Publicado en Relatos

A Través de la Ventana:

Me dispuse a sentarme en la repisa que estaba pegada a la ventana. La había hecho mi lugar seguro, privado. Llovía. Era el tercer día. Levanté la mirada y allí estaba. Cabello castaño oscuro, ojos negros y sonrisa magnética, no era capaz de cruzar palabra con aquel chico cuando nos cruzábamos en la calle, pero sí me atrevía a ponerle los ojos encima en la distancia, a oscuras mientras me dedicaba a hacer nada. Me entretenía ver lo que hacía, horas de entrenamiento, comía sano y se pasaba el día en su habitación cuando no iba a clase o con sus amigos. Empezaba a saber sus horarios, a apuntarlos en una libreta, a conocer su semblante cuando no estaba de humor, qué le hacía feliz y qué le animaba cuando estaba disgustado. Segundos, minutos y horas para seguir la vida del vecino de enfrente, lo mismo que tardé en averiguar la del antiguo.

Desayuna entre las siete de la mañana y las ocho, come entre las dos y las cuatro de la tarde y cena entre las seis y las ocho de la noche. Boxea, lee, canta, come sano y hace los deberes cada día, como un reloj un par de horas después de llegar del instituto, está en último año, me lo cruzo cada día por los pasillos pero está demasiado ocupado riéndose de la marginada de su clase con sus amigos. Es un abusón. Y me encantan los abusones. Son una especie de reloj que romper, una costumbre que deshacer y una mente que quemar, no son nada sin una muleta, son inseguros en soledad. Cuando su madre recogía su ropa sucia, él parecía molesto, ella salía de allí con la cabeza gacha mientras su hijo mostraba una leve sonrisa en su cara. Le gustaba ver sufrir a los demás, era bastante sucio.

Me parecía curioso lo impoluto que se mostraba, su ropa estaba increíblemente planchada, se ponía esas camisetas apretadas que marcaban sus abdominales y bíceps, a veces, se echaba aceites y se miraba al espejo durante horas. Resultaba curioso ver cómo se adulaba a sí mismo, un “no es suficiente” podría aparecer en su cabeza cada vez que hacía una hora más de entrenamiento diario. Todavía era un niño y se presionaba al límite para ser el mejor, pero no veía a quién le importaba desde esta ventana, le veía más bien solo. Pero, una tarde algo me llamó la atención, alguien subió con él a su cuarto, Una chica rubia, la había visto antes, era una de las más populares dada su vestimenta de animadora. Empezaron a besarse. Él la cogió de la cintura mientras iba bajando hasta su trasero, lo apretó y le subió la pierna derecha hasta su cadera, la acaricio hasta llegar hacia lo que llevaba debajo de esa falda azul y amarilla. Continuaron besándose y él quiso quitarle la camiseta. Ella paró de besarle y negó con la cabeza. Os aseguro que el chico no se lo tomó nada bien, le impidió salir de la habitación, le dio una bofetada y la tiró sobre la cama. Preferí no presenciar lo que pasó después pero cogí el teléfono y empecé a grabar, era el momento indicado.

Era curioso que, justo en aquel momento, por fin tuviera algo con lo que destruirle. Tuve que mudarme a esta casa para estar justo enfrente de su cuarto y poder seguirle de cerca, tuve que pasar desapercibida en el instituto para que no se le ocurriera mirarme otra vez, quería mantener distancia entre ambos para esperar a aquel momento, a aquella grabación para demostrar que lo que me hizo a mí se lo hacía a otras. He esperado un año pero ha valido la pena. En cuanto terminó conmigo pretendió que no me conocía, pasó de largo como si no me hubiera hecho nada, siguió andando sin que sus actos fueran juzgados. E aquí mi rebancha. Era hora de ajustar cuentas.


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Through the Window:

I set out to sit on the ledge that was attached to the window. I had made it my safe, private place. It was raining. It was the third day. I looked up and there he was. Dark brown hair, black eyes and magnetic smile, I wasn’t able to cross a word with that boy when we crossed the street, but I did dare to put my eyes on him in the distance, in the dark while I was doing nothing. I was entertained to see what he did, hours of training, ate healthy and spent the day in his room when he didn’t go to class or with his friends. I began to know his schedules, to write them down in a notebook, to know his countenance when he was not in the mood, what made him happy and what encouraged him when he was upset. Seconds, minutes and hours to follow the life of the neighbor across the street, the same as it took me to find out the old one.

He has breakfast between seven in the morning and eight, eat between two and four in the afternoon and dinner between six and eight o’clock at night. He boxes, reads, sings, eats healthy food and does his homework every day, like a clock a couple of hours after arriving from high school, he’s in his senior year, I walk through the aisles every day, but he’s too busy laughing at the marginalized girl in his class with his friends. He’s a bully. And I love bullies. They are a kind of clock to break, a custom to undo and a mind to burn, they are nothing without a crutch, they are insecure in solitude. When his mother took his dirty clothes, he seemed upset, she came out with her head down while her son showed a slight smile on his face. He liked to see others suffer, it was pretty dirty.

I thought it was funny how impolute he was, his clothes were incredibly ironed, he put on those tight T-shirts that marked his abs and biceps, sometimes he would throw oils on his body and look in the mirror for hours. It was curious to see how he flattered himself, a “not enough” could appear in his head every time he did one more hour of daily training. He was still a kid and pushed himself to the limit to be the best, but I didn’t see who cared from this window, I saw him rather alone. But one afternoon something got my attention, someone came up with him to his room, A blonde girl, I had seen her before, she was one of the most popular at high school, judging for her cheerleading attire. They started kissing. He grabbed her from the waist as his hand went down to her bumb, squeezed it and raised her right leg to his hip, stroked her to what she wore under that blue and yellow skirt. They continued kissing and he wanted to take off his shirt. She stopped kissing him and shook his head. I assure you, the boy didn’t take it well, stopped her from leaving the room, slapped her and threw her on the bed. I preferred not to witness what happened next but I picked up the phone and started recording, it was the right time.

It was curious that, right at the time, I finally had something to destroy him with. I had to move into this house to be right in front of his room and be able to follow him closely, I had to go unnoticed in high school so that he wouldn’t think of looking at me again, I wanted to keep a distance between the two of us to wait for that moment, to that recording to show that what he did to me did it to others. I’ve waited a year, but it’s been worth it. As soon as he finished with me, he pretended he didn’t know me, he passed by as if he hadn’t done anything to me, he kept walking without his actions being judged. And here’s my slice. It was time to settle scores.


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Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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