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Jonas: Alguien Sin Destino

Relato procedente:Sin Destino“. Edad: 29 años.

Ciudad: Oklahoma. Profesión: Periodista.

Descripción física:

Cabello negro intenso, cortado al cuatro, aunque he de reconocer que he cambiado de estilo de forma habitual porque no me gusta ningún corte lo suficiente como para dejarme siempre el mismo. Mis ojos son de color castaño oscuro con unos toques miel en pequeñas zonas, pero tienes que acercarte mucho para verlas bien y no me suele gustar que nadie invada mi espacio personal. Labios finos y piel blanca, no suelo ir a la playa como muchos otros chicos hacen porque no me resulta cómoda la arena mojada y el montón de gente que se aglomera allí, me gusta mi piel así, moreno me vería raro. Suelo vestir con vaqueros, unos deportivas Puma que ya están casi para tirarlas de lo desgastadas que se ven pero que siguen pareciéndome cómodas; utilizo camisas de leñador saltando entre colores rojo y negro y verde y negro, a veces, llevo sudaderas pero es menos habitual; una chaqueta con capucha que me permite cubrirme la cabeza cuando llueve o con una gabardina negra en los días más soleados. No diría que tengo un estilo en específico, tan solo improviso…

Descripción de la personalidad:

Siempre he sido alguien un tanto solitario, no por sentirme atacado por otros o incómodo, ha sido cosa mía, tiendo a mantenerme al margen de todo, es algo que he hecho desde niño, aunque Angela quería que formara parte de alguna comunidad y, a veces, su única misión en la vida era presentarme a gente que conocía en la Universidad o en el trabajo para que yo hiciera amigos. No he sido nunca alguien con ambiciones, tampoco me interesan, me he acostumbrado a trabajar en tiendas, cafeterías o librerías a tiempo parcial la mayor parte de mi vida y siempre me han proporcionado dinero suficiente para mis gastos, el tener ambición siempre ha sido una casilla en blanco. Me definiría como alguien callado, tranquilo y a quién no le gustan los problemas, evito cualquier tipo de confrontación física o cotilleo de algún tipo para no tener que dar explicaciones luego. Mi costumbre de quedarme siempre al margen, no me mojo en nada…

Caminando sin rumbo:

Esta es una de las cosas que he hecho desde que tengo uso de razón. Mientras mis padres discutían casi constantemente, yo trataba de mantenerme al margen saliendo a la calle con unos auriculares y un ritmo pausando al andar. No quería oír nada, tampoco saber de lo que estaban hablando y deseaba no conocer qué ocurriría conmigo, ni siquiera en qué página de su historia me encontraba en esos momentos. Sus gritos se podían oír desde mi habitación, había días que ni siquiera poniendo la música a todo volumen servía para dejar de escucharles, tanto odio me estremecía. Trataba de no llorar, no darle importancia, caminar sin rumbo y dejar que las cosas vinieran por sí mismas.

Descubría zonas de la ciudad que desconocía que existieran, incluso, me gustaba caminar a través de los cementerios. A veces, encontrabas a gente rezando o contándoles a sus muertos qué tal les había ido la semana, como si realmente estuvieran escuchándoles. No hablaba, no me gustaba ir con otros niños, encontraba relajante pasar el día solo, conmigo mismo, la voz de Michael Jackson en mis oídos era suficiente para hacerme sentir ese momento único, me transportaba a cualquier otra parte donde realmente quisiera estar.

Divorcio y maltrato:

Mis padres me anunciaron su divorcio, yo a penas pestañeé, me sorprendí a mí mismo cuando esa palabra dejó de significar algo para mí, ni siquiera la pensé o la consideré algo importante en mi vida, incluso, siendo la primera vez que la escuchaba. Mi madre repetía lo importante que era que estuviera con ella, con los abuelos y que yo necesitaba su apoyo por encima de todo. Mi padre, con un semblante serio y un aspecto francamente abatido, no dijo nada, ni siquiera quiso rebatir los puntos de mi madre, sonaba un tanto controladora y obsesiva con cómo llevar las cosas a cabo a partir de ahora pero él ni se inmutó, estaba cansado de pelear, parecía que la dejaba hacer.

Durante toda mi vida había vivido en aquella casa y en esa ciudad, había ido al mismo colegio desde los tres años y no veía cómodo el mudarme a otro lado tan solo porque la ayuda materna en mi vida era más importante sin aportar un mayor contexto a ello, así que, decidí quedarme con mi padre en esa casa, cuestión que más tarde pagué con creces entre sus salidas nocturnas con prostitutas que traía a casa y esos arrebatos de alcohólico que le llevaban a una agresividad fuera de serie. Durante algo más de cuatro años, aguanté sus fiestas y maltratos, gritos a altas horas de la madrugada mientras se oían al otro lado de la pared los muelles del sofá. Parecía que su adolescencia había empezado cuando la mía, había desaparecido junto a mi inocencia.

Recuerdo haberme quedado inconsciente tras un empujón. Aquella noche, me dejó marcas por todo el cuerpo, moretones que no desaparecieron hasta pasados dos meses, fue el momento en el que decidí irme de allí para empezar mi vida solo, caminando sin rumbo pero alejándome de un gran problema. Esta vez, sí acerté con mi decisión.

Angela y su piso para estudiantes:

Había decidido seguir con el bachillerato, pasara lo que pasase, quería ir a la Universidad y estudiar periodismo, así que, si no quería seguir viviendo con mi padre, debía encontrar un piso compartido. En el instituto siempre había gente que colgaba en los tablones de anuncios carteles que rezaban “se necesita compañero de piso”, cogí el primero que vi y llamé, Angela fue la que respondió al teléfono, parecía muy entusiasmada, así que, fui a ver la habitación. Bastante amplia, cómoda, limpia. El resto de piso no estaba nada mal, se estaba a gusto y era barato, acepté de inmediato vivir con ella, no la conocía pero tampoco debía pensar que era una psicópata.

Al principio, he de reconocer que me parecía muy irritante tener que contestar a todas sus preguntas, era una chica muy habladora, mientras yo era tan callado que prefería responder a todo mediante un encogimiento de hombros incómodo y, a la vez, algo desconcertante para ella, pero no dejó de intentarlo hasta que empezamos a congeniar un poco más, era buena chica, su sonrisa empezaba a calar en mí. Mientras estaba con Angela, mi padre era parte del pasado, una sombra que ni siquiera se había dado cuenta de que su hijo hacía semanas que no volvía a casa, que tampoco le pedía dinero y que podría haber desaparecido. La verdad, dejé de reconocerlo tras la primera cicatriz que me dejó un poco más abajo del labio.

La madre de Angela tenía una tienda de flores y accesorios cerca de nuestro piso, al comentarle que buscaba trabajo, me dijo que podía trabajar con ella, era a tiempo parcial pero podía ganar lo suficiente para pagar la mitad del piso y comida, agradecí mucho que ese fuese el primer número al que llamé para encontrar un piso de estudiantes.

Angela y la Universidad:

Pasamos bastante tiempo juntos y no nos cansábamos. Ya habíamos bautizado nuestros viernes de pizza y películas de terror, los lunes de totitas, los miércoles de comida china y póker, era imposible aburrirse en nuestra casa. Durante esos tiempos, he de reconocer que todo tenía que ver con ella, mi vida empezó a girar en torno a Angela sin darme cuenta, siendo una parte importante, un brazo del que difícilmente podría deshacerme, ya formaba parte de mí. Nos hicimos grandes amigos, nos cogíamos de la mano cuando salíamos a dar una vuelta, nos dábamos un beso antes de irnos a la cama y veíamos películas abrazados, diría que éramos una especie de pareja sin serlo. No pude evitar el sentir algo más por ella, pasábamos el día juntos y su perspicacia era lo que me más me atraía, su inteligencia pronunciaba mi nombre y su cuerpo provocaba en mí un torrente de emociones inexplicables.

Conseguimos entrar en la misma Universidad, a Angela le gustaba el Arte y yo me dirigí hacia el Periodismo, estudiamos juntos y reímos entre horas, era como en los viejos tiempos, me hubiera gustado que fuera así algunos años más. Muchos de sus novios entraron y salieron de aquel piso, algunos de ellos completos arrogantes y otros, demasiado blandos para estar con Angela, todavía no he llegado a entender qué le atraía de ellos. Yo permanecía en las sombras, oía sus tardes de sexo a través de las paredes, sus noches locas con sus amigas entre canciones pop y melancólicas, sus mañanas tristes en las que solía perder el apetito. Nos graduamos y todavía no se lo había pedido, esperaba que volviera a quedarse soltera para hacerlo, aunque tendía a ser difícil.

El accidente:

Me contó sus planes la noche anterior. Durante la mañana, quería disfrutar del sol, pasear hasta que nuestras piernas dijeran basta, no quería pensar en el trabajo, necesitaba fotos para poder publicar en instagram después de tenerlo durante meses muerto, así que, ese sería uno de mis quehaceres cuando pusiéramos un pie fuera. Leer el periódico era opcional pero lo que sí deseaba de verdad era que le preparara uno de mis especiales chocolate caliente con nubes, era lo que más le gustaba en los días fríos y la mantenía templada. Así que, lo tenía decidido. Esa mañana, le preguntaría si quería salir conmigo, dejó a su último novio por aburrido y pelma, creía firmemente que yo podría superarle.

La vi salir por la puerta. Lo último que me dijo fue que empezara a preparar los chocolates mientras ella recogía el periódico. Salió en pijama, el cabello pelirrojo recogido con una coleta, sin maquillar y con la tez pálida, con ambas mejillas rosadas debido al frío, ni siquiera le importó salir sin zapatillas, temía que se congelara los pies pero insistió en salir en calcetines habiendo nieve fuera. Estaba entusiasmada, había planeado su día sin tener un motivo para ello, era una entusiasta de la vida y yo su principal animador, incluso, en los días soleados.

Oí un golpe fuerte, resonó por toda la calle. Dejé ambas tazas de chocolate sobre la repisa y, rápidamente me asomé por la ventana. En cuanto la vi tirada en el suelo, a mis pies les faltó tiempo para salir corriendo por la puerta y caer de rodillas sobre la nieve, con ambas manos puestas en su cara, tratando de que me oyera, al menos, de que respirara. El tío que la había atropellado se había dado a la fuga y la mujer que vio lo ocurrido, llamó a la ambulancia pero Angela no sobrevivió aquel día soleado, aquel día planeado y tampoco se tomó su chocolate caliente con nubes.

Desde entonces, he caminado sin un destino predeterminado, termino en el mismo lugar, en el mismo cementerio frente a su tumba cada mañana, le cuento qué tal ha ido el día, lo raro que se siente el piso sin ella y lo irremplazable que es, por eso no lo alquilo a nadie más. Su cuarto está justo como se lo dejó, la cama sin hacer y su tocador lleno de frases locas que escribía con su pintalabios rojo, la ropa que iba a ponerse ese día sigue sobre su cama, los libros de la Universidad sobre el escritorio, al igual que su portátil y sus relojes, su ropa en el armario sus cuadros colgados en las paredes. Nada había cambiado, salvo que no estaba y que se había quedado el chocolate sobre la repisa de la cocina. Todavía no me atreví a tirarlo, quizá mañana le pregunte si le molesta que lo haga…

Un futuro en el piso de estudiantes de Angela:

No esperaba dejar el piso en un tiempo muy corto, tampoco largo. Había sido nuestro hogar desde el bachillerato y me había salvado del maltrato sufrido con mi padre, la buena vida de mamá viajando por todo el mundo olvidando de que tenía un hijo, era imposible de que me deshiciera de él, estaba casi seguro de que iba a trabajar en un periódico a jornada completa e iba a poder pagarlo casi con seguridad. Estaba repleto de momentos, era como si oyera su voz desde mi cuarto aunque supiera que no era posible.

Seguiré caminando hasta su tumba un día tras otro, me he acostumbrado a su presencia y a ella tampoco creo que le importe, me reconforta y siento que está allí conmigo aunque sepa que está dentro de mi mente. No la olvidaré, tampoco pienso intentarlo. Al llegar a casa, seguiré diciendo: “ya estoy en casa, Angela”.