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Margaret: A Quién le Gusta la Lluvia

Relato procedente:Caída“. Edad: 23 años.

Ciudad: Maine. Ocupación: Estudiante de Periodismo.

Descripción física:

Mi cabello es de color castaño, largo hasta un poco más abajo de los hombros. Mis ojos son del mismo color y tienden a mostrar una mirada calmada, interesada y cercana, sin demasiado maquillaje o, en ocasiones, con tonos claros. Mis labios gruesos, sin necesidad de pintalabios, a veces, aplico un poco de vaselina para que no se corten o gloss para que se perciban más intensos. Mi tez es un tanto morena pero no demasiado, me gusta tomar el sol en verano pero no en exceso. Estoy delgada pero siempre me gusta comer de más, ataco la comida como si fuese una muerta de hambre, no puedo evitarlo, ¡bendito sea mi metabolismo rápido! Suelo vestir con blusas y ropa algo más formal cuando estoy en la universidad y algo más cómodo cuando he vuelto a casa para ver a mi familia.

Descripción de la personalidad:

Me molestan los ruidos, mucho más cuando estoy estudiando, soy vegetariana, me encanta la lluvia y siempre salgo con el primer paraguas que me encuentro para disfrutar de ella. Tiendo a ser bastante amable con la gente, al menos, eso es lo que creo y darme a los demás hasta cierto punto, todo el mundo necesita algo de los demás, así que, hay que saber dónde poner los límites. Siempre he sido bastante organizada, me encantan las listas o aplicaciones que incluyen hacerlas para saber qué he de hacer durante el día con mayor detalle y si tengo el tiempo suficiente para hacerlo todo. Me gusta sentir que soy útil, sobre todo, en mi vida y mi día a día, no me importa si es para otros pero para mí misma, es esencial. Me gusta estar cómoda y pasarme el día estudiando si eso es lo que me apetece hacer, podría pasarme días leyendo sin darme cuenta de las horas pasadas, escribir artículos interesantes para un periódico de internet o cualquier otra cosa que tenga que ver con mis intereses. Creo que soy bastante reservada y odio las fiestas.

Esfuerzo y dedicación:

Desde que era niña, siempre hubo un objetivo en mente, no sabría qué hacer si no existiera uno. En el colegio, quería pasar con buenas notas al instituto porque tenía ganas de estudiar lengua e historia, incluso, la biología me llamaba la atención, algo que todo el mundo solía odiar. Quería entrar en la Universidad porque me encantaba escribir y empecé a formar parte del periódico del instituto, no hacíamos gran cosa pero era interesante e importante para mí crecer en esta área. Supongo que, durante la época adolescente, ya me empezó a interesar el periodismo, así que, esa era la meta final, el objetivo al que aspirar con esfuerzo y dedicación, había que ir rápido pero sin prisas.

Dedicaba horas y horas a estudiar, me gustaba saber de todo, mi naturaleza quería que fuese autodidacta, que pudiese hablar casi sobre cualquier cosa con cualquier persona en cualquier momento, y porque una periodista debe saber de todo y tener una cultura general bastante rica e interesante. Me atraían bastantes temas, así que, mi vida estaba en la biblioteca y, muchas veces, me los llevaba a casa para seguir leyendo y estudiando. Mis padres solían preocuparse del echo de que no prestara demasiada atención a socializar y a ir a fiestas de cumpleaños de compañeros de clase o de fiesta siendo algo más adolescente, la verdad, no me interesaba en absoluto, no se estudiaba a Becket en una discoteca con luces de neón y gente saltando al ritmo de la música, para mí, no tenía sentido.

Las pruebas de la vida:

Me dedicaba a llevar a cabo todo lo que escribía el día anterior en mis listas, lo cual, los imprevistos no entraban en ellos. Empecé a sufrir de ansiedad cuando estos ocasionaban cambios en mi día a día y tuve que ir a varios psicólogos para darme cuenta de que estaba tomando actitudes bastante obsesivas e intolerantes hacia mí misma mientras aislaba a los demás con esa extrema concentración hacia mis estudios y mis libros. No lo sentía de esa forma, lo sentía más bien como algo natural que afloraba en mí, algo que me apetecía hacer y que no podía evitar que ocurriese pero tuve que acoplarme a las circunstancias y dejar de leer tanto y prestar más interés a mi alrededor, el cual, no me interesaba del todo pero tuve que socializar a ojos de profesores y padres. Era la “nerd”, el “cerebrito”, la “sabelotodo”, la “obsesiva de los libros”, la “rata de biblioteca”, la “muda”… era increíble lo fácil que podías llegar a ser juzgado por algo que, simplemente, te apasionaba.

Estos comentarios hacían más difícil mi socialización, los rechazos hacían que me echara atrás y sacara un libro de mi mochila, me pusiera a leer y dejara que el resto del mundo dejara de existir. Me ayudaba mucho a inspirarme y escribir algunas cosas que me venían a la mente sobre algo que había visto u oído y podría ser valioso para artículos futuros cuando estudiase periodismo, estaba centrada, me gustaba mi vida tal y como era pero debía fingir muchas veces que estaba cómoda con otros, que quería hablar, debía ser amable y acercarme a personas que no me interesaban sintiéndome fuera de lugar muchas veces y sin ganas de hablar, queriendo buscar zonas de silencio por todo el recinto, alejarme del barullo y los comentarios.

Las listas dejaban de ser tan eficaces conforme ibas creciendo, siempre salía un nuevo imprevisto del que ocuparme o un trabajo que hacer con el que no había contado antes o un taller al que mi madre me había apuntado sin consultarme sabiendo que estaba ocupada. En la universidad no fue todo tan exigente pero seguía sintiendo que nada salía como esperaba o quería. Me di cuenta de que de eso sufre todo el mundo, que todos quedamos atrapados por rutinas que no nos gustan y debemos hacerlas porque no hay otra salida, porque no hay forma de ser uno mismo sin que te ataquen y que no todo son listas perfectas y exigentes para vivir.

Caída del puente:

Todo el mundo sabía cuánto me gustaba la lluvia, ese sonido, esas gotas cayendo en el suelo atrayendo calma y serenidad, tardes de lectura y paseos nocturnos que me encantaba tener sin hablar mucho de ello, a mi madre no le gustaba que saliera tan tarde. Pero yo nunca escuchaba, nada más veía que llovía a través de la ventana, me vestía y salía a la calle a cualquier hora, me relajaba hacerlo, sentía que pertenecía a algún lugar. Aquella noche, fue una de esas noches en las que llovió mucho, donde ese sonido era atrayente y relajante y en el que sentí que debía salir para dar un paseo. Ahora puedo decir que fue un error.

Desde que pasé la plaza de la ciudad y empecé a caminar entre callejones no tan iluminados, empecé a notar que alguien me seguía. Al principio, no quise darle demasiada importancia porque podría ser alguien que vivía cerca y debía ir detrás de mí para llegar… Pero tan solo estaba quitándole fuego al asunto, ese tipo me estaba siguiendo y yo estaba aterrada. Vi cada vez más cerca el puente por el que se llegaba a la universidad, tenía planeado llegar a la zona de seguridad y quedarme allí hasta sentirme a salvo de él y dejar que se fuera, empezaba a darme cuenta de por qué mi madre estaba en contra de que saliera por las noches. Pero no pude llegar, quizá fue porque apreté el paso y alerté al tío de la capucha, corrimos uno detrás del otro, sintiéndome como una presa fui frenada por una de sus manos, hizo que me diera la vuelta y que me cogiera del cuello para tirarme por el puente sin motivo.

Mientras caía, pude preguntarme si era alguien que conocía o, tan solo alguien que necesitaba hacer algo así para sentir que existía en un mundo tan complicado. Era extraño sentirse todo, quizá aterrador para algunos y estresante para otros, podrían haber mil motivos para esto, motivos que yo no lograba encontrar, hasta llegar a las rocas y mi cabeza reventar contra ellas, dejando que la oscuridad me nublase. Ni siquiera un adiós ni un “hasta luego”, quizá un “ya nos veremos”, nada. Pasó y ya está, como todo pasa, sin necesidad de una lista, otro imprevisto para una aspirante a periodista que pasó a la historia antes de haber empezado la suya.

Un futuro imprevisto:

Fui un imprevisto. Unas horas antes, había llamado a mi madre y habíamos hablado de algo banal, absurdo, quizá sobre algo de lo que estaba estudiando y que a mí me parecía interesante comentar. Quizá estaba cansada, puede que fuera eso lo que le dije para dejar de hablar o puede que fuera el examen del día siguiente, por ello, salí a andar, para relajarme. Es curioso cómo todo deja de importar y recordarlo ya no es importante cuando ya dejas de pertenecer a un cuerpo. Pero sí, fui un imprevisto en la lista de mis padres, contando con que hubieran empezado una, no sabía mucho de sus vidas aún habiendo vivido con ellos durante la adolescencia.

Supongo que habría frenado sus vidas, sus rutinas, quizá el entierro molestó a algunos de sus familiares que, a decir verdad, no conocí a muchos o puede que sí y no los recuerde porque estaría enfrascada leyendo algún libro. Todo puede ser. Quizá irían a recoger mis cosas a la universidad, quizá mi compañera de residencia lloraría desconsolada durante un par de días y los siguientes días bromearía sobre su nuevo vestido con su nueva compañera de cuarto. Volverían a casa con el coche, quizá se cogieran unos días de descanso en el trabajo para pasar el shock, quizá tardarían en procesarlo, esto volvería locas sus vidas, un día a día sin listas porque no sería lo mismo, no se sentiría igual. Me había vuelto en un imprevisto, lo que más odiaba de todas y cada una de mis listas, ¿dónde lo añadiría?


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