Publicado en Relatos

Sin Destino:

Todos nos podemos sentir desorientados, desolados y olvidados, alguna vez. Mis pies me llevaban cada día a cruzar el mismo bosque, entre la niebla, para encontrarme de frente con mis miedos, mi pasado y las pérdidas. Me volvía a ver a mí mismo intentando ayudarme de mis piernas y brazos para salir del agua, del ahogamiento que me imponía el destino, aquel del que muy poca gente podía escapar. La aceptación está sobrevalorada cuando se para el tiempo, cuando las horas dejan de ser importantes y comer se convierte en una simple rutina porque el apetito ha desvanecido junto con tus ganas de seguir caminando entre la niebla y el frío.

No siento la cara, tampoco las manos dentro de los guantes de cuero negro, debo tener cuidado de que las piernas no me flaqueen porque tiemblan como nunca antes, causándome cierto desequilibrio. Camino a paso lento, no tengo prisa por llegar donde mi cuerpo me lleva, tampoco quiero mirar la hora o esperar que vaya a ser un día diferente. Tras recibir la negativa de mi jefe de no volver al trabajo hasta que la ayuda psicológica hiciera su efecto, no tenía nada mejor que hacer. Ni mi jefe me soportaba en mis momentos de oscuridad, entre ese leve mareo que caracterizaba cada mañana mientras archivaba papeleo, mientras escribía alguna cronológica o cuando interpretaba una noticia como buena cuando era una bazofia a larga distancia.

Paso las tardes mirando fotos antiguas, recuerdos de cuando podía decir que era feliz aunque siempre añadía que no se es del todo por problemas ajenos a nosotros. Sentí el no haberlos disfrutado, no haber estado más presente, dejar de seguir lo que se debía hacer por lo que realmente quería yo… Observaba la ventana como un idiota mientras llovía volviendo a aquellos momentos de seguridad, compostura, amistad interminable donde creía que nada iba a cambiar y que siempre habría un instante en el que podría preguntar “deberíamos tener una cita, llevamos siendo amigos mucho tiempo, ¿no crees?”, era una apuesta segura que un atropello justo enfrente de nuestra casa la hizo no tan imaginable. Mis pies empezaron a moverse rápidamente hacia la calle para asistirla, mientras mi desesperación provocaba que mis manos no dejaran de temblar y mi voz se quebrara tratando de que abriera los ojos. Nunca lo hizo.

“Hija, amiga y periodista”, eso decidieron escribir en su tumba. Sonaba a broma. La miré como si estuviera frente a mí, un reflejo transparente que disipaba con la niebla pero que insistía porque fuera permanente. Me senté sobre la hierba y continué mirando la inscripción, tratando de entender la importancia de esas palabras viniendo de una familia que nunca la había tenido en cuenta, tan solo vinieron sus hermanos al funeral y, simplemente, desapareció. Cambié las flores amapolas marchitas que dejé hace un par de días por unas rosas rojas despampanantes que le daban mejor aspecto. Estando allí era como si estuviera con ella, en un mismo barco, en una misma riada, en una misma habitación… Simples compañeros de piso que hicieron migas desde la primera sonrisa y que nunca pudieron despedirse tras el último suspiro.


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Without Destiny:

We can all feel disoriented, desolated and forgotten, sometimes. My feet took me every day to cross the same forest, in the fog, to find me head-on with my fears, my past and the losses. I saw myself again trying to help me out of my legs and arms to get out of the water, from the drowning imposed on me by fate, the one from which very few people could escape. Acceptance is overrated when time stops, when hours stop being important and eating becomes a simple routine because appetite has faded along with your desire to keep walking in the fog and the cold.

I can’t feel my face, I don’t feel my hands inside the black leather gloves either, I have to be careful that my legs don’t falter because they tremble like never before, causing me some imbalance. I walk at a slow pace, I’m in no hurry to get to where my body takes me, I don’t want to look at the time either or hope it’s going to be a different day. After receiving my boss’s refusal not to return to work until psychological help had its effect, I had nothing better to do. Even my boss couldn’t stand me in my dark moments, a few times of little dizziness that I characterized every morning while archiving paperwork, while writing some chronological or when I played a news story as good when I was a long-distance slug.

I spend the afternoons looking at old photos, memories of when I could say that I was happy although I always added that it is not entirely because of problems outside of us. I felt that I didn’t enjoy them, I hadn’t been more present, to stop following what was supposed to be done for what I really wanted… I watched the window like an idiot as it rained back to those moments of security, composure, endless friendship where I thought nothing was going to change and that there would always be a moment when I could ask “we should have a date, we’ve been friends for a long time, don’t you think?” it was a sure bet that a hit-and-run right in front of our house made it not so imaginable. My feet began to move quickly into the street to assist her, while my desperation caused my hands to stop shaking and my voice breaking trying to get she opened her eyes. She never did.

“Daughter, friend and journalist,” that’s what they decided to write in her grave. It sounds like a joke. I looked at her as if she were in front of me, a transparent reflection that dissipated with fog but insisted that it be permanent. I sat on the grass and continued to look at the inscription, trying to understand the importance of those words coming from a family that had never taken her as part of their own, only her brothers came to the funeral and she simply disappeared. I traded the withered poppy flowers I left a couple of days ago for some stunning red roses that made it look better. Being there it was as if I were with her, in the same boat, in the same flood, in the same room… Simple roommates who made crumbs from the first smile and could never say goodbye after the last sigh.


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Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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