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Amelia: Un Accidente que lo Cambia Todo

Amelia Kuller

Relato procedente:DESPERTAR

Nombre completo: Amelia Kuller.    Edad: 23 años.

Ciudad natal: Londres.         Ocupación: Estudiante.

Descripción física: 

Mi cabello negro era ondulado y siempre peinado hacia el lado izquierdo, no sabía muy bien si era una manía o, simplemente, tendía a organizarme demasiado. Mis ojos castaño oscuro tendían a sentirse perdidos, confundidos, dudosos de qué ocurría a mi alrededor, temiendo en todo momento una respuesta que no terminara de gustarme. Mis labios gruesos permanecían apretados debido a la incomodidad que sentía, al ajetreo que había a mi alrededor, al montón de personas pendientes por mi salud pero no de mis sentimientos. Mi cuerpo estaba engarrotado, desesperado por dejar de sentir dolor, sin esperanzas a pesar de los medicamentos que, supuestamente, iban a hacer mi vida mucho más sencilla.

Descripción de la personalidad:

Siempre fui bastante rebelde, me he preguntado muchas cosas que no tienen que ver para nada con la forma correcta en la que la gente las vería, o digamos desde un punto de vista más tradicional, trato de preguntarme para entender mejor mi entorno aunque termine más confundida que antes. Supongo que no me gustan las conversaciones largas, tampoco las profundas, tampoco el fingir o el creer que algo no ha pasado cuando realmente sí, no soporto la cercanía y mucho menos la condescendencia. Eso sí, amo estar en mi mundo.

Una familia de locos:

Supongo que éramos algo así como una familia rota, tan solo alguienes que vivían en el mismo lugar y no tenían más cojones que compartirlo todo. Éramos simples desconocidos que vagaban por la casa, descontrolados, sin demasiado que contar y soportando sus propias mierdas a su manera, sin expresarse o exteriorizar con los demás. Mi madre estaba tan estresada con el trabajo que no dedicaba tiempo a nada más, era como si no viviera en casa porque nunca estaba y papá era algo así como mi propia sombra que no dejaba de recordarme lo que debía hacer pero sin pasar demasiado tiempo en mi cuarto como para mantener una conversación interesante y adulta.

Podría decir que casi no había comunicación, tan solo silencio, era ensordecedor, se expandía por cada rincón, podía notarse desde la calle, te provocaba escalofríos, incluso, cierta incomodidad, ni siquiera me gustaba pensar en ello, nuestro ambiente familiar era un desastre. Envidiaba a aquellos niños que eran recogidos por sus familias e iban con ellos a tomar un helado, los míos ni siquiera recordaban a qué hora volvía del colegio, era vergonzoso.

Una separación dolorosa:

Habréis imaginado que, tras una convivencia tan horrible, mis padres se separaran, no tenían forma de pasar el tiempo juntos, cada vez se distanciaban más, así que, lo mejor fue separarse. Sinceramente, no sabía con quién quedarme pero, dado que, mi madre nunca estaba en casa y no me prestaba demasiada atención, decidí quedarme en la casa que conocía y con esa persona que ponía los ojos más en mí que en cualquier otra cosa. Quizá fue un error pero, podía hacerlo hasta que pudiera irme de casa.

Las discusiones se amontonaban, cada día era peor hasta que mi madre se hubo llevado sus cosas. Mi padre estaba tan impaciente que no pudo dejar de insultarla y culparla de todo lo malo de la relación cuando él sabía perfectamente que también tuvo algo de culpa, ambos estuvieron ausentes tanto entre ellos como conmigo. Traté de hacer oídos sordos pero, desgraciadamente, los gritos llegaban a mi habitación, bien audibles y a buen volumen.

Caminos separados:

Cuando viví a solas con mi padre, supe inmediatamente qué era lo que quería oír y que lo único que le importaba era lo que pensara la gente de él o de nuestra situación, siempre trataba de decir que mi madre se había ido de viaje o que la gente hablaba mucho sin saber porque ambos estaban muy bien sin dejarme opción de decir nada, era un encanto… Así que, tras ver este panorama, decidí vivir en su casa pero no cruzarme en su camino, forjar uno nuevo donde pudiese ser yo misma, donde pudiese andar sola y sin una sombra que corriera detrás de mí a cada paso que diera.

Tomamos caminos separados, aunque seguía comunicándome lo que ya sabía, seguía insistiendo en los estudios, el trabajo, el no decir nada a los vecinos, qué era lo que podía decir, cómo expresarme y casi cómo vestirme… Trataba de disuadirlo pero era complicado, así que, hacía lo que quería dentro de casa mientras hacía lo que me daba la gana cuando estaba fuera la mayor parte del tiempo.

El accidente:

Supongo que el accidente marcó un antes y un después, aunque no lo recordase. Al menos, sabía el contexto… Nadie decía nada sobre ello, ni siquiera mi padre quería mantener esa conversación adulta que siempre evitamos empezar, tan solo me dijo que olvidara que sucedió, que tan solo me centrara en recuperarme. El problema es que sí había pasado algo y no podía dejar de preguntarme una y otra vez si choqué con otra persona, si fue así, ¿estaba bien?, ¿había muerto?, ¿podía hablar con ella? Y si no era así, ¿me choqué contra algo?, ¿me caí desde un acantilado?

Nadie podía culparme porque tuviese tantas preguntas en mi cabeza sin respuesta aparente, tampoco las esperaba a corto plazo. Lo peor es que no me dejaban dormir, me inquietaban, esos susurros en mi cabeza no dejaban de hablar, de imaginar las mil maneras en las que podría haber ocurrido… ¿y si fue culpa mía?, ¿y si alguien murió por mi culpa? Era una buena persona, era normal que me preguntase eso al menos cien veces al día. El psicólogo tampoco ayudaba, estaba de parte del equipo “recupérate y olvida lo que ha ocurrido”, estaba extasiada, cansada de tanta hipocresía y de evadir cada conversación, el accidente se había convertido en un tema tabú. incluso, viendo mis piernas recién operadas y empezando a asistir a rehabilitación sin tener muchas más opciones, parecía que tan solo tenía que dejarme llevar, como si nada…

Un futuro hospitalizada:

Tras haber sobrevivido a un accidente que podría haber sido mortal, haber despertado del coma tras siete horas del mismo y tener un montón de horarios que cumplir, parecía que tenía que seguir adelante, en aquel lugar parecido a un manicomio, lleno de gente enferma, junto a ese olor penetrante a hospital, a virus, a enfermedad… no podía evitar taparme la nariz aunque todo estuviera infestado de esa peste. Podrían ser seis meses, quizá ocho, lo iríamos viendo según fuese progresando con la medicación y rehabilitación, aunque con el psicólogo no lo tengo muy claro, no suelta prenda de lo que realmente pasó, así que, tampoco debería expresar lo que siento, es una especie de cincuenta – cincuenta.

Supongo que todo se basará en el autocuidado, en mi padre comiéndome la cabeza, en mi hígado tratando de absorber esas pastillas terminadas de recetar que no parecía que mejoraran en nada y un estado psicológico muy poco envidiable. A parte de ser invisible, también tenía la opción de ser el cuerpo con más atención médica del mundo porque nadie me pregunta cómo estoy, sino que, todo se basa en ciencia, en simples análisis de sangre y orina, en TACS y montones de bendajes, en millones de ojos puestos en mí. En estos momento, tan solo deseaba desaparecer… ¿por qué no morí en el accidente…? Todo sería más sencillo.

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Un Vampiro Derrotado: Talía

Talia

Relato procedente: “SUSURRO”

Nombre completo: Talía Davis.         Edad: 243 años.

Ciudad natal: Londres.                       Raza: Vampiro.

Descripción física:

Mi cabello negro llega a la mitad de la espalda, liso, sedoso, desigual y en profunda armonía con el resto de mi cuerpo. Mis ojos son de un color azul intenso, aunque cuando me he convertido, han cambiado a un rojo sangre bastante penetrante y feroz. Mis labios finos son gruesos y dejan entrever unos colmillos blanquecinos y con ganas de desgarrar. Mi cuerpo esbelto nunca ha tenido un lugar a donde ir o esconderse, siempre he caminado sin rumbo y eso ha sido suficiente para mí.

Descripción de la personalidad:

Curiosa, intensa, diría que un tanto impulsiva… A veces, no sé parar de hablar, quizá hago daño a mi alrededor con mis palabras, me da igual o simplemente, no reparo en ello. Pienso poco y reacciono más, las acciones son lo que cuenta al fin y al cabo, cuanto más rápidas, más intensas y emocionales. Siempre he sido muy sensible pero he negado el ser vulnerable, nadie ha tenido la oportunidad de verlo en mí, de vislumbrarlo en mis ojos, de verme llorar.

Renacida:

Todo el mundo tiene un pasado. No me acuerdo muy bien del mío, dado que, 243 años dan para muchos recuerdos, tan solo sé que era frágil, tímida, miedosa y vulnerable, no tenía muchos amigos y veía las relaciones sociales desde la distancia, no parecía agradecerlas demasiado cuando estaban a mi alrededor. Era tan inocente que tan solo vivía en mi futuro, siempre planeando mi siguiente movimiento, desde planes de final de año hasta a qué Universidad me gustaría ir y por qué, era un compedio de planes, de ideas que flotaban en mi cabeza y que creía podía cumplir, sin tener muy claro si era lo que quería pero era lo que todos esperan de un no tan adolescente que va a presentarse a la selectividad, ¿verdad?

No supe qué era volver a nacer hasta aquella noche. Eran las tres de la madrugada y no podía dormir, así que, como algunas veces hacía, me vestí y salí a dar un paseo, no dejaba de dar vueltas en la cama y no veía sentido ninguno seguir en ella sin dormir. Estaba oscuro, pero algunas calles sí tenían luces. Desierto. No noté los pasos detrás de mí hasta que se hubieron acercado lo suficiente para sentirlos detrás de mi nuca, hasta notar su aliento acercarse a mi oreja, hasta quedarme lo suficientemente paralizada como para no poder mover ni un dedo. Al principio, pensé que sería alguien conocido que quería gastarme una broma pesada pero, cuando sus colmillos se posaron en mi cuello con fuerza, grité de dolor hasta que morí.

Me sorprendí al volver en sí, cuando los pulmones volvieron a llenarse de aire y empecé a darme cuenta de que estaba despierta, ¿cómo podía ser si acababa de ser asesinada?

El proceso:

No te das cuenta de que te han convertido en vampiro hasta que te sientes atraído por la sangre humana, hasta que oyes los latidos del corazón a larga distancia y quieres desgarrar cualquier garganta que se te ponga delante para alimentarte. La primera vez que me salieron los colmillos, me dolieron tanto que sangré, casi no pude comer como era debido, sentía mi boca como adormecida, las encías bastante delicadas y todos mis sentidos en completa alerta. Me vi a mí misma en un espejo y me aterroricé por completo, no podía creer lo que estaba viendo, ¿cómo era posible que estuviera viva? ¿qué estaba pasando?

Supongo que llegas a comprenderlo todo cuando tus síntomas son parecidos a los de las películas realistas, a las clásicas de vampiros, a aquellas que parece que nunca mientan sino que están hechas para que te guíes. Me pregunté una y otra vez si podría sobrevivir, si sería capaz de alimentarme sin perder el control, incluso, tenía miedo de ir sola, tenía pavor de que otros vampiros me atraparan y quisieran utilizarme, había muchos que perdían el tiempo de esa manera. No entendía muy bien qué podía hacer exactamente, tampoco el alcance de ello, tan solo, fui descubriendo algunas cosas poco a poco, como nuestro increíble oído y olfato.

Aprendiendo a controlarlo:

Ya os digo que no es nada fácil pero tuve que hacerlo tras ver que había matado a más de cinco personas tan solo por el impulso del hambre, tan solo por no poder parar a tiempo y encontrarme con un cadáver entre mis brazos. Las emociones se intensifican, así que, estaba ante un cúmulo de sensaciones que no podía explicar muy bien, quería pararlas o, al menos, controlarlas, mi ira aumentaba y no dejaba de sacar los colmillos a cualquiera que me negara alguna cosa por pequeña que fuese.

Empecé con las meditaciones guiadas, con mantras que me llevaban a calmarme, a sentirme segura aún estando en situaciones de riesgo. Me repetía a mí misma que estaba ante un proceso difícil y que poco a poco lo pasaría, era cierto pero tardé cien años en conseguir controlarlo del todo y parecía que nunca fuese suficiente. Podía controlar mis ataques de ira, mis inseguridades, mis miedos, podía incluso, dejar la impulsividad que me llevaba a tomar malas decisiones atrás, fue como renacer de entre las cenizas.

Los cazadores:

Los vampiros nunca hemos sido muy amistosos con los hombres lobo, por ejemplo, pero mucho menos, con los cazadores. Están por todas partes, se esconden la oscuridad, se vuelven invisibles para atacar al mínimo movimiento. Durante siglos han creído que somos una amenaza real, que no podemos controlarnos, que no somos capaces de hacernos pasar por seres humanos, somos una especie de monstruos que tan solo hacemos daño a aquello que nos rodea, nos alimentamos de aquellos que intentan proteger. Supongo que alimentarse de bolsas de sangre no es suficiente para ellos…

Tras años de entrenamiento, cada vez son más fuertes, más rápidos, más conscientes de nuestros movimientos, nuestras sensaciones, la ira que nos vuelve imparables y la sed de sangre, que nos vuelve hambrientos. Han sabido cómo utilizar todo esto en contra nuestra, han conocido muy bien a su enemigo para contraatacar con todo lo que tienen, con todo el armamento del que disponen. Llevamos siendo cazados entre las sombras durante un par de años, sucede sin más, sin previo aviso, es un dejar de existir sin haber cerrado a penas los ojos, como morir por obligación…

Segunda y definitiva muerte:

No sabía muy bien qué era, no podía verle, tocarle o sentir su respiración, era totalmente invisible. Lo único que notaba era una especie de presencia que se acercaba a mí y trataba de asustarme, de rodearme, de hacerme sentir indefenso, vulnerable… Lo peor fue que lo consiguió. Cada vez, podía notarlo más cerca, el cabello de mi nuca se erizaba y podía notar su aliento aproximándose, no podía ver ningún arma, tampoco ninguna señal de amenaza, estaba completamente paralizada por el miedo y el estrés que me producía no saber quién o qué me acechaba.

Me pasaron muchas cosas por la cabeza antes de que ese cazador me arrancara la cabeza, antes que la separara de mi cuerpo como si sus manos se hubiesen convertido en una motosierra. Ni siquiera pude ver si sonreía, si se divertía con mi dolor, tampoco sabía quién era, su nombre, su mirada… ¿podría haberle conocido? Lo que sí supe desafortunadamente, era que estaba muerta de forma permanente, no podría volverme a levantar del suelo en el que me dejó tirada como si no importara, como si fuese un mostruo más al que arrebatar su vida sin más.

Ya no había forma de renacer…

Un futuro en las sombras:

Los seres sobrenaturales tendemos a ir a otro lugar cuando morimos, es como un segundo plano en el que pagamos por nuestros pecados, dado que, siempre matamos a alguien mientras aprendemos, es ley de vida para nosotros. Ando por los callejones justo como antes pero soy como una sombra, como alguien inexistente cuando solía ser reconocida por otros de mi especie. Jamás me mezclaba con clanes, prefería ir sola y defenderme de los ataques de otros seres pero, al menos, sentía que tenía un lugar al que pertenecer aunque nadie supiese mi condición. Ahora era como si hubiese desaparecido, como si no hubiera quedado ni un rastro de mi existencia en la Tierra, como si hubiese sido totalmente borrada.

Podía verles a mi alrededor. Esos seres humanos inocentes, ignorantes de cualquier otro tipo de especie que vive con ellos, de cualquier acto de violencia hacia otros, del vampiro que es cazado aunque sea inocente, del hombre lobo que escapa por las alcantarillas temeroso de que le maten sin previo aviso… Todos les tememos pero los humanos, siguen hablando de tonterías, nadie nos defiende, estamos completamente solos en una lucha que no podemos ganar…

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La que Huye: Kayla

Kayla

Relato procedente: “HUIDA”

Nombre: Kayla Goyde    Profesión: Administrativa

Ciudad natal: Belfast     Edad: 42 años

Descripción física:

Mi cabello negro es ondulado y suele estar algo enmarañado debido a mi situación actual, ya no puedo cuidármelo como antes, la cárcel no es un sitio agradable donde te presten un buen suavizante y unas esponjas para frotarte el cuerpo. Mis ojos castaño oscuro, grandes y expresivos, ahora permanecen cansados tras tantas noches sin dormir, recordándolo todo de una forma muy vívida, acercándose a la pesadilla. Mi tez pálida ahora tiende a parecer más rugosa, a veces, algo seca debido al ambiente que acontece en mi alrededor, las zonas cerradas, lugares en los que no llega el sol ni el aire. Mi cuerpo esbelto, tiende a adelgazar cada vez más debido a mi falta de apetito y, según mi psicólogo, a mi sentimiento de culpa y estrés postraumático, algo que no me ayuda en nada.

Descripción de la personalidad:

Puedo decir que siempre he sido una mujer casera, bastante pegada a la família y con pocas ganas de compartir mi vida con nadie más que con mi hija. He sido muy reservada, tranquila y controladora en lo que tenía que ver con las situaciones diarias, he mantenido la calma en momentos difíciles y me ha encantado acercarme a esos precioso bosques cerca de nuestra casa donde se podía respirar aire fresco, me daban mucho vida, justo lo que ahora más anhelo. Solían decirme que era una mujer triste, quizá por mi expresión, puede que por la forma de mis ojos o mi cara, pero he sido una mujer más sensible que ninguna otra cosa, aunque sea verdad que lloro con facilidad. He sabido guardar muy bien los secretos, sobretodo los míos, han estado sepultados en la profundidad de mi alma hasta llegado el momento.

Una infancia y adolescencia exigentes:

Desde muy pequeña, mi madre me trataba como una verdadera mujer con responsabilidades y quehaceres diarios, me marcaba los tiempos, desde qué hacer nada más despertar hasta cómo debía comportarme en la mesa. Mi madre era la típica mujer sumisa que servía a su marido con absoluta lealtad, nunca cuestionaba esos actos machistas de las mujeres de entonces, ni siquiera los consideraba como tal, de hecho, permitía que la pegara cuando no hacía algo exactamente como él quería. A mí me parecía excesivo, incluso, mi padre me decía que debía aprender de los errores de mi madre para que cuando me casara, no los cometiese con mi marido. A veces, me daba escalofríos.

Mi madre se preocupaba siempre que llegaba algo más tarde a casa, no quería que me relacionara demasiado con mis compañeros de clase, siempre tenía que hacer cosas en casa, según ella, para aprender a cómo hacerlo sola, quería que cada vez más, comenzara a ser independiente pero yo sabía perfectamente por qué lo hacía. Debíamos ser como los demás vecinos del barrio, exigentes con nuestros hijos, obedientes a nuestros maridos y debíamos dormir con un camisón pegado al cuerpo, nada de dormir desnuda o con sujetador y bragas. Dios, era agotador…

“Adiós, padre”:

Esas fueron mis palabras cuando me enteré de su muerte. Fue un accidente, al parecer, le atropellaron cuando salía borracho de una taberna en el centro de la ciudad. No puedo decir que no me aliviara el hecho de que por fin dejara de formar parte de nuestras vidas. Mi madre ni siquiera se inmutó, actuó como una autómata, como si su muerte no importara o, mucho peor, como si ella se convirtiera en polvo y no supiera qué hacer con su vida pero muy pronto lo descubrió.

No volví a pensar en ello, no volví a recordarle y tampoco quise. No había sido nada bueno para mi madre, la defendía aunque ella no se lo mereciera, era sumisa porque prefería la postura cómoda de no hacer nada para evitar ser maltratada de aquella forma. Aunque empezó a perderse entre hombres más jóvenes que ella, aunque perdiera totalmente el norte, la seguía ayudando a levantarse cada mañana y a que dejara de darse vergüenza a sí misma.

Mismo pasado, mismo presente:

Éramos felices. Me sentía completa con aquella persona que compartía tantos momentos conmigo, incluso, cuando murió me sentí culpable al sentirme aliviada por la muerte de mi padre, quizá pasó lo mismo por ello… No podía explicarme por qué mi madre y yo teníamos vidas tan paralelas, todavía sigo preguntándome qué pasó. No tenía ni idea de por qué dejé de mantener contacto con mi madre, quizá tenía miedo de que los acontecimientos de su vida empezaran a formar parte de la mía, que empezaran a afectarme de verdad, a influirme… Estuve aterrorizada un tiempo.

De compartir las responsabilidades de traer una vida al mundo, había pasado a cargarlas sobre mis hombros totalmente sola, ahora era madre soltera, algo que me quitaba el sueño de forma constante. La niña crecía muy rápido pero no dejaba de llorar, era tan intensa a veces que no podía controlarla, tampoco mi ira contenida durante tanto tiempo por la frustración que albergaba en mí tras la muerte de mi marido, ese que siempre entendió mis fases rebeldes y emotivas, ese que prometió no dejarme nunca sola…

Perdí completamente el control. Dejé de ver con normalidad, la visión se volvió borrosa pero iba directa hacia ella, hacia su cuello, quería mi objetivo, tan solo quería que se callara, tenía tanto trabajo que no podía dejarlo ni un minuto, era mi responsabilidad… Dejé que mi cuerpo decidiera por mí, que mis sentidos se agudizaran y adormilaran mi alma, me dejé llevar por completo, haciendo lo que mi madre había tenido tanto miedo de hacer conmigo… Apreté su cuello con fuerza, oía que su voz se iba apagando, se movía pero pronto dejó de hacerlo. Medio sonreí al comprobar que había conseguido que callara pero, en cuanto volví a mí, comprendí lo que había hecho, el tremendo error que había cometido y lo que había perdido, todo al mismo tiempo…

Después de su muerte:

No podía respirar. Sentía cómo me ahogaba cada vez que entraba al salón, cada vez que veía el sofá vacío, cada vez que pensaba en ella, en sus pequeños pies, en su olor, en su tacto suave y la ternura en sus ojos… Me obligué a olvidar lo que pasó porque no quería admitir lo que hice, no sabía cómo había sido capaz de consentírmelo, ni siquiera cómo había ocurrido. Era incapaz de mirarme al espejo, ya no conocía a esa mujer perdida, ya no sabía quién iba y volvía del trabajo o quién cogía el coche para ir de compras, ella ya no era yo en absoluto, se había transformado en alguien que desconocía.

Delante de la gente, actuaba como si no hubiera ocurrido nada, incluso, me inventé una historia que yo misma me creí para que pareciera más verídica a ojos ajenos. Según mi versión de la historia, estuve trabajando hasta tarde y, cuando llegué, la niña ya no respiraba, había muerto mientras hacía horas extras en la oficina. Algunos se lo creyeron pero otros no, mucho menos esa persona culpable que había dentro de mí, esa persona que montó un escenario para confesar y poder cumplir con su condena después de matar a su propia hija, fruto del amor que se tenían dos personas que se complementaban tan bien.

Un futuro siendo prisionera:

No puedo decir que esté cómoda pero todavía merezco mucho más que una cadena perpetua, todavía merezco la muerte por lo que hice. No lo conseguiré, soy demasiado sensible y tranquila para tener mal comportamiento y soy demasiado cobarde como para conseguir unas cuchillas en este tugurio y matarme yo misma, así que, lo único que puedo hacer es conformarme con lo que me rodea, no mirar a nadie y no hacer preguntas. Yo misma me metí aquí y yo misma pagaré las consecuencias de lo que hice.

No sé si sobreviviré, si volveré a tratar de huir de mí misma, tampoco si pagaré por todo o si necesitaré algo más, pero sí sé que no volveré a ser libre, viviré enjaulada hasta que muera, lo único que me quedan son los recuerdos, aquellas sonrisas, las miradas, la complicidad, la esencia y el alma que tuvimos en un pasado, ya lo vivo a él y no a mi presente, los días trascurren sin importancia, los miro mientras permanezco en la oscuridad, mientras espero que venga a por mí y por fin pueda estar en paz…

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La Inocente Grace:

Personaje Grace

Relato procedente: MIRADAS QUE SE ENCUENTRAN

Nombre completo: Grace Dale Cobern       Edad: 32 años

Ciudad natal: Londres                                   Profesión: Decoradora

Descripción física:

Mi cabello rojizo y ondulado me llega hasta más abajo de los hombros, brillante y más sedoso que años atrás, cuando era totalmente rebelde e intratable. Mis ojos verdes habían pasado de ser inocentes a ver la realidad con absoluta claridad. Mis labios gruesos, ya no formaban parte de otro cuerpo, permanecían solitarios, en la más remota oscuridad, sin contacto, sin un ápice de acercamiento. Mi cuerpo esbelto, había dejado de esperar un nuevo amor, había dejado de sentirse atraída por aquellos hombres que no querían más de tres citas y también había dejado de usar vestidos que no me daban más que rechazos.

Descripción de la personalidad:

Pues sí, soy alguien inocente, quizá algo curiosa por lo que no conozco y muy esperanzada en aquellos a los que no debería brindarles mi amor. Soy muy enamoradiza, me resbalo varias veces en ese túnel resplandeciente del amor, de miradas encontradas y un montón de inocentes sonrisas pero, lo que más me gusta es el primer beso, todos son especiales y únicos, están llenos de color. Siempre he sido algo impulsiva, he actuado en base a decisiones no pensadas sino hechas, no me ha gustado nunca arrepentirme de mis acciones, aunque lo terminara haciendo. Sí, fui muy pasional y muy dada a los demás, me dejaba llevar por cualquier enamoramiento porque me parecía fácil, me dejaba envolver por los buenos momentos…

Una familia unida:

Supongo que todo empieza por la familia. La mía siempre estuvo unida, no sé si fue por mí porque fui hija única o porque, simplemente, mis padres amaban estar juntos desde hacía más o menos una eternidad. Creo que fue por ellos por lo que siempre tuve el romanticismo tan idealizado, me llevaba a pensar que todos los hombres serían igual de respetuosos que mi padre, igual de amables, detallistas, interesados en el bienestar de la chica con la que están como lo hacía él con mi madre pero, quizá todo eran sueños que no se iban a cumplir.

Siempre me ayudaron en mis problemas pero nunca conseguían que saliera de casa, no eran capaces de que trajera a ninguna compañera de clase conmigo a merendar o a hacer los deberes, si os digo la verdad, para mí era realmente incómodo. Al no tener muchos amigos, tampoco podía encontrar a alguien con quién compartir mi vida, como es obvio, si no sales, no conoces gente nueva, todo acto tiene sus consecuencias, ¿verdad?

Un compendio de rechazos:

Conforme iba avanzando en edad, iba dándome cuenta de lo difíciles que eran las relaciones, lo complicado que era tratar de mantener a alguien contento todo el tiempo teniendo que arriesgar tu propia felicidad. Nunca llegué a tener una relación estable, la mayoría de ellas me duraban más o menos dos meses, todo se acababa tan pronto que no me daba tiempo ni a pestañear. Iba de relación en relación  y, casi siempre, llegaba a casa llorando por el típico desengaño amoroso del tipo “él no era como yo pensaba…”, era tan enamoradiza que perdía el tiempo con cualquiera.

Nadie me rechazó por mi físico, pero quizá sí por mi dramatismo, porque era una intensa y me dejaba llevar por mis impulsos en cualquier ámbito de la vida, supongo que eso era algo que les asustaba de mí. Muchos de ellos, tan solo buscaban acostarse con la típica tía que tenía una cara bonita y un cuerpo de ocho pero, ninguno valía lo suficiente como para arriesgarme a quitarme la ropa. Terminaron aburriéndome y dejé de intentarlo, dejé de ir a los bailes del instituto, de interesarme por tener pareja el día de San Valentín con tanto ímpetu, también dejé de tener interés por todo lo que tuviera que ver con el amor, ni siquiera soportaba ya las canciones lentas. Lo dejé todo y me centré en mis estudios al cien por cien, no más distracciones.

Casi-boda:

Hace más o menos tres años, conocí a un joven apuesto, simpático y entregado que pensé sería el que me llevaría al altar, de hecho, casi lo consiguió. Mi familia estaba realmente exaltada, feliz, incluso asombrada de que hubiese encontrado a alguien con quién mantener una relación totalmente sana y, no os voy a mentir, lo era. Los amigos de mis padres que, en aquellos momentos, también empezaron a ser mis amigos, también estaban muy ilusionados y, mucho más cuando recibieron la agradable noticia de que íbamos a casarnos, ¡no se lo podían creer! A decir verdad, yo tampoco.

Todo estaba preparado, nuestros padres pagaron algunas cosas que se salían de nuestro presupuesto para la boda y nosotros estábamos muy contentos de que todo fuera a suceder al fin y de que mi vida se fuera encarrilando pero me preguntaba constantemente: “¿esta es la vida que quiero o la que quieren los demás para mí?” Mis padres siempre quisieron que tuviera una relación como la suya, querían que me casara y tuviera hijos, algo que a mí, en realidad, me daba verdadero pavor y no estaba preparada ni siquiera para dar el “sí, quiero”, iba a quedar enlazada con una persona para siempre y lo único real que podía ver en mi cabeza era un gran cartel donde ponía: “ESA NO ERES TÚ”.

No quise pensar en ello, pensaba que eran los nervios de la boda, ya sabéis que a veces pasa y tienden a estropearlo todo. Me di cuenta de que aquellas preguntas eran reales cuando algo me decía que no debería hacerlo si no me nacía, realmente, era un alma libre a la que le gustaba pasar un buen rato con alguien, acostarnos juntos, viajar, ir a cenar… pero nada de vivir juntos y tomarnos las cosas más en serio que un “sí, quiero” en un altar. En vez de decírselo en su momento o, al menos, mucho antes de ir a la boda, lo guardé dentro de mí sin saber muy bien cómo hacerlo, en qué momento destrozarle la vida a aquel hombre tan ilusionado por el mejor día de su vida, y yo tampoco quería decepcionar a mis padres, así que, se me ocurrió esconderme en los baños sin que nadie se diera cuenta y salí corriendo de la iglesia antes de que empezara la ceremonia, dejándole en el altar, como la típica película de “Novia a la Fuga”. Me detesté a mí misma por aquello.

Vida sencilla y solitaria:

Decepcioné a todo el mundo, soy consciente de ello pero no pude hacer nada para remediar lo que hice porque ya estaba hecho. A partir de ese momento, alquilé un estudio pequeño para mí sola, para vivir de una manera sencilla y para centrarme un poco en el trabajo y en lo que realmente me gustaba hacer, iba a intentar salir con más hombres pero guardando las distancias y marcándome ciertas normas. Mi trabajo de decoradora de interiores, me abría las puertas a conocer nuevas personas, a encontrarme con hombres muy atractivos con los que acostarme sin compromiso o con lo que tomar una copa de vez en cuando y dejar que se quedasen en mi casa a dormir.

En ese momento es cuando conocí al último, ese que me tenía totalmente eclipsada y el que me dejó sin respiración, ese que tenía un secreto tan grande que me arrepentí de haberle seguido. Llevábamos unas tres citas, ni siquiera nos habíamos besado, él siempre marcaba las distancias y, muchas veces, se notaba la tensión entre ambos, era como si quisiéramos hacer algo, acercarnos más pero hubiera una barrera que nos lo impidiera provocando suspense. No puedo decir que no estaba intrigada por lo que escondía, siempre desaparecía cuando menos lo esperaba, me soltaba excusas y me gustaba tanto que creía eran bromas o me estaba ocultando que estaba casado o algo por el estilo, el simple hecho de pensar en ser “la otra” me daban ganas de vomitar, una de mis reglas era no enrrollarme con hombres casados, así que, quería averiguarlo, ¿era eso tan malo?

Pues lo fue, terminé muerta en el suelo de mi casa. Habría hecho bien si no le hubiese visto matando al alcalde, descubriendo que era un asesino a sueldo, por fin todo empezaba a encajar… Se gastaba mucho dinero conmigo, tenía una colección de coches en el garaje de su casa, la cual, era muy moderna, grande y preciosa, un largo etcétera. Tan solo quería saber más sobre él porque casi no hablaba de su vida, llegué a creer que incluso, se había inventado su nombre, no sabía si estaba siendo sincero conmigo y, por descontado, no lo estaba siendo. Él tenía que atar cabos, no podía quedar ninguno suelto, no podía confiar en que mantendría la boca cerrada, se empeñó en quitarme de en medio, sin sentimientos, sin remordimiento alguno pero, ¿es que a caso los asesinos los tienen?

Un futuro evaporado:

Había pensado aprender a vivir sola, a tener relaciones fuera del trabajo y a llevarme a hombres a casa cuando realmente me apeteciera tener algo con ellos, dejando de lado las reflexiones absurdas de mi familia, eran tiernos pero llegaban a un punto en el que resultaban pesados. Empezaba a saber qué camino quería tomar, qué dirección seguir con mi vida antes de que terminara de una forma tan trágica, evaporándose por completo, en un abrir y cerrar de ojos.

Ni siquiera noté la bala penetrar una parte de mi cerebro, caí en el suelo de manera instantánea y todo fue oscuridad, ese es el lugar al que voy a pertenecer ahora y en un futuro muy lejano, sin saber a dónde ir mientras camino a tientas, tocando paredes invisibles y cantando canciones absurdas para aliviar mi dolor y dejar las lágrimas correr por mis mejillas mientras voy olvidando quién soy, quién fui o quién pude haber sido…

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Rebecca: Amor Perdido

personaje rebecca}

Relato procedente: “CUERPO”

Nombre completo: Rebecca Ribers.      Edad: 28 años.

Ciudad natal: Cardiff.                              Profesión: Fotógrafa.

Descripción física: 

Mi cabello negro intenso es corto, rapado por el lado izquierdo, algo enmarañado y deshecho, no me gusta dar la sensación de darle demasiada importancia a mi aspecto, aunque sí la tenga. Mis ojos son del mismo color que el cabello, ahora rezuman tristeza y algo de inquietud preguntándome qué haré con esta soledad que ahora embriaga mi vida, mientras mis labios gruesos ya no encuentran a su otra mitad. Mi tez sigue siendo igual de pálida que cuando nací, tampoco soy persona de ponerme al sol, así que, creo que está justificado y, bueno, mi cuerpo sigue siendo esbelto, normalmente, adornado con pantalones rotos, chupas de cuero, cadenas y collares de plata.

Descripción de la personalidad:

Por lo general, soy desconfiada, cuido de mí misma y tiendo a ser bastante egoísta con aquellos que no se merecen mi cariño. Consigo el respeto de los que me rodean, mi presencia suele intimidar y, aunque no sea así en absoluto, me gusta que los demás lo crean, autodefensa sería un buen sinónimo a utilizar. No muestro debilidad hacia nadie, tan solo lo he mostrado con la única persona que lo merecía, tampoco me gusta mostrar ninguna de mis buenas facetas porque todo el mundo tiende a juzgarte, nadie te toma en serio y terminas sufriendo, así que, digamos que utilizo varios patrones útiles para sobrevivir en la sociedad, patrones que ni siquiera me definen.

Una soledad impuesta:

Desde niña, sentía que no formaba parte de este mundo, que no encajaba en los estándares habituales de la sociedad, mi mente estaba llena de “por qués” sin respuesta. Mi madre era una drogadicta que, por mucho que fuera a desintoxicación no le servía para nada, su compañera más leal era la heroína y nadie podía hacer que se rehabilitara, ni siquiera yo, de hecho, muchos se sorprendieron de que naciera sana, mi madre no pude resistir mucho tiempo estando sobria. Mi padre nos abandonó en cuanto tuvo oportunidad, ni siquiera me acuerdo de su cara y todavía estoy decidiendo si valió la pena conocerle o no, saber quién era o habría sido, imaginar nuestra relación padre-hija.

En ocasiones, solía jugar a que tenía otros padres con muñecos que me dejaban mis compañeros de clase, todo parecía menos jodido y mucho más interesante. Me mentía a mí misma para sentirme mejor, para olvidar que, al llegar a casa, habría alguien que ni siquiera me prestaría atención, ¿a caso a mi padre le dolió irse? ¿A caso pensó en cómo me afectaría a mí? Soñaba con la posibilidad de conocerle, de ser parte de su vida cada día al despertar pero, cada vez, me sentía más alejada de la respuesta.

Independecia forzada:

Hice lo que cualquier buena hija habría hecho por su madre: quitarle la droga para conseguir que mejorara, error que jamás volví a cometer. Empezó a tener un síndrome de abstinencia tan grave que casi me mata con un cuchillo para conseguir que le devolviera la droga, así que, no tuve otra opción que hacerlo. En cuanto volvió a ponerse ciega, vino a decirme cuánto me quería. En ese preciso momento, comprendí que debía irme si quería sobrevivir y tener una oportunidad en la vida…

Vendí drogas durante un tiempo, tanto que llegué a engancharme a la abundancia económica que esta me proporcionaba, en cuanto me di cuenta, ya tenía el dinero suficiente para alguilar un piso grande y lujoso para vivir como yo quería y tener algo ahorrado hasta que pudiera dedicarme de lleno a la fotografía. De momento, los yonkis me pagaban las facturas y, mientras permaneciera en perfil bajo, todo iría a pedir de boca, no tenía que llamar la atención. Dejé a mi madre en cuanto me hube mudado por completo y no volví a pisar su casa jamás, empecé a pensar en mí misma y dejé esa parte de mi pasado atrás, como si no hubiese existido, actuaba como una joven huérfana que no tenía a nadie en la vida.

Una luz al final del túnel:

Empecé a tener un insomnio tan pronunciado que necesité pastillas para dormir, bastante fuertes. Me sumían en un estado de completa armonía, de paz, de felicidad fingida pero que era suficiente para mí, era como creer que todo iba bien, incluso, sentía que tenía una compañera cerca cuando la necesitaba, estaba tan sola que ya no distinguía qué era bueno y qué no, empezaba a caer en un pozo que gritaba mi nombre, empezaba a ser mi madre. Llegué a sentir tanta vergüenza de mí misma que no podía mirarme al espejo, que no podía creer cómo había llegado al punto de dejar que mis ojos se dilataran tanto, de matar por una pastilla y esnifarla cuando no tuviera más opción, estaba desesperada, totalmente enganchada.

Pero una pequeña luz se acercó a mí a paso lento, tenía una sonrisa preciosa, una manera de reír muy particular y unos ojos tan azules que podían eclipsar una habitación entera, tenía personalidad, carisma, era ignorante y tan inocente que tan solo me daban ganas de besarla sin saber por qué, todo me atraía a ella, a su mirada, a su cuerpo esbelto y su cabello negro. Susan me gustaba mucho, me hacía sentir segura a su lado aunque fuéramos despacio en nuestra “relación”, ni siquiera hablamos de ello, tan solo nos dejábamos llevar por nuestros deseos, por lo que queríamos en ese preciso momento. Apartó las pastillas de mi vida poco a poco, sin que me diera cuenta, me mantenía entretenida, me acariciaba el cuerpo y dejaba que fuese parte de mí, se reía conmigo y contaba unos chistes malísimos, se escondía en el armario y tenía que encontrarla para al final, terminar besándola apasionadamente como respuesta. En pocas palabras, Susan me salvó la vida, me salvó de mí misma y se lo debía todo…

Mi musa:

Empezó a ser mi musa, ella posaba para mí. Llegué a hacer obras de arte con las fotografías que le hacía, conseguí un trabajo muy bien pagado en una empresa de fotografía, tan solo me querían a mí para el puesto y fue una oportunidad única gracias a Susan. Pude dejar atrás la venta de droga para llevar a cabo el talento para el que nací, para lo que me llenaba de verdad, pasaba el día en la oficina pero sentía que valía la pena. Con ello, podía notar que daba por sentado mi “relación” con Susan, se quedaba la mayor parte del tiempo sola, dado que, no tenía muchas amigas y las que tenía estaban lejos, su familia creía que ella era un poco tonta y por ello, casi no hablaban con ella, tan solo los fines de semana cuando iba a verles por simple obligación.

A Susan le encantaba posar, hacerse la interesante, nos hacíamos “selfies”, sonreíamos a la cámara, hacíamos vídeos graciosos, todavía tengo algunos momentos compartidos en mi ordenador que olvidaré borrar. La fotografía siempre estuvo presente en cada momento de nuestra relación, formábamos parte de ella, incluso, en los momentos íntimos o privados, era como una experiencia más de todas a las que ella no se sometía por vergüenza pero, al menos, la hacía sonreír.

Una muerte prematura:

Tenía veinte años, todavía era algo así como una niña inocente. La encontré muerta en el suelo de su casa, había sangre por todas partes y no pude hacer otra cosa que quedarme inmóvil mientras recordaba los mil momentos que pasamos juntas y sin arrepentirme lo suficiente por haber pasado los últimos cuatro días en el trabajo sin poder verla porque era un negocio importante. Ahora, se había ido. Tan solo podía pensar en esos momentos irrecuperables, en las lágrimas que no eran capaces de salir a través de mis ojos debido al shock existencial que tenía en aquellos instantes, recordaba cada pequeño detalle que compartimos, cada pasado haciéndose tan presente.

Se la llevaron en una bolsa negra, dejando atrás una mancha de sangre roja, esa huella en mi memoria que recordaría siempre. Tras limpiarla, no podía dejar de observar la madera, esperando oír su voz, su risa estridente, su cuerpo encima del mío, un beso que quitara el hipo… pero nada de eso ocurrió en las horas siguientes, incluso durante la noche, permanecía sentada en el sillón mirando el suelo donde había yacido Susan sin poder creer que ya no volvería a entrar por la puerta. Se había ido para siempre, dejando el silencio tras de sí, insoportable, ruidoso, estremecedor, inquietante…

Un futuro absorto de soledad:

Volvía al mismo sitio donde había empezado, a esa soledad obligada con mi madre, con el padre que se fue para no volver y una casa tan grande donde se oía prácticamente todo y nada a la vez, donde el silencio y la soledad podían comerte en cualquier momento. Se me cae la casa encima, no puedo acostarme en la misma cama donde dormíamos las dos y el sofá es, más bien, incómodo; las luces del pasillo permanecen apagadas, ya nadie se sienta en la habitación del fondo a escribir su diario…

No puedo evitar echarlo todo de menos, tantas cosas que no puedo olvidar, muchos recuerdos que me gustaría tocar pero que se escapan de mis manos cuando vuelvo al presente, a la realidad de que no está. Miro hacia el cielo buscando respuestas, tratando de equilibrar mis pensamientos y el deseo de matar a quién haya provocado semejante acto atroz sin saber con certeza si, algún día, le encontraré para mostrarle el dolor que ha causado en su propia piel, mientras sonrió al verle gritar…

 

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Sissy: Una Presa Liberada

 

personaje liberada

Relato procedente: LIBERADA

Nombre: Sissy Greymark          Edad: 34 años

Ciudad natal: Chester               Estado: Presa

Descripción física:

Mi cabello negro está rapado por el lado izquierdo y algo más largo por el derecho, no me gustaban este tipo de estilos hasta que llegué a la cárcel y pude comprobar la gama de peinados diferentes que llevaba la gente y la enorme oportunidad que tenía de lograr un cambio de “look” que no me hiciera parecer una niña asustadiza y mimada, así que, creo que doy una imagen de fortaleza con él. Mis ojos negros son intensos, profundos y, en muchas ocasiones, fieros, dicen más cosas de las que me gustaría expresar. Mis labios finos permanecen en pausa, se mueven cuando deben hacerlo y se mantienen sellados cuando es necesario. Mi tez continúa siendo pálida, casi no salimos a la calle y el sol no nos suele dar en la cara aunque recuerde qué se sentía al bañarme con él cada mañana; sigue estando rugosa y seca, dado que, aquí no dispongo de cremas faciales apropiadas para mi piel. Mi cuerpo está más esbelto que antes debido a las comidas de mierda que suelen cocinar en las cárceles, huelen mal y saben mucho peor.

Descripción de la personalidad:

Soy una persona muy diferente a cómo era hace cinco años. Ahora puedo decir que soy una persona luchadora, bastante cauta a la hora de abrir la boca, no soy de las chivatas y suelo solucionar mis propios problemas sin ayuda, tratando de ser estratégica, utilizar la lógica y no caer en chantajes emocionales o mentiras que sueltan otras internas para que hagas lo que quieran o simplemente, para joderte. Suelo tener miedo al futuro sabiendo que nadie me espera al salir, a esa pregunta de qué pasará cuando me dejen libre, cómo seguiré adelante… Pero, como he dicho, mis problemas son solo míos y siempre vivo entre silencio, a nadie más le importa.

Familias desestructuradas:

Tanto Caleb como yo, teníamos familias bastante desestructuradas, quebradas de dentro hacia afuera, habían tantas mentiras dichas y por decir que eran incontables. Desde que tengo uso de razón, mi familia ha sido muy tóxica, rica pero sin un ápice de cerebro o inteligencia, vivos tan solo para gastar y utilizar a su única hija como florero de jardín, no importaba a nadie. Fui una joven solitaria que vivía en silencio, aguantando discusiones entre mis padres, gritos de una madre estirada y demasiado centrada en la moda como para prestarme atención y un padre gruñón que no hacía más que quejarse.

Como era de esperar, se divorciaron dejándome a mí ante un compromiso enorme. Me preguntaban constantemente con quién quería vivir y a quién quería ver de forma más esporádica por el tema de los estudios y los profesores particulares pero, la verdad, no supe qué responder porque cada uno era más irresponsable que el otro, tan solo resoplé y dejé que el Juez dijera lo que quisiera, al fin y al cabo, yo era un mueble más en las decoraciones de sus casas. Mi padre asumió el cargo, dado que mi madre, no quiso hacerlo, según ella, era demasiado mayor como para cuidar a una niña consentida y desperdiciar el resto de su vida para no obtener nada, así que, viví con un hombre tirano, borracho, violento y sin fuerza de voluntad para seguir adelante.

Independencia:

Tras un tiempo viviendo con mi padre, aguantando cada una de sus facetas y cambios de humor, conocí a Caleb y juntos, decidimos comprar un pequeño estudio en el centro donde esperábamos empezar una nueva vida, llena de agradables sorpresas, casarnos, quizá tener hijos y hacernos viejecitos juntos, bueno, como la mayoría de las parejas planean… No puedo decir que el dinero para ello lo tuviéramos de un día para otro pero ahorramos mucho en el tiempo en el que seguimos con nuestros padres trabajando en lugares en los que se sirve comida basura, restaurantes, floristerías, librerías, cafeterías… creo que cambiamos de trabajo bastante a menudo pero, entre los dos, podíamos tener suficiente para comprar un estudio en el que vivir de forma definitiva, incluso, teniendo hijos.

Nadie se disgustó por nuestra marcha, mi padre estaba encantado de no tener que cargar conmigo, mi madre ni se enteró debido a un tío que se había ligado hacía poco y con el que se había ido a Egipto de vacaciones pagadas y los padres de Caleb no le echaban mucho de menos en Viena, así que, decidimos empezar una nueva vida sin el lastre del pasado: casa nueva, trabajos nuevos y situaciones nuevas. Durante siete años todo fue bien, el carro empezó a descarrilar debido a un descuido, a una herencia por parte de padre, a una circunstancia que me llevó a uno de los lugares más oscuros en los que pude caer.

Algo que olvidar:

Empecé a beber para olvidar todo lo que había ocurrido con mi familia. Al principio, tan solo fue un vaso de nada pero, noté que me sentía mejor, más relajada, así que, al día siguiente, decidí repetir. Cada vez, me hacía menos efecto la copa, ya necesitaba dos o tres para pillar el toque, para sentirme algo sedada y olvidar que existía; después de esto, para mí no era suficiente beberme una botella, necsitaba más, mi cuerpo me pedía alcohol incluso en el trabajo, me escapaba para beber un poco en los baños y sentirme otra vez en suspensión, la sensación que más adoraba del día.

Recuerdo que ni siquiera un abrazo de Caleb me aliviaba tanto como un vino tinto, recuerdo que la ginebra era un gran somnífero que me dejaba K.O. y el chicle era el que me acompañaba a casa para que mi compañero de aventuras no se diera cuenta de mi problema. Mi vida se volvió una mentira, yo misma me miré en el espejo y vi a mi padre, yo misma me había fallado y no podía soportar ese peso sobre mis hombros, tampoco que Caleb lo aguantase por mí, no era justo… Nadie supo de mi problema hasta que la cagué todavía más y las cosas empeoraron.

Encarcelada como un animal:

Todavía me viene a la mente lo que pensé al cruzar esas rejas de la calle, recuerdo que todo me daba igual y que llegué a pensar que me lo merecía. Hacía poco, había tenido a una niña, preciosa, agradable al rodearla con los brazos y, a la cual, me quitaron para venir aquí debido a mi embriaguez al volante y al haber atropellado a una mujer, estaba bastante grave en el hospital. Cinco años de condena fueron suficientes para cambiarme la vida, para ser distinta, dura, fiera, para causar miedo entre las presas pero, no era más que una niña mimada con aspiraciones de una grandeza que no llegaría en años, tan solo era una ex alcohólica que mataría por un trago de whisky.

Éramos como animales salvajes en el desierto, nos mirábamos con desprecio, con desdén, nos gritábamos, nos robábamos, nos hacíamos daño… incluso, puedo recordar cómo me rompieron las costillas en una pelea. Nunca había tenido aquellos sentidos primarios tan agudizados como en aquel lugar, muchos hacíamos cosas de las que no estábamos orgullosos pero nadie nos juzgaba, nadie pretendía que fueses de otra forma porque ellos también habían pecado. Había que ir con cautela, hablando en momentos justos, no mirar a nadie a los ojos y seguir tu propio camino, nada de hacer amigos ni de comportarte como lo harías en la vida diaria, había que convertirse en otra persona y, para mí, no tenía ni marido ni hija, necesitaba que fuera así para sobrevivir en aquel antro del demonio.

Una libertad amarga:

Tras cumplir cinco años de condena, por fin pude ver cómo ponía los pies en el suelo de la calle, respirando el aire fresco y con el corazón acelerado debido a la duda de si alguien me esperaría en casa, tuve mi respuesta cuando llegué y vi nuestro antiguo estudio vacío, desolado, lleno de polvo y sin un solo mueble. Todo el esfuerzo, dedicación y cariño que le dimos a aquel precioso estudio, se había vuelto gris, había desaparecido por completo y no cabía en mí de tristeza, tanta que no me salían ni las lágrimas.

Tuve suerte al encontrar una guía de teléfonos en una de las esquinas del salón, tirada en el suelo, quizá esperando que yo me fijara en ella. El apellido de Caleb figuraba en una de las páginas y pude comprobar que se había cambiado de barrio, el cual, descubrí más tarde que era el de ricos y que su economía se había equilibrado bastante para poder permitirse una mansión como aquella. Las ganas de ver a mi familia se esfumaron al ver a Caleb mirándome al abrir la puerta, perplejo, sin siquiera esperarme sabiendo que hoy era mi día de puesta en libertad, lo peor es que ni se había acordado, conocía perfectamente esa cara… No me dejó ver a Janna, según él no era buen momento. Pero lo que me terminó de romper por dentro fue ese anillo de casado y su confirmación de que estaba con otra persona con la que mi hija conjeniaba, había formado su propia familia y ni siquiera se había dignado a contármelo. Aquel fue el punto y final de mi vida, por ello, decidí volver a mi hogar.

Vuelta al hoyo:

Pude comprender que para las presas, no había una vida a la que volver, nadie te esperaba tantos años al otro lado de las rejas, nadie hace un esfuerzo para volver a sentirte entre sus brazos, nadie es lo suficiente bueno como para esperarte… así que, rompí las ventanas de un coche de policía y les agredí con el bate de béisbol. Cuando me pusieron las esposas, ni siquiera opuse resistencia, tan solo sonreí al ser capturada, volvía a mi casa…

Aquel era el lugar al que había pertenecido a lo largo de mis cinco años de condena, me había moldeado, incluso cambiado de peinado, las presas me conocían, muchas de ellas me temían y era en el único sitio donde te trataban como a una igual, comías la misma mierda y te sentías igual de sola, con esperanza de salir o no pero con el tiempo suficiente como para plantearte qué hacer cuando salgas. Me cayeron diez años esta vez, estaba segura de que a nadie iba a importarle demasiado, así que, iba a dejar que pasaran los días…

Un futuro en casa:

Sé que estoy sola y voy a seguir estándolo, ya no hay nada que me espere fuera, ni siquiera una niña pequeña que conoce a su madre porque, a la única que sabe que existe es la mujer casada con Caleb, mi llegada la desequilibraría, la haría preguntarse muchas cosas que no sería capaz de responder y tampoco sería muy apropiado. Mi futuro se resume en dos simples palabras: esperar y sobrevivir. Quizá, cuando termine mis actuales diez años de condena, mate a alguien para llegar a cadena perpetua o incluso, dejar que me maten en algún baño de mujeres… sí, sería gracioso.

Mi hogar es el lugar en el que elijo pertenecer, es el que me ha hecho quién soy, sentirme parte de él aunque te traten como si fueras un animal sin derechos, aunque no haya nada más que oscuridad y te la cargues siempre que alguien decide joderte la vida. La cárcel es un lugar mucho más que horrible, es resbaladizo, es caótico, difícil y muy pesado, tiende a sacar lo peor de ti, aquello que ni imaginabas que existía y se lo muestra al mundo para que sepan con quién no se debe jugar…

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Detective Spencer: Marcado por una Pérdida

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Detective Spencer

Relato procedente: “TRAICIÓN”

Nombre: Spencer.                              Edad: 39 años.

Ciudad natal: Londres.                    Profesión: Detective.

Descripción física:

Mi cabello negro, estaba algo poblado de canas, las cuales, nunca habían llegado a obsesionarme tanto como a mis compañeros. Mis ojos castaños permanecían en la oscuridad, sonreía pero ellos, parecían tristes aunque no lo exteriorizara, faltaba algo para completar mis días grises. Mis labios finos hacía tiempo que podían esbozar sonrisas pero, a veces, eran fingidas sin soportar demasiado mentir a los de mi alrededor. Era consciente de que debía cuidarme la piel, Jessica se ocupaba cada mañana de repetírmelo, la tenía bastante seca por el frío y no conseguía ese toque perfecto del que muchos hombres presumían. Tenía el típico cuerpo de entrenador, tenía músculo pero no demasiado, no me han gustado nunca los hombres que no caben ni por la puerta, supongo que he estado siempre en un término medio.

Descripción de la personalidad:

Siempre he sido un hombre leal, cumplo las órdenes de mis superiores sin cuestionarlas, he admirado a mi mujer por su trabajo diario y su dedicación a la jardinería, era verdaderamente una experta. He sido un amante de la naturaleza gran parte de mi vida, a mi hija le gustaba rodearse de flores y pastos para seguir mariposas siempre que fuese posible, así que, casi sentí la misma pasión que ella. Soy alguien con carácter que sabe diferenciar lo que está bien y lo que está mal, normalmente, dicen que soy bastante agradable, inteligente y encuentro pistas allá donde no las ve nadie. Soy bueno recopilando datos y juntando las piezas, por ello, les gusta tenerme cerca en todos los equipos que hacen en los casos. Me he dedicado a mi trabajo y siempre me han encantado los niños, en especial, mi hija Katy.

Viviendo aventuras:

Mi ex mujer nunca quiso tener hijos, tuvo a Katy para complacerme, la dejó a mi cargo y, una noche, se marchó mientras ambos dormíamos, a partir de ese momento, ya no he vuelto a verla más, nos abandonó sin darnos una razón. Tras darle muchas vueltas, decidí ser el mejor padre para ella, vivir aventuras juntos, era muy pequeña pero, conforme crecía, veía que ese pequeño sueño podía ir cumpliéndose poco a poco. A pesar del abandono de su madre, Katy era muy feliz, tanto que no dejaba de sonreír, le encantaba que nos fuéramos de viaje a cualquier lado con tan solo cinco años, se movía de un lado para otro y yo no tenía más remedio que llevarla donde quería para que se divirtiera más que de costumbre.

Al principio, no puedo negar que estaba aterrado. Por un momento, pensé que, con treinta y tres años no sería capaz de afrontar mi vida junto a una criatura tan pequeña, que siendo su padre no funcionaría, era una niña, quizá haría más migas con su madre por ser una mujer… Pues me equivoqué por completo. No tengo ni idea de cómo habría sido de adolescente porque no pude vivirlo a su lado pero, empezamos a tener una conexión bastante fuerte incapaz de romperse, desde que empezó a hablar de todo lo que le rondaba por la cabeza conmigo, exteriorizaba todas sus inseguridades y notaba que mis palabras la aliviaban y a mí sus tiernos abrazos. Al parecer, no éramos nadie el uno sin el otro pero, al darme cuenta de nuestra fuerte unión, ella dejó de estar aquí…

Lo que lo cambió todo:

Lo recuerdo como si fuera ayer. Cogimos el coche para irnos a ver una película en uno de los centros comerciales a los que más nos gustaba ir, Katy quería un cubo grande lleno de palomitas, estar a mi lado en una de las butacas y reírnos juntos de los dibujos que fuimos a ver. Ella iba cargada con su mochila y un par de peluches que la acompañaban a todas partes, así que, decidí salir yo primero del coche y abrirle la puerta para ayudarla pero, en cuanto lo hice, oí una especie de zumbido, asomé la cabeza y la vi, totalmente inmóvil, con los ojos abiertos de par en par. Todavía no sabía muy bien qué ocurría pero, en cuanto fui al asiento del copiloto, lo comprendí todo: alguien había disparado a mi hija desde una altura media, miré a mi alrededor pero no conseguí ver nada.

Mis compañeros de trabajo llegaron enseguida, yo casi no podía hablar, estaba en estado de shock y se llevaban a mi hija en una bolsa negra de plástico cerrada con una cremallera. En ese preciso momento, se torció todo y sabía que ya nada sería como antes. No tenía muy claro qué debía hacer, me acompañaron a casa y uno de ellos me preparó una tila para que me tranquilizara un poco tras lo que había ocurrido hacía tan solo una hora antes. No pude comer durante una semana más o menos, tratando de enfocar mis pensamientos en un punto en el que no fuese el suicidio o algo mucho peor, tratando de coger fuerzas para levantarme de la cama un insomnio tras otro, ahí fue donde le conocí. En ese instante, comprendí que seguiría sin poder dormir hasta que no encontrara al monstruo que había sido capaz de disparar a una niña de seis años, necesitaba una respuesta a ese por qué.

Una investigación larga pero fructífera:

Durante diez años, no había hecho más que buscar en la superficie datos sin interés, nada relevante, investigando a un grupo de personas que no tenían nada que ver con el delito en cuestión. Empecé con todo esto tras un mes de reflexión, soledad y palabras inútiles de psicólogos que no habían conocido en su vida lo que era perder a un hijo, supe que debía hacer algo, centrarme en aquella pregunta que me quemaba el cerebro, quería encontrarme con ese por qué a mi hija que se volvía tan presente a cada paso que daba. Al principio pensé que un año sería suficiente, que quizá incluso, podría retrasarse un poco más, no tenía ayuda porque si se lo comentaba a mi jefe podrían despedirme, así que, en aquellos horarios locos entre insomnio e insomnio, me ponía delante de los datos y los archivos con todos los sentidos centramos en un mismo objetivo: pillar a ese cabrón.

La investigación dio sus frutos por fin pero, no era para nada lo que esperaba. Los resultados exhaustivos de todas las pruebas que había realizado yo mismo en la sala de investigación, me llevaban a una sola persona, a alguien que había estado conmigo en cada malo momento de mi vida tras la muerte de mi hija: mi mujer. Llevábamos casi diez años juntos, estábamos tan unidos y nos divertíamos tanto que, hasta creí que fue real… Cuando lo supe, me sentí tan estúpido que, siendo detective, no tenía ni idea de cómo podría haber pasado por alto algo semejante. No podría explicar el conglomerado de sentimientos complejos y confusos que tenía dentro de mí al descubrir que había sido ella la que había matado a mi hija desde un edificio de ocho pisos, con una precisión milimétrica, que se había tomado su tiempo y que había llevado a cabo ese delito porque su jefe quería hacerme daño, una venganza que fue bastante próspera…

Dije desde el primer momento que, si encontraba al culpable de su muerte, no tendría compasión, así que, me enfrentaba a esa difícil decisión en la que tienes que matar al amor de tu vida para vengar la muerte de un ser muy querido. En esa cocina, mi cuerpo no dio marcha atrás, dejó hacer a mis instintos lo que debían hacer y dejar de creer que la conocía cuando había hecho de mi vida un infierno. Nada tenía sentido, además, sería detenido por asesinato, los momentos que tenía en la tierra habían llegado a su fin clavándome un cuchillo en el estómago y esperando que mi muerte fuera rápida. Lo único que sé es que todo se volvió oscuro en cuanto me pregunté dónde irían los espíritus al morir…

Un futuro en compañía:

Por fin comprendí que no estaba solo. Aquellos que había dejado atrás me esperaban para juntos, traspasar las barreras de nuestras vidas pasadas y quizá, volvernos a encontrar en unas nuevas. Katy y Jessica me cogieron de la mano y me acompañaron hacia esa luz cegadora tan potente, especial y que me llamaba tanto cruzarla. Ellas parecían estar felices, parecían estar en paz consigo mismas, incluso ahora, podríamos hacer planes familiares, dado que, todos habíamos acabado en el mismo sitio… ¿Curioso, eh?

Había estado solo durante mucho tiempo, aunque me acompañase Jessica, siempre prevalecía en mí ese vacío que me quemaba, que me rompía en mil pedazos… Hacía tiempo que se había ido pero era como si fuera ayer, podía recordar cada puto detalle, todas las conversaciones de ese día, incluso, cuando quería decirme lo que sentía pero lo decía con otras palabras más sutiles porque se moría de vergüenza, me encantaba estar con ella… Las personas se van pero los sentimientos, siguen latentes, no se olvidan y, mucho menos, dejas de quererles…

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Janine: La Mujer Solitaria

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Relato procedente:“EL SILENCIO”

Nombre: Janine Eringer                Edad: 34 años

Ciudad natal: Sheffield                Profesión: Bibliotecaria

Descripción física:

Mi cabello castaño claro es largo hasta más abajo de los hombros, casi no lo cuido por falta de tiempo pero trato de que permanezca lo más suave posible, consiento el desorden en mi casa pero no los nudos en mi pelo. Mis ojos color miel suelen estar algo decepcionados al mirar alrededor, al permanecer en un lugar tan vacío sin darme demasiada cuenta o sin querer exteriorizarlo. Mis labios gruesos tratan de seguir acallados tras las acusaciones de mi familia, tras los muchos insomnios y las horas vacías delante del televisor. Mi tez pálida sigue algo áspera debido al frío, suele pasarme también en las manos, soy consciente de que debo cuidarme más la piel pero se me olvida con regularidad debido al trabajo. Mi cuerpo esbelto normalmente va vestido con unos vaqueros, cualquier camisa planchada que haya en el armario y una gabardina lo bastante larga como para que cubra una parte de mis piernas.

Descripción de la personalidad:

Suelo ser bastante callada, nada tímida pero con tendencia a apartarme del resto de la gente, me gusta tener mi espacio y horas dedicadas a mí. Mi frase típica tiende a ser: “lo siento, no puedo, tengo mucho trabajo”, termino espantando a todo aquel que quiere mantener una relación amistosa o amorosa conmigo, no puedo evitarlo, sale sin más de mi boca. Me escapo de aquellos que quieren conversar, pienso que siempre tienen una intención negativa detrás y no me gusta que hablen conmigo por sacar algún beneficio, sino por quién soy. No me he tenido en tan alta estima debido a mi familia, he creído sus críticas, he pretendido ignorarles pero de nada sirve cuando las cenas familiares son lo único que te hace levantarte un sábado por la tarde tras toda una semana de trabajo…

Una infancia no muy interesante:

Mis padres siempre han sido bastante estrictos, esperaban muchas cosas tanto de mi hermana como de mí, aunque ella ha conseguido más cosas que yo, tiene un doctorado, marido y dos hijos, ¿qué más pueden pedir? Mientras que, en mi caso, me resultaba más difícil mantener contacto con los demás, no porque no fuese abierta, sino porque no quería, no me inspiraban demasiada confianza. Nos pedían más de lo que podíamos dar, aunque mi hermana siempre llegaba a los niveles que demandaban, siempre les complacía como una buena niña que era, a veces, no soportaba su hipocresía.

No comíamos como los demás niños, nuestras dietas estaban basadas en vegetales crudos, huevos cocidos y demás gilipolleces que no me llenaban para nada, estaba preocupantemente delgada. En el colegio no me pasaban demasiadas cosas interesantes, yo era la hermana de la guapa, de la que triunfaba y sacaba buenas notas, era su sombra hasta que me independicé tan rápido como pude.

La independencia fue la clave de todo:

Cuando no soportas que tus padres lleven las riendas de tu vida como si fueran las suyas, decides qué es mejor para ti, ansiando la libertad más que nada en el mundo y, cuando la tienes, ya nunca más quieres soltarla. Mientras estudiaba en el instituto, iba a trabajar a una floristería a tiempo parcial, pude dedicarme a todo y pasar de curso, algo justa pero seguía adelante. No le dije a nadie que trabajaba hasta que pagué el depósito de un piso y el primer mes con tan solo dieciocho años, mis padres se volvieron locos e intentaron impedírmelo pero no pudieron más que callar y agachar la cabeza, como había hecho yo en su casa durante tanto tiempo. Fue una de las mejores sensaciones que había tenido en años…

Una vez me hube mudado y pude llevar las riendas de mi vida poco a poco, me di cuenta de a qué sabía la libertad, qué era el silencio en una casa propia, con la decoración que a mi me gustaba, sin dar explicaciones de nada, sin estar obligada a celebrar tradiciones absurdas o cenas con tu familia, podía hacer lo que quisiera, dado que, aquel era mi espacio por fin, un espacio que he cuidado desde entonces, dado que, sigo en el mismo piso, le he llegado a coger muchísimo cariño y respeto. Mis padres no han entrado nunca aquí, para ellos, vivir en un primer piso es demasiado malo, no tiene nada de glomouroso, dado que, mi hermana vive en un adosado tras sacarse un doctorado en medicina, ya se encargan de restregármelo en cada cena familiar.

Las relaciones abruman:

En mi vida tan solo he tenido dos relaciones y mis padres ya se encargaron de estropearlas, para ellos, no eran suficientes para mí aún siendo chicos decentes, de familia humilde y muy trabajadores, lo que pasa era que no tenían dinero, tan solo trabajos temporales que no tenían ni idea de lo que iban a durar. Cuando venían a cenar, les humillaba, les decía qué hacer y qué no, trataban de sacarles información sobre mi vida, sobre a dónde iba y cómo era mi piso, siendo que ninguno de los dos llegaron a pisarlo en el tiempo que estuve con nada uno.

El primero me dejó porque la relación le parecía demasiado con mi familia siempre fisgando sobre nuestras vidas, no podía con ese acoso constante del que estaba siendo víctima, me costó procesarlo porque le quise mucho y estuve a punto de irme a vivir con él pero terminé entendiéndolo, no podía dejar que su vida estuviera afectada por semejantes chupasangres. El segundo dejó de prestarme atención, dejó de responder a mis llamadas y, en cuanto fui a buscarle a su casa, me lo encontré enrollándose con otra, lo cual, entendí como una finalización de relación bastante fiable.

Tras estas experiencias tanto con mi familia como ex parejas, decidí no volver a tener relaciones, me parecían demasiado complicadas como para poder manejarlas y mucho menos si mis padres persistían en evaluar cada parte de mi vida, en realidad, estaba protegiendo a mis futuras parejas. Llevo así desde los veinticuatro años, sin nadie en quién contar o en quién confiar, viviendo mi vida al margen de la de los demás, deseando llegar a casa para dejar de evitar a todo el mundo y para tener mi pequeño espacio a mi completa disposición.

La soledad más oscura:

Puedo decir que me he acostumbrado a la soledad, al silencio de mi casa, a no encontrar a nadie al llegar. Puedo decir que estoy cómoda donde estoy, que me encanta tener mi espacio y tener la oportunidad de no decepcionar a nadie. Podría decir que me siento plena teniéndome a mí misma y que no siento en absoluto la soledad, que la disfruto pero, muchas veces, no es así. Que alguien espere a que llegues a casa para abrazarte es realmente alentador, ver una sonrisa en la cara de la otra persona al ver que has llegado no tiene nombre, un masaje en los pies mientras te relajas tras tantas horas en el trabajo es un momento especial y, por descontado, llegar y oler la cena que ha preparado esa persona que te abraza en la cama cada noche, es algo único.

Durante diez años no he sentido nada de eso, tan solo un vacío sobrecogedor que no he podido evadir, he querido ignorarlo, apartarlo de mi mente, centrarme en el trabajo y dejar que se disipara pero no ha sido tan sencillo. Mis padres esperan verme con un hombre prometedor, tener nietos, sentirse al menos, algo orgullosos de mí pero, puedo ver tanta distancia entre ese pequeño deseo y yo que no sabría si expresar tristeza, decepción o desconcierto al no entender nada de lo que ocurre conmigo, soy un contraste de emociones demasiado complicadas para encajar, demasiado tristes para permanecer unidas, desapareciendo entre el silencio.

Un futuro siguiendo el camino:

Mi destino está escrito, miro hacia adelante y, tal vez, no veo nada pero puede que haya algo que me espera. Seguiré sola como hasta ahora, no es ningún plan, tampoco es un deseo o una plegaria, sigo un camino predestinado para mí, el vagar en soledad no debería ser ya un problema. Quizá mi familia no deje sus preguntas, querrán seguir humillándome y puede que, algún día, deje de ir a esas cenas que tanto les importan, sí, puede que lo haga desde ya, sin pensarlo, sin ningún tipo de compasión.

Puede que, dejándoles atrás, pueda tener una vida nueva, pueda hablar con la gente que me rodea y tener una cita como es debido. ¿Podré hacerlo o es simple imaginación?

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Jane: La Chica Abandonada

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Relato procedente: “DISTANCIA” 

Nombre: Jane Smith                    Edad: 32 años

Ciudad natal: Bristol                   Profesión: Cocinera

Descripción física:

Mi cabello castaño me llegaba hasta un poco más abajo de los hombros, quería seguir dejándomelo largo, a la jefa del restaurante no le gustaba demasiado la idea por su pulcritud en cuanto a la higiene se refiere pero, estoy en ello. Mis ojos de color miel siguen algo caídos debido a mi situación matrimonial, a mi marcha del que había sido mi hogar durante diez años, no sabía cómo reavivar aquella mirada perdida ni cómo hacer que se desvaneciera la tristeza. Mis labios finos permanecían acallados mientras seguía en casa, tanto si estaba Josh como si no, me abrumaba la cantidad de silencio que se podía albergar en una casa como aquella. Mi tez pálida seguía suave debido a todo lo que solía cuidarla, normalmente, se secaba debido al intenso frío que solía hacer fuera. Mi cuerpo esbelto seguía siéndolo debido a la tensión que solía notarse entre nosotros, a mi estado emocional y a la cantidad de cosas que tenía en mi mente y que no me dejaban relajarme ni un segundo.

Descripción de la personalidad:

Siempre he sido una persona bastante comunicativa, el vacío de palabras no es lo mío, no puedo simplemente enmudecerme en una conversación entretenida. He sido alguien alegre y con mucha energía, donde haya un café para subirme el ánimo, ¡que desaparezca todo lo demás! Soy alguien muy independiente que toma sus propias decisiones, cuando algo deja de funcionar, dejo de esforzarme para que lo haga porque siento que es una energía estancada. Tengo mucha confianza en mí misma y soy muy positiva, dentro de lo que se puede, tengo momentos en los que me gustaría desaparecer para siempre, como cualquier persona del mundo. No me gusta demasiado llamar la atención o convertirme en alguien importante, me gusta mucho ser una buena cheff pero no que lo publiquen en el mejor periódico del país, ¿entendéis?

Una niña sintiéndose adulta:

Desde muy temprana edad, mi madre me trataba como a una joven que tenía muchas responsabilidades, todo debía hacerlo dentro de los horarios previstos por ella, de hecho, teníamos una tabla en el salón donde me decía a qué hora debía hacer cada actividad del día, terminaba siendo agotador y de lo más paranoico por su parte. A mi madre no le gustaba que fuese demasiado emocional, de esa forma, me hizo saber que no era amante de los abrazos y que prefería mantener las distancias aunque fuese su hija, yo siempre he tenido la personalidad de mi padre, ese al que nunca conocí porque decidió largarse de casa cuando yo nací, al parecer, estaba muy asustado por la criatura que iba a asomar la cabeza, sintió tanto pánico que prefirió salir corriendo.

Mi madre tenía preparados folletos de tantas Universidades que perdí la cuenta, quería que me esforzase muchísimo para llegar tan lejos como las hijas de sus amigas habían llegado, no quería que nadie hablase mal de mí o, mucho peor, que nadie dijese nada sobre mis triunfos estudiantiles. Para empezar, no quería menos de un ocho, si lo sacaba, podría arriesgarme a estar castigada, justo como si hubiese sacado un suspenso, era de lo más estricta pero yo seguía con la esperanza fija en mi mente de que debía seguir sus pasos hasta que tuviese la edad suficiente como para elegir si quería seguir bajo la dictadura de mi madre o empezar una nueva vida lejos de ella, imagináis cuál fue mi decisión, ¿verdad?

Decepción maternal:

Como podréis suponer, no fui a la Universidad, sino a una de las escuelas de cocineros más importantes de por aquí, ¡estaba realmente orgullosa de poder cumplir mi sueño! Por descontado, mi madre pensó que había avergonzado a nuestra familia, qué iban a pensar sus amigas al saber que tan solo iba a poner las manos sobre comida y a usar un estúpido horno, por desgracia, nunca cambió de opinión y desde entonces, no sé nada de ella. Justo en el momento en el que le comuniqué mi elección de estudiar para ser una buena cheff, me dijo que me largara de casa, no quería a alguien que la humillase ni decepcionase, ya lo había hecho bastante, así que, me espabilé en encontrar un sitio en el que trabajar, mientras me quedaba en casa de mi amiga Lissy, tenía un piso precioso y, además, estaba buscando una compañera de piso.

Por todo esto, Josh y yo conectábamos tanto. Él venía de una familia que nunca le había aceptado, querían que fuese abogado y terminó dedicándose al marketing empresarial, algo que le apasionaba desde que era pequeño, sorprendente pero cierto. Le echaron en cuanto supieron que su único primogénito iba a ser un don nadie, también tuvo que vivir con algunos amigos en un cuchitril, el cual, podía pagarse mientras seguía estudiando y trabajando en cosas que ni le gustaban pero con las que podía comer y tener un techo. Y así fue como nos conocimos, en mitad de una conversación sobre el asco que daban nuestros padres, cómo nos habían tratado en nuestra infancia y cuál era nuestra comida favorita, conectamos in situ. Casi tuvimos que darle las gracias a nuestros padres por haber hecho de sus vidas desgraciadas una agradable velada en pareja.

Lo que parecía un matrimonio duradero:

Tras cuatro años viviendo juntos y compartiendo nuestras vidas, Josh decidió pedirme matrimonio y, cómo no, le dije que sí. Estábamos muy compenetrados, teníamos nuestros altibajos pero seguíamos llevando una vida conjunta saludable y muy tranquila, de hecho, quisimos esperar a vivir juntos para seguir tomando más decisiones como aquella. Nuestra boda fue preciosa y pudieron venir todos nuestros amigos, a algunos les costó llegar pero lo hicieron, haciendo de aquel día una reunión de antiguos compañeros de trabajo y estudios. Recordamos aquel día con mucha intensidad, dado que, hubo muchas risas, muchas memorias sobre quiénes éramos y cómo luchamos contra aquellas esposas que nos ataban a seguir viviendo con nuestros padres hasta que nos fuimos de casa, fueron momentos difíciles que dejamos atrás juntos.

Pasamos seis años de matrimonio entre discusiones y momentos tranquilos, a veces, eran cosas del trabajo lo que las provocaban, dado que, empezábamos a entrar en el terreno que queríamos para los dos, es decir, yo ya era la cheff en el restaurante donde trabajo, ya había recibido varias críticas muy buenas sobre mi comida y cada vez nos hacíamos más famosos, éramos como el lugar perfecto para ir a cenar algo increíble mientras tienes una romántica velada; mientras que, Josh había conseguido un ascenso y por fin tenía el despacho y el sueldo que quería, habían sido momentos duros para llegar ahí, así que, fue normal. Nos fuimos acoplando bien a nuestra nueva situación, el problema fue que estábamos demasiado ocupados, casi no salíamos del trabajo, había días que ni nos veíamos, creo que eso fue lo que empezó a distanciarnos…

Las distancias:

Tal como he dicho anteriormente, trabajábamos mucho y no teníamos tiempo para nosotros y, cuando lo teníamos, estábamos tan tensos que siempre terminábamos discutiendo, era un asco. Empezamos a tomar distancias, a darnos un tiempo para recuperarnos de la pelea, a evadirnos del otro, el no cruzarnos ni siquiera por los pasillos de casa, ayudaba… Trataba de aparecer por casa más tarde de lo que debía, de hecho, me iba a dar un paseo tras el trabajo para no encontrarme con Josh, para asegurarme de que dormía cuando llegase y él trataba de levantarse lo más pronto posible para no toparse conmigo. Un error que nunca debimos dejar que se prolongase tanto, ahora éramos dos desconocidos metidos en una casa silenciosa sin más conversación que: “luego nos vemos”, “no me esperes levantado”, “comeré algo en el trabajo”, “adiós”. De lo más entretenido, sí…

Nuestra sequía ha continuado tanto tiempo que he tomado una decisión: dejarle. Comprendí que una situación así no es sana, ya se terminó todo, dejamos que las cosas pasasen sin querer arreglarlo, sin afrontar los problemas de frente, evadiéndonos mutuamente. Todavía miraba las cajas de la mudanza y pensaba en todo lo que habíamos pasado a lo largo de diez años y simplemente, no podía irme, era energía estancada, como cuando vivía con mi madre, realmente frustrante… odiaba perder el tiempo. Quería empezar algo nuevo, poder hablar con la gente, tener algo de ruido en el pequeño piso que había alquilado en el centro de la ciudad y, al menos, encontrar la forma de recuperarme de una distancia tan larga del marido que dormía a mi lado… ¿podría si quiera hacerlo? ¿Conseguiría olvidarme?

Un futuro separada:

Hacía tanto tiempo que no sabía qué era estar sola que me aterraba encontrarme la casa vacía al llegar pero, bien pensado, así había sido durante los últimos años con Josh, ¿verdad? Era como si hubiera vivido sola durante todo ese tiempo… Esperaba que hubiese leído la carta, no me había llamado, tampoco escrito ningún mensaje, o estaba enfadado o seguía evadiéndome, no era el típico tío al que le gusta afrontar los problemas, pasa de ellos para que no haya bronca, es muy inteligente pero nada práctico…

Había llamado a mi abogado para que empezara los trámites del divorcio, iba a volver a ser una mujer soltera, no sabía si emocionarme o decepcionarme por el estrepitoso fracaso que había tenido mi matrimonio. Iba a empezar una nueva vida pero no podía evitar sentirme algo vacía, como si me faltara una parte importante de mi cuerpo, un pilar fundamental en mi día a día, en mi rutina… supongo que se me pasaría dentro de unos años, todavía tenía que recuperarme de todo esto, el restaurante me ayudaría, me mantendría lo suficientemente ocupada para no pensar en ello. Por fin oiría mi voz… ¿Vosotros la oís desde tanta distancia?

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Martha: La Inconformista

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Relato procedente:DERROCHE

Nombre: Martha Kalvins                  Edad: 21 años.

Ciudad: Londres                                  Profesión: Cantante.

Descripción física:

Mi cabello castaño con mechas rubias suaves, me llega hasta más abajo de los hombros, liso y de lo más manejable, podría decir que es una de las cosas que más cuido de mi cuerpo, le tengo un especial cariño desde que tengo uso de razón. Mis ojos de un color miel, permanecen a la espera de observar mi alrededor, tratando de no decepcionarse al ver a mi madre irresponsabilizarse de todo otra vez. Mis labios gruesos suelen estar pintados con algún toque negro, morado o rojo mate, son los colores que más me identifican, sin repartir demasiadas sonrisas, no me gusta quedar bien con todo el mundo, es nefasto y patético. Mi cuerpo esbelto, suele estar adornado con camisetas negras de grupos de música heavy o rockera, me apasiona considerando que formo parte de un grupo.

Descripción de la personalidad:

Siempre me he considerado una joven inconformista con la sociedad, no se me ha dado demasiado bien relacionarme, no me interesan las vidas ajenas, tampoco que me lloren o me llenen de florituras sus halagos innecesarios. Suelen decir que soy grosera, ruda, maleducada pero, ¿qué le voy a hacer? No puedo resistirme a un buen sarcasmo de vez en cuando, aunque la verdad, la gente me lo pone a huevo cuando abre la boca. Odio las multitudes, trato de evadirlas, de distanciarme lo máximo posible de fiestas de richachones a las que a mi madre le encanta ir, me encanta la cerveza y termino en cualquier sofá con unos cascos en mis oídos, mi música a toda hostia y alejada de cualquier persona que pretenda emparejarse conmigo o emitir algún sonido por aquello que llamamos boca. Podría decir que detesto a la gente, para abreviar…

Una familia no tan perfecta:

Vivíamos los tres juntos, mis padres y yo. Al principio, eran una pareja no demasiado unida pero que empezó a estarlo cuando mi madre se quedó embarazada de mí. Mi padre, como es habitual, le brindó todo el apoyo del que fue capaz para que el embarazo no la asustase, para que se sintiera cómoda y, por nada del mundo, cometiera ninguna estupidez. Terminé por desquiciarla, lloraba mucho, no sabía qué hacer conmigo y mi padre tenía que dejar el trabajo para ocuparse de la situación pero no hubo nada que hacer cuando mi madre empezó a consolarse con el alcohol y menos cuando lo mezclaba con pastillas, así que, él terminó por ocuparse de todo, desde mi educación hasta la hora de los potitos.

Los gritos cada día eran más altos y más perceptibles, aún cuando tan solo tenía siete años de edad, les oía en la habitación. Siempre me sentí sola, estaba alejada de mis padres aunque estuviesen a unos pasos de donde me encontraba, así que, empecé a refugiarme en los libros, hacían que me concentrase tanto que dejaba de oírles, era bastante terapéutico. A los diez años, mi padre se fue, justo en el momento en el que me atraían grupos como Anthrax o Misfits, Metallica y Iron Maiden, grupos que me recordaban a su época de adolescente inconformista… Al principio, empecé a culparle por dejarnos cuando más lo necesitábamos, él era el que se había marchado sin decir una palabra, el que salió por la puerta y decidió no volver jamás.

La hija haciendo de madre:

Mi madre empezó a descontrolarse en cuanto se vio sola conmigo, incluso yo, me sentía así, dado que, no me daba la suficiente confianza como para sentarme a su lado y mantener una conversación, vivíamos en la misma casa pero no hablábamos el mismo idioma. Mi vida era una pesadilla y no podía hacer más que culpar a mi padre por dejarme con ese ser tan fuera de sus cabales, bebía hasta quedarse dormida en la alfombra del salón, casi no comía, fumaba como un carretero, tomaba más pastillas para dormir de las que le permitía el médico y se follaba a todo el que se le ponía por delante, le daba igual si era camionero, butanero, abogado, si trabajaba en el circo… le era totalmente indiferente, tan solo quería abrirse de piernas y olvidar que su vida era una mierda absoluta.

A los quince años, ya iba a recogerla de las fiestas en las que bebía hasta quedarse inconsciente y en las que la echaban por desmelenarse demasiado, hasta el punto de desnudarse ante un salón repleto de gente; iba a hacer la compra, limpiaba la casa, trataba de no morir entre infecciones, dado que, ella no se ocupaba ni de pasar la aspiradora ni de limpiar los baños que, normalmente, estaban pintados de ese adorable vómito que salía de su boca la noche anterior y, aún así, tenía que cargar con el peso del instituto, ese lugar infernal en el que solo podía encontrar a retrasados con mentes vacías. No tenía ni idea de cómo pude aguantar todo esto durante seis años, pero lo hice, siempre tratando de sacar buenas notas en el instituto para poder largarme lo antes posible de aquella ciudad de psicópatas y dejar por fin a mi madre.

Derrochando glamour:

Aquel pueblo era de locos, no tenían ni un ápice de sentido común. Organizaban fiestas en las mansiones de los ricos y lo único que hacían era beber y follar, eran tan patéticos como la vida de mi madre. No había cabida para mí allí, ni siquiera me sentía parte de algo, estaba en un lugar que no era el mío, no me sentía cómoda y tan solo quería largarme de allí. La mayoría de las jóvenes llevaban vestidos carísimos, se peinaban como si hubieran sido invitadas a la alfombra roja, sus horarios de fiestas eran interminables y podía figurarme que sus resacas también.

No había cabida para los solitarios, para los que nos gustaba el silencio y estar acompañados de un buen libro, un sinónimo de cultura. Nadie se interesaba por cosas como el medio ambiente o la educación entre los jóvenes, tan solo varias madres preocupadas por cómo trataban los profesores a sus alumnos, de una forma déspota y fuera de lugar en muchas ocasiones. Siempre había dicho que aquel lugar estaba maldito, tenía alguna especie de demonio escondido en las profundidades del pueblo porque no podía explicarme la cantidad de dinero que derrochaban con tonterías.

El grupo:

Tuve suerte al encontrarles. Dos chicos tan amigos que eran capaces de dar la vida uno por el otro, eran como hermanos y se metieron en la banda desde el principio: Dave y Jamie, los dos guitarristas. Karen tocaba la batería y se había convertido en una de mis extremidades para sobrevivir en la vida y en aquel pueblo del infierno, no había estado desde el principio pero lo parecía porque nos conocía mucho más que nosotros a ella. Yo era la cantante de un grupo de heavy metal, algo que le hubiese gustado ver a mi padre pero ya era demasiado tarde como para desearlo o pensarlo si quiera, dado que, desde que se fue, no he vuelto a saber nada más de él.

Pudimos hacer dos giras por nuestra ciudad y por las afueras, parábamos en cada pub que veíamos y nos colábamos para que la gente nos escuchara, a veces, les gustamos tanto que nos pagaron por estar allí y nos pidieron que volviéramos por una suma de dinero mayor. Sacamos nuestro primer disco y tuvo una gran acogida entre la gente, no me lo esperaba pero así fue, era lo único en mi vida que tenía un rumbo fijo y constante, lo único que funcionaba… Fui capaz de compaginar mi vida familiar, profesional y los estudios, algo que se convirtió en un gran logro para mí tras tanta lucha por mantenerme en pie.

Un futuro en la carretera:

Hacía un par de días que me había ido del pueblo, me cansé de aguantar a mi madre, las promesas que terminaban en agua de borrajas, toda aquella gente que me rodeaba… estaba harta. Cogí el coche de mi madre, fui a casa y me llevé todo lo necesario sin avisar a nadie, tirando el móvil a la carretera para que no pudieran localizarme, además para evitar cogerle el teléfono a mi madre y, bajo una coacción por su parte, hacerme volver, ya lo había intentado antes ganando la partida, no iba a permitirlo otra vez. Me sentí mal por los chicos del grupo, así que, les llamé desde una cabina en cuanto me había alejado lo suficiente para saber si podrían acompañarme en aquella aventura en solitario, yo tan solo quería cantar…

Se ha convertido en un viaje en carretera acompañada de bromas pesadas, música, amigos sanos, comidas basura y un cúmulo de sonrisas en un coche en el que apenas cabemos pero en el que nos podemos permitir una vida cuando decidamos parar en algún sitio y empezar de nuevo, cuando encontremos un lugar al que pertenecer sin derrochar demasiado. Quizá alguien nos escuche, quizá nos animen a seguir, seamos famosos y tengamos nuestro sitio en la sociedad, en el mundo, en el lugar en el que nos pertenece, dejando atrás las mierdas que nos han llevado a desaparecer… ¿Vosotros qué creéis?