido, de alguna forma, aliviada, sincera por una vez.

A la espera de una respuesta…

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Bruce: Beber para no Sentir

Relato procedente:Entre Miradas“. Edad: 42 años.

Ciudad: Luxemburgo. Profesión: Economista.

Descripción física:

Moreno, con el cabello algo largo por la parte de arriba y más corto por las puntas, siempre me ha gustado llevarlo un tanto informal, a la vez que doy una imagen de economista de oficina aseado y profesional. Mis ojos son de un tono azul claro, labios finos y tez un tanto oscura, el sol nunca llega a darme del todo bien para volverme caribeño. Suelo vestir de traje y corbata, mi empresa es algo exigente con ello, siempre viste serio para causar buena impresión mientras le das tu tiempo a gente que solo te utiliza para ganar más dinero mientras tú te pudres de gastos. Los mocasines me matan, me los suelo cambiar a deportivas nada más subo al coche para ir al bar o a casa.

Descripción de la personalidad:

Según varios de los psicólogos a los que he tenido el poco placer de conocer durante mi vida, se han ceñido a la idea de que tengo una personalidad que tiende a la depresión, la nostalgia, melancolía, tristeza y con tintes un tanto victimistas, ahogo mis penas en alcohol para no sentir nada de ello y es una verdad que me repito pero que, a la vez, ocasiona que me guste mi pena y quiera experimentarla una y otra vez sin siquiera quererlo del todo, es un tanto confuso, todavía no he logrado entenderlo pero ahí está: depresivo crónico. Solía ser divertido en mis tiempos de juventud, incluso, ahora en ciertos momentos tiendo a serlo, un poco bromista pero, sobretodo, sarcástico, no puedo evitarlo, me ciertas ganas de vivir inexplicables. A veces, me aburro con facilidad y mi trabajo no pone esta tarea fácil porque es muy repetitiva y ya ni siquiera intento superarme a mí mismo, me da pereza. No suelo tener muchas amistades y me alejo de las aglomeraciones, algún psicólogo que otro también comentó algo sobre cierta ansiedad social reprimida que todavía no he terminado de conocer del todo porque está reprimida, ¿recordáis?

Rechazo como normalidad:

Supongo que aquí es donde empezó todo… Quizá esperéis que os cuente que fui un niño feliz, que fui al colegio, fui amigo de todo el mundo, terminé bachillerato, la Universidad y me cogieron en una empresa relativamente importante como economista porque soy bueno en mi trabajo pero, nada de eso sería verdad. Pasé por un rechazo detrás de otro, era el típico chaval echado a un lado, invisible y sin demasiadas ganas de llamar la atención, escuchaba, iba al recreo, le daba mi bocata al abusón de turno y me iba al baño a llorar un día detrás de otro, mientras intentaba volver a casa con ambos pies derechos. Sufría en silencio, nadie más lo sabía, no quise que lo hicieran, mi familia ya pasaba por sus propios dramas, mamá estaba muy enferma y los médicos la habían dejado pasar sus últimos días en casa antes de irse al cielo, tal como mi padre lo decía, una cosa más de la que tratar de escapar…

Me evadía de mis emociones y del exterior escuchando música, leyendo o jugando a videojuegos, a veces, cuando ya fui algo más mayor con marihuana y pastillas relajantes que solía usar mi madre para los dolores musculares, esa mierda te dejaba en las nubes al menos durante cinco horas donde pensar no tenía lugar. No dejaba espacio a las dudas o a las reflexiones, estaba de más, el mundo estaba jodido y yo no había elegido nacer, tampoco perder a una madre tan pronto y, mucho menos, terminar el colegio y ponerme a trabajar para ayudar a mi padre a pagar las facturas de la casa. Sí, consideraba que mi vida ya era una mierda, tendí a la depresión a partir de ese momento aunque todavía no sabía muy bien qué era eso o lo que estaba sintiendo, la cuestión era que lo sentía y punto.

Decisiones, decisiones, decisiones…

Mi padre me dio a elegir si quería seguir estudiando o trabajar en un tugurio como la hamburguesería de la esquina que solo ofrecía comida para llevar o si quería tener una vida mejor que la suya y seguir en el bachillerato para enrolarme en la Universidad y ser alguien que valiese la pena. Elegí la segunda opción, no porque lo quisiera o pensara que fuera importante, sino porque estaba colocado, un tipo que conocía pasaba relajantes bastante más fuertes que los que me tomaba, así que, esa decisión fue basada en no tener ni idea de lo que estaba diciendo pero, en cuanto me di cuenta, me vi estudiando. Me percaté que era muy bueno con los números, de hecho, todos los profesores lo decían pero yo no le daba la mayor importancia, tan solo veía las cosas desde un punto de vista matemático, no era para tanto, ¿no? Todos a mi alrededor lo vieron como una genialidad, como una necesidad de elegir qué hacer en la Universidad porque, ya sabéis, debía ser alguien en la vida…

Mi padre pensó que la administración de empresas o la economía serían carreras idóneas para mí, tan solo tenía que elegir una de ellas para saber hacia dónde dirigirme, estaba a punto de presentarme a la selectividad. Una vez más, decidí estando colocado, esta vez, marihuana y era muy buena, tanto que asentí cuando mi padre dijo la palabra “Economista”, se puso tan contento que ni siquiera quise discutirle por qué o por qué no moví la cabeza, ¡me estaba durmiendo, ni siquiera lo hice a posta! Pero, otra decisión tomada, ¿no?

De becario a economista jefe:

En la Universidad no me costó demasiado estudiar, era incluso, más sencillo que bachillerato, me seguían gustando los números y me ayudaban a aclarar la mente de vez en cuando. Lo que tenía aquel lugar de atractivo también eran sus fiestas, no me perdía ninguna, tenía lo más importante de todo: alcohol. No lo había probado antes y me di cuenta de que me gustaba más que la mierda que me estuvieron pasando desde adolescente, así que, llegaba a mi habitación siempre mamado, iba a los exámenes más relajado que nadie y acudí al funeral de mi padre entre ebrio y fumado, a ver qué iba a hacer sin él, era el único que me empujaba un poco en la vida…

Me ofrecieron un trabajo de becario en la empresa en la que trabajo actualmente, no pude negarme porque era la oportunidad que mi padre había querido para mí, así que, honré su memoria de alguna manera, era lo que debía hacer, ¿no? Tan solo tenía que llevar a cabo algunos proyectos, ordenar papeleo y vestirme de etiqueta de vez en cuando para dar buena impresión, pero me trabajé muy bien uno de los que me asignaron y, simplemente, mi jefe decidió meterme en un edificio de oficinas para que lo dirigiera y manejara todo el tema económico para él, era un gilipollas engreído, un tanto drogadicto y alcohólico que no tenía mucho tiempo libre y necesitaba a cualquier idiota que le cuidara el garito. Me iban a subir el sueldo tres veces más de lo que esperaba, así que, accedí sin pensarlo. Resultó ser un acierto aún llevando mi melancolía a cuestas, bebiendo sin parar y mezclándolo con medicamentos sin receta, sé llevar una maldita empresa y triplicar sus beneficios. Ni siquiera yo lo hubiera esperado…

Mujer y dos hijos:

Sí, ¿a quién se le hubiera ocurrido pensar que un tipo como yo podría tener suerte con las mujeres y mucho menos, procrear? Pues el dinero hace la mayor parte del esfuerzo, chicos. Darlena era una mujer increíble, nos lo pasábamos muy bien juntos, hacíamos de todo, sincerándonos lo mínimo pero teniendo claro que nos atraíamos, hasta que, un día ya no le bajó la regla. Fue una putada pagada por dos porque salieron gemelos: Tod y Garby, un par de cabrones bastante gamberros y juguetones que dejaban mi casa patas arriba las 24/7. No podría decir que nunca los he querido pero jamás pedí esto, de hecho, tan solo me lo pasaba bien con ella, hacíamos tonterías y ya no nos veíamos hasta pasadas unas semanas, luego tuvimos que mudarnos juntos y formar una familia bastante cuestionable.

Los niños siguen creciendo, les cuido, tienen un techo donde dormir, comida, agua y todo lo necesario pero no paso el mayor tiempo en casa, el bar es mi nuevo sitio ahora, está cerca de la oficina, me calma y me evade de mis responsabilidades, a veces, es agobiante ser parte de un mundo tan loco…

El accidente:

Conocí a una mujer justo en ese bar, una noche no muy ajetreada, estaba prácticamente vacío pero, al parecer, el único que la había visto era yo, según el barman no se había sentado nadie a mi lado desde que había llegado. Curioso, ¿eh? Porque tuve la misma sensación que cuando vi a Darlena por primera vez, era hermosa, sexy, extrovertida, divertida y bebía incluso más que yo, me atraía o quizá eso pensé. Desapareció entre una de nuestras conversaciones estúpidas de la noche y tan solo la vi salir del bar hacia la carretera, decidí seguirla porque se había llevado su chaqueta y bolso sin yo darme cuenta, quería saber qué había ocurrido pero, estaba tan centrado en seguir sus pasos que tan solo vi unas luces y oí un ruido sordo, seguido de gritos que se acercaban a mi posición mientras mi alrededor se iba quedando a oscuras.

Quizá ella escapó o se desvaneció en el aire, puede que nuestra conversación le hubiese resultado aburrida pero más aburrido me iba yo a sentir cuando despertara, si es que lo hacía.

Un futuro de reflexión y recuperación:

Una hemorragia interna, dos costillas rotas, algunos moretones y unas náuseas increíbles, imaginad ese momento al despertar en una cama de hospital, completamente solo, nadie esperando a que despiertes. Tristeza. Melancolía. Pude verlas esperar frente a mí a que me diera cuenta de que me estaban mirando, tratando una vez más de que me derrumbara y deseando que me inyectaran más morfina para quedarme inconsciente otra vez. Ese olor a enfermedad me irritaba, las enfermeras caminando arriba y abajo, un zumbido que no me dejaba dormir. Era curioso cómo las ganas de morir iban aumentando por momentos… Melancolía, tristeza…

Quizá debía reconsiderar mis acciones, hacia dónde me estaba dejando llevar por mis impulsos o evadir por ellos, qué no quería recordar y por qué no deseaba hacer frente a mi presente. Daba asco. Sí, ese era el motivo. Y era un buen motivo, al menos, para mí. Mis decisiones se habían tomado en base a algo que ni yo me había planteado, embarazos no deseados, niños que no había pedido, una vida que tampoco quería… Necesitaba morfina. Quería callarles. Necesitaba morfina. Quería dejar de sentir. Una copa me vendría genial ahora…


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Charles: Entre Ficción

Relato procedente: Palabras al Viento. Edad: 38 años.

Ciudad: Illinois. Profesión: Escritor.

Descripción física:

El cabello es negro y algo canoso, tengo los ojos castaños, labios finos, tez un tanto morena y no tan esbelto como me gustaría, hago ejercicio pero me cuesta la vida. Normalmente, visto con vaqueros y una camisa de botones cómoda con un chaleco que me abrigue un poco, no suelo salir demasiado, añadiendo unos zapatos cómodos. Muchos dicen que envejezco rápido, supongo que por el estrés y la ansiedad a la que a veces puedo estar sujeto, cuando tienes fama no sueles pensar en estas cosas hasta que te pasan, ¿verdad?

Descripción de la personalidad:

Suelo ser un tipo bastante tranquilo, menos cuando me sacan de mi paz. Me encanta meterme en las historias que escribo, cabalgar entre las vidas de los personajes y olvidarme de la mía por completo, casi nunca está a mi gusto, normalmente, falta algo que no puedo identificar. Muchos dicen que los escritores escriben para no sentirse vacíos y en mí es algo que podría confirmar, no hay nada que me llene más, ni siquiera mi familia, suena algo cruel decirlo pero es así. Me considero un incomprendido, no se observa la mente de un escritor desde la inteligencia sino desde la locura, no se suelen agradecer unas buenas letras sino el último cotilleo de la temporada. Y diría que lo odio.

Pegado a una máquina de escribir:

Mi abuela Marie me regaló una máquina de escribir en mi séptimo cumpleaños y he de reconocer que la curiosidad pudo conmigo. Al principio, tan solo hablaba de tonterías y no entendía muy bien mis propios escenarios pero me daba igual, disfrutaba muchísimo y no podía despegarme de ella. Cada día tecleaba nuevas historias, iba a casa de mi abuela tan solo para hacer eso y, simplemente, me aficioné. Era un chico callado, así que, supongo que me ayudaba un poco a expresarme, mis emociones parecían fluir mejor.

Esta máquina de escribir vino conmigo a todas partes, de hecho, incluso pude presumir de ella como una reliquia en la Universidad, unos meses después de que la abuela Marie muriera para hacerle una especie de homenaje. La dejé un poco más apartada cuando los ordenadores eran una parte fundamental en la vida humana y dejar las páginas escritas al instante no era algo tan urgente, sino que, podías editar cualquier cosa desde la comodidad de tu teclado sin borraduras ni tachaduras en el papel o tener que volver a empezar la hoja de la historia de nuevo.

Ahora está en el despacho de mi casa, adornando una de las estanterías, nunca me olvido de cómo empecé y me ayuda a seguir adelante, a mirar el vaso medio lleno, si cabe.

Viviendo en la ausencia:

Diría que siempre había vivido absorto en mis pensamientos, tenía tantos que no podía si quiera aclarar mi mente. A mi familia le parecía preocupante esta nueva pero no tan nueva faceta de mí porque la llevo arrastrando hasta este momento formando una parte importante de mi personalidad, pero yo no le daba la mayor importancia, simplemente, estaba siendo yo mismo. En cualquier momento del día, fuera lo que fuera que estuviera haciendo, sentía algo dentro de mí u oía una frase en mí cabeza, llevaba siempre un papel y un lápiz para anotarlo todo para luego darle un poco de protagonismo a mi máquina de escribir.

En el colegio siempre estaba presente físicamente pero no lo hacía de manera mental, tampoco me atraía cualquier cosa que explicaran porque a mí no me estaba sirviendo o interesando del todo, tan solo quería aprobar porque para mis padres era importante y porque así dejarían de echarme la bronca. Tuve claro desde el momento que vi aquella máquina que iba a ser escritor, no me llamaba nada más, mi madre se empeñara en que me interesara por medicina o derecho, quizá psicología o antropología pero, lo cierto era que le hacía caso porque sabía que su único sueño era verme cruzar las puertas de una Universidad importante. Terminé con ese sueño bastante pronto.

Alguien apasionado:

Tras terminar el instituto, no quise perderme ni un minuto de mi vida como escritor, tan solo tenía que sentarme y escribir un libro pero, como es de esperar, no todo es tan simple como esto. Me decepcioné al ver que casi todos mis escritos terminaban en proyecto porque no eran lo suficientemente buenos o perdía el interés en ellos, aunque una parte de mí me empujaba a que siguiera intentándolo. Lo hice durante años, teniendo trabajos a tiempo parcial cada cual más horroroso pero seguía viviendo en casa de mis padres y tenía que ayudarles económicamente, mientras mi madre siempre refunfuñaba sobre “esto te pasa por no haber estudiado”, no se tomó muy bien mi negativa.

Después de varios años, mi primera novela se publicó. No esperaba que el editor le prestara demasiada atención, tan solo era un novato con unos objetivos demasiado altos pero me sorprendió gratamente cuando me dijo que era la historia mejor contada que había leído. Ahí empezó mi carrera, el libro tuvo éxito aunque no ganaba demasiado al principio, me embarcaba en nuevas historias hasta quedarme absorto totalmente en ellas.

Entre la realidad y la ficción:

Cuando empecé a despegar en la carrera de escritor y a ganar más de lo que podía gastar, mi madre siguió sin reconocerme mis méritos, algo que entendí, desde que era pequeño quería que tuviera un trabajo bien remunerado y más importante que escribir cuatro palabras en un papel sin saber que esto costaba también su esfuerzo, pero nunca le he guardado rencor. Según ellos, necesitaba un psicólogo, dejaba que las horas pasaran escribiendo y no me responsabilizaba de nada más, podía estar sin ver a mi hija durante días o trasnochar tanto durante días tan seguidos que podía sentirme más que confuso cuando me hablaban de algo, era una resaca creativa grata de observar, aunque sabía que nadie iba a entenderlo.

No es raro que un escritor desaparezca de su entorno cuando escribe pero nunca verá a los personajes de sus historias como si fueran de carne y uso, tampoco se transportará a sus habitaciones y podrá tocar los muebles que él mismo ha descrito en su novela pero a mí estaba ocurriéndome más a menudo de lo que podría decir y estaba empezando a asustarme porque aparecía en lugares en los que no recordaba haber estado o el trayecto hasta allí, hablar solo en una cafetería con uno de mis personajes al lado y el encargado quedárseme mirando extrañado o reírme a carcajadas de una broma que una niña de 9 años me había dicho al oído inocentemente cuando no estaba para nada comiendo con nosotros y nadie más podía verla.

Empecé a preguntarme si era verdad que había dejado de distinguir qué era real y qué no, si me había vuelto loco y todavía no me había dado cuenta a pesar de que todo el mundo lo insinuaba, creyendo que, de verdad, tenían la imagen de un escritor estereotipada.

Un futuro terapéutico:

Según mi psicóloga, me vendría bien un poco de aire, de sol, caminar a la luz de la luna, notar el agua de la playa chocar contra mis pies… Estoy obsesionado con lo que hago, quizá, todavía no ha sacado un diagnóstico pero mi mujer ha prometido que estará conmigo en todo momento, dejando que mi hija Grace me abrace tras medio año sin haberlo sentido… incluso, había olvidado a tener otros contactos físicos o con la naturaleza sin darme cuenta. Trato de evitar mi despacho durante la noche, debo sentarme a escribir tan solo cuatro horas diarias, el resto del día debe ser para mí y mi familia, puedo asegurar que es lo más difícil que he hecho, es como sentir que me estoy desenganchando de una droga y no me siento bien para nada.

Mi padre vino la semana pasada en cuanto mi mujer le dijo que llevaba un mes de terapia, quería darme su apoyo incondicional pero mamá todavía necesitaba más tiempo, ella sabía que ser escritor solamente iba a destruirme. Nunca confió en mí, tampoco espero que lo haga ahora, es mejor que tenga su espacio hasta que decida aceptarlo aunque pasen diez años más. Mi editor tendrá que alargar las fechas de entrega de las novelas y puede que no gane tanto dinero como me gustaría pero es un esfuerzo que estoy decidido a hacer, se me va la olla, es mejor pararlo ahora que estoy a tiempo, ¿no?

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Annia: La Introvertida

Relato procedente: “Bajo las Luces”. Edad: 20 años.

Ciudad: Providence. Profesión: Mecánico.

Descripción física:

Tengo el cabello de color negro, mis ojos son castaño oscuro y los labios algo gruesos, piel algo pálida y mejillas rosadas, aunque es algo que intento disimular. Esbelta, reconociendo que no siempre he sido así, cuando era pequeña me solían comparar con un bollo gordito y achuchable, no les juzgo. Suelo vestirme de negro o combinar con colores como el violeta o el rojo, digamos que para mí no existen más gamas, ni siquiera al añadir los vaqueros, los zapatos suelen ser muy cómodos. No he sido nunca de ir a hacerme la manicura, pedicura o cortarme el cabello, me ha entretenido una barbaridad hacérmelo yo misma, no soporto que gente que no conozco haga algo que podría hacerme yo.

Descripción de la personalidad:

La gente suele quejarse mucho de que soy callada, algo pasota y de que nunca estoy atenta a lo que los demás dicen, estoy en mi mundo y el resto no me importa. Lo malo de esto es que suelen acertar en todo lo anterior. No lo hago aposta es que me sale así, ignoro lo que no me importa y lo que no debo oír por mi propia salud mental, cabalgo en solitario por estos lares de la vida y trato de divertirme alejada de todo ser que tenga la capacidad de respirar y pensar demasiado deprisa para pedirme algo que no me apetece hacer. No le doy mucha importancia a las cosas porque considero que no la tienen y todos vamos a terminar en el mismo lugar, nadie saca nada preocupándose por tonterías.

Una infancia desapegada:

Sí, bueno, mi infancia fue muy desapegada. Mientras a mi hermana mayor le gustaba pasar más tiempo con mis padres, yo tan solo quería salir de casa y hacer mi propia vida, encerrarme en mi cuarto para leer revistas de coches o hacer manualidades que no tuvieran nada que ver con el instituto. Mi hermana solía ir a todas las actividades familiares que mis padres ofrecían pero yo siempre me quedaba en casa, eran muy raritos, siempre abrazándose, diciéndose “te quiero” y siendo lo más ñoño visto en este planeta, me daba vergüenza estar en la misma habitación que ellos a la vista de otros.

Siempre me distanciaba. A veces, no era por incomodidad o porque viesen las costumbres de aquellos con los que iba, sino porque me salía natural. Me nacía estar en un lugar más apartado, dada a mí y a mis necesidades, vagando entre mis aficiones y no dejar que mis palabras mostraran lo que sentía. Era pequeña sí, pero lo suficientemente lista como para darme cuenta de que no todo el mundo utiliza la información de forma correcta y responsable.

Adolescencia loca:

Caminé entre bares, jarras de cervezas y ganas de olvidar mi realidad, no porque fuese mala, sino porque era aburrida y no encajaba para nada en ella. A veces, aunque hubiese mucha gente a mi alrededor, me sentía incomprendida, aislada por tener mis propias opiniones, mientras tan solo esperaba que me miraran en la distancia y cuchichearan algo tan simple como “friki”. Llegaba borracha como una cuba a casa a las tantas de la madrugada mientras todo el mundo dormía; todavía recuerdo esa noche que me detuvieron por exhibicionismo cuando no podía aguantar mis ganas de orinar y simplemente, cogí la maceta del jardín de una casa cualquiera y lo hice allí mismo. Me liaba con tíos alguna que otra noche y me dejaba llevar un poco, hasta que ellos se ponían sentimentales, empalagosos y aburridos, les desechaba como a un clínex, más tarde entendí por qué me parecían tan muermos.

Lo único que me mantenía cuerda y entretenida era el taller de mecánica que había unas calles más abajo, donde una amiga perfeccionaba coches de carreras y de alta gama. A veces, necesitaba ayuda y yo podía ganar un poco de dinero, mis padres nunca lo supieron, incluso, esperaban que fuese médico. Es curioso cómo aquello cambió mi vida, no pensaba ir a la universidad ni por un segundo, quería acabar manchada de aceite y grasa de motor, era un trabajo bastante creativo, sobre todo cuando transformábamos coches antiguos en nuevos y teníamos que pintarlos de colores llamativos, ¡se me daba de maravilla! Pasaba del instituto.

Orientación sexual estereotipada:

Sí, estaba claro que a mí me pasaba algo. Toda persona que me cruzaba o me aburría o hacía que me estallara la cabeza. Empecé a darme cuenta de que empezaban a atraerme las mujeres, me llamaban la atención pero, no era buena idea hablar de ello en voz alta, era una orientación sexual bastante estereotipada y juzgada socialmente. Solía salir poco pero una chica de clase con la que empecé a tener amistad, me llevaba a bailar a varias discotecas y, en cuanto me besó tras unas cervezas de más, supe que algo dentro de mí había cambiado.

Nunca hablamos de ello y tampoco quise hacerlo. Le dejaba su espacio tras haber roto con su novio, no era buen momento para conversaciones profundas y yo no tenía ningún interés en mantener ninguna que fuera lo suficientemente larga como para aburrirme. Seguimos en contacto tras terminar el instituto pero fuimos por caminos separados tras un par de años más de esto, quizá se casó, quién sabe… Tampoco solía compartir mi sexualidad con nadie, es privado, es personal, todo se juzga, todo se critica.

Un futuro solitario:

Claro que descubrí que me gustaban las mujeres, claro que me alegraba de que hubiera sucedido para entenderme algo más pero, ¿hijos?, ¿para qué?, ¿creéis que pienso en una relación estable? Como mucho, en un rollo de discoteca. Que me aburran las conversaciones con otros es algo intrínseco que no va a cambiar, no me extrañaría que sucediera también llamándome la atención una mujer.

Ser un ermitaño no es tan malo, es silencioso, placentero, tranquilo y a distancia de los problemas ajenos, sin perder el tiempo, sin gastar palabras en vano, sin menosprecios o decepciones. Me caso con los coches de carreras, ¿por qué no?


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Veronica: La Observadora

Relato procedente:A Través de la Ventana“.

Edad: 17 años. Ocupación: Estudiante.

Ciudad: Maine.

Descripción física:

Mi cabello es castaño claro con unas mechas rubias que se notan algo más en las puntas, le da un toque natural, largo hasta más abajo de mis pechos. Los ojos color miel son heredados de mi madre, pueden mostrar a alguien decidido y cariñoso pero, realmente, encierran a una persona herida y algo tímida. Labios gruesos, casi siempre con un toque rosa pálido, nunca me han gustado los colores vivos. Tengo la piel bastante pálida, así que, a veces, aplico un poco de colorete en mis mejillas rosa pálido que a penas se aprecia pero que me encanta cómo queda viéndome desde el espejo. Estoy bastante en forma y sana que, al fin y al cabo, es lo más importante. Suelo vestir con vaqueros, zapatos cómodos y blusas de colores diferentes o camisetas negras de manga larga, son mis preferidas.

Descripción de la personalidad:

No me ha gustado mucho etiquetarme a mí misma, pero me definiría como alguien bastante tímida, confiada y, en ocasiones, inocente, con ganas de aprender cosas nuevas, creo que por eso soy la “cerebrito” de clase, nadie reconoce mi inteligencia como algo bueno pero creo que sería un talento a destacar bastante importante. Me gusta mucho leer, salir a correr y estudiar, no me gustan las fiestas y tampoco los lugares donde se conglomera mucha gente, tiende a ser agobiante. Una de las cosas que más disfruto es el averiguar las vidas de mis vecinos tan solo observándoles, imaginar qué les pasa por la mente cada mañana y ver cómo reaccionan a sus propias caídas en medio de la calle, suele pasar, no creáis, es divertido. Esto último no hay mucha gente que lo sepa pero, quién lo hace, cree que estoy loca, algo que nunca ha elevado mi nivel de popularidad.

Infancia esperada:

Siempre fui una de esas niñas que creció con el amor de padres casados, que se querían muchísimo y querían lo mejor para mí, fui hija única y muy esperada, aunque han sido muy protectores conmigo por esta misma razón. Les vino genial que me gustara estudiar y fuera la hija modelo, casi siempre estaba en casa y no tenían que preocuparse de mí más de lo necesario como ocurría con otros niños, a mí no me interesaba quedarme a dormir a casa de mis amigos porque prefería estudiar a los mamíferos o preparar a la perfección un examen de matemáticas para terminar superando con mi nota al resto de la clase, para mí era un reto, para los demás, una niña de mamá con necesidad de aceptación.

Por ser inteligente escuché comentarios de todo tipo pero seguí mejorando aún más para cerrar algunas bocas arrogantes, creo que mi infancia fue la que mis padres esperaban, tranquila, sin altibajos ni montañas rusas, era obediente, me gustaba serlo y tenía esa personalidad positiva y asertiva, algo irritable para otros y más que conveniente para mi familia. No es que estuviera de acuerdo con todo o no me preguntara muchas cosas dentro de mí pero solía sacar mis propias conclusiones observando cómo actuaban los demás para tratar de comprenderles, así era como todo fluía, sin preguntas, solo observando.

Amor a primera vista:

Como toda joven adolescente, tiendes a caer en las redes de lo que sería un amor de película, te atas a una idea equivocada de alguien guapísimo que cruza los pasillos y con el que te cruzas a menudo, vais a la misma clase y su sonrisa es tan magnética como sus ojos negros, te encantaría tocarle su cabello castaño oscuro y arrancarle la camiseta, mientras te das cuenta de que lo que estás pensando es tan solo un producto de tus hormonas danzando como locas por todo tu cuerpo. Frenas. Haces una pausa. Pero sigues babeando sin cesar. Ese era Sam. Se cuidaba, todas las chicas iban detrás de él y solía hacerse el buen chico, inocente, tímido, e incluso, el inteligente, pero esto último tan solo lo fingió conmigo para que todavía me llamara más la atención.

Nunca habíamos sido muy íntimos pero nos conocíamos de haber hecho trabajos juntos, aunque yo hiciera tres veces más que él y tan solo se dedicara a leer lo que yo había escrito para aprobar, era patético pero me gustaba. Se dio cuenta de esto, es más, me sonrojaba cuando estaba cerca de él, así que, casi que era inevitable que lo supiese, todo el mundo lo decía por los pasillos, Sam trataba de hacerles callar pero, al parecer, hizo una apuesta con sus amigos para ver qué tardaba en creerme su numerito de que yo a él también le gustaba. ¿Os lo resumo? Tardé muy poco. Fingía muy bien, era como una serpiente deseosa de crear un drama, que todo el mundo se riera de mí y que fuese incapaz de volver a mirarle a la cara. Pero, hasta que ese momento tuviera lugar, debía conseguir quedar a solas conmigo.

Sam estaba en tercero y yo en un curso más abajo, por lo que, no tuvo reparo en acercarse a mí en la clase de química y en decirme al oído que estaba preciosa y que mis ojos le recordaban al mar, me derretí como un caramelo y le sonreí, entre tímida y nerviosa, acarició mi mano derecha con un dedo, sensualmente, preguntándome si me gustaría salir con él, me invitaba a su casa para pasar un buen rato juntos, a lo que le dije que sí, tras dejar que me diese un beso en la mejilla. No dejó de mirarme durante un rato y se ocupó de que yo me diera cuenta. Estaba claro que estaba viviendo un sueño, al fin el chico que me gustaba, entraba en razón, dejaba de ver tanto a las animadoras para estar con alguien tan inteligente como yo, sin pensar por un momento en que era una táctica para humillarme en público.

El intento de violación:

Fui a su casa, contenta de que mi sueño se hubiera hecho realidad. Subimos a su habitación y cerró, supongo que con llave porque oí una especie de “crack”, recuerdo haberme preguntado por qué lo haría pero no quise prestar atención. Se acercó y puso sus manos en mis caderas, sus labios se posaron sobre los míos y empezamos a besarnos más apasionadamente unos segundos más tarde. Fue húmedo, intenso y no quería parar hasta que noté que Sam empezaba a desabrocharme el botón del pantalón. Paré, le miré y le pregunté qué hacía, pero tan solo sonrió, quitándome mis manos sobre las suyas, me los bajó hasta los tobillos y me tiró sobre la cama, poniéndose encima de mí para así tener todo el control sobre mi cuerpo para que no me moviera y él pudiera hacer lo que quisiera, de hecho, me arrancó la camiseta y empezó a besarme por todas partes, incluso, cuando trataba de apartarle desesperadamente.

Fui algo lenta al principio porque trataba de que mi cerebro aceptara que el tío que me gustaba estuviera a punto de pasar las líneas del respeto y el “no quiero hacer esto” para llegar a su clímax absoluto. Cogí un bate de béisbol que estaba cerca y le di con él tan fuerte como pude, fue tal que cayó hacía atrás al suelo mientras yo me subía los pantalones, cogía las llaves que había dejado encima de la mesa y salía pitando de aquella casa sin mirar atrás. Lo que no vi venir fue ese intento de querer ser el mejor, incluso, casi habiendo cometido un delito, contándole a todo el mundo que yo me había insinuado y que quería acostarme con él, que era una fiera en la cama y que después de eso él prefirió no volver a salir conmigo porque yo no tenía paciencia y estaba muy caliente como para llevar una relación tranquilamente. Era un abusón mentiroso, estaba claro, pero yo debía hacer algo parra probar lo que me había hecho.

Observar era la clave:

Mis padres querían dejar la casa donde estábamos viviendo para alquilar otra un poco más grande y que cubriera gran parte de nuestras necesidades actuales, así que, les convencí para alquilar la que estaba justo enfrente de la casa donde vivía Sam, necesitaba tenerle vigilado para encontrar un punto flaco que poder explotar y contar a la policía porque sin pruebas sabía que no me creerían. Puse todo mi esfuerzo en que mis padres accedieran y lo hicieron, así que, la primera fase estaba completada. Pensé que sería fácil pillarle con las manos en la masa pero no lo fue, era muy perfeccionista y rara vez hacía algo cuando sus padres estaban en casa que, básicamente, era casi siempre. A veces, me daba por vencida y creía que aquello no iba a servir para nada pero otras, ponía todo mi empeño para tratar de encontrar algo útil aunque fuese el perfecto niño de mamá, algo tendría que hacer mal.

Pasó un año hasta que encontré algo que utilizar en su contra, dando en el instituto una presencia invisible. No estaba planeado, tampoco fue algo que me esperara en ese momento pero, ¡le pillé con las manos en la masa! Estaba con una animadora en su habitación, besándose, hasta que Sam hizo lo que mejor sabía hacer: coger lo que no era suyo. Cogí mi móvil y lo grabé todo desde mi ventana que justo quedaba frente a la de Sam, fue horrible lo que presencié y me sentí fatal por estar grabándolo en vez de llamar a la policía, pero tenía que hacerlo si quería que lo que me había sucedido a mí se creyera lo suficiente, necesitaba utilizar a esta chica para esto, aunque sonara rudo y egoísta. Desgraciadamente, con ella sí culminó el acto, mientras intentaba gritar y se movía de un lado a otro, desesperada, sin saber que yo podría haber evitado la situación desde el otro lado de la calle, no la culparía si llegase a odiarme…

Un futuro vengativo:

¿Próxima parada? Comisaría de Policía, sin pensarlo. Pensaba vestirme y bajar corriendo, sin nadie que me protegiera de lo que iba a pasar, pero pensé que mis padres debían saberlo primero. No lo conté, decidí callarme hasta que tuviera algo con lo que destruir a ese perfecto engreído arrogante. Estaban en la mesa comentando algo sobre el siguiente partido, riendo y compartiendo algunos recuerdos de cuando eran jóvenes e iban a los partidos de fútbol en sus citas, eran como dos adictos. Era consciente de que iba a interrumpir ese momento con algo que no esperaban y que sería culpable de ocultarlo pero, aquel era el momento de decirlo y denunciarlo. A parte de que era lo correcto, quería vengarme de Sam por todo, sin remordimientos, ese era el lema.


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Jonas: Alguien Sin Destino

Relato procedente:Sin Destino“. Edad: 29 años.

Ciudad: Oklahoma. Profesión: Periodista.

Descripción física:

Cabello negro intenso, cortado al cuatro, aunque he de reconocer que he cambiado de estilo de forma habitual porque no me gusta ningún corte lo suficiente como para dejarme siempre el mismo. Mis ojos son de color castaño oscuro con unos toques miel en pequeñas zonas, pero tienes que acercarte mucho para verlas bien y no me suele gustar que nadie invada mi espacio personal. Labios finos y piel blanca, no suelo ir a la playa como muchos otros chicos hacen porque no me resulta cómoda la arena mojada y el montón de gente que se aglomera allí, me gusta mi piel así, moreno me vería raro. Suelo vestir con vaqueros, unos deportivas Puma que ya están casi para tirarlas de lo desgastadas que se ven pero que siguen pareciéndome cómodas; utilizo camisas de leñador saltando entre colores rojo y negro y verde y negro, a veces, llevo sudaderas pero es menos habitual; una chaqueta con capucha que me permite cubrirme la cabeza cuando llueve o con una gabardina negra en los días más soleados. No diría que tengo un estilo en específico, tan solo improviso…

Descripción de la personalidad:

Siempre he sido alguien un tanto solitario, no por sentirme atacado por otros o incómodo, ha sido cosa mía, tiendo a mantenerme al margen de todo, es algo que he hecho desde niño, aunque Angela quería que formara parte de alguna comunidad y, a veces, su única misión en la vida era presentarme a gente que conocía en la Universidad o en el trabajo para que yo hiciera amigos. No he sido nunca alguien con ambiciones, tampoco me interesan, me he acostumbrado a trabajar en tiendas, cafeterías o librerías a tiempo parcial la mayor parte de mi vida y siempre me han proporcionado dinero suficiente para mis gastos, el tener ambición siempre ha sido una casilla en blanco. Me definiría como alguien callado, tranquilo y a quién no le gustan los problemas, evito cualquier tipo de confrontación física o cotilleo de algún tipo para no tener que dar explicaciones luego. Mi costumbre de quedarme siempre al margen, no me mojo en nada…

Caminando sin rumbo:

Esta es una de las cosas que he hecho desde que tengo uso de razón. Mientras mis padres discutían casi constantemente, yo trataba de mantenerme al margen saliendo a la calle con unos auriculares y un ritmo pausando al andar. No quería oír nada, tampoco saber de lo que estaban hablando y deseaba no conocer qué ocurriría conmigo, ni siquiera en qué página de su historia me encontraba en esos momentos. Sus gritos se podían oír desde mi habitación, había días que ni siquiera poniendo la música a todo volumen servía para dejar de escucharles, tanto odio me estremecía. Trataba de no llorar, no darle importancia, caminar sin rumbo y dejar que las cosas vinieran por sí mismas.

Descubría zonas de la ciudad que desconocía que existieran, incluso, me gustaba caminar a través de los cementerios. A veces, encontrabas a gente rezando o contándoles a sus muertos qué tal les había ido la semana, como si realmente estuvieran escuchándoles. No hablaba, no me gustaba ir con otros niños, encontraba relajante pasar el día solo, conmigo mismo, la voz de Michael Jackson en mis oídos era suficiente para hacerme sentir ese momento único, me transportaba a cualquier otra parte donde realmente quisiera estar.

Divorcio y maltrato:

Mis padres me anunciaron su divorcio, yo a penas pestañeé, me sorprendí a mí mismo cuando esa palabra dejó de significar algo para mí, ni siquiera la pensé o la consideré algo importante en mi vida, incluso, siendo la primera vez que la escuchaba. Mi madre repetía lo importante que era que estuviera con ella, con los abuelos y que yo necesitaba su apoyo por encima de todo. Mi padre, con un semblante serio y un aspecto francamente abatido, no dijo nada, ni siquiera quiso rebatir los puntos de mi madre, sonaba un tanto controladora y obsesiva con cómo llevar las cosas a cabo a partir de ahora pero él ni se inmutó, estaba cansado de pelear, parecía que la dejaba hacer.

Durante toda mi vida había vivido en aquella casa y en esa ciudad, había ido al mismo colegio desde los tres años y no veía cómodo el mudarme a otro lado tan solo porque la ayuda materna en mi vida era más importante sin aportar un mayor contexto a ello, así que, decidí quedarme con mi padre en esa casa, cuestión que más tarde pagué con creces entre sus salidas nocturnas con prostitutas que traía a casa y esos arrebatos de alcohólico que le llevaban a una agresividad fuera de serie. Durante algo más de cuatro años, aguanté sus fiestas y maltratos, gritos a altas horas de la madrugada mientras se oían al otro lado de la pared los muelles del sofá. Parecía que su adolescencia había empezado cuando la mía, había desaparecido junto a mi inocencia.

Recuerdo haberme quedado inconsciente tras un empujón. Aquella noche, me dejó marcas por todo el cuerpo, moretones que no desaparecieron hasta pasados dos meses, fue el momento en el que decidí irme de allí para empezar mi vida solo, caminando sin rumbo pero alejándome de un gran problema. Esta vez, sí acerté con mi decisión.

Angela y su piso para estudiantes:

Había decidido seguir con el bachillerato, pasara lo que pasase, quería ir a la Universidad y estudiar periodismo, así que, si no quería seguir viviendo con mi padre, debía encontrar un piso compartido. En el instituto siempre había gente que colgaba en los tablones de anuncios carteles que rezaban “se necesita compañero de piso”, cogí el primero que vi y llamé, Angela fue la que respondió al teléfono, parecía muy entusiasmada, así que, fui a ver la habitación. Bastante amplia, cómoda, limpia. El resto de piso no estaba nada mal, se estaba a gusto y era barato, acepté de inmediato vivir con ella, no la conocía pero tampoco debía pensar que era una psicópata.

Al principio, he de reconocer que me parecía muy irritante tener que contestar a todas sus preguntas, era una chica muy habladora, mientras yo era tan callado que prefería responder a todo mediante un encogimiento de hombros incómodo y, a la vez, algo desconcertante para ella, pero no dejó de intentarlo hasta que empezamos a congeniar un poco más, era buena chica, su sonrisa empezaba a calar en mí. Mientras estaba con Angela, mi padre era parte del pasado, una sombra que ni siquiera se había dado cuenta de que su hijo hacía semanas que no volvía a casa, que tampoco le pedía dinero y que podría haber desaparecido. La verdad, dejé de reconocerlo tras la primera cicatriz que me dejó un poco más abajo del labio.

La madre de Angela tenía una tienda de flores y accesorios cerca de nuestro piso, al comentarle que buscaba trabajo, me dijo que podía trabajar con ella, era a tiempo parcial pero podía ganar lo suficiente para pagar la mitad del piso y comida, agradecí mucho que ese fuese el primer número al que llamé para encontrar un piso de estudiantes.

Angela y la Universidad:

Pasamos bastante tiempo juntos y no nos cansábamos. Ya habíamos bautizado nuestros viernes de pizza y películas de terror, los lunes de totitas, los miércoles de comida china y póker, era imposible aburrirse en nuestra casa. Durante esos tiempos, he de reconocer que todo tenía que ver con ella, mi vida empezó a girar en torno a Angela sin darme cuenta, siendo una parte importante, un brazo del que difícilmente podría deshacerme, ya formaba parte de mí. Nos hicimos grandes amigos, nos cogíamos de la mano cuando salíamos a dar una vuelta, nos dábamos un beso antes de irnos a la cama y veíamos películas abrazados, diría que éramos una especie de pareja sin serlo. No pude evitar el sentir algo más por ella, pasábamos el día juntos y su perspicacia era lo que me más me atraía, su inteligencia pronunciaba mi nombre y su cuerpo provocaba en mí un torrente de emociones inexplicables.

Conseguimos entrar en la misma Universidad, a Angela le gustaba el Arte y yo me dirigí hacia el Periodismo, estudiamos juntos y reímos entre horas, era como en los viejos tiempos, me hubiera gustado que fuera así algunos años más. Muchos de sus novios entraron y salieron de aquel piso, algunos de ellos completos arrogantes y otros, demasiado blandos para estar con Angela, todavía no he llegado a entender qué le atraía de ellos. Yo permanecía en las sombras, oía sus tardes de sexo a través de las paredes, sus noches locas con sus amigas entre canciones pop y melancólicas, sus mañanas tristes en las que solía perder el apetito. Nos graduamos y todavía no se lo había pedido, esperaba que volviera a quedarse soltera para hacerlo, aunque tendía a ser difícil.

El accidente:

Me contó sus planes la noche anterior. Durante la mañana, quería disfrutar del sol, pasear hasta que nuestras piernas dijeran basta, no quería pensar en el trabajo, necesitaba fotos para poder publicar en instagram después de tenerlo durante meses muerto, así que, ese sería uno de mis quehaceres cuando pusiéramos un pie fuera. Leer el periódico era opcional pero lo que sí deseaba de verdad era que le preparara uno de mis especiales chocolate caliente con nubes, era lo que más le gustaba en los días fríos y la mantenía templada. Así que, lo tenía decidido. Esa mañana, le preguntaría si quería salir conmigo, dejó a su último novio por aburrido y pelma, creía firmemente que yo podría superarle.

La vi salir por la puerta. Lo último que me dijo fue que empezara a preparar los chocolates mientras ella recogía el periódico. Salió en pijama, el cabello pelirrojo recogido con una coleta, sin maquillar y con la tez pálida, con ambas mejillas rosadas debido al frío, ni siquiera le importó salir sin zapatillas, temía que se congelara los pies pero insistió en salir en calcetines habiendo nieve fuera. Estaba entusiasmada, había planeado su día sin tener un motivo para ello, era una entusiasta de la vida y yo su principal animador, incluso, en los días soleados.

Oí un golpe fuerte, resonó por toda la calle. Dejé ambas tazas de chocolate sobre la repisa y, rápidamente me asomé por la ventana. En cuanto la vi tirada en el suelo, a mis pies les faltó tiempo para salir corriendo por la puerta y caer de rodillas sobre la nieve, con ambas manos puestas en su cara, tratando de que me oyera, al menos, de que respirara. El tío que la había atropellado se había dado a la fuga y la mujer que vio lo ocurrido, llamó a la ambulancia pero Angela no sobrevivió aquel día soleado, aquel día planeado y tampoco se tomó su chocolate caliente con nubes.

Desde entonces, he caminado sin un destino predeterminado, termino en el mismo lugar, en el mismo cementerio frente a su tumba cada mañana, le cuento qué tal ha ido el día, lo raro que se siente el piso sin ella y lo irremplazable que es, por eso no lo alquilo a nadie más. Su cuarto está justo como se lo dejó, la cama sin hacer y su tocador lleno de frases locas que escribía con su pintalabios rojo, la ropa que iba a ponerse ese día sigue sobre su cama, los libros de la Universidad sobre el escritorio, al igual que su portátil y sus relojes, su ropa en el armario sus cuadros colgados en las paredes. Nada había cambiado, salvo que no estaba y que se había quedado el chocolate sobre la repisa de la cocina. Todavía no me atreví a tirarlo, quizá mañana le pregunte si le molesta que lo haga…

Un futuro en el piso de estudiantes de Angela:

No esperaba dejar el piso en un tiempo muy corto, tampoco largo. Había sido nuestro hogar desde el bachillerato y me había salvado del maltrato sufrido con mi padre, la buena vida de mamá viajando por todo el mundo olvidando de que tenía un hijo, era imposible de que me deshiciera de él, estaba casi seguro de que iba a trabajar en un periódico a jornada completa e iba a poder pagarlo casi con seguridad. Estaba repleto de momentos, era como si oyera su voz desde mi cuarto aunque supiera que no era posible.

Seguiré caminando hasta su tumba un día tras otro, me he acostumbrado a su presencia y a ella tampoco creo que le importe, me reconforta y siento que está allí conmigo aunque sepa que está dentro de mi mente. No la olvidaré, tampoco pienso intentarlo. Al llegar a casa, seguiré diciendo: “ya estoy en casa, Angela”.

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Gloria: La Dama Oscura

Relato procedente:Un NombreEdad: 24 años.

Ciudad: Brooklyn. Profesión: Sicario.

Descripción física:

Mi cabello rojizo me llega más abajo de los hombros, escalonado y casi siempre recogido con una coleta, menos el flequillo que lo dejo ondear al viento. Mis ojos de color miel traen la sorpresa de la gente, no son muy comunes, es una de las cosas por las que me siento especial. Labios gruesos y tez pálida, combinada con un cuerpo bien entrenado, en mi trabajo puedes encontrarte cualquier cosa. Siempre visto de negro, con dos fundas de arma, una en cada pierna, con un cuchillo pequeño y afilado en la bota derecha, una camiseta cualquiera y una chupa de cuero. Solo llevo vestido cuando lo requiere la ocasión, a través de seducción hacia el objetivo para conseguir terminar el trabajo o para infiltrarme en cualquier lugar, están sobrevalorados, los pantalones son más cómodos.

Descripción de la personalidad:

Cualquiera que me conozca me llamará sarcástica y amante de la ironía, no puedo negarlo, me río de las cosas más serias para que dejen de serlo y respondo despreocupada a aquello que les vuelve locos a los demás para crear sensación de seguridad en la conversación. Se podría decir que manipulo a los que hay alrededor para conseguir terminar un trabajo, no le doy demasiada importancia a matar a alguien, no porque sea fría y calculadora, sino porque evita que me vuelva loca de remate. Mi reputación me precede y siempre voy en busca de dinero fresco y de quién me pueda ofrecer más de lo que otros me dan, fluctúo entre oferta y demanda.

Entrenador exigente:

Cuando mi madre murió de cáncer, no sabía qué hacer, tenía doce años y muchos más por delante donde la echaría en falta, donde se me presentarían circunstancias en las que ella no podría asistirme, así que, mi padre ocupó su lugar pero no desde un punto de vista dulce, paciente y amoroso, más bien desde lo único que conocía: la lucha libre. Durante un tiempo, estuve frustrada buscando respuestas de por qué mi madre tuvo que morir, gritaba cada noche tras cada pesadilla y mi ansiedad aumentaba incontroladamente, caía enferma de forma frecuente, así que, mi padre empezó a entrenarme, decía que todo iría bien si seguía sus consejos, una rutina diaria y comida saludable, el truco para tener una mente clara era mantener tu cuerpo fuerte.

Al principio, todo fue un juego, algo para ayudarme a desconectar, pero unos años más tarde, entrenaba para pelear, mi padre me enseñó a defenderme y a estar en forma, incluso, a saber cuánto debía comer al día y qué no debía comer. Empecé a muscular bastante temprano y, en cuanto me di cuenta, cualquier chico del colegio que me insultaba terminaba empotrado contra una de las taquillas del pasillo sin demasiado esfuerzo, nadie se atrevía a dirigirme la palabra. Parecía genial pero, detrás de esto, había exigencia, sudor, lágrimas y trabajo duro, debía pasar cada una de las fases que mi padre me imponía si no quería terminar sin cenar o con dos latigazos en la espalda, era muy duro. Quiso que fuese la luchadora perfecta.

Trabajos inútiles:

Terminé el instituto pero no quería ir a la Universidad, tan solo de pensarlo me daban escalofríos, aquello no estaba hecho para mí, así que, empecé a buscar trabajo. Estuve aguantando a jefes idiotas, compañeros nefastos y abusos de poder durante algo más de cinco años, eran trabajos inútiles que me proporcionaban el dinero suficiente para ayudar a mi padre con los gastos del gimnasio y los de la casa, pero no me gustaba ser una esclava del sistema, tampoco el tener que trabajar duro para darle el dinero a un ricachón que ni siquiera sabía mi nombre, quería tener un negocio propio pero, no uno cualquiera, debía pensar qué se me daba bien y empezar algo con ello.

Una parte del entrenamiento tras haber cumplido los 21 años, fue el coger un arma y disparar. Mi padre me llevó a un lugar alejado para hacerlo contra unas cuantas latas de CocaCola y, la verdad, no esperaba que me fuera tan bien como fue. Según dijo, tenía un talento innato que a muchos otros les gustaría tener. Mi acercamiento a las armas fue aumentando, cada vez me atraían más y empecé a salir de caza con mi padre, mientras él no llegaba a matar a un ciervo, yo era capaz de cazar a dos con un solo tiro, como si lo hubiera hecho en otra vida o me hubiera dedicado a algo similar. Mi padre sonrió orgulloso y me dijo que iba a ofrecerme un trabajo que no podría rechazar.

La mujer sicario:

Él conocía a muchísima gente, tenía contactos en todas partes gracias al gimnasio, a la gente que iba y con lo relacionado a su trabajo anterior: vendedor de armas. Un día, invitó a alguien a casa, era un chico joven, bastante guapo, con una gabardina de color negro, su vestimenta al completo se parecía a la de un mercenario y su mirada, decidida a captar la mía. Necesitaba un socio por un tiempo, alguien a quién entrenar para matar, a un buen tirador, alguien que fuera sus ojos sobre los tejados y que se le dieran bien los disparos a larga distancia. Yo parecía un buen candidato, dado que, le sorprendí en el campo de tiro que mi padre y yo montamos en el bosque. Me llevó con él a Japón, donde empecé a desarrollar algunas de las habilidades propias de un asesino.

Quizá os preguntaréis: ¿por qué aceptaste?, ¿disfrutas matando gente? Acepté porque estaba en un proceso de auto conocimiento, de saber qué quería y me dejé guiar por mis instintos, todos ellos me dijeron que me fuera con ese tío y lo hice. No me arrepentí en absoluto, volví como una mujer más fuerte, más segura de mí misma y explosiva, hice algunos contactos en Japón y digamos que me gradué del entrenamiento, seguí aprendiendo artes marciales y el primer asesinato se me asignó unas semanas después de haber vuelto a casa. Debía ir a Rusia. Hubieron circunstancias de novata que me gustaría no haber tenido pero, incluso así, pude salir a flote, maté al objetivo y el dinero me supo a gloria cuando me di cuenta de que podía permitirme vivir en cualquier parte del mundo. Mi padre estaba feliz de que fuera a independizarme por fin y de que luchara incluso mucho mejor que él.

Un adiós y un fantasma:

Mi padre murió en cuanto cumplí 30 años, un accidente mientras iba borracho a las cuatro de la mañana, se volvió descuidado desde que me había ido de casa. Volví de Bali tras haber terminado un encargo y fui a reconocer su cuerpo, me dolió como si me hubieran arrancado la otra parte de mi alma que me quedaba, tanto que no pude ni llorar, ni siquiera parpadeé. Vendí la casa, allí ya no me quedaba nada y eliminé mi nombre de todas partes, si quería hacer bien mi trabajo debía ser invisible como un fantasma, necesitaba que no hubiese ningún registro o dato de mi existencia, así que, lo eliminé todo, incluso mi fecha de nacimiento.

Me dediqué en cuerpo y alma a mi trabajo, dejé el pasado atrás y pretendí que jamás existió, centrándome en los tecnicismos de cada misión, siendo una mujer de mundo y ganando cierto renombre hasta el punto que dejé de necesitar a un socio y empecé mi negocio sola, mucha gente me llamaba, tan solo hice rular mi número allá a donde fuese para que fuera más accesible, sobre todo si ya había tonteado con mafias, era peligroso pero daba mucho dinero y me pagaba los hoteles. Pero, tras un asesinato en Brooklyn quise que me dieran un nombre, ya que, borré el mío de todas partes, dejé su cuerpo en medio de la plaza más transitada y dejé que me vieran algunos cámaras de canales de televisión con renombre por detrás con una capa negra y el cabello suelto para dar cierto juego. ¿Qué saqué de ello? La Dama Oscura, un nombre que empieza a oírse incluso entre asesinos, compradores y vendedores de armas y en el mercado negro, quién me conoce ha empezado a llamarme así. Mi padre estaría orgulloso… ¿verdad?

Un futuro de objetivos:

Jamás dejaría este trabajo, y mucho menos ahora que gano más dinero del que puedo gastar. Me di cuenta de que heredé algo muy significativo de mi padre: la ambición, no podía separarme de ella ni aunque quisiera, ambas íbamos de la mano, juntas tras cada matanza y no podría arrepentirme. Sigo esperando a que el móvil empiece a sonar de nuevo para saber quién es mi objetivo y a dónde he de dirigirme, cuál será mi vestuario y mi papel para entrar en el lugar que necesite, cronometrar los minutos y segundos que tengo para hacerlo y terminar disfrutando del dinero que tengo en el banco, la compra de armas es cara pero tendría suficiente para comprarme un búnker repleto de ellas.

¿Serás tú el siguiente?


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