Publicado en Relatos

La Chica de la Cafetería:

La Chica de la Cafetería

La misma mujer de cabello castaño, sentada en el mismo lugar, calmada, Su cuerpo permanecía terso, disfrutaba de su café, mientras miraba la pantalla de su ordenador, ignoraba su alrededor, actuaba como si nadie existiera, tan solo estaba ella en medio del tumulto de la cafetería en la que nos encontrábamos. En la silla de su lado derecho, estaban sus pertenencias, al lado ezquierdo una silla vacía en la que nadie podía sentarse tras la negativa de la joven moviendo la cabeza en señal de desaprobación. No mostraba querer socializar, estaba totalmente sola, alejada del mundo pero no parecía molestarle, estaba en su zona de confort.

Le daba pequeños sorbos a su café cada cinco o diez minutos, su tranquilidad era abrumadora, su tez parecía suave y sus mofletes maquillados de colorete eran perfectos. Nadie llamaba su atención, ni siquiera los niños que gritaban y jugaban alrededor, tampoco las mujeres de tercera edad que solían mirar a todos lados en busca de un cotilleo latente que exprimir, tampoco los jóvenes musculosos que se sentaron cerca de ella para conseguir cortejarla, no lo consiguieron. Sus labios rosados, rozaban la taza con absoluta delicadeza, con una sensación placentera a todos los niveles, parecía estar totalmente conectada con sus cinco sentidos.

Sus dedos chocaban contra el teclado, determinantes, seguros. Parecía tener entre manos una historia muy interesante que contar porque no dejaba de escribir, con esmero, sin pausas, tan solo para coger su taza de café. No parecía alguien antisocial o individualista, mucho menos introvertida cuando iba a pedir a las camareras lo que deseaba para ese día, pero en cuanto se sentaba, se volvía invisible para la sociedad que la rodeaba. Vestía muy bien, pulcra, limpia, sin una sola arruga en su ropa, incluso, sus movimientos eran lentos y apaciguados, sin contemplaciones. Su cordialidad no parecía venida de este planeta, menos su voz suave y serena, parecía tener todo su mundo en el lugar correcto.

Una mañana soleada decidí volver a la misma cafetería, dado que, estaba cerca del trabajo y no era momento de buscar otro lugar si no quería llegar tarde. No estaba, cosa que me sorprendió bastante, desde que empecé a ir a ese lugar un año atrás, ella siempre se sentaba en esa misma silla, cerca de la ventana, ahora parecía como si una sombra invisible ocupara su lugar. Tras pedir mi café, me acerqué a su mesa y me senté delicadamente, pensé en qué podría haber ocurrido, te acostumbras a cosas que ves cada día y a personas con las que convives pero, una vez que no están o se pierden, las echas en falta… aunque no las conozcas.

En cuanto giré la vista a la altura de la silla pegado en la pared, había un pequeño post-it de color amarillo claro, por ello, no llegaba a diferenciarse en la distancia. “Invisible entre los rincones”. Una frase inspiradora para alguien que podía tener un día ajetreado y olvidarse de pasar por su cafetería favorita pero, pasaron semanas hasta que me senté delante del sofá a ver la tele, fui pasando canales y nada me llamaba la atención, hasta que la cara de la joven, me hizo parar de apretar botones. Encontraron su cuerpo en un motel de mala muerte tras una sobredosis de pastillas… un suicidio. Me quedé en shock, parecía ser una joven de éxito, ensimismada entre su escritura y con una forma de vestir única… no parecía la típica que quisiera cometer un acto semejante hacia sí misma.

No volví a sentarme en su silla. Jamás. Seguí mirando aquella mesa en la que todo el mundo pretendía ser otra persona delante de sus amigos, como si ella estuviese sentada allí, pensaba que la conocía, pero me equivoqué y no pude ayudarla. No daba esa impresión, no parecía tener problemas, no parecía necesitar nada… Vivimos entre un mar de impresiones y, en realidad, no sabemos nada.


The Cafeteria Girl:

The same brown-haired woman, sitting in the same place, calm, Her body remained smooth, enjoyed her coffee, while looking at her computer screen, ignoring her around, acting as if no one existed, she was just in the middle of the cafeteria tumult we were in. In the chair on her right side were her belongings, next to it an empty chair in which no one could sit behind the young woman’s refusal by shaking her head in a sign of disapproval. She didn’t show her desire to socialize, she was totally alone, away from the world but did not seem to bother her, she was in her comfort zone.

He would give small sips to her coffee every five or ten minutes, her peace of mind was overwhelming, her complexion looked soft and her cheeks were perfect. No one drew her attention, not even the children who screamed and played around, nor the old womens who used to look everywhere for a latent gossip to squeeze, nor the muscular young men who sat near her to get her attention, they didn’t get it. Her pink lips, rubbing the cup with absolute delicacy, with a pleasant feeling at all levels, seemed to be fully connected with her five senses.

Her fingers hit the keyboard, decisive.  She seemed to have a very interesting story to tell because she kept writing, carefully, without pauses, just to get her cup of coffee. She did not seem to be antisocial or individualistic, much less introverted when she was going to ask the waitresses for what she wanted for that day, but as soon as she sat down, she became invisible to the society around her. She dressed very well, neat, clean, without a single wrinkle in her clothes, even her movements were slow and appeased, unceremonious. Her cordiality did not seem to come from this planet, except her soft, serene voice, seemed to have her whole world in the right place.

One sunny morning I decided to go back to the same café, it was close to work and it was not time to look elsewhere if I didn’t want to be late. She wasn’t there, which surprised me a lot, since I started going to that place since a year ago, she would always sit in that same chair, near the window, now it seemed as if an invisible shadow took her place. After ordering my coffee, I approached to her table and sat delicately, I thought about what might have happened, you get used to things that you see every day and people you live with but once they are not or are lost, you miss them… even if you don’t know them.

As soon as I turned the view to the height of the chair stuck on the wall, there was a small post-it light yellow, so it did not differ in the distance. “Invisible between the corners”. An inspiring sentence for someone who could have a busy day and forget to stop going through their favorite coffee shop. Weeks later, I sat in front of the sofa to watch TV, I went through channels and nothing caught my attention, until the young woman’s face from the coffe shop made me stop pressing buttons. Her dead body was found in a crappy motel after an overdose of pills… suicide. I was shocked, she seemed to be a young successful woman, self-absorbed among her writing and with a unique way of dressing… did not seem typical that she wanted to commit such an act towards herself.

I never sat in her chair again. Never. I kept looking at that table where everyone pretended to be someone else in front of their friends, as if she were sitting there, I thought I knew her, but I was wrong and I couldn’t help her. It didn’t give me that impression, she didn’t seem to have problems, she didn’t seem to need anything… We live among a sea of impressions and in reality, we know nothing.

 

 

 

 

Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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