Publicado en Relatos

Carrera:

No era alguien a quién le gustase la comodidad, que tuviera paciencia con los demás o que le gustase la compañía, por ello, jamás podría vivir en una calle en la que pudiera toparme con vecinos plastas e insufribles, por lo que, decidí ir de motel en motel, donde me llevase la carretera. Ni siquiera recordaba lo que era llenar una nevera de comida o hacer la cama cada mañana, tan solo pasaba la noche, compraba algo de comer cuando tenía hambre en alguna gasolinera cercana y aceleraba hasta que me cansara lo suficiente como para parar a beber agua o a comer algo en cualquier restaurante que me encontrara de camino.

No quería recordar. Llevaba desaparecida más de tres años y hasta podría reconocer que me gustaba, nadie venía a pedirme explicaciones y tenía el mínimo contacto con cualquiera que se me acercara a menos de un metro. Huía. Siempre lo hacía. Llámame cobarde o quizá oportunista pero, a decir verdad, nadie quiere quedarse atrás en un pozo oscuro mientras otros miran cómo te rompes en mil pedazos. Solía ser la hija de un par de ricachones que querían que estudiase la carrera de Derecho, me labrase un buen futuro y terminase defendiendo a asesinos psicópatas y a un par de violadores para ganar lo suficiente como para no pedirles más dinero pero oye, nadie es perfecto, ¿no?

La carretera no me persigue, no intenta encontrarme, saber cuál fue el último restaurante que visité o la última persona que me vio con vida, no trata de acosarme cuando está claro que no voy a volver, en cuanto subo a mi moto, yo tengo el control. Jamás me había sentido tan viva, tan conectada conmigo misma, tan libre como lo era ahora, alejada de todo aquello que me tenía retenida entre las fauces del dinero y los caprichos, no podía dejar que siguieran controlando mi vida. Jamás fui amante de que me importase el qué dirán o lo necesario que es quedar bien con aquellos que te pagan, lo siento pero, prefiero racionar mi comida antes de convertirme en otro tiburón narcisista en esta sociedad hipócrita.

Una maravillosa Yamaha YZF-R125. Mi billete hacia la libertad. Un montón de horas pasadas entre un acelerador, freno y cambio de marchas, el aire chocando contra el casco y mi alrededor quedándose atrás a toda velocidad. Tan solo tenía un objetivo a larga distancia y era el infinito, con dinero robado se podía ir a cualquier parte dejando atrás todo aquello que conociste. Sentía esa electricidad correr por todo mi cuerpo al sentir como si alguien me persiguiera, la adrenalina era la mejor droga que jamás había probado. Solía quitarme muy poco el casco y cuando entraba en una tienda llevaba una gorra para que no me reconocieran, así que, podría considerarme a salvo sin importarme mucho si estaban a poca o mucha distancia de mí o si sería buena idea quedarme en una ciudad más de tres días, de normal, hacía lo que quería, algo que mis padres considerarían aberrante.

Un futuro incierto, horas pasadas conduciendo, disfrutando momentos de soledad, abarcando mis pensamientos y superando circunstancias pasadas, me gustaba lo que no esperaba, quería no saber qué iba a hacer mañana, era adicta a ello y no tenía vergüenza de admitirlo. No soportaba los horarios, tampoco esas dictaduras en cualquier trabajo donde eras más una esclava que una persona, mucho menos esa vida de mujer florero en la que solo sirves para tener hijos, cuidarlos y cocinar, eso no es vida. No era alguien que se dejase llevar por normas absurdas que me llevase por el camino de otros, tenía el mío propio y empezó hacía tres años, visitando lugares que no esperaba, viendo cosas y conociendo gente a la que no volvería a ver, sin comprometerme a nada. Eso era la vida. Eso era ser libre. Adoraba serlo. Y lo había logrado.


Road:

I wasn’t someone who liked comfort, who was patient with others, or who liked company, so I could never live on a street where I could run into insufferable neighbors, so I decided to go from motel to motel, where I took the road. I didn’t even remember what it was like to fill a fridge with food or make a bed every morning, just spend the night, buy something to eat when I was hungry at a nearby gas station and speed up until I got tired enough to stop to drink some water or eat something at any restaurant that I find on my way.

I didn’t want to remember. I had been missing for more than three years and I could even admit that I liked it, no one came to ask me for explanations and had the minimum contact with anyone who approached me less than a metre away. Escape. I’ve always did. Call me a coward or perhaps opportunistic, but no one wants to be left behind in a dark pit while others watch you break into a thousand pieces. I used to be the daughter of a couple of rich guys who wanted that I studied law, have a good future and end up defending psychopathic killers and a couple of rapists to win enough money to don’t ask them for more, but hey, nobody’s perfect, right?

The road does not chase me, it does not try to find me, know what was the last restaurant I visited or the last person who saw me alive, does not try to harass me when it is clear that I will not return, as soon as I get on my bike, I am in control. I’ve never felt so alive, as connected to myself, as free as I was now, away from everything that had me held between the jaws of money and whims, I couldn’t let them keep controlling my life. I was never a lover that I cared what they’re going to say or what it takes to look good with those who pay you, I’m sorry, but I’d rather ration my food than become another narcissistic shark in this hypocritical society.

A wonderful Yamaha YZF-R125. My ticket to freedom. A lot of hours spent between an accelerator, brake and gear shift, the air crashing into the hull and around me staying behind at full speed. I only had one long-distance goal and it was infinity, with stolen money you could go anywhere leaving behind everything you knew. I felt that electricity run all over my body feeling like someone was chasing me, adrenaline was the best drug I’d ever tried. I used to take my helmet off very little and when I walked into a store I wore a cap so they wouldn’t recognize me, so I could consider myself safe no matter how much if they were a short or too far from me or if it would be a good idea to stay in a city more than three days, normally I do what I want, something my parents would consider aberrant.

An uncertain future, past hours driving, enjoying moments of solitude, encompassing my thoughts and overcoming past circumstances, I liked what I didn’t expect, I wanted not to know what I was going to do tomorrow, I was addicted to it and I was not ashamed to admit it. I couldn’t stand the schedules, nor did those dictatorships in any job where you were more of a slave than a person, let alone that life as a vase woman in which you only serve to have children, care for them and cook, that’s not life. I wasn’t someone who got carried away by absurd rules that took me down the path of others, had my own and started three years ago, visiting places I didn’t expect, seeing things and meeting people I would never see again, without committing to anything. That was life. That was being free. I loved feeling like one. And I had made it.

Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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