Publicado en Personajes

Rebecca: Amor Perdido

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Relato procedente: “CUERPO”

Nombre completo: Rebecca Ribers.      Edad: 28 años.

Ciudad natal: Cardiff.                              Profesión: Fotógrafa.

Descripción física: 

Mi cabello negro intenso es corto, rapado por el lado izquierdo, algo enmarañado y deshecho, no me gusta dar la sensación de darle demasiada importancia a mi aspecto, aunque sí la tenga. Mis ojos son del mismo color que el cabello, ahora rezuman tristeza y algo de inquietud preguntándome qué haré con esta soledad que ahora embriaga mi vida, mientras mis labios gruesos ya no encuentran a su otra mitad. Mi tez sigue siendo igual de pálida que cuando nací, tampoco soy persona de ponerme al sol, así que, creo que está justificado y, bueno, mi cuerpo sigue siendo esbelto, normalmente, adornado con pantalones rotos, chupas de cuero, cadenas y collares de plata.

Descripción de la personalidad:

Por lo general, soy desconfiada, cuido de mí misma y tiendo a ser bastante egoísta con aquellos que no se merecen mi cariño. Consigo el respeto de los que me rodean, mi presencia suele intimidar y, aunque no sea así en absoluto, me gusta que los demás lo crean, autodefensa sería un buen sinónimo a utilizar. No muestro debilidad hacia nadie, tan solo lo he mostrado con la única persona que lo merecía, tampoco me gusta mostrar ninguna de mis buenas facetas porque todo el mundo tiende a juzgarte, nadie te toma en serio y terminas sufriendo, así que, digamos que utilizo varios patrones útiles para sobrevivir en la sociedad, patrones que ni siquiera me definen.

Una soledad impuesta:

Desde niña, sentía que no formaba parte de este mundo, que no encajaba en los estándares habituales de la sociedad, mi mente estaba llena de “por qués” sin respuesta. Mi madre era una drogadicta que, por mucho que fuera a desintoxicación no le servía para nada, su compañera más leal era la heroína y nadie podía hacer que se rehabilitara, ni siquiera yo, de hecho, muchos se sorprendieron de que naciera sana, mi madre no pude resistir mucho tiempo estando sobria. Mi padre nos abandonó en cuanto tuvo oportunidad, ni siquiera me acuerdo de su cara y todavía estoy decidiendo si valió la pena conocerle o no, saber quién era o habría sido, imaginar nuestra relación padre-hija.

En ocasiones, solía jugar a que tenía otros padres con muñecos que me dejaban mis compañeros de clase, todo parecía menos jodido y mucho más interesante. Me mentía a mí misma para sentirme mejor, para olvidar que, al llegar a casa, habría alguien que ni siquiera me prestaría atención, ¿a caso a mi padre le dolió irse? ¿A caso pensó en cómo me afectaría a mí? Soñaba con la posibilidad de conocerle, de ser parte de su vida cada día al despertar pero, cada vez, me sentía más alejada de la respuesta.

Independecia forzada:

Hice lo que cualquier buena hija habría hecho por su madre: quitarle la droga para conseguir que mejorara, error que jamás volví a cometer. Empezó a tener un síndrome de abstinencia tan grave que casi me mata con un cuchillo para conseguir que le devolviera la droga, así que, no tuve otra opción que hacerlo. En cuanto volvió a ponerse ciega, vino a decirme cuánto me quería. En ese preciso momento, comprendí que debía irme si quería sobrevivir y tener una oportunidad en la vida…

Vendí drogas durante un tiempo, tanto que llegué a engancharme a la abundancia económica que esta me proporcionaba, en cuanto me di cuenta, ya tenía el dinero suficiente para alguilar un piso grande y lujoso para vivir como yo quería y tener algo ahorrado hasta que pudiera dedicarme de lleno a la fotografía. De momento, los yonkis me pagaban las facturas y, mientras permaneciera en perfil bajo, todo iría a pedir de boca, no tenía que llamar la atención. Dejé a mi madre en cuanto me hube mudado por completo y no volví a pisar su casa jamás, empecé a pensar en mí misma y dejé esa parte de mi pasado atrás, como si no hubiese existido, actuaba como una joven huérfana que no tenía a nadie en la vida.

Una luz al final del túnel:

Empecé a tener un insomnio tan pronunciado que necesité pastillas para dormir, bastante fuertes. Me sumían en un estado de completa armonía, de paz, de felicidad fingida pero que era suficiente para mí, era como creer que todo iba bien, incluso, sentía que tenía una compañera cerca cuando la necesitaba, estaba tan sola que ya no distinguía qué era bueno y qué no, empezaba a caer en un pozo que gritaba mi nombre, empezaba a ser mi madre. Llegué a sentir tanta vergüenza de mí misma que no podía mirarme al espejo, que no podía creer cómo había llegado al punto de dejar que mis ojos se dilataran tanto, de matar por una pastilla y esnifarla cuando no tuviera más opción, estaba desesperada, totalmente enganchada.

Pero una pequeña luz se acercó a mí a paso lento, tenía una sonrisa preciosa, una manera de reír muy particular y unos ojos tan azules que podían eclipsar una habitación entera, tenía personalidad, carisma, era ignorante y tan inocente que tan solo me daban ganas de besarla sin saber por qué, todo me atraía a ella, a su mirada, a su cuerpo esbelto y su cabello negro. Susan me gustaba mucho, me hacía sentir segura a su lado aunque fuéramos despacio en nuestra “relación”, ni siquiera hablamos de ello, tan solo nos dejábamos llevar por nuestros deseos, por lo que queríamos en ese preciso momento. Apartó las pastillas de mi vida poco a poco, sin que me diera cuenta, me mantenía entretenida, me acariciaba el cuerpo y dejaba que fuese parte de mí, se reía conmigo y contaba unos chistes malísimos, se escondía en el armario y tenía que encontrarla para al final, terminar besándola apasionadamente como respuesta. En pocas palabras, Susan me salvó la vida, me salvó de mí misma y se lo debía todo…

Mi musa:

Empezó a ser mi musa, ella posaba para mí. Llegué a hacer obras de arte con las fotografías que le hacía, conseguí un trabajo muy bien pagado en una empresa de fotografía, tan solo me querían a mí para el puesto y fue una oportunidad única gracias a Susan. Pude dejar atrás la venta de droga para llevar a cabo el talento para el que nací, para lo que me llenaba de verdad, pasaba el día en la oficina pero sentía que valía la pena. Con ello, podía notar que daba por sentado mi “relación” con Susan, se quedaba la mayor parte del tiempo sola, dado que, no tenía muchas amigas y las que tenía estaban lejos, su familia creía que ella era un poco tonta y por ello, casi no hablaban con ella, tan solo los fines de semana cuando iba a verles por simple obligación.

A Susan le encantaba posar, hacerse la interesante, nos hacíamos “selfies”, sonreíamos a la cámara, hacíamos vídeos graciosos, todavía tengo algunos momentos compartidos en mi ordenador que olvidaré borrar. La fotografía siempre estuvo presente en cada momento de nuestra relación, formábamos parte de ella, incluso, en los momentos íntimos o privados, era como una experiencia más de todas a las que ella no se sometía por vergüenza pero, al menos, la hacía sonreír.

Una muerte prematura:

Tenía veinte años, todavía era algo así como una niña inocente. La encontré muerta en el suelo de su casa, había sangre por todas partes y no pude hacer otra cosa que quedarme inmóvil mientras recordaba los mil momentos que pasamos juntas y sin arrepentirme lo suficiente por haber pasado los últimos cuatro días en el trabajo sin poder verla porque era un negocio importante. Ahora, se había ido. Tan solo podía pensar en esos momentos irrecuperables, en las lágrimas que no eran capaces de salir a través de mis ojos debido al shock existencial que tenía en aquellos instantes, recordaba cada pequeño detalle que compartimos, cada pasado haciéndose tan presente.

Se la llevaron en una bolsa negra, dejando atrás una mancha de sangre roja, esa huella en mi memoria que recordaría siempre. Tras limpiarla, no podía dejar de observar la madera, esperando oír su voz, su risa estridente, su cuerpo encima del mío, un beso que quitara el hipo… pero nada de eso ocurrió en las horas siguientes, incluso durante la noche, permanecía sentada en el sillón mirando el suelo donde había yacido Susan sin poder creer que ya no volvería a entrar por la puerta. Se había ido para siempre, dejando el silencio tras de sí, insoportable, ruidoso, estremecedor, inquietante…

Un futuro absorto de soledad:

Volvía al mismo sitio donde había empezado, a esa soledad obligada con mi madre, con el padre que se fue para no volver y una casa tan grande donde se oía prácticamente todo y nada a la vez, donde el silencio y la soledad podían comerte en cualquier momento. Se me cae la casa encima, no puedo acostarme en la misma cama donde dormíamos las dos y el sofá es, más bien, incómodo; las luces del pasillo permanecen apagadas, ya nadie se sienta en la habitación del fondo a escribir su diario…

No puedo evitar echarlo todo de menos, tantas cosas que no puedo olvidar, muchos recuerdos que me gustaría tocar pero que se escapan de mis manos cuando vuelvo al presente, a la realidad de que no está. Miro hacia el cielo buscando respuestas, tratando de equilibrar mis pensamientos y el deseo de matar a quién haya provocado semejante acto atroz sin saber con certeza si, algún día, le encontraré para mostrarle el dolor que ha causado en su propia piel, mientras sonrió al verle gritar…

 

Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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