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Gloria: La Dama Oscura

Relato procedente:Un NombreEdad: 24 años.

Ciudad: Brooklyn. Profesión: Sicario.

Descripción física:

Mi cabello rojizo me llega más abajo de los hombros, escalonado y casi siempre recogido con una coleta, menos el flequillo que lo dejo ondear al viento. Mis ojos de color miel traen la sorpresa de la gente, no son muy comunes, es una de las cosas por las que me siento especial. Labios gruesos y tez pálida, combinada con un cuerpo bien entrenado, en mi trabajo puedes encontrarte cualquier cosa. Siempre visto de negro, con dos fundas de arma, una en cada pierna, con un cuchillo pequeño y afilado en la bota derecha, una camiseta cualquiera y una chupa de cuero. Solo llevo vestido cuando lo requiere la ocasión, a través de seducción hacia el objetivo para conseguir terminar el trabajo o para infiltrarme en cualquier lugar, están sobrevalorados, los pantalones son más cómodos.

Descripción de la personalidad:

Cualquiera que me conozca me llamará sarcástica y amante de la ironía, no puedo negarlo, me río de las cosas más serias para que dejen de serlo y respondo despreocupada a aquello que les vuelve locos a los demás para crear sensación de seguridad en la conversación. Se podría decir que manipulo a los que hay alrededor para conseguir terminar un trabajo, no le doy demasiada importancia a matar a alguien, no porque sea fría y calculadora, sino porque evita que me vuelva loca de remate. Mi reputación me precede y siempre voy en busca de dinero fresco y de quién me pueda ofrecer más de lo que otros me dan, fluctúo entre oferta y demanda.

Entrenador exigente:

Cuando mi madre murió de cáncer, no sabía qué hacer, tenía doce años y muchos más por delante donde la echaría en falta, donde se me presentarían circunstancias en las que ella no podría asistirme, así que, mi padre ocupó su lugar pero no desde un punto de vista dulce, paciente y amoroso, más bien desde lo único que conocía: la lucha libre. Durante un tiempo, estuve frustrada buscando respuestas de por qué mi madre tuvo que morir, gritaba cada noche tras cada pesadilla y mi ansiedad aumentaba incontroladamente, caía enferma de forma frecuente, así que, mi padre empezó a entrenarme, decía que todo iría bien si seguía sus consejos, una rutina diaria y comida saludable, el truco para tener una mente clara era mantener tu cuerpo fuerte.

Al principio, todo fue un juego, algo para ayudarme a desconectar, pero unos años más tarde, entrenaba para pelear, mi padre me enseñó a defenderme y a estar en forma, incluso, a saber cuánto debía comer al día y qué no debía comer. Empecé a muscular bastante temprano y, en cuanto me di cuenta, cualquier chico del colegio que me insultaba terminaba empotrado contra una de las taquillas del pasillo sin demasiado esfuerzo, nadie se atrevía a dirigirme la palabra. Parecía genial pero, detrás de esto, había exigencia, sudor, lágrimas y trabajo duro, debía pasar cada una de las fases que mi padre me imponía si no quería terminar sin cenar o con dos latigazos en la espalda, era muy duro. Quiso que fuese la luchadora perfecta.

Trabajos inútiles:

Terminé el instituto pero no quería ir a la Universidad, tan solo de pensarlo me daban escalofríos, aquello no estaba hecho para mí, así que, empecé a buscar trabajo. Estuve aguantando a jefes idiotas, compañeros nefastos y abusos de poder durante algo más de cinco años, eran trabajos inútiles que me proporcionaban el dinero suficiente para ayudar a mi padre con los gastos del gimnasio y los de la casa, pero no me gustaba ser una esclava del sistema, tampoco el tener que trabajar duro para darle el dinero a un ricachón que ni siquiera sabía mi nombre, quería tener un negocio propio pero, no uno cualquiera, debía pensar qué se me daba bien y empezar algo con ello.

Una parte del entrenamiento tras haber cumplido los 21 años, fue el coger un arma y disparar. Mi padre me llevó a un lugar alejado para hacerlo contra unas cuantas latas de CocaCola y, la verdad, no esperaba que me fuera tan bien como fue. Según dijo, tenía un talento innato que a muchos otros les gustaría tener. Mi acercamiento a las armas fue aumentando, cada vez me atraían más y empecé a salir de caza con mi padre, mientras él no llegaba a matar a un ciervo, yo era capaz de cazar a dos con un solo tiro, como si lo hubiera hecho en otra vida o me hubiera dedicado a algo similar. Mi padre sonrió orgulloso y me dijo que iba a ofrecerme un trabajo que no podría rechazar.

La mujer sicario:

Él conocía a muchísima gente, tenía contactos en todas partes gracias al gimnasio, a la gente que iba y con lo relacionado a su trabajo anterior: vendedor de armas. Un día, invitó a alguien a casa, era un chico joven, bastante guapo, con una gabardina de color negro, su vestimenta al completo se parecía a la de un mercenario y su mirada, decidida a captar la mía. Necesitaba un socio por un tiempo, alguien a quién entrenar para matar, a un buen tirador, alguien que fuera sus ojos sobre los tejados y que se le dieran bien los disparos a larga distancia. Yo parecía un buen candidato, dado que, le sorprendí en el campo de tiro que mi padre y yo montamos en el bosque. Me llevó con él a Japón, donde empecé a desarrollar algunas de las habilidades propias de un asesino.

Quizá os preguntaréis: ¿por qué aceptaste?, ¿disfrutas matando gente? Acepté porque estaba en un proceso de auto conocimiento, de saber qué quería y me dejé guiar por mis instintos, todos ellos me dijeron que me fuera con ese tío y lo hice. No me arrepentí en absoluto, volví como una mujer más fuerte, más segura de mí misma y explosiva, hice algunos contactos en Japón y digamos que me gradué del entrenamiento, seguí aprendiendo artes marciales y el primer asesinato se me asignó unas semanas después de haber vuelto a casa. Debía ir a Rusia. Hubieron circunstancias de novata que me gustaría no haber tenido pero, incluso así, pude salir a flote, maté al objetivo y el dinero me supo a gloria cuando me di cuenta de que podía permitirme vivir en cualquier parte del mundo. Mi padre estaba feliz de que fuera a independizarme por fin y de que luchara incluso mucho mejor que él.

Un adiós y un fantasma:

Mi padre murió en cuanto cumplí 30 años, un accidente mientras iba borracho a las cuatro de la mañana, se volvió descuidado desde que me había ido de casa. Volví de Bali tras haber terminado un encargo y fui a reconocer su cuerpo, me dolió como si me hubieran arrancado la otra parte de mi alma que me quedaba, tanto que no pude ni llorar, ni siquiera parpadeé. Vendí la casa, allí ya no me quedaba nada y eliminé mi nombre de todas partes, si quería hacer bien mi trabajo debía ser invisible como un fantasma, necesitaba que no hubiese ningún registro o dato de mi existencia, así que, lo eliminé todo, incluso mi fecha de nacimiento.

Me dediqué en cuerpo y alma a mi trabajo, dejé el pasado atrás y pretendí que jamás existió, centrándome en los tecnicismos de cada misión, siendo una mujer de mundo y ganando cierto renombre hasta el punto que dejé de necesitar a un socio y empecé mi negocio sola, mucha gente me llamaba, tan solo hice rular mi número allá a donde fuese para que fuera más accesible, sobre todo si ya había tonteado con mafias, era peligroso pero daba mucho dinero y me pagaba los hoteles. Pero, tras un asesinato en Brooklyn quise que me dieran un nombre, ya que, borré el mío de todas partes, dejé su cuerpo en medio de la plaza más transitada y dejé que me vieran algunos cámaras de canales de televisión con renombre por detrás con una capa negra y el cabello suelto para dar cierto juego. ¿Qué saqué de ello? La Dama Oscura, un nombre que empieza a oírse incluso entre asesinos, compradores y vendedores de armas y en el mercado negro, quién me conoce ha empezado a llamarme así. Mi padre estaría orgulloso… ¿verdad?

Un futuro de objetivos:

Jamás dejaría este trabajo, y mucho menos ahora que gano más dinero del que puedo gastar. Me di cuenta de que heredé algo muy significativo de mi padre: la ambición, no podía separarme de ella ni aunque quisiera, ambas íbamos de la mano, juntas tras cada matanza y no podría arrepentirme. Sigo esperando a que el móvil empiece a sonar de nuevo para saber quién es mi objetivo y a dónde he de dirigirme, cuál será mi vestuario y mi papel para entrar en el lugar que necesite, cronometrar los minutos y segundos que tengo para hacerlo y terminar disfrutando del dinero que tengo en el banco, la compra de armas es cara pero tendría suficiente para comprarme un búnker repleto de ellas.

¿Serás tú el siguiente?


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Lara: El Hada

Relato procedente:Alas Blancas“. Edad: 120 años.

Ciudad: Reino de las Hadas. Profesión: Reina.

Descripción física:

Mi cabello dorado, onda al viento mientras vuelo con mis alas blancas recién curadas. Mis ojos verdes muestran honestidad, integridad y rectitud, siempre mirando al frente y con ideas para un futuro diferente. Labios finos, sellados, que batallan contra nuestros enemigos con tan solo una palabra, normalmente, con un poco de carmín. Tez pálida y orejas puntiagudas, caracterizado en nuestra especie. Mi vestimenta suele referirse a un pequeño vestido que cubre mi esbelto cuerpo hasta un poco más arriba de las rodillas, blanco con un poco de brillantina por todas partes, unos calcetines largos del mismo color y unas zapatillas rosas parecidas a las utilizadas en ballet.

Descripción de la personalidad:

Siempre he sido atada a la magia blanca, por mi pureza de espíritu, mi rectitud y constancia, con una gran necesidad de proteger a mi pueblo y amante de la paz y el sosiego. Me agradan las causas justas, lo que se debe decir y lo que se dice, la prosa, la música y el baile, perderse entre los árboles y crecer rodeada de ellos. Me calificaría como naturaleza, vida y constante cambio, sin lugar para la incertidumbre o pensamientos negativos, con la única misión de seguir con el cometido de mis padres a la vez que sigo honrando sus memorias. Las lecturas interesantes me dejan dormida, me relajan y me dan conocimiento de las miles de especies diferentes que existen entre nosotros, sus habilidades, la forma de moverse, entenderse con otros y saber cómo hablarles. Ser Reina me ha cambiado, me ha madurado, me ha empujado a encontrarme.

El principio del reinado:

Cuando era una pequeña princesa al cuidado de mis padres, siempre formé parte de las decisiones que tomaban, no directamente pero les escuchaba, ellos querían que lo hiciera, sabían que sería su última esperanza de mantener el Reino de las Hadas a salvo. Por aquellos tiempos, estábamos en guerra con las brujas, los centauros querían parte de nuestro territorio porque sus antepasados vivieron allí y los gigantes no se conformaban con tan poca comida, volvían a robarnos la nuestra dejándonos sin nada. Mi familia peleaba cada día porque reinase la paz, pero los problemas se amontonaban como si de una montaña se tratara.

Sus desacuerdos costaron desgracias, muertes, sangre, mitad de nuestro poblado muerto y gritos en cada rincón, mientras la ferocidad de las brujas era imparable. Fuego, casas destruidas, la mayoría de las hadas escaparon por los bosques y nadie consiguió encontrarlas, todos se asustaron. Terminamos viviendo escondidos durante algunos años hasta que las aguas se calmaron, hasta que los desacuerdos empezaron a ser acuerdos y cada uno empezaba a conseguir lo que venía buscando, mientras lo más importante entre nuestra familia eran las necesidades básicas, tuvimos que construir nuestro pueblo de la nada con nuestras propias manos, una vez más, aportando a nuestra gente lo que necesitaba.

La muerte de la Realeza:

Los acuerdos con las brujas empezaban a solidificarse, todos se estaban tomando las cosas en serio, incluidos los hombres lobos que, por aquellos tiempos, todavía no controlaban las transformaciones y se dedicaban a cazar sin encerrarse. Este largo lapso de tiempo, nos permitió unirnos y curarnos las heridas, ser partícipes de las vidas de otras especies, ayudando a las brujas a recuperar la magia que habían perdido, querían renovar sus energías después de la guerra y ellas nos ayudarían a reestablecer el orden y la paz en nuestro Reino a cambio. Fue una oferta de paz que mis padres no quisieron rechazar, “primero era el pueblo y después las disputas”, ese era el nuevo lema. Parecía que todo volvía a la normalidad, al menos, a simple vista, algo que a mí resultaba extraño y sospechoso tras una guerra, pero a mis 50 años, preferí simplemente, disfrutar de los días de bonanza y no pensar en lo negativo, así era yo.

Esto me dio en plena cara unos años más tarde cuando encontramos los cuerpos de mis padres en uno de los refugios que estaban construyendo con las brujas, al parecer, una de ellas, nos había estado traicionando desde el primer acuerdo, quería que bajáramos la guardia para volver a dejarnos sin nada. Me estuvo buscando durante días tratando de que ningún heredero se quedara con el Reino y pudiera pertenecer a su aquelarre de brujas pero, no pudo encontrarme, me escondí durante meses haciéndoles creer que había desaparecido o estaba muerta, mientras volvía a establecer a nuestro pueblo y hacía que creyeran en mí como nueva Reina.

El Reino de las Hadas:

No fue complicado recobrar el poder del Reinado y reconstruirlo desde cero permaneciendo entre las sombras porque nadie esperaba que equilibrara nuestro poblado de esa forma tan sigilosa y pausada, dejando creer siempre a las brujas que habían acabado para siempre con las hadas. Me encantó sorprenderlas una vez terminamos con todo lo que había que hacer, nadie podría estorbarnos con los nuevos acuerdos, la magia que habíamos aprendido nosotras mismas sin necesidad de ayuda y el conocimiento de otras especies llevándonos a saber sus puntos débiles. Me costó hacerlo pero, me gané tanto su respeto como el de mi Reino, así que, gané mi puesto con creces haciendo que mis padres se sintieran orgullosos.

Durante todo el tiempo que he pasado en el trono les he echado de menos, ha sido como escucharles a lo lejos, sintiéndome observada, ni siquiera sabía si estarían de acuerdo con mis decisiones para el poblado o si les hubiera gustado que hubiera elegido otras para que reinase la paz de otra forma pero, supuse que era buena señal el simple silencio. Lloré, me desesperé y guardé sus cosas en el baúl más escondido posible de mi armario, no podía centrarme en los quehaceres diarios si la casa olía a ellos.

Destinada a una botella:

Hubo muchas hadas que empezaron a aprender hechizos de magia negra que algunas brujas dejaron atrás. Al principio, pensé que era bueno tener algo de conocimiento extra contra nuestros enemigos, un poder que pudiese dejarlos sin fuerzas y no tuviesen más remedio que irse. Pensé que ellas, simplemente, se defendían de lo desconocido y que lo practicaban para ganar. Fue diferente cuando esto empezó a ser un hábito y sus reacciones a cualquier ataque eran la de usar hechizos de este tipo, apoderándose de sus corazones y haciéndolas cada día más malvadas y viles. Pude armonizar el ambiente un tiempo, incluso, prohibirlo pero, tal como les pasó a mis padres, fui rechazada por no querer seguir sus pasos.

Me desterraron mientras una de ellas se quedaba con el trono, las flores se marchitaban y dejaba atrás un pueblo marcado por la ira, el poder y el odio, algo que jamás habían experimentado y que las hartaba de placer. Me destrozaron y me metieron en una botella casi inconsciente sellada con magia para que no pudiese salir, lo consiguieron hasta pasados dos años surcando las aguas sin haber visto tierra en ningún momento. La luz que había en mi interior, tras constante práctica, consiguió romper el cristal y salir de la botella, con ambas alas curadas, alzando el vuelo para recuperar mi magia y mis tierras en el lugar en que nací.

Un futuro de elecciones:

Se quedaron anonadadas al volver y, no era para menos, tenían claro que iba a perecer en el olvido. Mi magia volvió a mí sin pedirla, ella misma me pertenecía y mi interior colapsó de júbilo mientras las miraba con desdén, tratando de decidir de quién fiarme. Por supuesto, todas ellas han sido desterradas, tan solo espero que haya más en algún lugar y quieran formar parte de mi Reino, mientras me dedico a volver a construir lo que echaron trizas. Fue un lugar apacible durante mucho tiempo y me dolía verlo así, apagado, oscuro, devastado por tanto odio… Debía empezar a tomar decisiones que hicieran que las hadas se sintieran seguras, protegidas y no necesitaran de magias alternativas para satisfacer sus necesidades más primitivas.

Debía elegir bien quién entraba por esas puertas, no quería tener el mismo destino que mis padres, no podría cambiar nada en el Reino de las Hadas si así ocurriera. Debía saber en quién confiar, contra quién pelear y quién podría ser mi aliado. Tenía mucho que hacer. ¡Manos a la obra!


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