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Cuerpo:

cuerpo

Estaba de pie, mirándola, inmóvil. La sangre salía con impaciencia de su cabeza inundándolo todo de un color rojo intenso, sus maravillosos ojos azules, ahora permanecían cerrados y sus cálidos labios, ahora estaban abiertos tras expirar su último aliento. Su cabello castaño estaba enmarañado y ahora tintado de rojo, estaba inerte en el suelo de su casa, nadie más sabía que su cuerpo yacía tendido allí, nadie se había percatado de su falta al trabajo, a la cafetería donde iba cada mañana y a casa de sus padres cada fin de semana, nadie se había percatado de su ausencia, quizá porque ella tenía razón al sentirse inexistente.

El hedor que irradiaba su cuerpo era penetrante, señal de que llevaba algo más de tres días fallecida, su preciosa cara parecía hecha de cerámica, aquella que no pude ver durante estos días porque estaba ocupada en el trabajo y ni siquiera pude vernir a verla. No tenía ni un solo mensaje en el contestador dado por alguna preocupación de un amigo o familiar, nadie la había llamado para saber cómo estaba, para saber si estaba bien o había faltado por alguna razón, nadie prestaba atención a alguien tan dulce y, a la vez, tan invisible. Sonreí al recordar cómo era su risa, a veces estridente, otras casi ni se le oía pero podía iluminar una habitación con tan solo una sonrisa, aunque nadie más se percatara de ello.

Era inocente, a veces, ignorante, inquieta hasta el punto de pasearse arriba y abajo por una calle transitada para tener algo que hacer durante sus mañanas libres, no podía yacer en la cama tranquilamente mientras veía una película, era incapaz de aquietar su mente ni un segundo. No sabía mentir, tampoco evadir las preguntas directas, no era capaz de reconocer el sarcasmo y siempre me miraba a mí para que la salvara de una situación incómoda. Muchos nos consideraban pareja, pero simplemente nos lo pasábamos bien juntas, aunque un beso no significara tanto para ella como para mí, nunca había estado con una mujer, ni siquiera le atraían los hombres, era un espíritu libre e inocente que no había utilizado nunca la palabra “sexo”, siempre se ponía roja y no entendía por qué, tenía esa ignorancia que tanto prenominaba en ella y que la hacía cada vez, más atrayente.

Recuerdo su mirada perdida cuando íbamos al lago cerca de la casita de madera donde veraneaban sus padres, la cautivaba, la hacía sentirse viva, diferente, eclipsada… Una noche, nos bañamos desnudas y no pudo hacer otra cosa que ponerse roja y fingir que no se sentía atraída por mí, tenía tanta vergüenza que sería incapaz de pedirme que le diera placer allí mismo. No pude evitar besarla, era tan tierna y estaba tan decidida a perderse entre mis idas de olla, que quería recompensarla de alguna forma. Nunca se apartaba, señal de que le gustaba, sus mejillas se enrojecían y nos sentíamos como si flotáramos, nada de lo que había alrededor existía ya… Rodeó sus brazos en mi cuello y dejó que acariciara todo su cuerpo mientras la besaba, sin ser consciente de que me había dado el permiso de amarla tal como era.

Ahora, se la llevaban los de emergencias en una bolsa negra y, en el suelo, tan solo quedaba la huella de su cuerpo. Me quedé sentada en uno de los sillones de su salón mirando aquella mancha roja que había dejado su sangre sin saber con exactitud qué había ocurrido allí mientras yo no estaba. Las preguntas de los detectives sonaban tan vacías que nada de lo que dijesen me resultaría útil, los suspiros al tratar de entender cómo una chica tan joven muere a manos de a saber quién tampoco ayudaban y la cantidad de gente que toqueteaba sus cosas sin permiso, merecían que les echara a patadas, ya no había nada más que ver aquí.

Tras un día entero observando esa mancha de sangre y pasando la noche en vela, trato de convencerme de que ella sigue aquí, en alguna parte, en alguno de sus escondites favoritos como el armario de la ropa o uno de los cajones de la cocina, pero ya no oigo su voz, tampoco su risa y, mucho menos, todo su cuerpo cerca del mío… es como si me hubiesen arrancado un brazo y no lo fuese a sentir nunca más. Limpio la mancha pero, aunque ya veo la madera de debajo, no puedo olvidar nada de lo que ha ocurrido, permanece en mi mente como un parche incapaz de quitarse, una mancha de sangre que te persigue para siempre…