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Steven: El Testigo

Relato procedente:El Acantilado“. Edad: 25 años.

Ciudad: Nueva Jersey. Ocupación: Aspirante a bombero.

Descripción física:

Cabello negro, lacio, algo largo pero no demasiado, lo suficiente como para que me tapara las ojeras, siempre he odiado tenerlas de soplillo. Ojos marrones, oscuro, algunas chicas que he conocido siempre me han dicho que atraen a la reflexión, a la calma y que tienden a ser profundos, la verdad, no lo sé, pero algo harán si la gente pone tanto enfoque en ellos, ¿no? Piel blanca, casi siempre algo seca, con necesidad de crema en cualquier parte del cuerpo, en búsqueda de productos orgánicos que hicieran que cuidara mejor la piel. Labios algo gruesos, algo que siempre me ha dado un poco igual, nunca los he utilizado para mucho más que para comer. Cuerpo esbelto pero no muy atlético, el ir al gimnasio siempre fue una tarea pendiente pero no me llamó la atención, así que, mis huesos tendían a sonar mientras andaba o me agachaba, un tanto incómodo y embarazoso pero oye, ¿qué más podía hacer?

Descripción de la personalidad:

Siempre me ha gustado dar consejos, pero jamás estar en la línea de fuego. Me atrae observar desde la distancia, apuntar notas mentales mientras me escondo entre la gente, a decir verdad, no he sido demasiado sociable, aunque lo he intentado. He sido un lobo solitario, testigo de las acciones ajenas pero nunca el protagonista, alejado del bullicio y las malas compañías, confío en la gente pero, a la vez, no apostaría ni un dólar por nadie, lo cual, me deja en un soñador que prefiere equilibrar su mundo que formar parte del de los demás. He sido un tipejo nervioso, miedoso y el colón irritable no me dejaba vivir ciertos días, propenso a las pesadillas y a los rechazos, desesperado por perder la virginidad mientras las chicas se perdían en mis ojos buscando en mí solo a un amigo al que contarle sus penas, “hello, friendzone“.

Desconectado:

Siempre he estado solo. Hogares de acogida. Callado, empujado a permanecer a un lado, sin hacer preguntas, tampoco poner excusas y haciendo lo que me pedían que hiciera, hasta que terminaran muriendo en un accidente de coche, cayendo por un precipicio, un día gris, lluvioso y traspasando una carretera resbaladiza. Recuerdo haber cogido el teléfono a las 03:00am, la noticia me impactó pero no me sorprendió. No moví ni un músculo de mi cara al escuchar lo que dijo la policía, mientras me decían que, al ser mayor de edad podía elegir vivir en otro lado y no volver al orfanato. Así lo hice. Nadie supo de mí, ni de mi pasado, tampoco conocía a personas diariamente, las evitaba e ignoraba, mi vida era completo silencio.

Pasara lo que pasase, nadie me echaría de menos. Nadia sabría dónde estaba o me pediría explicaciones de adónde iba o por qué, no tenía redes sociales, tampoco las necesitaba, ni móvil ni número de teléfono. Pagaba el alquiler de un piso que no era muy caro, trabajando en la tienda de abajo, un quiosco con no demasiada gente, atendiendo a idiotas y fumando entre horas, a pesar de querer cumplir uno de mis mayores sueños: ser bombero, una idea estúpida viniendo de alguien tan cobarde, ni siquiera lo tenía como opción, solo como una aspiración o un deseo frustrado. Una vida de robot. Una vida para sobrevivir. Recuerdo sonreír mientras veía películas, escuchaba música o, simplemente, estando tirado en el sofá mirando el techo, recuerdo sentir la libertad mientras no había nadie alrededor, no había placer mayor que ese.

Testigo de un asesinato:

Supongo que aquí se torció todo. Mi vida pasó de ser aburrida e insignificante a importante y con la necesidad de ser cazado hasta la muerte. Tan solo vi a un tío alto, con un sombrero de color beis, una gabardina negra que le llegaba hasta las rodillas, con la cara casi tapada, unos pantalones tejanos y unos mocasines negros, imponente, esperando a un chaval que se acercaba para traerle un USB. El chico no parecía estar muy bien de salud, larguirucho, muy delgado, ansioso, se movía de un lado a otro, sus manos temblaban y sus ojos le caían, mientras le entregaba lo que su futuro asesino necesitaba para a saber qué fin. Le dio dos disparos en la espalda cuando el chico se disponía a alejarse del que fuese el trato que tuviese con él, quizá fuese un último trabajo, quizá el penúltimo a cambio de algo, no tenía ni la menor idea, pero no parecía lícito.

En cuanto vi aquello, me levanté de donde me encontraba, detrás de un coche escondido, ese hombre no me provocó la confianza suficiente como para cruzar esa calle y, por no cruzarla en su momento, tuve que escapar de lo que fue un asesinato a sangre fría en toda regla. Quizá me vio alejarme y no consiguió determinar un blanco en mi espalda, tal como hizo con el chaval que yacía inerte en el suelo a unos centímetros de él, y no pudo hacerse con el testigo que podría descubrir todos sus planes, quizá ir a la policía o encontrar una forma de identificarle. Lo único que puedo asegurar es que fue una experiencia devastadora, estuve planteándome durante días qué hacer con lo que había presenciado, cómo quitarlo de mi cabeza, cómo dejar que simplemente pasara sin más.

El callármelo durante meses, tan solo hizo que mi colon y mis migrañas se volvieran más intensas, que no pudiera ir al baño en tres días o que las náuseas me hicieran detestar la comida, tratando de ignorar mis pensamientos por un momento, dejando a ese chico olvidado por mi propio bien, no sabía cuán peligroso podía ser aquello, así que, como buen cobarde, me eché a un lado sin comentarlo a nadie.

Una corrida por el bosque:

Recuerdo estar asustado. Mi respiración entrecortada. El cansancio. El bosque. El acantilado. Siendo que nada de eso era tan importante. Unos días antes tuve una sensación indescriptible, como si algo fuera a ocurrir, denotando un temor que se movía por todo mi cuerpo, como hormigas correteando para buscar comida y esconderse. Pensé que eran tonterías, invenciones de una mente amenazada por la aparición de ese hombre de gabardina y sombrero que vi en el callejón, empezando a habituarme a esa constante vena maníaca y obsesiva de la que, durante meses no había podido deshacerme.

Vi a un chico con la máscara de V de “Vendetta” observarme desde lejos, en la gasolinera donde había parado a repostar. Caminó algo rápido hacia mí, de una manera tan decidida que supe que venía a matarme, el arma que llevaba consigo no podría engañar a nadie. Eché a correr hacia el bosque sin siquiera pensar si habría una salida, mientras el corría tras de mí, una sudadera con capucha, pantalones cortos y unas deportivas hechas para corredores, le bastaron para cogerme, yo no era ni siquiera competición para él, estaba claro quién ganaría la carrera y el trofeo que tenía que ver con dos balas chocar contra mi pecho mientras mi cuerpo se dejaba caer por el precipicio. ¿La verdad? Ese chico tenía agallas, era fuerte, con coraje al apuntar el arma hacia alguien indefenso y decidir terminar un trabajo que, seguramente, empezó días atrás cuando le mandaron matarme, mi destino estuvo escrito desde ese preciso momento.

Quizá fui poca cosa y nadie notó la diferencia con mi existencia pero, al menos, fui importante y una amenaza para alguien que se podría considerar poderoso. Yo no era ningún talismán, alguien famoso o con ganas de ver la vida de color de rosa, sabía que era simplemente un vendedor en un quiosco, totalmente reemplazable y que nadie me echaría de menos si no respirase, supongo que ellos también lo comprobaron, no querrían que nadie hiciera preguntas. Parecía tonto pero podía saber el resultado de dos más dos, ¿verdad? Quizá mi siguiente vida resultara más interesante, ¿quién sabe?

Un futuro de soledad:

Dicen que cuando estás muerto, estás en paz. Sigues en el mundo de los vivos mientras ellos no lo saben, mientras no encajan bien sus mentiras. Dicen que, a veces, es hermoso ver un prado, el sol y tus ganas de correr y sentirte libre, como muchos otros lo han hecho. Pero no comentan sobre el silencio. Sobre la agonía que supone vivir enjaulado, entre telarañas y podedumbre, entre oscuridad. Les ves a tu alrededor riendo, gritando o comiéndose una galleta, mientras tratas de conversar con ellos y ves que no obtienes respuesta, ni siquiera una mirada. No dicen lo apartado del mundo que llegas a sentirte.

Mi antiguo jefe ya tiene un nuevo dependiente. Alto, con barba y con la costumbre de llevar camisetas de cuadros, como los pueblerinos que parece que nunca tengan ropa limpia y decente que ponerse. No me gusta cómo atiende, tu pasotismo ataca a mi inteligencia y se llega a sentir ofendida, aunque quiera gritarle, no me escucha, aunque quiera conducir, mis manos no son capaces de agarrar el volante, ni siquiera de mirarme a un espejo. Vi cómo quemaban mi cuerpo en el bosque, como si jamás hubiera ocurrido, para que nadie me encontrara o hiciera preguntas, un punto y final a alguien que nunca existió.


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