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Liberada:

 

relato libertad

Tras cinco años, por fin había puesto un pie fuera de la cárcel. Era una nueva oportunidad, un nuevo comienzo y un montón de preguntas que todavía no tenían respuesta en mi mente. Me sentía liberada, podía sentir el aire rozar mis mejillas, mientras cerraba los ojos y respiraba profundamente, quería disfrutar el momento. Unos minutos después, andé un poco hasta la parada de autobús que había más abajo y me dirigí a la ciudad, totalmente aterrada, preguntándome si sería capaz de volver a tener una vida normal, si alguien me esperaría al otro lado…

Hacía mucho tiempo que no tenía visitas, tampoco calor humano y, mucho menos, una conversación interesante, incluso, el autobús me parecía silencioso en comparación con el salón de la cárcel donde las internas solían pelearse por cualquier gilipollez. Me era difícil volver a ver toda aquella naturaleza pasando ante mis ojos, aquellas casas repletas de familias que adoraban a sus hijos… empezaba a sentirme como una extratarrestre en un mundo que no llegaba a comprender del todo. En cuanto bajé en mi parada, miré aquel edificio, antes vivía en el segundo piso y esperaba de verdad que todavía hubiera alguien que me esperara. El suelo de la entrada estaba mugriento, descuidado, el portero no estaba en su cabina y las escaleras estaban llenas de polvo, mi corazón palpitaba cada vez más fuerte y mi respiración se volvió entrecortada, pero en cuanto llegué, empujé la puerta de la entrada, la cual, estaba medio abierta y tan solo pude ver un piso vacío, con un sofá descolorido, las paredes agrietadas y una sensación de soledad que podía conmigo.

Tras observar cada una de las habitaciones, encontré una guía de teléfonos y hallé su apellido. Tenía otra dirección, vivía en otro lugar, tan solo era eso… no había ningún problema, pude respirar con normalidad, me sentía aliviada. Conforme pasaban las casas a toda velocidad en el autobús, me di cuenta de que mi marido y mi hija ahora vivían mucho mejor, parecía que se había comprado una casa en el barrio de los ricos. No pude evitar el nerviosismo una vez estuve de pie en la puerta del hombre con el que había compartido siete años de mi vida y esa niña que llevaba tres años sin ver por decisión de él, no quería que nuestra hija viera dónde pasaba su madre esos días interminables. Por fin me aventuré a llamar a la puerta, aquel hombre moreno, con ojos azules y labios carnosos, una barba poblada y su cuerpo esbelto, apareció ante mí. Su expresión me indicó que no me esperaba para nada, también estaba perpleja…

– Veo que no me esperabas… – le dije, con una media sonrisa, algo incómoda pero resistiendo – He salido.

– Verás, ahora no es un buen momento, ¿sabes? – estaba nervioso, incómodo, pensaba que ya no iba a volver a casa – Lo siento.

– ¿Que no es buen momento? – le pregunté, levantando algo más la voz, estaba indignada tras ver esa indiferencia tanto en sus ojos como en sus palabras – He ido a nuestro antiguo piso, ese que compramos juntos hace siete años, estaba vacío, lleno de recuerdos desgarrados, ¡me sentí desolada, Caleb! ¿Qué ha…? – pretendía terminar la frase hasta que vi un anillo de casado en su mano izquierda y lo comprendí todo por fin, bajé la cabeza con los ojos algo húmedos -.

– Sí, eh… Me he casado, vivimos juntos aquí con Janna y…

– ¿Por eso decidiste no volver a verme? ¿Porque habías pasado página…?

– No planeé esto, yo solo…

– Dónde está mi hija, quiero verla – fue más una exigencia que una pregunta pero comprendí que no había nada más que hacer – Por favor.

– Ahora… Ahora está dormida, ya sabes. No es un buen momento – le temblaban las manos, quiso esconderlo pero muy pocas de sus actitudes se me pasaban por alto, no quería que volviera a ver a mi hija – Tiene un equilibrio ahora, está bien.

– ¡Que te jodan, Caleb! – le grité, mientras me alejaba de aquella mansión de ricachones -.

No había un lugar al que volver tras la cárcel, esa era la cruda realidad. Nadie espera al otro lado a que te reformes, a que pagues tus pecados con la sociedad, a que te vuelvas a insertar y empieces una vida nueva. A ninguna interna la preparan para pasar por esto, para ver su hogar vacío, aislado, solitario, lleno de mugre y polvo, sin un abrazo de bienvenida o una pancarta que pone “te hemos echado mucho de menos”, eso eran cuentos chinos, cosas que sueñas o crees que pasarán una vez salgas de ese lugar, el cual, termina siendo el único hogar que te queda.

Había cometido un error. Mi antigua vida ya formaba parte de un pasado, no podía ver a mi hija, tampoco sentir un poco de calor humano tras prohibiciones reiteradas de abrazarnos entre presas por parte de los de seguridad, no había forma de sentir nada. Tras cinco años, ese era al lugar que sentía que pertenecía, no tenía una casa, tampoco un trabajo y, mucho menos, una familia que me apoyara en esta extraña situación, era jodido pero, algo debía hacer. Fui a una tienda cerca de allí, compré un bate de béisbol y esperé pacientemente a que llegaran un par de policías con su coche patrulla, rompí los cristales y les agredí, fui condenada a diez años de cárcel, nunca más volvería a quejarme de aquel lugar que, aunque mugriento y con prohibiciones absurdas, era mi hogar dejando atrás la vida anterior y a las personas que formaban parte de ella…