Publicado en Personajes

Amelia: Un Accidente que lo Cambia Todo

Amelia Kuller

Relato procedente:DESPERTAR

Nombre completo: Amelia Kuller.    Edad: 23 años.

Ciudad natal: Londres.         Ocupación: Estudiante.

Descripción física: 

Mi cabello negro era ondulado y siempre peinado hacia el lado izquierdo, no sabía muy bien si era una manía o, simplemente, tendía a organizarme demasiado. Mis ojos castaño oscuro tendían a sentirse perdidos, confundidos, dudosos de qué ocurría a mi alrededor, temiendo en todo momento una respuesta que no terminara de gustarme. Mis labios gruesos permanecían apretados debido a la incomodidad que sentía, al ajetreo que había a mi alrededor, al montón de personas pendientes por mi salud pero no de mis sentimientos. Mi cuerpo estaba engarrotado, desesperado por dejar de sentir dolor, sin esperanzas a pesar de los medicamentos que, supuestamente, iban a hacer mi vida mucho más sencilla.

Descripción de la personalidad:

Siempre fui bastante rebelde, me he preguntado muchas cosas que no tienen que ver para nada con la forma correcta en la que la gente las vería, o digamos desde un punto de vista más tradicional, trato de preguntarme para entender mejor mi entorno aunque termine más confundida que antes. Supongo que no me gustan las conversaciones largas, tampoco las profundas, tampoco el fingir o el creer que algo no ha pasado cuando realmente sí, no soporto la cercanía y mucho menos la condescendencia. Eso sí, amo estar en mi mundo.

Una familia de locos:

Supongo que éramos algo así como una familia rota, tan solo alguienes que vivían en el mismo lugar y no tenían más cojones que compartirlo todo. Éramos simples desconocidos que vagaban por la casa, descontrolados, sin demasiado que contar y soportando sus propias mierdas a su manera, sin expresarse o exteriorizar con los demás. Mi madre estaba tan estresada con el trabajo que no dedicaba tiempo a nada más, era como si no viviera en casa porque nunca estaba y papá era algo así como mi propia sombra que no dejaba de recordarme lo que debía hacer pero sin pasar demasiado tiempo en mi cuarto como para mantener una conversación interesante y adulta.

Podría decir que casi no había comunicación, tan solo silencio, era ensordecedor, se expandía por cada rincón, podía notarse desde la calle, te provocaba escalofríos, incluso, cierta incomodidad, ni siquiera me gustaba pensar en ello, nuestro ambiente familiar era un desastre. Envidiaba a aquellos niños que eran recogidos por sus familias e iban con ellos a tomar un helado, los míos ni siquiera recordaban a qué hora volvía del colegio, era vergonzoso.

Una separación dolorosa:

Habréis imaginado que, tras una convivencia tan horrible, mis padres se separaran, no tenían forma de pasar el tiempo juntos, cada vez se distanciaban más, así que, lo mejor fue separarse. Sinceramente, no sabía con quién quedarme pero, dado que, mi madre nunca estaba en casa y no me prestaba demasiada atención, decidí quedarme en la casa que conocía y con esa persona que ponía los ojos más en mí que en cualquier otra cosa. Quizá fue un error pero, podía hacerlo hasta que pudiera irme de casa.

Las discusiones se amontonaban, cada día era peor hasta que mi madre se hubo llevado sus cosas. Mi padre estaba tan impaciente que no pudo dejar de insultarla y culparla de todo lo malo de la relación cuando él sabía perfectamente que también tuvo algo de culpa, ambos estuvieron ausentes tanto entre ellos como conmigo. Traté de hacer oídos sordos pero, desgraciadamente, los gritos llegaban a mi habitación, bien audibles y a buen volumen.

Caminos separados:

Cuando viví a solas con mi padre, supe inmediatamente qué era lo que quería oír y que lo único que le importaba era lo que pensara la gente de él o de nuestra situación, siempre trataba de decir que mi madre se había ido de viaje o que la gente hablaba mucho sin saber porque ambos estaban muy bien sin dejarme opción de decir nada, era un encanto… Así que, tras ver este panorama, decidí vivir en su casa pero no cruzarme en su camino, forjar uno nuevo donde pudiese ser yo misma, donde pudiese andar sola y sin una sombra que corriera detrás de mí a cada paso que diera.

Tomamos caminos separados, aunque seguía comunicándome lo que ya sabía, seguía insistiendo en los estudios, el trabajo, el no decir nada a los vecinos, qué era lo que podía decir, cómo expresarme y casi cómo vestirme… Trataba de disuadirlo pero era complicado, así que, hacía lo que quería dentro de casa mientras hacía lo que me daba la gana cuando estaba fuera la mayor parte del tiempo.

El accidente:

Supongo que el accidente marcó un antes y un después, aunque no lo recordase. Al menos, sabía el contexto… Nadie decía nada sobre ello, ni siquiera mi padre quería mantener esa conversación adulta que siempre evitamos empezar, tan solo me dijo que olvidara que sucedió, que tan solo me centrara en recuperarme. El problema es que sí había pasado algo y no podía dejar de preguntarme una y otra vez si choqué con otra persona, si fue así, ¿estaba bien?, ¿había muerto?, ¿podía hablar con ella? Y si no era así, ¿me choqué contra algo?, ¿me caí desde un acantilado?

Nadie podía culparme porque tuviese tantas preguntas en mi cabeza sin respuesta aparente, tampoco las esperaba a corto plazo. Lo peor es que no me dejaban dormir, me inquietaban, esos susurros en mi cabeza no dejaban de hablar, de imaginar las mil maneras en las que podría haber ocurrido… ¿y si fue culpa mía?, ¿y si alguien murió por mi culpa? Era una buena persona, era normal que me preguntase eso al menos cien veces al día. El psicólogo tampoco ayudaba, estaba de parte del equipo “recupérate y olvida lo que ha ocurrido”, estaba extasiada, cansada de tanta hipocresía y de evadir cada conversación, el accidente se había convertido en un tema tabú. incluso, viendo mis piernas recién operadas y empezando a asistir a rehabilitación sin tener muchas más opciones, parecía que tan solo tenía que dejarme llevar, como si nada…

Un futuro hospitalizada:

Tras haber sobrevivido a un accidente que podría haber sido mortal, haber despertado del coma tras siete horas del mismo y tener un montón de horarios que cumplir, parecía que tenía que seguir adelante, en aquel lugar parecido a un manicomio, lleno de gente enferma, junto a ese olor penetrante a hospital, a virus, a enfermedad… no podía evitar taparme la nariz aunque todo estuviera infestado de esa peste. Podrían ser seis meses, quizá ocho, lo iríamos viendo según fuese progresando con la medicación y rehabilitación, aunque con el psicólogo no lo tengo muy claro, no suelta prenda de lo que realmente pasó, así que, tampoco debería expresar lo que siento, es una especie de cincuenta – cincuenta.

Supongo que todo se basará en el autocuidado, en mi padre comiéndome la cabeza, en mi hígado tratando de absorber esas pastillas terminadas de recetar que no parecía que mejoraran en nada y un estado psicológico muy poco envidiable. A parte de ser invisible, también tenía la opción de ser el cuerpo con más atención médica del mundo porque nadie me pregunta cómo estoy, sino que, todo se basa en ciencia, en simples análisis de sangre y orina, en TACS y montones de bendajes, en millones de ojos puestos en mí. En estos momento, tan solo deseaba desaparecer… ¿por qué no morí en el accidente…? Todo sería más sencillo.

Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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