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Bruce: Beber para no Sentir

Relato procedente:Entre Miradas“. Edad: 42 años.

Ciudad: Luxemburgo. Profesión: Economista.

Descripción física:

Moreno, con el cabello algo largo por la parte de arriba y más corto por las puntas, siempre me ha gustado llevarlo un tanto informal, a la vez que doy una imagen de economista de oficina aseado y profesional. Mis ojos son de un tono azul claro, labios finos y tez un tanto oscura, el sol nunca llega a darme del todo bien para volverme caribeño. Suelo vestir de traje y corbata, mi empresa es algo exigente con ello, siempre viste serio para causar buena impresión mientras le das tu tiempo a gente que solo te utiliza para ganar más dinero mientras tú te pudres de gastos. Los mocasines me matan, me los suelo cambiar a deportivas nada más subo al coche para ir al bar o a casa.

Descripción de la personalidad:

Según varios de los psicólogos a los que he tenido el poco placer de conocer durante mi vida, se han ceñido a la idea de que tengo una personalidad que tiende a la depresión, la nostalgia, melancolía, tristeza y con tintes un tanto victimistas, ahogo mis penas en alcohol para no sentir nada de ello y es una verdad que me repito pero que, a la vez, ocasiona que me guste mi pena y quiera experimentarla una y otra vez sin siquiera quererlo del todo, es un tanto confuso, todavía no he logrado entenderlo pero ahí está: depresivo crónico. Solía ser divertido en mis tiempos de juventud, incluso, ahora en ciertos momentos tiendo a serlo, un poco bromista pero, sobretodo, sarcástico, no puedo evitarlo, me ciertas ganas de vivir inexplicables. A veces, me aburro con facilidad y mi trabajo no pone esta tarea fácil porque es muy repetitiva y ya ni siquiera intento superarme a mí mismo, me da pereza. No suelo tener muchas amistades y me alejo de las aglomeraciones, algún psicólogo que otro también comentó algo sobre cierta ansiedad social reprimida que todavía no he terminado de conocer del todo porque está reprimida, ¿recordáis?

Rechazo como normalidad:

Supongo que aquí es donde empezó todo… Quizá esperéis que os cuente que fui un niño feliz, que fui al colegio, fui amigo de todo el mundo, terminé bachillerato, la Universidad y me cogieron en una empresa relativamente importante como economista porque soy bueno en mi trabajo pero, nada de eso sería verdad. Pasé por un rechazo detrás de otro, era el típico chaval echado a un lado, invisible y sin demasiadas ganas de llamar la atención, escuchaba, iba al recreo, le daba mi bocata al abusón de turno y me iba al baño a llorar un día detrás de otro, mientras intentaba volver a casa con ambos pies derechos. Sufría en silencio, nadie más lo sabía, no quise que lo hicieran, mi familia ya pasaba por sus propios dramas, mamá estaba muy enferma y los médicos la habían dejado pasar sus últimos días en casa antes de irse al cielo, tal como mi padre lo decía, una cosa más de la que tratar de escapar…

Me evadía de mis emociones y del exterior escuchando música, leyendo o jugando a videojuegos, a veces, cuando ya fui algo más mayor con marihuana y pastillas relajantes que solía usar mi madre para los dolores musculares, esa mierda te dejaba en las nubes al menos durante cinco horas donde pensar no tenía lugar. No dejaba espacio a las dudas o a las reflexiones, estaba de más, el mundo estaba jodido y yo no había elegido nacer, tampoco perder a una madre tan pronto y, mucho menos, terminar el colegio y ponerme a trabajar para ayudar a mi padre a pagar las facturas de la casa. Sí, consideraba que mi vida ya era una mierda, tendí a la depresión a partir de ese momento aunque todavía no sabía muy bien qué era eso o lo que estaba sintiendo, la cuestión era que lo sentía y punto.

Decisiones, decisiones, decisiones…

Mi padre me dio a elegir si quería seguir estudiando o trabajar en un tugurio como la hamburguesería de la esquina que solo ofrecía comida para llevar o si quería tener una vida mejor que la suya y seguir en el bachillerato para enrolarme en la Universidad y ser alguien que valiese la pena. Elegí la segunda opción, no porque lo quisiera o pensara que fuera importante, sino porque estaba colocado, un tipo que conocía pasaba relajantes bastante más fuertes que los que me tomaba, así que, esa decisión fue basada en no tener ni idea de lo que estaba diciendo pero, en cuanto me di cuenta, me vi estudiando. Me percaté que era muy bueno con los números, de hecho, todos los profesores lo decían pero yo no le daba la mayor importancia, tan solo veía las cosas desde un punto de vista matemático, no era para tanto, ¿no? Todos a mi alrededor lo vieron como una genialidad, como una necesidad de elegir qué hacer en la Universidad porque, ya sabéis, debía ser alguien en la vida…

Mi padre pensó que la administración de empresas o la economía serían carreras idóneas para mí, tan solo tenía que elegir una de ellas para saber hacia dónde dirigirme, estaba a punto de presentarme a la selectividad. Una vez más, decidí estando colocado, esta vez, marihuana y era muy buena, tanto que asentí cuando mi padre dijo la palabra “Economista”, se puso tan contento que ni siquiera quise discutirle por qué o por qué no moví la cabeza, ¡me estaba durmiendo, ni siquiera lo hice a posta! Pero, otra decisión tomada, ¿no?

De becario a economista jefe:

En la Universidad no me costó demasiado estudiar, era incluso, más sencillo que bachillerato, me seguían gustando los números y me ayudaban a aclarar la mente de vez en cuando. Lo que tenía aquel lugar de atractivo también eran sus fiestas, no me perdía ninguna, tenía lo más importante de todo: alcohol. No lo había probado antes y me di cuenta de que me gustaba más que la mierda que me estuvieron pasando desde adolescente, así que, llegaba a mi habitación siempre mamado, iba a los exámenes más relajado que nadie y acudí al funeral de mi padre entre ebrio y fumado, a ver qué iba a hacer sin él, era el único que me empujaba un poco en la vida…

Me ofrecieron un trabajo de becario en la empresa en la que trabajo actualmente, no pude negarme porque era la oportunidad que mi padre había querido para mí, así que, honré su memoria de alguna manera, era lo que debía hacer, ¿no? Tan solo tenía que llevar a cabo algunos proyectos, ordenar papeleo y vestirme de etiqueta de vez en cuando para dar buena impresión, pero me trabajé muy bien uno de los que me asignaron y, simplemente, mi jefe decidió meterme en un edificio de oficinas para que lo dirigiera y manejara todo el tema económico para él, era un gilipollas engreído, un tanto drogadicto y alcohólico que no tenía mucho tiempo libre y necesitaba a cualquier idiota que le cuidara el garito. Me iban a subir el sueldo tres veces más de lo que esperaba, así que, accedí sin pensarlo. Resultó ser un acierto aún llevando mi melancolía a cuestas, bebiendo sin parar y mezclándolo con medicamentos sin receta, sé llevar una maldita empresa y triplicar sus beneficios. Ni siquiera yo lo hubiera esperado…

Mujer y dos hijos:

Sí, ¿a quién se le hubiera ocurrido pensar que un tipo como yo podría tener suerte con las mujeres y mucho menos, procrear? Pues el dinero hace la mayor parte del esfuerzo, chicos. Darlena era una mujer increíble, nos lo pasábamos muy bien juntos, hacíamos de todo, sincerándonos lo mínimo pero teniendo claro que nos atraíamos, hasta que, un día ya no le bajó la regla. Fue una putada pagada por dos porque salieron gemelos: Tod y Garby, un par de cabrones bastante gamberros y juguetones que dejaban mi casa patas arriba las 24/7. No podría decir que nunca los he querido pero jamás pedí esto, de hecho, tan solo me lo pasaba bien con ella, hacíamos tonterías y ya no nos veíamos hasta pasadas unas semanas, luego tuvimos que mudarnos juntos y formar una familia bastante cuestionable.

Los niños siguen creciendo, les cuido, tienen un techo donde dormir, comida, agua y todo lo necesario pero no paso el mayor tiempo en casa, el bar es mi nuevo sitio ahora, está cerca de la oficina, me calma y me evade de mis responsabilidades, a veces, es agobiante ser parte de un mundo tan loco…

El accidente:

Conocí a una mujer justo en ese bar, una noche no muy ajetreada, estaba prácticamente vacío pero, al parecer, el único que la había visto era yo, según el barman no se había sentado nadie a mi lado desde que había llegado. Curioso, ¿eh? Porque tuve la misma sensación que cuando vi a Darlena por primera vez, era hermosa, sexy, extrovertida, divertida y bebía incluso más que yo, me atraía o quizá eso pensé. Desapareció entre una de nuestras conversaciones estúpidas de la noche y tan solo la vi salir del bar hacia la carretera, decidí seguirla porque se había llevado su chaqueta y bolso sin yo darme cuenta, quería saber qué había ocurrido pero, estaba tan centrado en seguir sus pasos que tan solo vi unas luces y oí un ruido sordo, seguido de gritos que se acercaban a mi posición mientras mi alrededor se iba quedando a oscuras.

Quizá ella escapó o se desvaneció en el aire, puede que nuestra conversación le hubiese resultado aburrida pero más aburrido me iba yo a sentir cuando despertara, si es que lo hacía.

Un futuro de reflexión y recuperación:

Una hemorragia interna, dos costillas rotas, algunos moretones y unas náuseas increíbles, imaginad ese momento al despertar en una cama de hospital, completamente solo, nadie esperando a que despiertes. Tristeza. Melancolía. Pude verlas esperar frente a mí a que me diera cuenta de que me estaban mirando, tratando una vez más de que me derrumbara y deseando que me inyectaran más morfina para quedarme inconsciente otra vez. Ese olor a enfermedad me irritaba, las enfermeras caminando arriba y abajo, un zumbido que no me dejaba dormir. Era curioso cómo las ganas de morir iban aumentando por momentos… Melancolía, tristeza…

Quizá debía reconsiderar mis acciones, hacia dónde me estaba dejando llevar por mis impulsos o evadir por ellos, qué no quería recordar y por qué no deseaba hacer frente a mi presente. Daba asco. Sí, ese era el motivo. Y era un buen motivo, al menos, para mí. Mis decisiones se habían tomado en base a algo que ni yo me había planteado, embarazos no deseados, niños que no había pedido, una vida que tampoco quería… Necesitaba morfina. Quería callarles. Necesitaba morfina. Quería dejar de sentir. Una copa me vendría genial ahora…


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