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Nadia: La Mujer Lobo

Relato procedente:No lo Sabes“. Edad: 32 años.

Ciudad: Nueva Jersey. Profesión: Antropóloga.

Descripción física:

Cabello castaño hasta más abajo de los hombros, ondulado y alineado, no soy de esas a las que le gustan las florituras en el pelo, soy de estilos clásicos. Mis ojos castaño oscuro cambian a negro cuando me transformo, mis labios finos y mi nariz en un hocico, y mi cuerpo esbelto en el de un lobo con muchas ganas de corretear por el bosque. He pasado por cambios, a veces, no tienes control sobre ellos, es como si tuvieras dos tipos de cuerpo y cada uno se mostrase de una forma hacia los demás. Y bueno, siempre tienes que comprar ropa de más, al transformarte rompes con absoluta seguridad la que llevas puesta, cuando te das cuenta, necesitas más bragas de las pocas que siguen existiendo en tu armario…

Descripción de la personalidad:

Supongo que no soy como todos los lobos ni como todas las personas, suelo ser más bien solitaria, amante de mi propio espacio y me gusta ocuparme de mis propios asuntos, asumir el control de mi naturaleza y dejar de lado aquello que me atrapaba, las manadas son mucho más complejas de lo que se deja ver a simple vista. Me gusta verme como alguien normal a ojos de los demás, mezclarme entre humanos porque yo también tengo esa parte, me da tiempo para dejar de lado lo sobrenatural, es lo que siempre debo arreglar o a lo que debo prestar más atención. El auto conocimiento lo he entendido como un don que he desarrollado con el tiempo, nadie me ha enseñado del todo a sentir o percibir, a oler o saltar, mis pasos han sido míos, tratando de cuidarme y protegerme a mí misma.

Desde el nacimiento:

Cuando era niña, empecé con pesadillas, a esto le siguió una sensibilidad extraordinaria a todo lo que olía, a una rabia a veces, incontrolada y un tacto muy sensible. Mis padres también fueron licántropos de nacimiento y mantenían todos mis cambios a raya, sabían qué paso debían dar tras haber pasado una nueva fase. Aprendí mucho de ellos pero eran demasiado exigentes, tercos, no me permitían salir hasta tarde, tener novio y, mucho menos, dejarme ver tras haberme transformado, incluso, las noches de luna llena me encerraban en el sótano para que no hiciera daño a nadie. Para mí, nada de esto eran opciones, no era vida, no era sentirse libre, era un lobo esclavizado.

Siempre me contaron historias sobre los vampiros y la rivalidad que prevalecía desde hacía décadas entre ambas especies, debía estar alerta incluso cuando volvía del instituto, olían nuestro aroma. Me parecían curiosos, no lo negaré, pero cuando veías los baños de sangre que eran capaces de provocar en menos de dos segundos, toda esa curiosidad inicial se desplomaba. En aquellos tiempos de adolescencia era muy inocente, era humana a ojos de la gente, vivía como una pero tras cruzar la puerta de casa todo volvía a ser obsesivamente anormal, desde interrogatorios sobre si me había controlado hasta a cuántos kilómetros de distancia podía escuchar esta vez. Era agobiante.

Los baches que cayeron en desgracia:

Los licántropos, a veces, tienen transformaciones complejas cuando llegan a cierta edad, cada uno es distinto. En mi caso, no empecé a notar nada hasta los 18, edad en la que todo se magnificó, desde los sonidos, el tacto, la memoria, la ira… todo me excitaba de más, no podía estar en aglomeraciones de gente, debía apartarme y seguir sola. Recuerdo que mis padres estuvieron a las duras y a las maduras conmigo, pasando todos los baches juntos, parecía que lo controláramos. Una noche, algunos vampiros de un clan que mis padres llevaban tiempo investigando, entraron en nuestra casa por sorpresa, la luna llena estaba fuera y yo permanecía en el sótano con todos los huesos de mi cuerpo rompiéndose a velocidad de una abuela cruzando un paso de cebra, fue una de las transformaciones más dolorosas por las que pasé… Solo recuerdo haber terminado la transformación, el haber roto la puerta que me mantenía encerrada en el sótano y el ver a mis padres tratando de llegar a un acuerdo con ellos para que se fueran.

Perdí el control. Rugí tan fuerte y con tanta rabia que todos los presentes se quedaron muy quietos. Mi madre, se acercó a mí hablándome con tranquilidad, cercanía, pero ella fue a la primera a quién ataqué, dejé de ser Nadia y pasé a ser la bestia incontrolable. Desperté desnuda en medio del salón con sangre a mi alrededor y en las paredes, vi los cuerpos de aquellos a los que quise y a mis enemigos, los maté a todos. No tuve fuerzas ni siquiera para llorar, no había logrado controlar mi transformación, tal como mi padre había temido, no le hice caso y no quise que me atara con cadenas, debí haberle dejado. Tras aquello, no volví a casa. Hice un velatorio privado donde honré su memoria, mientras puse sus cuerpos en una barca que empujé al mar y la que quemé viendo cómo se alejaba. Esa fue la última vez que tuve contacto con mis padres. Los vampiros del clan Letta me persiguieron desde entonces.

Rechazo de una manada:

Desde que nací, ya estaba destinada a la manada a la que mis padres siempre habían pertenecido: Lotus Librea, una de las más antiguas y más fortalecidas. Siempre me enseñaron a cazar en grupo, la llamada a otros hombres lobo, cómo ayudarme de otro para transformarme, a aullar, a cómo empezar una lucha y, sobre todo, me entrenaron para los ritos de iniciación. Lo sabía todo sobre la manada, creo que era una de las cosas que me embaucaban de seguridad, sabía que ellos cuidarían siempre de mí y bueno, les conocía desde que era pequeña, la mayoría de veces estaban en casa, éramos como una familia enorme pero, al haber “matado” a mi familia y al tener a los vampiros Letta pisándome los talones, no creí que fuera buena idea empezar el rito de iniciación, no era bueno para ellos y mucho menos, para mí, no quería perder el control, debía estar sola.

Luke, el que era como el hermano de mi padre, me lo pidió varias veces, tan solo querían cuidar de mí, pensaban que necesitaría refuerzos, alguien con quién contar. Debía aprender a moverme sola, a cazar y desenvolverme en ambientes oscuros, a no esperar ayuda de nadie para aprender a cómo sobrevivir, tenía que sentirlo y verlo, conocerme a mí misma durante las transformaciones y cómo llegar a controlarlas. Por supuesto, que ellos podían ayudarme, lo tenía claro, pero era algo que debía descubrir por mí misma, mientras Luke me prometió que se mantendrían a salvo del clan Letta, no quería verles involucrados en mi desastre.

Aprendizaje y experiencia:

Fue un viaje duro, iba de ciudad en ciudad hasta que encontré una pequeña casa en una montaña, deshabitada desde hacía bastante tiempo, decidí reformarla y quedármela, tenía un bosque alrededor que podría servirme de ayuda en mi forma de lobo. Y así fue. No había necesidad de esconderse, tampoco de que nadie resultase herido, tampoco era una zona conocida, así que, ni siquiera el clan de los Letta podría encontrarme allí, era perfecto, pensé que instalarme sería una gran idea.

Controlar mis transformaciones no fue fácil, tuve que observar cómo reaccionaba mi cuerpo a los estímulos externos para entender cómo controlar la parte bestia. No lo conseguí a la primera, tampoco a la segunda y, mucho menos, a la número mil, fueron años de meditación, concentración, ejercicio, entrenamiento físico, respiración profunda y grandes dosis de paciencia para lograr controlar cuándo quería transformarme y cuándo debía reprimir esa parte de mí. Debía estar preparada para dejar de ser la presa y empezar a ser el depredador, el clan de vampiros Letta debían desaparecer.

La caída:

Oí a un grupo de vampiros hablando sobre un ataque en la iglesia pero, no supe a qué se referían hasta que me planté allí para verlo. El clan Letta había descuartizado a cada miembro de la manada Lotus Librae, las paredes estaban bañadas en sangre. No escuché ni un grito, tampoco un susurro de nadie alrededor que pudiera ayudarme con aquel desastre, iban tras de mí y tuvieron que pasar por encima de ellos para hacerlo, sabían que me enfadaría e iría en su busca, todo ese espectáculo mafioso era una trampa, simples peones caídos por un capricho mayor. Me mareé, incluso, vomité. Aquellos lobos habían sido mi familia, me aparté de ellos para protegerles y, aún así, habían perecido, mis padres no estarían muy orgullosos, eso seguro…

Y, ¿en la casa de Dios?, ¿en serio? Sabía que los vampiros eran unos enemigos incansables de lo llamado todopoderoso pero, ¿en una iglesia cometer un acto tan macabro? No podía creerlo, tampoco el hecho de que Luke también hubiese muerto, había sido lo más cercano a un tío que había tenido.

Un futuro de incansable venganza:

Les he perseguido durante días, meses. Sé sus escondites, sus trapicheos y sus tipos de sangre preferidos, los juguetes que se llevan a la cama y lo que ellos llaman armas. Son listos, inteligentes, astutos, diría que tienen todo el perímetro de la mansión que habitan totalmente controlado y podría confirmar que es impenetrable, tan solo debo seguir el mapa donde me indica por qué pasadizo secreto podría entrar. Meses de preparación, entrenamiento en bucle y la parte bestia preparada para morder traseros. En vez de mantener el control, esta noche, debía disfrutar de no tener ninguno, de moverme libre entre ellos, matar a cada uno que se me cruce por el camino sin piedad. Mis colmillos lo estaban deseando.

No podía ver el futuro, tampoco si saldría viva pero quería ver aquella mansión llorando sangre y yo siempre obtengo lo que quiero.


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Lara: El Hada

Relato procedente:Alas Blancas“. Edad: 120 años.

Ciudad: Reino de las Hadas. Profesión: Reina.

Descripción física:

Mi cabello dorado, onda al viento mientras vuelo con mis alas blancas recién curadas. Mis ojos verdes muestran honestidad, integridad y rectitud, siempre mirando al frente y con ideas para un futuro diferente. Labios finos, sellados, que batallan contra nuestros enemigos con tan solo una palabra, normalmente, con un poco de carmín. Tez pálida y orejas puntiagudas, caracterizado en nuestra especie. Mi vestimenta suele referirse a un pequeño vestido que cubre mi esbelto cuerpo hasta un poco más arriba de las rodillas, blanco con un poco de brillantina por todas partes, unos calcetines largos del mismo color y unas zapatillas rosas parecidas a las utilizadas en ballet.

Descripción de la personalidad:

Siempre he sido atada a la magia blanca, por mi pureza de espíritu, mi rectitud y constancia, con una gran necesidad de proteger a mi pueblo y amante de la paz y el sosiego. Me agradan las causas justas, lo que se debe decir y lo que se dice, la prosa, la música y el baile, perderse entre los árboles y crecer rodeada de ellos. Me calificaría como naturaleza, vida y constante cambio, sin lugar para la incertidumbre o pensamientos negativos, con la única misión de seguir con el cometido de mis padres a la vez que sigo honrando sus memorias. Las lecturas interesantes me dejan dormida, me relajan y me dan conocimiento de las miles de especies diferentes que existen entre nosotros, sus habilidades, la forma de moverse, entenderse con otros y saber cómo hablarles. Ser Reina me ha cambiado, me ha madurado, me ha empujado a encontrarme.

El principio del reinado:

Cuando era una pequeña princesa al cuidado de mis padres, siempre formé parte de las decisiones que tomaban, no directamente pero les escuchaba, ellos querían que lo hiciera, sabían que sería su última esperanza de mantener el Reino de las Hadas a salvo. Por aquellos tiempos, estábamos en guerra con las brujas, los centauros querían parte de nuestro territorio porque sus antepasados vivieron allí y los gigantes no se conformaban con tan poca comida, volvían a robarnos la nuestra dejándonos sin nada. Mi familia peleaba cada día porque reinase la paz, pero los problemas se amontonaban como si de una montaña se tratara.

Sus desacuerdos costaron desgracias, muertes, sangre, mitad de nuestro poblado muerto y gritos en cada rincón, mientras la ferocidad de las brujas era imparable. Fuego, casas destruidas, la mayoría de las hadas escaparon por los bosques y nadie consiguió encontrarlas, todos se asustaron. Terminamos viviendo escondidos durante algunos años hasta que las aguas se calmaron, hasta que los desacuerdos empezaron a ser acuerdos y cada uno empezaba a conseguir lo que venía buscando, mientras lo más importante entre nuestra familia eran las necesidades básicas, tuvimos que construir nuestro pueblo de la nada con nuestras propias manos, una vez más, aportando a nuestra gente lo que necesitaba.

La muerte de la Realeza:

Los acuerdos con las brujas empezaban a solidificarse, todos se estaban tomando las cosas en serio, incluidos los hombres lobos que, por aquellos tiempos, todavía no controlaban las transformaciones y se dedicaban a cazar sin encerrarse. Este largo lapso de tiempo, nos permitió unirnos y curarnos las heridas, ser partícipes de las vidas de otras especies, ayudando a las brujas a recuperar la magia que habían perdido, querían renovar sus energías después de la guerra y ellas nos ayudarían a reestablecer el orden y la paz en nuestro Reino a cambio. Fue una oferta de paz que mis padres no quisieron rechazar, “primero era el pueblo y después las disputas”, ese era el nuevo lema. Parecía que todo volvía a la normalidad, al menos, a simple vista, algo que a mí resultaba extraño y sospechoso tras una guerra, pero a mis 50 años, preferí simplemente, disfrutar de los días de bonanza y no pensar en lo negativo, así era yo.

Esto me dio en plena cara unos años más tarde cuando encontramos los cuerpos de mis padres en uno de los refugios que estaban construyendo con las brujas, al parecer, una de ellas, nos había estado traicionando desde el primer acuerdo, quería que bajáramos la guardia para volver a dejarnos sin nada. Me estuvo buscando durante días tratando de que ningún heredero se quedara con el Reino y pudiera pertenecer a su aquelarre de brujas pero, no pudo encontrarme, me escondí durante meses haciéndoles creer que había desaparecido o estaba muerta, mientras volvía a establecer a nuestro pueblo y hacía que creyeran en mí como nueva Reina.

El Reino de las Hadas:

No fue complicado recobrar el poder del Reinado y reconstruirlo desde cero permaneciendo entre las sombras porque nadie esperaba que equilibrara nuestro poblado de esa forma tan sigilosa y pausada, dejando creer siempre a las brujas que habían acabado para siempre con las hadas. Me encantó sorprenderlas una vez terminamos con todo lo que había que hacer, nadie podría estorbarnos con los nuevos acuerdos, la magia que habíamos aprendido nosotras mismas sin necesidad de ayuda y el conocimiento de otras especies llevándonos a saber sus puntos débiles. Me costó hacerlo pero, me gané tanto su respeto como el de mi Reino, así que, gané mi puesto con creces haciendo que mis padres se sintieran orgullosos.

Durante todo el tiempo que he pasado en el trono les he echado de menos, ha sido como escucharles a lo lejos, sintiéndome observada, ni siquiera sabía si estarían de acuerdo con mis decisiones para el poblado o si les hubiera gustado que hubiera elegido otras para que reinase la paz de otra forma pero, supuse que era buena señal el simple silencio. Lloré, me desesperé y guardé sus cosas en el baúl más escondido posible de mi armario, no podía centrarme en los quehaceres diarios si la casa olía a ellos.

Destinada a una botella:

Hubo muchas hadas que empezaron a aprender hechizos de magia negra que algunas brujas dejaron atrás. Al principio, pensé que era bueno tener algo de conocimiento extra contra nuestros enemigos, un poder que pudiese dejarlos sin fuerzas y no tuviesen más remedio que irse. Pensé que ellas, simplemente, se defendían de lo desconocido y que lo practicaban para ganar. Fue diferente cuando esto empezó a ser un hábito y sus reacciones a cualquier ataque eran la de usar hechizos de este tipo, apoderándose de sus corazones y haciéndolas cada día más malvadas y viles. Pude armonizar el ambiente un tiempo, incluso, prohibirlo pero, tal como les pasó a mis padres, fui rechazada por no querer seguir sus pasos.

Me desterraron mientras una de ellas se quedaba con el trono, las flores se marchitaban y dejaba atrás un pueblo marcado por la ira, el poder y el odio, algo que jamás habían experimentado y que las hartaba de placer. Me destrozaron y me metieron en una botella casi inconsciente sellada con magia para que no pudiese salir, lo consiguieron hasta pasados dos años surcando las aguas sin haber visto tierra en ningún momento. La luz que había en mi interior, tras constante práctica, consiguió romper el cristal y salir de la botella, con ambas alas curadas, alzando el vuelo para recuperar mi magia y mis tierras en el lugar en que nací.

Un futuro de elecciones:

Se quedaron anonadadas al volver y, no era para menos, tenían claro que iba a perecer en el olvido. Mi magia volvió a mí sin pedirla, ella misma me pertenecía y mi interior colapsó de júbilo mientras las miraba con desdén, tratando de decidir de quién fiarme. Por supuesto, todas ellas han sido desterradas, tan solo espero que haya más en algún lugar y quieran formar parte de mi Reino, mientras me dedico a volver a construir lo que echaron trizas. Fue un lugar apacible durante mucho tiempo y me dolía verlo así, apagado, oscuro, devastado por tanto odio… Debía empezar a tomar decisiones que hicieran que las hadas se sintieran seguras, protegidas y no necesitaran de magias alternativas para satisfacer sus necesidades más primitivas.

Debía elegir bien quién entraba por esas puertas, no quería tener el mismo destino que mis padres, no podría cambiar nada en el Reino de las Hadas si así ocurriera. Debía saber en quién confiar, contra quién pelear y quién podría ser mi aliado. Tenía mucho que hacer. ¡Manos a la obra!


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Steven: El Testigo

Relato procedente:El Acantilado“. Edad: 25 años.

Ciudad: Nueva Jersey. Ocupación: Aspirante a bombero.

Descripción física:

Cabello negro, lacio, algo largo pero no demasiado, lo suficiente como para que me tapara las ojeras, siempre he odiado tenerlas de soplillo. Ojos marrones, oscuro, algunas chicas que he conocido siempre me han dicho que atraen a la reflexión, a la calma y que tienden a ser profundos, la verdad, no lo sé, pero algo harán si la gente pone tanto enfoque en ellos, ¿no? Piel blanca, casi siempre algo seca, con necesidad de crema en cualquier parte del cuerpo, en búsqueda de productos orgánicos que hicieran que cuidara mejor la piel. Labios algo gruesos, algo que siempre me ha dado un poco igual, nunca los he utilizado para mucho más que para comer. Cuerpo esbelto pero no muy atlético, el ir al gimnasio siempre fue una tarea pendiente pero no me llamó la atención, así que, mis huesos tendían a sonar mientras andaba o me agachaba, un tanto incómodo y embarazoso pero oye, ¿qué más podía hacer?

Descripción de la personalidad:

Siempre me ha gustado dar consejos, pero jamás estar en la línea de fuego. Me atrae observar desde la distancia, apuntar notas mentales mientras me escondo entre la gente, a decir verdad, no he sido demasiado sociable, aunque lo he intentado. He sido un lobo solitario, testigo de las acciones ajenas pero nunca el protagonista, alejado del bullicio y las malas compañías, confío en la gente pero, a la vez, no apostaría ni un dólar por nadie, lo cual, me deja en un soñador que prefiere equilibrar su mundo que formar parte del de los demás. He sido un tipejo nervioso, miedoso y el colón irritable no me dejaba vivir ciertos días, propenso a las pesadillas y a los rechazos, desesperado por perder la virginidad mientras las chicas se perdían en mis ojos buscando en mí solo a un amigo al que contarle sus penas, “hello, friendzone“.

Desconectado:

Siempre he estado solo. Hogares de acogida. Callado, empujado a permanecer a un lado, sin hacer preguntas, tampoco poner excusas y haciendo lo que me pedían que hiciera, hasta que terminaran muriendo en un accidente de coche, cayendo por un precipicio, un día gris, lluvioso y traspasando una carretera resbaladiza. Recuerdo haber cogido el teléfono a las 03:00am, la noticia me impactó pero no me sorprendió. No moví ni un músculo de mi cara al escuchar lo que dijo la policía, mientras me decían que, al ser mayor de edad podía elegir vivir en otro lado y no volver al orfanato. Así lo hice. Nadie supo de mí, ni de mi pasado, tampoco conocía a personas diariamente, las evitaba e ignoraba, mi vida era completo silencio.

Pasara lo que pasase, nadie me echaría de menos. Nadia sabría dónde estaba o me pediría explicaciones de adónde iba o por qué, no tenía redes sociales, tampoco las necesitaba, ni móvil ni número de teléfono. Pagaba el alquiler de un piso que no era muy caro, trabajando en la tienda de abajo, un quiosco con no demasiada gente, atendiendo a idiotas y fumando entre horas, a pesar de querer cumplir uno de mis mayores sueños: ser bombero, una idea estúpida viniendo de alguien tan cobarde, ni siquiera lo tenía como opción, solo como una aspiración o un deseo frustrado. Una vida de robot. Una vida para sobrevivir. Recuerdo sonreír mientras veía películas, escuchaba música o, simplemente, estando tirado en el sofá mirando el techo, recuerdo sentir la libertad mientras no había nadie alrededor, no había placer mayor que ese.

Testigo de un asesinato:

Supongo que aquí se torció todo. Mi vida pasó de ser aburrida e insignificante a importante y con la necesidad de ser cazado hasta la muerte. Tan solo vi a un tío alto, con un sombrero de color beis, una gabardina negra que le llegaba hasta las rodillas, con la cara casi tapada, unos pantalones tejanos y unos mocasines negros, imponente, esperando a un chaval que se acercaba para traerle un USB. El chico no parecía estar muy bien de salud, larguirucho, muy delgado, ansioso, se movía de un lado a otro, sus manos temblaban y sus ojos le caían, mientras le entregaba lo que su futuro asesino necesitaba para a saber qué fin. Le dio dos disparos en la espalda cuando el chico se disponía a alejarse del que fuese el trato que tuviese con él, quizá fuese un último trabajo, quizá el penúltimo a cambio de algo, no tenía ni la menor idea, pero no parecía lícito.

En cuanto vi aquello, me levanté de donde me encontraba, detrás de un coche escondido, ese hombre no me provocó la confianza suficiente como para cruzar esa calle y, por no cruzarla en su momento, tuve que escapar de lo que fue un asesinato a sangre fría en toda regla. Quizá me vio alejarme y no consiguió determinar un blanco en mi espalda, tal como hizo con el chaval que yacía inerte en el suelo a unos centímetros de él, y no pudo hacerse con el testigo que podría descubrir todos sus planes, quizá ir a la policía o encontrar una forma de identificarle. Lo único que puedo asegurar es que fue una experiencia devastadora, estuve planteándome durante días qué hacer con lo que había presenciado, cómo quitarlo de mi cabeza, cómo dejar que simplemente pasara sin más.

El callármelo durante meses, tan solo hizo que mi colon y mis migrañas se volvieran más intensas, que no pudiera ir al baño en tres días o que las náuseas me hicieran detestar la comida, tratando de ignorar mis pensamientos por un momento, dejando a ese chico olvidado por mi propio bien, no sabía cuán peligroso podía ser aquello, así que, como buen cobarde, me eché a un lado sin comentarlo a nadie.

Una corrida por el bosque:

Recuerdo estar asustado. Mi respiración entrecortada. El cansancio. El bosque. El acantilado. Siendo que nada de eso era tan importante. Unos días antes tuve una sensación indescriptible, como si algo fuera a ocurrir, denotando un temor que se movía por todo mi cuerpo, como hormigas correteando para buscar comida y esconderse. Pensé que eran tonterías, invenciones de una mente amenazada por la aparición de ese hombre de gabardina y sombrero que vi en el callejón, empezando a habituarme a esa constante vena maníaca y obsesiva de la que, durante meses no había podido deshacerme.

Vi a un chico con la máscara de V de “Vendetta” observarme desde lejos, en la gasolinera donde había parado a repostar. Caminó algo rápido hacia mí, de una manera tan decidida que supe que venía a matarme, el arma que llevaba consigo no podría engañar a nadie. Eché a correr hacia el bosque sin siquiera pensar si habría una salida, mientras el corría tras de mí, una sudadera con capucha, pantalones cortos y unas deportivas hechas para corredores, le bastaron para cogerme, yo no era ni siquiera competición para él, estaba claro quién ganaría la carrera y el trofeo que tenía que ver con dos balas chocar contra mi pecho mientras mi cuerpo se dejaba caer por el precipicio. ¿La verdad? Ese chico tenía agallas, era fuerte, con coraje al apuntar el arma hacia alguien indefenso y decidir terminar un trabajo que, seguramente, empezó días atrás cuando le mandaron matarme, mi destino estuvo escrito desde ese preciso momento.

Quizá fui poca cosa y nadie notó la diferencia con mi existencia pero, al menos, fui importante y una amenaza para alguien que se podría considerar poderoso. Yo no era ningún talismán, alguien famoso o con ganas de ver la vida de color de rosa, sabía que era simplemente un vendedor en un quiosco, totalmente reemplazable y que nadie me echaría de menos si no respirase, supongo que ellos también lo comprobaron, no querrían que nadie hiciera preguntas. Parecía tonto pero podía saber el resultado de dos más dos, ¿verdad? Quizá mi siguiente vida resultara más interesante, ¿quién sabe?

Un futuro de soledad:

Dicen que cuando estás muerto, estás en paz. Sigues en el mundo de los vivos mientras ellos no lo saben, mientras no encajan bien sus mentiras. Dicen que, a veces, es hermoso ver un prado, el sol y tus ganas de correr y sentirte libre, como muchos otros lo han hecho. Pero no comentan sobre el silencio. Sobre la agonía que supone vivir enjaulado, entre telarañas y podedumbre, entre oscuridad. Les ves a tu alrededor riendo, gritando o comiéndose una galleta, mientras tratas de conversar con ellos y ves que no obtienes respuesta, ni siquiera una mirada. No dicen lo apartado del mundo que llegas a sentirte.

Mi antiguo jefe ya tiene un nuevo dependiente. Alto, con barba y con la costumbre de llevar camisetas de cuadros, como los pueblerinos que parece que nunca tengan ropa limpia y decente que ponerse. No me gusta cómo atiende, tu pasotismo ataca a mi inteligencia y se llega a sentir ofendida, aunque quiera gritarle, no me escucha, aunque quiera conducir, mis manos no son capaces de agarrar el volante, ni siquiera de mirarme a un espejo. Vi cómo quemaban mi cuerpo en el bosque, como si jamás hubiera ocurrido, para que nadie me encontrara o hiciera preguntas, un punto y final a alguien que nunca existió.


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La Mente: De Lamentar

Relato procedente:Tomando un Café“. Edad: Eterna.

Nombre: La Mente de Lamentar. Ciudad: Cerebro Humano

Descripción física:

Mi brillante cabello tiene un color dorado característico, casi perfecto, es casi una extensión de mi inteligencia, ondea al viento, llegando a más abajo de mis voluptuosos pechos. Mis ojos verdes expiran confianza, hacen que la funda a la que pertenezco haga lo que me place, lo cual, me tiende a llenar de excitación. Mis labios finos, siempre pintados con un color carmín intenso, dejan que susurre en su oído cualquier cosa para volverla loca, mientras una sensación de placer invade mi cuerpo, me gusta sonreír mientras la veo desesperada tratando de abarcar a todo. Mi cuerpo esbelto y mi piel fina y suave, son dos ingredientes perfectos para seducir un corazón débil, tiende a encontrarse con una loba incansable por manejar cualquier situación a placer. Diría en general que soy increíble y que todo el mundo lo sabe.

Descripción de la personalidad:

Puedo cambiar de personalidad a placer, puedo controlar el cuerpo en el que habito incrustando cualquier pensamiento que produzca miedo, temor, duda, culpabilidad o sed de venganza, pero lo que más me gusta es hablar, mantenerlo entretenido, enterrado entre un millar de cosas que hacer para que no se dé cuenta de quién es realmente, no debo separarme del cuerpo en el que habito, me gusta controlar, no ser controlada o analizada, quizá echada a un lado. Me encanta crear drama y caos, nunca sabes cómo va a reaccionar el ser humano pero me encanta presionarlo para averiguarlo. Digamos que soy una puta egoísta con hambre de un buen show de sangre, sé que “el cuerpo” y los que están a su alrededor siempre me lo darán. Me alimento y sonrío, esta es mi vida y la adoro.

Un personaje a parte:

Todo está ligado a un cuerpo humano. Cuerpo-mente forman un vínculo irrompible, por ello, si algo no funciona en tu mente, tampoco lo hará en tu cuerpo, causando molestias de toda índole. Por tanto, yo estoy ligada a ese cuerpo y esa alma que habita dentro del mismo, aunque los más inteligentes han sabido mantenerme a raya sabiendo que soy un personaje a parte, un actor detrás del escenario, no debo actuar si no se me permite. Aunque siempre me gusta mantener a mi huésped ocupado con pensamientos e ideas estúpidas sobre sí mismo y los demás, no estoy acostumbrada a la crítica o a que me aparten de los grandes planes, el corazón siempre es el que se lleva la mejor parte, el que parece que esté siempre ligado a las emociones, algunas que puedo controlar y otras donde “el cuerpo” es demasiado listo como para dejar que yo interfiera.

Comparto cama con el ego, es sexy, encantador, travieso y un poco traidor, las cosas que más me gustan en un personaje de ese calibre. Tenemos muchas cosas en común, entre ellas, el hecho de que cuando el ser humano que ocupamos se da cuenta de que nosotros le llevamos hacia adelante en su vida en vez de él mismo, tiende a apartarnos de su lado de lleno, dejándonos atrás y sin poder hacer mucho más para abastecer nuestra existencia, es frustrante y agotador, por lo que, cojo la mano del ego y juntos, permanecemos en las sombras en silencio.

La joven Jean:

Es dulce, algo inocente y suele incomodarse cuando tiene demasiado trabajo en la oficina, está enganchada al café y le encanta ir a la cafetería de enfrente para poder disfrutar de unos momentos a solas. Siempre me ha dejado entrar en su cabeza, me ha dejado escudriñar entre sus debilidades, tratando que no se sintiera suficiente para su familia y tuviera que irse para no volver a sentirse desdichada, conseguí todo esto en unos años, incluso, mantenerla nerviosa, estresada con tanto trabajo y los niños, con sus amigos viniendo a cenar a casa cada miércoles para compartir algunas anécdotas, incluso, me abrí paso a una nueva opción para volverla loca: la ansiedad, no sabía muy bien lo que era por ella misma, tan solo sabía que se mareaba y se le cortaba la respiración.

Empezó leyendo algunos libros estúpidos de auto ayuda para dejar atrás el pasado, otros sobre cómo recuperar la auto estima mientras entendía que debía quererse tal y como era con sus imperfecciones y todo, aprendió a entender cómo podía separar la mente de ella misma, de sus actuaciones y a ser compasiva con los demás, a saber que el amor era lo único que podía hacer que la existencia humana valiera la pena, mientras dejaba atrás mis palabras. Me sentí poderosa mientras la controlaba, mientras movía la tela de sus emociones y le hacía creer que la vida iba a ser así de dura siempre, que tan solo debía acostumbrarse a ella, viéndola resistirse una y otra vez, agonizando entre sollozos, pero jamás me había sentido tan derrotada como cuando me hizo callar en la cafetería de aquella manera, tan solo me necesitaba detrás del escenario, una vez más, con la única compañía del ego.

Maldad y conflicto:

Esto es por lo que voy por ahí buscando emociones que explotar, nada sería lo mismo si esto no se llevara a cabo. Tan solo quiero y me gusta crear drama, ver cómo la gente se pelea y no quedan buenas respuestas y emociones positivas en el individuo que habito, diría que la negatividad casi la injerto en su organismo como parte de un mecanismo perfectamente amoldado excusándolo como una actitud cultural o comportamiento que proviene de una sociedad patriarcal, todo es normal, así es como eres, acéptalo, siempre sabiendo que es mentira pero sin “el cuerpo” entenderlo como tal, debe creer ciegamente en todo lo que le digo, es crucial para crear caos en su vida y en la de los demás.

Creo que todo reside también en el hecho de que el ser humano cree que es su voz interior la que le habla cuando, realmente, hace unos años ya me he encargado yo de acallarla y abrirme paso para ocupar su lugar y que no escuche buenas propuestas del corazón, me niego a solo estar cuando “el cuerpo” necesita que le recuerde algo, que organice o que le diga qué día es hoy, ayudarle a expresarse o a hablar en otro idioma para que se sienta triunfador de alguna manera, no me siente poderosa, no solo existo para eso, ¿verdad?

Un futuro de oscuridad y soledad:

Diría que viviendo en un cuerpo como el de Jean, estoy casi segura de que fracasaré en la búsqueda de su inseguridad y tratar de minar su auto estima, creo que esos libros y vídeos con los que alimenta su conocimiento van a hacer de mí una ruina, un punto y final a una maldad definitiva. Todavía hay veces que me escucha, sobretodo cuando tiene tantas cosas en la cabeza o no es capaz de gestionar sus emociones, actúo en cuanto tengo la oportunidad pero, al parecer, ya tiene pillados todos mis trucos y no tengo mucho más que hacer que callar y seguir sus movimientos desde lejos.

Podríais decir que no estoy sola, que todavía tengo al ego. Por supuesto que le tengo, pero él también se siente solo, está acostumbrado a ser dueño de un escenario donde todo el mundo le aplaude y le mira como una estrella de rock, como alguien brillante, mientras que ahora le miro y Jean simplemente, lo ha convertido en nada, a penas se levanta de la cama, ha empezado a dejarse barba por aburrimiento y ya no presta atención al odio. No dejo de pensar que es así como terminaré, es un futuro no muy lejano. No suelo rendirme, así que, seguiré intentando introducir pensamientos en Jean, casi imperceptibles para volver a renacer mientras ella se resista a ellos, quizá sea una buena reacción con la que poder absorber sus emociones y alimentarme. ¿Creéis que servirá?


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Dawson: La Sombra

Relato procedente:Diario de un Personaje

Nombre completo: Dawson Green Edad: 28 años.

Ciudad: Dublin Ocupación: Estudiante.

Descripción física:

Mi cabello castaño me llega hasta los hombros, a veces, algo enmarañado, otras trato de cuidarlo lo mejor posible para que se entienda que soy decente. El castaño oscuro de mis ojos proviene de mi madre, siempre quiso que lo fueran y parece que su deseo se cumplió, no fue tan feliz en su vida como en aquel momento, tal como ella cuenta. Labios carnosos y algo gruesos, diría que es lo que mejor define una sonrisa y lo que más puede llegar a cuestionarse. El ser esbelto me ha traído ciertos problemas y comentarios pero no puedo evitar mirarme al espejo tras vestirme cómodamente con mis vaqueros rotos, una camiseta de cualquier grupo de rock y una chupa de cuero y pensar que no podría ponerme esa ropa tan maravillosa si pesara más… ¿verdad? Iba a hablar de mi piel pero nunca ha sido del todo suave y tampoco es que me importe demasiado.

Descripción de la personalidad:

Diría que una de las cosas más curiosas de mi carácter es que puedo cambiarlo a placer sin que tenga que ver con ningún desorden de la personalidad conocido, puedo ser quién mi interlocutor quiera que sea por unos minutos sin identificarme en absoluto en la personalidad que ha creado. He vivido entre teorías de esta sociedad nuestra en la que las críticas y los juicios son el principal veneno de cada alma, por lo que, trato siempre de hacerles creer quién ellos creen que soy para no desvelar mi auténtica personalidad. Soy un trol de libro, lo sé pero funciona. Otra de las cosas que me destaca diría que es mi introversión y la poca importancia que le doy a conversaciones ajenas, me duran segundos antes de sonreír complaciente e irme por donde he venido sin remordimiento alguno, tiendo a aburrirme con facilidad…

Ausencia en el hogar:

Crecí en un ambiente algo ausente. Mis padres se pasaban el día en el trabajo y mi única compañía era una criada y la niñera, tendía a ser muy callada y simplemente, hacía lo que le pedían. Digamos que todo resultaba ser correcto, silencioso, apaciguado, incluso, ir al colegio me resultaba relajante, nunca escuchaba a nadie e iba sumido en mi burbuja, sin querer si quiera acercarme a ningún otro niño que tuviera que tener que ver conmigo, creo que por esto sacaba tan buenas notas.

No había tiempo para realizar reuniones con los tutores, sabían que las notas eran perfectas pero no que su hijo no se relacionaba con los demás ni aunque le apuntaran con un arma en la sien, mientras mis profesores no dejaban de quejarse y trataban de obligarme a hacerlo. Esta última fase de su plan siempre salía mal, algo que tenía que ver con insultos y a mí corriendo hacia el otro lado del campo de fútbol. Ni siquiera recuerdo si me hacían “bullying” pero sí que había una niña que siempre permanecía en un rincón como un ovillo, llorando y gritando porque la habían llamado “morsa”, a esas edades ya empecé a ver la ignorancia y arrogancia del ser humano.

Mis padres no tuvieron jamás ninguna responsabilidad conmigo, crecí solo, en silencio y bajo mis propias normas de disciplina, nadie más debía ocuparse de ello, era muy independiente y desenvuelto, no debían preocuparse si quiera por mi existencia. Creo que eso fue un punto a favor porque ni siquiera me afectó el divorcio o los constantes insultos antes de irse a la cama, las paredes oían pero los ingenuos suelen creer que los niños no entendemos su idioma. Ahí entendí qué era la ignorancia.

Una vida predestinada:

Mi vida estuvo predestinada desde un primer momento, yo iba a ser el sucesor de mi padre en su empresa, iba a trabajar para él e iba a estudiar ADE y a convertirme en uno de los mejores empresarios del país. Adivinad qué: a mí no me interesaba lo más mínimo. Prefería atarme a un hormiguero. Aunque no tuve mucha relación con él desde pequeño, seguía siendo su hijo, el único heredero de la familia y el que terminaría siguiendo los pasos de su amado padre, aunque ni siquiera le conociese.

Desde que somos pequeños, nos muestran un camino, es una ruta segura y de adoctrinamiento desde que empiezas el colegio con tres años y terminas bachiller con dieciocho para llegar a la Universidad y hacer aquello por lo que tus padres van a sentirse tan orgullosos el día de mañana, por lo que van a pagar tus estudios y van a comprarte una casa cerca de la compañía de tu padre, un coche de última gama para ligar con las chicas y llegar al trabajo con mayor facilidad y un despacho donde firmar papeles y estar presente en todas las reuniones aburridas. Después de trabajar durante años como un esclavo, llegas a los 65 años cansado, asqueado de trabajar en algo que te ha terminado quemando y con ganas de no volver a ver nunca más una oficina, mientras que, cuando te has dado cuenta, ya te has muerto. La vida tradicional.

Decidí que no la quería y me volví un repudiado.

La oveja negra de la familia:

Siempre me había gustado la música y quise empezar con ello en cuanto pude, quería estudiar todo lo que pudiese sobre ello pero también otros ámbitos totalmente diferentes desde psicología, medicina, sociología y derecho hasta los recónditos lugares del planeta que me gustaría visitar, digamos que tenía hambre de conocimiento y tan solo quería estudiar. ¿Cómo me ganaba la vida mientras tanto conseguía mis objetivos? Os sorprendería saber cuánta gente pagaría porque les hiciesen los trabajos de bachiller y la Universidad, en mi página web daba ese tipo de servicios y podía permitirme vivir en un pisito algo alejado de la Universidad pero bastante asequible, dado que, mis padres no quisieron apoyarme y tuve que empezar de cero.

Nunca volví a hablar con ellos aunque no me resultó duro, no habíamos tenido una conversación decente desde hacía años, tan solo me veían la cara a la hora de dormir y porque se asomaban… estaba acostumbrado. Y así es como me convertí en rechazado.

Entendimiento de personalidad y entorno:

Tras ser repudiado por mi familia, pude darme cuenta de que había factores en la personalidad y el entorno de las personas que podían afectar a un individuo en particular. La sociedad forma parte de ti aunque no lo quieras. Puedes elegir a qué grupo social pertenecer o quizá no quieras relacionarte con ninguno. Fueron hechos que me resultaron tan curiosos que empecé a estudiarlos con mayor detenimiento, desde cómo influye la familia, la educación que dan a un niño y la campaña de adoctrinamiento que le fuerzan a vivir tanto ellos como la sociedad misma, cómo se le inculcan tradiciones desde edades muy tempranas sin haber contado con una decisión propia y particular donde pueda decir “no” sin ser rechazado.

Pude ver con mayor claridad campos como el abuso, cómo afecta a la víctima y qué es el estrés postraumático, cómo influye en su vida y cuáles son las causas del abusón, en este caso, para cometer actos crueles hacia su víctima. Me llegué a acercar mucho al narcisismo, a sus diferentes tipos y funcionamiento de la mente, a los sociópatas y psicópatas, englobados en esa no-empatía. Aquí es donde entendí que en la interacción entre personas es muy importante observar y analizar en vez de hablar sin parar, cómo saber protegerse interior y exteriormente y cómo huir de situaciones no prósperas para uno mismo. Pude entender lo que era verdadera felicidad y lo que se vislumbraba como toxicidad elegida, a elegir entre vida propia o vivir para otros, me comprendí a mí mismo mientras comprendía a los demás.

Me di cuenta de que la información es poder y es mejor cuando lo estudias.

Un futuro brillante:

Tiendo a ser positivo, por lo que, entiendo y proyecto que mi futuro será brillante. Siempre puedo encontrar un libro que atraiga mi mente hacia un nuevo conocimiento, una nueva idea o me sumerja entre dimensiones de liberalismo y política, nunca se sabe… Pero nunca hay que dejar de estudiar, de ser autodidacta, de preguntarse qué más puedo hacer por mí y cómo puedo ayudar al mundo con lo que sé. Cómo puedo entender mejor mi entorno, cómo analizar sus palabras y cuál va a ser mi decisión final, la que a mí me interese.

El estudio de la vida y el ser humano es un camino largo que recorrer, lleno de interesantes fronteras, con momentos de sorpresa y sabiduría que le dan un nuevo quehacer a la mente. Tendemos a encontrarnos entre porqués que no entendemos pero estamos a un paso de hacerlo si nos lo proponemos, si dejamos que los demás sigan su camino mientras nosotros nos fijamos en dónde ponemos los pies y reflexionamos en cada momento para no cometer los mismos errores.

De la Universidad de la vida nunca sales hasta que mueres llevando tu diploma en la mano, ¿no crees?

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Amelia: Un Accidente que lo Cambia Todo

Amelia Kuller

Relato procedente:DESPERTAR

Nombre completo: Amelia Kuller.    Edad: 23 años.

Ciudad natal: Londres.         Ocupación: Estudiante.

Descripción física: 

Mi cabello negro era ondulado y siempre peinado hacia el lado izquierdo, no sabía muy bien si era una manía o, simplemente, tendía a organizarme demasiado. Mis ojos castaño oscuro tendían a sentirse perdidos, confundidos, dudosos de qué ocurría a mi alrededor, temiendo en todo momento una respuesta que no terminara de gustarme. Mis labios gruesos permanecían apretados debido a la incomodidad que sentía, al ajetreo que había a mi alrededor, al montón de personas pendientes por mi salud pero no de mis sentimientos. Mi cuerpo estaba engarrotado, desesperado por dejar de sentir dolor, sin esperanzas a pesar de los medicamentos que, supuestamente, iban a hacer mi vida mucho más sencilla.

Descripción de la personalidad:

Siempre fui bastante rebelde, me he preguntado muchas cosas que no tienen que ver para nada con la forma correcta en la que la gente las vería, o digamos desde un punto de vista más tradicional, trato de preguntarme para entender mejor mi entorno aunque termine más confundida que antes. Supongo que no me gustan las conversaciones largas, tampoco las profundas, tampoco el fingir o el creer que algo no ha pasado cuando realmente sí, no soporto la cercanía y mucho menos la condescendencia. Eso sí, amo estar en mi mundo.

Una familia de locos:

Supongo que éramos algo así como una familia rota, tan solo alguienes que vivían en el mismo lugar y no tenían más cojones que compartirlo todo. Éramos simples desconocidos que vagaban por la casa, descontrolados, sin demasiado que contar y soportando sus propias mierdas a su manera, sin expresarse o exteriorizar con los demás. Mi madre estaba tan estresada con el trabajo que no dedicaba tiempo a nada más, era como si no viviera en casa porque nunca estaba y papá era algo así como mi propia sombra que no dejaba de recordarme lo que debía hacer pero sin pasar demasiado tiempo en mi cuarto como para mantener una conversación interesante y adulta.

Podría decir que casi no había comunicación, tan solo silencio, era ensordecedor, se expandía por cada rincón, podía notarse desde la calle, te provocaba escalofríos, incluso, cierta incomodidad, ni siquiera me gustaba pensar en ello, nuestro ambiente familiar era un desastre. Envidiaba a aquellos niños que eran recogidos por sus familias e iban con ellos a tomar un helado, los míos ni siquiera recordaban a qué hora volvía del colegio, era vergonzoso.

Una separación dolorosa:

Habréis imaginado que, tras una convivencia tan horrible, mis padres se separaran, no tenían forma de pasar el tiempo juntos, cada vez se distanciaban más, así que, lo mejor fue separarse. Sinceramente, no sabía con quién quedarme pero, dado que, mi madre nunca estaba en casa y no me prestaba demasiada atención, decidí quedarme en la casa que conocía y con esa persona que ponía los ojos más en mí que en cualquier otra cosa. Quizá fue un error pero, podía hacerlo hasta que pudiera irme de casa.

Las discusiones se amontonaban, cada día era peor hasta que mi madre se hubo llevado sus cosas. Mi padre estaba tan impaciente que no pudo dejar de insultarla y culparla de todo lo malo de la relación cuando él sabía perfectamente que también tuvo algo de culpa, ambos estuvieron ausentes tanto entre ellos como conmigo. Traté de hacer oídos sordos pero, desgraciadamente, los gritos llegaban a mi habitación, bien audibles y a buen volumen.

Caminos separados:

Cuando viví a solas con mi padre, supe inmediatamente qué era lo que quería oír y que lo único que le importaba era lo que pensara la gente de él o de nuestra situación, siempre trataba de decir que mi madre se había ido de viaje o que la gente hablaba mucho sin saber porque ambos estaban muy bien sin dejarme opción de decir nada, era un encanto… Así que, tras ver este panorama, decidí vivir en su casa pero no cruzarme en su camino, forjar uno nuevo donde pudiese ser yo misma, donde pudiese andar sola y sin una sombra que corriera detrás de mí a cada paso que diera.

Tomamos caminos separados, aunque seguía comunicándome lo que ya sabía, seguía insistiendo en los estudios, el trabajo, el no decir nada a los vecinos, qué era lo que podía decir, cómo expresarme y casi cómo vestirme… Trataba de disuadirlo pero era complicado, así que, hacía lo que quería dentro de casa mientras hacía lo que me daba la gana cuando estaba fuera la mayor parte del tiempo.

El accidente:

Supongo que el accidente marcó un antes y un después, aunque no lo recordase. Al menos, sabía el contexto… Nadie decía nada sobre ello, ni siquiera mi padre quería mantener esa conversación adulta que siempre evitamos empezar, tan solo me dijo que olvidara que sucedió, que tan solo me centrara en recuperarme. El problema es que sí había pasado algo y no podía dejar de preguntarme una y otra vez si choqué con otra persona, si fue así, ¿estaba bien?, ¿había muerto?, ¿podía hablar con ella? Y si no era así, ¿me choqué contra algo?, ¿me caí desde un acantilado?

Nadie podía culparme porque tuviese tantas preguntas en mi cabeza sin respuesta aparente, tampoco las esperaba a corto plazo. Lo peor es que no me dejaban dormir, me inquietaban, esos susurros en mi cabeza no dejaban de hablar, de imaginar las mil maneras en las que podría haber ocurrido… ¿y si fue culpa mía?, ¿y si alguien murió por mi culpa? Era una buena persona, era normal que me preguntase eso al menos cien veces al día. El psicólogo tampoco ayudaba, estaba de parte del equipo “recupérate y olvida lo que ha ocurrido”, estaba extasiada, cansada de tanta hipocresía y de evadir cada conversación, el accidente se había convertido en un tema tabú. incluso, viendo mis piernas recién operadas y empezando a asistir a rehabilitación sin tener muchas más opciones, parecía que tan solo tenía que dejarme llevar, como si nada…

Un futuro hospitalizada:

Tras haber sobrevivido a un accidente que podría haber sido mortal, haber despertado del coma tras siete horas del mismo y tener un montón de horarios que cumplir, parecía que tenía que seguir adelante, en aquel lugar parecido a un manicomio, lleno de gente enferma, junto a ese olor penetrante a hospital, a virus, a enfermedad… no podía evitar taparme la nariz aunque todo estuviera infestado de esa peste. Podrían ser seis meses, quizá ocho, lo iríamos viendo según fuese progresando con la medicación y rehabilitación, aunque con el psicólogo no lo tengo muy claro, no suelta prenda de lo que realmente pasó, así que, tampoco debería expresar lo que siento, es una especie de cincuenta – cincuenta.

Supongo que todo se basará en el autocuidado, en mi padre comiéndome la cabeza, en mi hígado tratando de absorber esas pastillas terminadas de recetar que no parecía que mejoraran en nada y un estado psicológico muy poco envidiable. A parte de ser invisible, también tenía la opción de ser el cuerpo con más atención médica del mundo porque nadie me pregunta cómo estoy, sino que, todo se basa en ciencia, en simples análisis de sangre y orina, en TACS y montones de bendajes, en millones de ojos puestos en mí. En estos momento, tan solo deseaba desaparecer… ¿por qué no morí en el accidente…? Todo sería más sencillo.

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Un Vampiro Derrotado: Talía

Talia

Relato procedente: “SUSURRO”

Nombre completo: Talía Davis.         Edad: 243 años.

Ciudad natal: Londres.                       Raza: Vampiro.

Descripción física:

Mi cabello negro llega a la mitad de la espalda, liso, sedoso, desigual y en profunda armonía con el resto de mi cuerpo. Mis ojos son de un color azul intenso, aunque cuando me he convertido, han cambiado a un rojo sangre bastante penetrante y feroz. Mis labios finos son gruesos y dejan entrever unos colmillos blanquecinos y con ganas de desgarrar. Mi cuerpo esbelto nunca ha tenido un lugar a donde ir o esconderse, siempre he caminado sin rumbo y eso ha sido suficiente para mí.

Descripción de la personalidad:

Curiosa, intensa, diría que un tanto impulsiva… A veces, no sé parar de hablar, quizá hago daño a mi alrededor con mis palabras, me da igual o simplemente, no reparo en ello. Pienso poco y reacciono más, las acciones son lo que cuenta al fin y al cabo, cuanto más rápidas, más intensas y emocionales. Siempre he sido muy sensible pero he negado el ser vulnerable, nadie ha tenido la oportunidad de verlo en mí, de vislumbrarlo en mis ojos, de verme llorar.

Renacida:

Todo el mundo tiene un pasado. No me acuerdo muy bien del mío, dado que, 243 años dan para muchos recuerdos, tan solo sé que era frágil, tímida, miedosa y vulnerable, no tenía muchos amigos y veía las relaciones sociales desde la distancia, no parecía agradecerlas demasiado cuando estaban a mi alrededor. Era tan inocente que tan solo vivía en mi futuro, siempre planeando mi siguiente movimiento, desde planes de final de año hasta a qué Universidad me gustaría ir y por qué, era un compedio de planes, de ideas que flotaban en mi cabeza y que creía podía cumplir, sin tener muy claro si era lo que quería pero era lo que todos esperan de un no tan adolescente que va a presentarse a la selectividad, ¿verdad?

No supe qué era volver a nacer hasta aquella noche. Eran las tres de la madrugada y no podía dormir, así que, como algunas veces hacía, me vestí y salí a dar un paseo, no dejaba de dar vueltas en la cama y no veía sentido ninguno seguir en ella sin dormir. Estaba oscuro, pero algunas calles sí tenían luces. Desierto. No noté los pasos detrás de mí hasta que se hubieron acercado lo suficiente para sentirlos detrás de mi nuca, hasta notar su aliento acercarse a mi oreja, hasta quedarme lo suficientemente paralizada como para no poder mover ni un dedo. Al principio, pensé que sería alguien conocido que quería gastarme una broma pesada pero, cuando sus colmillos se posaron en mi cuello con fuerza, grité de dolor hasta que morí.

Me sorprendí al volver en sí, cuando los pulmones volvieron a llenarse de aire y empecé a darme cuenta de que estaba despierta, ¿cómo podía ser si acababa de ser asesinada?

El proceso:

No te das cuenta de que te han convertido en vampiro hasta que te sientes atraído por la sangre humana, hasta que oyes los latidos del corazón a larga distancia y quieres desgarrar cualquier garganta que se te ponga delante para alimentarte. La primera vez que me salieron los colmillos, me dolieron tanto que sangré, casi no pude comer como era debido, sentía mi boca como adormecida, las encías bastante delicadas y todos mis sentidos en completa alerta. Me vi a mí misma en un espejo y me aterroricé por completo, no podía creer lo que estaba viendo, ¿cómo era posible que estuviera viva? ¿qué estaba pasando?

Supongo que llegas a comprenderlo todo cuando tus síntomas son parecidos a los de las películas realistas, a las clásicas de vampiros, a aquellas que parece que nunca mientan sino que están hechas para que te guíes. Me pregunté una y otra vez si podría sobrevivir, si sería capaz de alimentarme sin perder el control, incluso, tenía miedo de ir sola, tenía pavor de que otros vampiros me atraparan y quisieran utilizarme, había muchos que perdían el tiempo de esa manera. No entendía muy bien qué podía hacer exactamente, tampoco el alcance de ello, tan solo, fui descubriendo algunas cosas poco a poco, como nuestro increíble oído y olfato.

Aprendiendo a controlarlo:

Ya os digo que no es nada fácil pero tuve que hacerlo tras ver que había matado a más de cinco personas tan solo por el impulso del hambre, tan solo por no poder parar a tiempo y encontrarme con un cadáver entre mis brazos. Las emociones se intensifican, así que, estaba ante un cúmulo de sensaciones que no podía explicar muy bien, quería pararlas o, al menos, controlarlas, mi ira aumentaba y no dejaba de sacar los colmillos a cualquiera que me negara alguna cosa por pequeña que fuese.

Empecé con las meditaciones guiadas, con mantras que me llevaban a calmarme, a sentirme segura aún estando en situaciones de riesgo. Me repetía a mí misma que estaba ante un proceso difícil y que poco a poco lo pasaría, era cierto pero tardé cien años en conseguir controlarlo del todo y parecía que nunca fuese suficiente. Podía controlar mis ataques de ira, mis inseguridades, mis miedos, podía incluso, dejar la impulsividad que me llevaba a tomar malas decisiones atrás, fue como renacer de entre las cenizas.

Los cazadores:

Los vampiros nunca hemos sido muy amistosos con los hombres lobo, por ejemplo, pero mucho menos, con los cazadores. Están por todas partes, se esconden la oscuridad, se vuelven invisibles para atacar al mínimo movimiento. Durante siglos han creído que somos una amenaza real, que no podemos controlarnos, que no somos capaces de hacernos pasar por seres humanos, somos una especie de monstruos que tan solo hacemos daño a aquello que nos rodea, nos alimentamos de aquellos que intentan proteger. Supongo que alimentarse de bolsas de sangre no es suficiente para ellos…

Tras años de entrenamiento, cada vez son más fuertes, más rápidos, más conscientes de nuestros movimientos, nuestras sensaciones, la ira que nos vuelve imparables y la sed de sangre, que nos vuelve hambrientos. Han sabido cómo utilizar todo esto en contra nuestra, han conocido muy bien a su enemigo para contraatacar con todo lo que tienen, con todo el armamento del que disponen. Llevamos siendo cazados entre las sombras durante un par de años, sucede sin más, sin previo aviso, es un dejar de existir sin haber cerrado a penas los ojos, como morir por obligación…

Segunda y definitiva muerte:

No sabía muy bien qué era, no podía verle, tocarle o sentir su respiración, era totalmente invisible. Lo único que notaba era una especie de presencia que se acercaba a mí y trataba de asustarme, de rodearme, de hacerme sentir indefenso, vulnerable… Lo peor fue que lo consiguió. Cada vez, podía notarlo más cerca, el cabello de mi nuca se erizaba y podía notar su aliento aproximándose, no podía ver ningún arma, tampoco ninguna señal de amenaza, estaba completamente paralizada por el miedo y el estrés que me producía no saber quién o qué me acechaba.

Me pasaron muchas cosas por la cabeza antes de que ese cazador me arrancara la cabeza, antes que la separara de mi cuerpo como si sus manos se hubiesen convertido en una motosierra. Ni siquiera pude ver si sonreía, si se divertía con mi dolor, tampoco sabía quién era, su nombre, su mirada… ¿podría haberle conocido? Lo que sí supe desafortunadamente, era que estaba muerta de forma permanente, no podría volverme a levantar del suelo en el que me dejó tirada como si no importara, como si fuese un mostruo más al que arrebatar su vida sin más.

Ya no había forma de renacer…

Un futuro en las sombras:

Los seres sobrenaturales tendemos a ir a otro lugar cuando morimos, es como un segundo plano en el que pagamos por nuestros pecados, dado que, siempre matamos a alguien mientras aprendemos, es ley de vida para nosotros. Ando por los callejones justo como antes pero soy como una sombra, como alguien inexistente cuando solía ser reconocida por otros de mi especie. Jamás me mezclaba con clanes, prefería ir sola y defenderme de los ataques de otros seres pero, al menos, sentía que tenía un lugar al que pertenecer aunque nadie supiese mi condición. Ahora era como si hubiese desaparecido, como si no hubiera quedado ni un rastro de mi existencia en la Tierra, como si hubiese sido totalmente borrada.

Podía verles a mi alrededor. Esos seres humanos inocentes, ignorantes de cualquier otro tipo de especie que vive con ellos, de cualquier acto de violencia hacia otros, del vampiro que es cazado aunque sea inocente, del hombre lobo que escapa por las alcantarillas temeroso de que le maten sin previo aviso… Todos les tememos pero los humanos, siguen hablando de tonterías, nadie nos defiende, estamos completamente solos en una lucha que no podemos ganar…

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La que Huye: Kayla

Kayla

Relato procedente: “HUIDA”

Nombre: Kayla Goyde    Profesión: Administrativa

Ciudad natal: Belfast     Edad: 42 años

Descripción física:

Mi cabello negro es ondulado y suele estar algo enmarañado debido a mi situación actual, ya no puedo cuidármelo como antes, la cárcel no es un sitio agradable donde te presten un buen suavizante y unas esponjas para frotarte el cuerpo. Mis ojos castaño oscuro, grandes y expresivos, ahora permanecen cansados tras tantas noches sin dormir, recordándolo todo de una forma muy vívida, acercándose a la pesadilla. Mi tez pálida ahora tiende a parecer más rugosa, a veces, algo seca debido al ambiente que acontece en mi alrededor, las zonas cerradas, lugares en los que no llega el sol ni el aire. Mi cuerpo esbelto, tiende a adelgazar cada vez más debido a mi falta de apetito y, según mi psicólogo, a mi sentimiento de culpa y estrés postraumático, algo que no me ayuda en nada.

Descripción de la personalidad:

Puedo decir que siempre he sido una mujer casera, bastante pegada a la família y con pocas ganas de compartir mi vida con nadie más que con mi hija. He sido muy reservada, tranquila y controladora en lo que tenía que ver con las situaciones diarias, he mantenido la calma en momentos difíciles y me ha encantado acercarme a esos precioso bosques cerca de nuestra casa donde se podía respirar aire fresco, me daban mucho vida, justo lo que ahora más anhelo. Solían decirme que era una mujer triste, quizá por mi expresión, puede que por la forma de mis ojos o mi cara, pero he sido una mujer más sensible que ninguna otra cosa, aunque sea verdad que lloro con facilidad. He sabido guardar muy bien los secretos, sobretodo los míos, han estado sepultados en la profundidad de mi alma hasta llegado el momento.

Una infancia y adolescencia exigentes:

Desde muy pequeña, mi madre me trataba como una verdadera mujer con responsabilidades y quehaceres diarios, me marcaba los tiempos, desde qué hacer nada más despertar hasta cómo debía comportarme en la mesa. Mi madre era la típica mujer sumisa que servía a su marido con absoluta lealtad, nunca cuestionaba esos actos machistas de las mujeres de entonces, ni siquiera los consideraba como tal, de hecho, permitía que la pegara cuando no hacía algo exactamente como él quería. A mí me parecía excesivo, incluso, mi padre me decía que debía aprender de los errores de mi madre para que cuando me casara, no los cometiese con mi marido. A veces, me daba escalofríos.

Mi madre se preocupaba siempre que llegaba algo más tarde a casa, no quería que me relacionara demasiado con mis compañeros de clase, siempre tenía que hacer cosas en casa, según ella, para aprender a cómo hacerlo sola, quería que cada vez más, comenzara a ser independiente pero yo sabía perfectamente por qué lo hacía. Debíamos ser como los demás vecinos del barrio, exigentes con nuestros hijos, obedientes a nuestros maridos y debíamos dormir con un camisón pegado al cuerpo, nada de dormir desnuda o con sujetador y bragas. Dios, era agotador…

“Adiós, padre”:

Esas fueron mis palabras cuando me enteré de su muerte. Fue un accidente, al parecer, le atropellaron cuando salía borracho de una taberna en el centro de la ciudad. No puedo decir que no me aliviara el hecho de que por fin dejara de formar parte de nuestras vidas. Mi madre ni siquiera se inmutó, actuó como una autómata, como si su muerte no importara o, mucho peor, como si ella se convirtiera en polvo y no supiera qué hacer con su vida pero muy pronto lo descubrió.

No volví a pensar en ello, no volví a recordarle y tampoco quise. No había sido nada bueno para mi madre, la defendía aunque ella no se lo mereciera, era sumisa porque prefería la postura cómoda de no hacer nada para evitar ser maltratada de aquella forma. Aunque empezó a perderse entre hombres más jóvenes que ella, aunque perdiera totalmente el norte, la seguía ayudando a levantarse cada mañana y a que dejara de darse vergüenza a sí misma.

Mismo pasado, mismo presente:

Éramos felices. Me sentía completa con aquella persona que compartía tantos momentos conmigo, incluso, cuando murió me sentí culpable al sentirme aliviada por la muerte de mi padre, quizá pasó lo mismo por ello… No podía explicarme por qué mi madre y yo teníamos vidas tan paralelas, todavía sigo preguntándome qué pasó. No tenía ni idea de por qué dejé de mantener contacto con mi madre, quizá tenía miedo de que los acontecimientos de su vida empezaran a formar parte de la mía, que empezaran a afectarme de verdad, a influirme… Estuve aterrorizada un tiempo.

De compartir las responsabilidades de traer una vida al mundo, había pasado a cargarlas sobre mis hombros totalmente sola, ahora era madre soltera, algo que me quitaba el sueño de forma constante. La niña crecía muy rápido pero no dejaba de llorar, era tan intensa a veces que no podía controlarla, tampoco mi ira contenida durante tanto tiempo por la frustración que albergaba en mí tras la muerte de mi marido, ese que siempre entendió mis fases rebeldes y emotivas, ese que prometió no dejarme nunca sola…

Perdí completamente el control. Dejé de ver con normalidad, la visión se volvió borrosa pero iba directa hacia ella, hacia su cuello, quería mi objetivo, tan solo quería que se callara, tenía tanto trabajo que no podía dejarlo ni un minuto, era mi responsabilidad… Dejé que mi cuerpo decidiera por mí, que mis sentidos se agudizaran y adormilaran mi alma, me dejé llevar por completo, haciendo lo que mi madre había tenido tanto miedo de hacer conmigo… Apreté su cuello con fuerza, oía que su voz se iba apagando, se movía pero pronto dejó de hacerlo. Medio sonreí al comprobar que había conseguido que callara pero, en cuanto volví a mí, comprendí lo que había hecho, el tremendo error que había cometido y lo que había perdido, todo al mismo tiempo…

Después de su muerte:

No podía respirar. Sentía cómo me ahogaba cada vez que entraba al salón, cada vez que veía el sofá vacío, cada vez que pensaba en ella, en sus pequeños pies, en su olor, en su tacto suave y la ternura en sus ojos… Me obligué a olvidar lo que pasó porque no quería admitir lo que hice, no sabía cómo había sido capaz de consentírmelo, ni siquiera cómo había ocurrido. Era incapaz de mirarme al espejo, ya no conocía a esa mujer perdida, ya no sabía quién iba y volvía del trabajo o quién cogía el coche para ir de compras, ella ya no era yo en absoluto, se había transformado en alguien que desconocía.

Delante de la gente, actuaba como si no hubiera ocurrido nada, incluso, me inventé una historia que yo misma me creí para que pareciera más verídica a ojos ajenos. Según mi versión de la historia, estuve trabajando hasta tarde y, cuando llegué, la niña ya no respiraba, había muerto mientras hacía horas extras en la oficina. Algunos se lo creyeron pero otros no, mucho menos esa persona culpable que había dentro de mí, esa persona que montó un escenario para confesar y poder cumplir con su condena después de matar a su propia hija, fruto del amor que se tenían dos personas que se complementaban tan bien.

Un futuro siendo prisionera:

No puedo decir que esté cómoda pero todavía merezco mucho más que una cadena perpetua, todavía merezco la muerte por lo que hice. No lo conseguiré, soy demasiado sensible y tranquila para tener mal comportamiento y soy demasiado cobarde como para conseguir unas cuchillas en este tugurio y matarme yo misma, así que, lo único que puedo hacer es conformarme con lo que me rodea, no mirar a nadie y no hacer preguntas. Yo misma me metí aquí y yo misma pagaré las consecuencias de lo que hice.

No sé si sobreviviré, si volveré a tratar de huir de mí misma, tampoco si pagaré por todo o si necesitaré algo más, pero sí sé que no volveré a ser libre, viviré enjaulada hasta que muera, lo único que me quedan son los recuerdos, aquellas sonrisas, las miradas, la complicidad, la esencia y el alma que tuvimos en un pasado, ya lo vivo a él y no a mi presente, los días trascurren sin importancia, los miro mientras permanezco en la oscuridad, mientras espero que venga a por mí y por fin pueda estar en paz…

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La Inocente Grace:

Personaje Grace

Relato procedente: MIRADAS QUE SE ENCUENTRAN

Nombre completo: Grace Dale Cobern       Edad: 32 años

Ciudad natal: Londres                                   Profesión: Decoradora

Descripción física:

Mi cabello rojizo y ondulado me llega hasta más abajo de los hombros, brillante y más sedoso que años atrás, cuando era totalmente rebelde e intratable. Mis ojos verdes habían pasado de ser inocentes a ver la realidad con absoluta claridad. Mis labios gruesos, ya no formaban parte de otro cuerpo, permanecían solitarios, en la más remota oscuridad, sin contacto, sin un ápice de acercamiento. Mi cuerpo esbelto, había dejado de esperar un nuevo amor, había dejado de sentirse atraída por aquellos hombres que no querían más de tres citas y también había dejado de usar vestidos que no me daban más que rechazos.

Descripción de la personalidad:

Pues sí, soy alguien inocente, quizá algo curiosa por lo que no conozco y muy esperanzada en aquellos a los que no debería brindarles mi amor. Soy muy enamoradiza, me resbalo varias veces en ese túnel resplandeciente del amor, de miradas encontradas y un montón de inocentes sonrisas pero, lo que más me gusta es el primer beso, todos son especiales y únicos, están llenos de color. Siempre he sido algo impulsiva, he actuado en base a decisiones no pensadas sino hechas, no me ha gustado nunca arrepentirme de mis acciones, aunque lo terminara haciendo. Sí, fui muy pasional y muy dada a los demás, me dejaba llevar por cualquier enamoramiento porque me parecía fácil, me dejaba envolver por los buenos momentos…

Una familia unida:

Supongo que todo empieza por la familia. La mía siempre estuvo unida, no sé si fue por mí porque fui hija única o porque, simplemente, mis padres amaban estar juntos desde hacía más o menos una eternidad. Creo que fue por ellos por lo que siempre tuve el romanticismo tan idealizado, me llevaba a pensar que todos los hombres serían igual de respetuosos que mi padre, igual de amables, detallistas, interesados en el bienestar de la chica con la que están como lo hacía él con mi madre pero, quizá todo eran sueños que no se iban a cumplir.

Siempre me ayudaron en mis problemas pero nunca conseguían que saliera de casa, no eran capaces de que trajera a ninguna compañera de clase conmigo a merendar o a hacer los deberes, si os digo la verdad, para mí era realmente incómodo. Al no tener muchos amigos, tampoco podía encontrar a alguien con quién compartir mi vida, como es obvio, si no sales, no conoces gente nueva, todo acto tiene sus consecuencias, ¿verdad?

Un compendio de rechazos:

Conforme iba avanzando en edad, iba dándome cuenta de lo difíciles que eran las relaciones, lo complicado que era tratar de mantener a alguien contento todo el tiempo teniendo que arriesgar tu propia felicidad. Nunca llegué a tener una relación estable, la mayoría de ellas me duraban más o menos dos meses, todo se acababa tan pronto que no me daba tiempo ni a pestañear. Iba de relación en relación  y, casi siempre, llegaba a casa llorando por el típico desengaño amoroso del tipo “él no era como yo pensaba…”, era tan enamoradiza que perdía el tiempo con cualquiera.

Nadie me rechazó por mi físico, pero quizá sí por mi dramatismo, porque era una intensa y me dejaba llevar por mis impulsos en cualquier ámbito de la vida, supongo que eso era algo que les asustaba de mí. Muchos de ellos, tan solo buscaban acostarse con la típica tía que tenía una cara bonita y un cuerpo de ocho pero, ninguno valía lo suficiente como para arriesgarme a quitarme la ropa. Terminaron aburriéndome y dejé de intentarlo, dejé de ir a los bailes del instituto, de interesarme por tener pareja el día de San Valentín con tanto ímpetu, también dejé de tener interés por todo lo que tuviera que ver con el amor, ni siquiera soportaba ya las canciones lentas. Lo dejé todo y me centré en mis estudios al cien por cien, no más distracciones.

Casi-boda:

Hace más o menos tres años, conocí a un joven apuesto, simpático y entregado que pensé sería el que me llevaría al altar, de hecho, casi lo consiguió. Mi familia estaba realmente exaltada, feliz, incluso asombrada de que hubiese encontrado a alguien con quién mantener una relación totalmente sana y, no os voy a mentir, lo era. Los amigos de mis padres que, en aquellos momentos, también empezaron a ser mis amigos, también estaban muy ilusionados y, mucho más cuando recibieron la agradable noticia de que íbamos a casarnos, ¡no se lo podían creer! A decir verdad, yo tampoco.

Todo estaba preparado, nuestros padres pagaron algunas cosas que se salían de nuestro presupuesto para la boda y nosotros estábamos muy contentos de que todo fuera a suceder al fin y de que mi vida se fuera encarrilando pero me preguntaba constantemente: “¿esta es la vida que quiero o la que quieren los demás para mí?” Mis padres siempre quisieron que tuviera una relación como la suya, querían que me casara y tuviera hijos, algo que a mí, en realidad, me daba verdadero pavor y no estaba preparada ni siquiera para dar el “sí, quiero”, iba a quedar enlazada con una persona para siempre y lo único real que podía ver en mi cabeza era un gran cartel donde ponía: “ESA NO ERES TÚ”.

No quise pensar en ello, pensaba que eran los nervios de la boda, ya sabéis que a veces pasa y tienden a estropearlo todo. Me di cuenta de que aquellas preguntas eran reales cuando algo me decía que no debería hacerlo si no me nacía, realmente, era un alma libre a la que le gustaba pasar un buen rato con alguien, acostarnos juntos, viajar, ir a cenar… pero nada de vivir juntos y tomarnos las cosas más en serio que un “sí, quiero” en un altar. En vez de decírselo en su momento o, al menos, mucho antes de ir a la boda, lo guardé dentro de mí sin saber muy bien cómo hacerlo, en qué momento destrozarle la vida a aquel hombre tan ilusionado por el mejor día de su vida, y yo tampoco quería decepcionar a mis padres, así que, se me ocurrió esconderme en los baños sin que nadie se diera cuenta y salí corriendo de la iglesia antes de que empezara la ceremonia, dejándole en el altar, como la típica película de “Novia a la Fuga”. Me detesté a mí misma por aquello.

Vida sencilla y solitaria:

Decepcioné a todo el mundo, soy consciente de ello pero no pude hacer nada para remediar lo que hice porque ya estaba hecho. A partir de ese momento, alquilé un estudio pequeño para mí sola, para vivir de una manera sencilla y para centrarme un poco en el trabajo y en lo que realmente me gustaba hacer, iba a intentar salir con más hombres pero guardando las distancias y marcándome ciertas normas. Mi trabajo de decoradora de interiores, me abría las puertas a conocer nuevas personas, a encontrarme con hombres muy atractivos con los que acostarme sin compromiso o con lo que tomar una copa de vez en cuando y dejar que se quedasen en mi casa a dormir.

En ese momento es cuando conocí al último, ese que me tenía totalmente eclipsada y el que me dejó sin respiración, ese que tenía un secreto tan grande que me arrepentí de haberle seguido. Llevábamos unas tres citas, ni siquiera nos habíamos besado, él siempre marcaba las distancias y, muchas veces, se notaba la tensión entre ambos, era como si quisiéramos hacer algo, acercarnos más pero hubiera una barrera que nos lo impidiera provocando suspense. No puedo decir que no estaba intrigada por lo que escondía, siempre desaparecía cuando menos lo esperaba, me soltaba excusas y me gustaba tanto que creía eran bromas o me estaba ocultando que estaba casado o algo por el estilo, el simple hecho de pensar en ser “la otra” me daban ganas de vomitar, una de mis reglas era no enrrollarme con hombres casados, así que, quería averiguarlo, ¿era eso tan malo?

Pues lo fue, terminé muerta en el suelo de mi casa. Habría hecho bien si no le hubiese visto matando al alcalde, descubriendo que era un asesino a sueldo, por fin todo empezaba a encajar… Se gastaba mucho dinero conmigo, tenía una colección de coches en el garaje de su casa, la cual, era muy moderna, grande y preciosa, un largo etcétera. Tan solo quería saber más sobre él porque casi no hablaba de su vida, llegué a creer que incluso, se había inventado su nombre, no sabía si estaba siendo sincero conmigo y, por descontado, no lo estaba siendo. Él tenía que atar cabos, no podía quedar ninguno suelto, no podía confiar en que mantendría la boca cerrada, se empeñó en quitarme de en medio, sin sentimientos, sin remordimiento alguno pero, ¿es que a caso los asesinos los tienen?

Un futuro evaporado:

Había pensado aprender a vivir sola, a tener relaciones fuera del trabajo y a llevarme a hombres a casa cuando realmente me apeteciera tener algo con ellos, dejando de lado las reflexiones absurdas de mi familia, eran tiernos pero llegaban a un punto en el que resultaban pesados. Empezaba a saber qué camino quería tomar, qué dirección seguir con mi vida antes de que terminara de una forma tan trágica, evaporándose por completo, en un abrir y cerrar de ojos.

Ni siquiera noté la bala penetrar una parte de mi cerebro, caí en el suelo de manera instantánea y todo fue oscuridad, ese es el lugar al que voy a pertenecer ahora y en un futuro muy lejano, sin saber a dónde ir mientras camino a tientas, tocando paredes invisibles y cantando canciones absurdas para aliviar mi dolor y dejar las lágrimas correr por mis mejillas mientras voy olvidando quién soy, quién fui o quién pude haber sido…

Publicado en Personajes

Rebecca: Amor Perdido

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Relato procedente: “CUERPO”

Nombre completo: Rebecca Ribers.      Edad: 28 años.

Ciudad natal: Cardiff.                              Profesión: Fotógrafa.

Descripción física: 

Mi cabello negro intenso es corto, rapado por el lado izquierdo, algo enmarañado y deshecho, no me gusta dar la sensación de darle demasiada importancia a mi aspecto, aunque sí la tenga. Mis ojos son del mismo color que el cabello, ahora rezuman tristeza y algo de inquietud preguntándome qué haré con esta soledad que ahora embriaga mi vida, mientras mis labios gruesos ya no encuentran a su otra mitad. Mi tez sigue siendo igual de pálida que cuando nací, tampoco soy persona de ponerme al sol, así que, creo que está justificado y, bueno, mi cuerpo sigue siendo esbelto, normalmente, adornado con pantalones rotos, chupas de cuero, cadenas y collares de plata.

Descripción de la personalidad:

Por lo general, soy desconfiada, cuido de mí misma y tiendo a ser bastante egoísta con aquellos que no se merecen mi cariño. Consigo el respeto de los que me rodean, mi presencia suele intimidar y, aunque no sea así en absoluto, me gusta que los demás lo crean, autodefensa sería un buen sinónimo a utilizar. No muestro debilidad hacia nadie, tan solo lo he mostrado con la única persona que lo merecía, tampoco me gusta mostrar ninguna de mis buenas facetas porque todo el mundo tiende a juzgarte, nadie te toma en serio y terminas sufriendo, así que, digamos que utilizo varios patrones útiles para sobrevivir en la sociedad, patrones que ni siquiera me definen.

Una soledad impuesta:

Desde niña, sentía que no formaba parte de este mundo, que no encajaba en los estándares habituales de la sociedad, mi mente estaba llena de “por qués” sin respuesta. Mi madre era una drogadicta que, por mucho que fuera a desintoxicación no le servía para nada, su compañera más leal era la heroína y nadie podía hacer que se rehabilitara, ni siquiera yo, de hecho, muchos se sorprendieron de que naciera sana, mi madre no pude resistir mucho tiempo estando sobria. Mi padre nos abandonó en cuanto tuvo oportunidad, ni siquiera me acuerdo de su cara y todavía estoy decidiendo si valió la pena conocerle o no, saber quién era o habría sido, imaginar nuestra relación padre-hija.

En ocasiones, solía jugar a que tenía otros padres con muñecos que me dejaban mis compañeros de clase, todo parecía menos jodido y mucho más interesante. Me mentía a mí misma para sentirme mejor, para olvidar que, al llegar a casa, habría alguien que ni siquiera me prestaría atención, ¿a caso a mi padre le dolió irse? ¿A caso pensó en cómo me afectaría a mí? Soñaba con la posibilidad de conocerle, de ser parte de su vida cada día al despertar pero, cada vez, me sentía más alejada de la respuesta.

Independecia forzada:

Hice lo que cualquier buena hija habría hecho por su madre: quitarle la droga para conseguir que mejorara, error que jamás volví a cometer. Empezó a tener un síndrome de abstinencia tan grave que casi me mata con un cuchillo para conseguir que le devolviera la droga, así que, no tuve otra opción que hacerlo. En cuanto volvió a ponerse ciega, vino a decirme cuánto me quería. En ese preciso momento, comprendí que debía irme si quería sobrevivir y tener una oportunidad en la vida…

Vendí drogas durante un tiempo, tanto que llegué a engancharme a la abundancia económica que esta me proporcionaba, en cuanto me di cuenta, ya tenía el dinero suficiente para alguilar un piso grande y lujoso para vivir como yo quería y tener algo ahorrado hasta que pudiera dedicarme de lleno a la fotografía. De momento, los yonkis me pagaban las facturas y, mientras permaneciera en perfil bajo, todo iría a pedir de boca, no tenía que llamar la atención. Dejé a mi madre en cuanto me hube mudado por completo y no volví a pisar su casa jamás, empecé a pensar en mí misma y dejé esa parte de mi pasado atrás, como si no hubiese existido, actuaba como una joven huérfana que no tenía a nadie en la vida.

Una luz al final del túnel:

Empecé a tener un insomnio tan pronunciado que necesité pastillas para dormir, bastante fuertes. Me sumían en un estado de completa armonía, de paz, de felicidad fingida pero que era suficiente para mí, era como creer que todo iba bien, incluso, sentía que tenía una compañera cerca cuando la necesitaba, estaba tan sola que ya no distinguía qué era bueno y qué no, empezaba a caer en un pozo que gritaba mi nombre, empezaba a ser mi madre. Llegué a sentir tanta vergüenza de mí misma que no podía mirarme al espejo, que no podía creer cómo había llegado al punto de dejar que mis ojos se dilataran tanto, de matar por una pastilla y esnifarla cuando no tuviera más opción, estaba desesperada, totalmente enganchada.

Pero una pequeña luz se acercó a mí a paso lento, tenía una sonrisa preciosa, una manera de reír muy particular y unos ojos tan azules que podían eclipsar una habitación entera, tenía personalidad, carisma, era ignorante y tan inocente que tan solo me daban ganas de besarla sin saber por qué, todo me atraía a ella, a su mirada, a su cuerpo esbelto y su cabello negro. Susan me gustaba mucho, me hacía sentir segura a su lado aunque fuéramos despacio en nuestra “relación”, ni siquiera hablamos de ello, tan solo nos dejábamos llevar por nuestros deseos, por lo que queríamos en ese preciso momento. Apartó las pastillas de mi vida poco a poco, sin que me diera cuenta, me mantenía entretenida, me acariciaba el cuerpo y dejaba que fuese parte de mí, se reía conmigo y contaba unos chistes malísimos, se escondía en el armario y tenía que encontrarla para al final, terminar besándola apasionadamente como respuesta. En pocas palabras, Susan me salvó la vida, me salvó de mí misma y se lo debía todo…

Mi musa:

Empezó a ser mi musa, ella posaba para mí. Llegué a hacer obras de arte con las fotografías que le hacía, conseguí un trabajo muy bien pagado en una empresa de fotografía, tan solo me querían a mí para el puesto y fue una oportunidad única gracias a Susan. Pude dejar atrás la venta de droga para llevar a cabo el talento para el que nací, para lo que me llenaba de verdad, pasaba el día en la oficina pero sentía que valía la pena. Con ello, podía notar que daba por sentado mi “relación” con Susan, se quedaba la mayor parte del tiempo sola, dado que, no tenía muchas amigas y las que tenía estaban lejos, su familia creía que ella era un poco tonta y por ello, casi no hablaban con ella, tan solo los fines de semana cuando iba a verles por simple obligación.

A Susan le encantaba posar, hacerse la interesante, nos hacíamos “selfies”, sonreíamos a la cámara, hacíamos vídeos graciosos, todavía tengo algunos momentos compartidos en mi ordenador que olvidaré borrar. La fotografía siempre estuvo presente en cada momento de nuestra relación, formábamos parte de ella, incluso, en los momentos íntimos o privados, era como una experiencia más de todas a las que ella no se sometía por vergüenza pero, al menos, la hacía sonreír.

Una muerte prematura:

Tenía veinte años, todavía era algo así como una niña inocente. La encontré muerta en el suelo de su casa, había sangre por todas partes y no pude hacer otra cosa que quedarme inmóvil mientras recordaba los mil momentos que pasamos juntas y sin arrepentirme lo suficiente por haber pasado los últimos cuatro días en el trabajo sin poder verla porque era un negocio importante. Ahora, se había ido. Tan solo podía pensar en esos momentos irrecuperables, en las lágrimas que no eran capaces de salir a través de mis ojos debido al shock existencial que tenía en aquellos instantes, recordaba cada pequeño detalle que compartimos, cada pasado haciéndose tan presente.

Se la llevaron en una bolsa negra, dejando atrás una mancha de sangre roja, esa huella en mi memoria que recordaría siempre. Tras limpiarla, no podía dejar de observar la madera, esperando oír su voz, su risa estridente, su cuerpo encima del mío, un beso que quitara el hipo… pero nada de eso ocurrió en las horas siguientes, incluso durante la noche, permanecía sentada en el sillón mirando el suelo donde había yacido Susan sin poder creer que ya no volvería a entrar por la puerta. Se había ido para siempre, dejando el silencio tras de sí, insoportable, ruidoso, estremecedor, inquietante…

Un futuro absorto de soledad:

Volvía al mismo sitio donde había empezado, a esa soledad obligada con mi madre, con el padre que se fue para no volver y una casa tan grande donde se oía prácticamente todo y nada a la vez, donde el silencio y la soledad podían comerte en cualquier momento. Se me cae la casa encima, no puedo acostarme en la misma cama donde dormíamos las dos y el sofá es, más bien, incómodo; las luces del pasillo permanecen apagadas, ya nadie se sienta en la habitación del fondo a escribir su diario…

No puedo evitar echarlo todo de menos, tantas cosas que no puedo olvidar, muchos recuerdos que me gustaría tocar pero que se escapan de mis manos cuando vuelvo al presente, a la realidad de que no está. Miro hacia el cielo buscando respuestas, tratando de equilibrar mis pensamientos y el deseo de matar a quién haya provocado semejante acto atroz sin saber con certeza si, algún día, le encontraré para mostrarle el dolor que ha causado en su propia piel, mientras sonrió al verle gritar…