Publicado en Personajes

Annia: La Introvertida

Relato procedente: “Bajo las Luces”. Edad: 20 años.

Ciudad: Providence. Profesión: Mecánico.

Descripción física:

Tengo el cabello de color negro, mis ojos son castaño oscuro y los labios algo gruesos, piel algo pálida y mejillas rosadas, aunque es algo que intento disimular. Esbelta, reconociendo que no siempre he sido así, cuando era pequeña me solían comparar con un bollo gordito y achuchable, no les juzgo. Suelo vestirme de negro o combinar con colores como el violeta o el rojo, digamos que para mí no existen más gamas, ni siquiera al añadir los vaqueros, los zapatos suelen ser muy cómodos. No he sido nunca de ir a hacerme la manicura, pedicura o cortarme el cabello, me ha entretenido una barbaridad hacérmelo yo misma, no soporto que gente que no conozco haga algo que podría hacerme yo.

Descripción de la personalidad:

La gente suele quejarse mucho de que soy callada, algo pasota y de que nunca estoy atenta a lo que los demás dicen, estoy en mi mundo y el resto no me importa. Lo malo de esto es que suelen acertar en todo lo anterior. No lo hago aposta es que me sale así, ignoro lo que no me importa y lo que no debo oír por mi propia salud mental, cabalgo en solitario por estos lares de la vida y trato de divertirme alejada de todo ser que tenga la capacidad de respirar y pensar demasiado deprisa para pedirme algo que no me apetece hacer. No le doy mucha importancia a las cosas porque considero que no la tienen y todos vamos a terminar en el mismo lugar, nadie saca nada preocupándose por tonterías.

Una infancia desapegada:

Sí, bueno, mi infancia fue muy desapegada. Mientras a mi hermana mayor le gustaba pasar más tiempo con mis padres, yo tan solo quería salir de casa y hacer mi propia vida, encerrarme en mi cuarto para leer revistas de coches o hacer manualidades que no tuvieran nada que ver con el instituto. Mi hermana solía ir a todas las actividades familiares que mis padres ofrecían pero yo siempre me quedaba en casa, eran muy raritos, siempre abrazándose, diciéndose “te quiero” y siendo lo más ñoño visto en este planeta, me daba vergüenza estar en la misma habitación que ellos a la vista de otros.

Siempre me distanciaba. A veces, no era por incomodidad o porque viesen las costumbres de aquellos con los que iba, sino porque me salía natural. Me nacía estar en un lugar más apartado, dada a mí y a mis necesidades, vagando entre mis aficiones y no dejar que mis palabras mostraran lo que sentía. Era pequeña sí, pero lo suficientemente lista como para darme cuenta de que no todo el mundo utiliza la información de forma correcta y responsable.

Adolescencia loca:

Caminé entre bares, jarras de cervezas y ganas de olvidar mi realidad, no porque fuese mala, sino porque era aburrida y no encajaba para nada en ella. A veces, aunque hubiese mucha gente a mi alrededor, me sentía incomprendida, aislada por tener mis propias opiniones, mientras tan solo esperaba que me miraran en la distancia y cuchichearan algo tan simple como “friki”. Llegaba borracha como una cuba a casa a las tantas de la madrugada mientras todo el mundo dormía; todavía recuerdo esa noche que me detuvieron por exhibicionismo cuando no podía aguantar mis ganas de orinar y simplemente, cogí la maceta del jardín de una casa cualquiera y lo hice allí mismo. Me liaba con tíos alguna que otra noche y me dejaba llevar un poco, hasta que ellos se ponían sentimentales, empalagosos y aburridos, les desechaba como a un clínex, más tarde entendí por qué me parecían tan muermos.

Lo único que me mantenía cuerda y entretenida era el taller de mecánica que había unas calles más abajo, donde una amiga perfeccionaba coches de carreras y de alta gama. A veces, necesitaba ayuda y yo podía ganar un poco de dinero, mis padres nunca lo supieron, incluso, esperaban que fuese médico. Es curioso cómo aquello cambió mi vida, no pensaba ir a la universidad ni por un segundo, quería acabar manchada de aceite y grasa de motor, era un trabajo bastante creativo, sobre todo cuando transformábamos coches antiguos en nuevos y teníamos que pintarlos de colores llamativos, ¡se me daba de maravilla! Pasaba del instituto.

Orientación sexual estereotipada:

Sí, estaba claro que a mí me pasaba algo. Toda persona que me cruzaba o me aburría o hacía que me estallara la cabeza. Empecé a darme cuenta de que empezaban a atraerme las mujeres, me llamaban la atención pero, no era buena idea hablar de ello en voz alta, era una orientación sexual bastante estereotipada y juzgada socialmente. Solía salir poco pero una chica de clase con la que empecé a tener amistad, me llevaba a bailar a varias discotecas y, en cuanto me besó tras unas cervezas de más, supe que algo dentro de mí había cambiado.

Nunca hablamos de ello y tampoco quise hacerlo. Le dejaba su espacio tras haber roto con su novio, no era buen momento para conversaciones profundas y yo no tenía ningún interés en mantener ninguna que fuera lo suficientemente larga como para aburrirme. Seguimos en contacto tras terminar el instituto pero fuimos por caminos separados tras un par de años más de esto, quizá se casó, quién sabe… Tampoco solía compartir mi sexualidad con nadie, es privado, es personal, todo se juzga, todo se critica.

Un futuro solitario:

Claro que descubrí que me gustaban las mujeres, claro que me alegraba de que hubiera sucedido para entenderme algo más pero, ¿hijos?, ¿para qué?, ¿creéis que pienso en una relación estable? Como mucho, en un rollo de discoteca. Que me aburran las conversaciones con otros es algo intrínseco que no va a cambiar, no me extrañaría que sucediera también llamándome la atención una mujer.

Ser un ermitaño no es tan malo, es silencioso, placentero, tranquilo y a distancia de los problemas ajenos, sin perder el tiempo, sin gastar palabras en vano, sin menosprecios o decepciones. Me caso con los coches de carreras, ¿por qué no?


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