Publicado en Reflexiones

Trabajando en la Exigencia:

 

trabajando en la exigencia

“Exigencia” es una palabra a la que no le prestamos demasiada atención pero que está cada día muy presente en nuestras vidas, sobre todo si eres alguien a quién le encanta la perfección y que todo esté donde debe estar, tanto si es por obsesión o por puro placer. Suena fuerte, como una palabra a la que se debiera respetar, alabar, concentrarse en ella y sentirse importante al decir: “soy una persona muy exigente”, pero no es más que la presión que emites sobre otro o sobre ti mismo para asegurarte de que todo marcha según tus expectativas, algo que, a mi parecer, no debería suceder.

Puedo hablar de mi caso porque es el que realmente conozco y porque puedo y siempre he dicho que soy muy exigente tanto conmigo misma como con los demás, pero sobretodo, a la que más apaleo es a mí. Muchos pueden decir que soy autodestructiva y que por eso me presiono a mí misma pero, el hecho es que siempre me he comportado así, he creído que podía dar mucho más de lo que doy de mí a los demás, al trabajo, a mi pareja, a mi día a día… Llega un momento en el que creo que la verdadera meta es la perfección y si no llego a ella, no lo he hecho bien, que he fallado, que he vuelto a perder el control de mi vida… Es curioso cómo nuestra mente es capaz de engañarnos con tantas palabras pululando en nuestro interior, sabe que tiene más poder que nosotros y que puede hacerlo y, lo que es más importante, le dejo que lo haga.

La exigencia no es aceptar ni mucho menos la situación, tampoco el hecho de que todo el mundo tiene fallos y que tú también puedes tener un mal día, que nada ni nadie es perfecto porque la perfección no existe. Me da la sensación de que en el trabajo debo tenerlo todo bajo control, que debo llevar a cabo las directrices correctas, tanto que, muchas veces, me pongo nerviosa, me distraigo, me vuelvo despistada… y todo sale peor de lo que pretendía. Exigencia es cargarse un saco muy pesado a la espalda y caminar con él montaña arriba, sin pensar que quizá, pueda provocarnos un dolor de huesos insoportable pero, ¡ahí estamos nosotros! Aguantando lo que nos hemos impuesto.

Incluso, llega un momento en el que nos exigimos en el ámbito de nuestras pasiones, de las cosas que nos gusta hacer, en mi caso, escribir. He intentado muchas veces escribir un libro pero, me he exigido tanto que he terminado frustrada, echa polvo, llorando y preguntándome que cojones estaba haciendo con mi vida; dándome cuenta de que, quisiera o no, ya había vuelto a dejar una idea fantástica para empezar un libro atrás. Exigencia es estrés innecesario que, muchas veces, otras personas tienen que soportar para no decepcionarte, pones una expectativa tan grande en ellos que terminan por querer arrancarte los pelos, Fabio me invita en bastantes ocasiones a que me deje llevar, que acompañe a la corriente y deje de pensar… Parece sencillo pero se trabaja día a día con fuerza de voluntad.

Este es un aspecto que debo moldear en mí y que estoy tratando de mejorar estando aquí, sobretodo trabajando. Todos los días me repito: “no te preocupes, no todo es perfecto, te has equivocado, acéptalo”. También me pasa mucho con el idioma, preguntándome tontamente por qué no soy capaz de hablar inglés de forma fluida llevando aquí ya cinco meses y, cuando pienso en la pregunta digo: “pero si todavía estás adaptándote a la situación, boba”. Cuando me exijo soy una especie de montaña rusa de ansiedad, nervios y tensión descontrolada hasta que llega el momento en el que no le veo el sentido o Fabio me abre los ojos para que deje de frustrarme por cosas insignificantes. Puedo decir que he tenido mis avances, ahora al menos, no me enfado por todo como hace unos años, no permitía ni que se me cayese algo al suelo, me ponía a gritar y me volvía bastante loca todo por buscar la dichosa perfección.

La exigencia hace que vivas encadenada a ese constante vacío porque no eres capaz de llegar a tus objetivos perfectos, vives prisionera de tus propios pensamientos, esperando algo que nunca vas a tener porque la perfección no es más que una ilusión. Hace que vivas en confusión, en una constante desaprobación hacia ti misma, como si estuvieras enganchada a una droga de la que no pudieras alejarte nunca porque te hace sentir divinamente, te vuelve una prisionera.

Al fin, he comprendido que la exigencia vuelve a una persona infeliz, la amarga, la hace sentir pequeña, inútil tanto para sí misma como para los demás, frustrada por no llegar constantemente a esas expectativas impuestas por mi propia mente porque nadie más las ha puesto ahí, que yo sepa. Por supuesto, todo va encauzándose al miedo, al terror de fallar, de ser una carga, de no llegar a tus objetivos, de enfadar a alguien, de no quedar bien, del qué dirán, del puede que pase esto o lo otro y, al final, no disfrutas de nada de lo que te rodea y no vives el presente. Soy consciente de todo esto desde hace tiempo, puedo decir que he notado mejorías en mí al practicar los métodos de aceptar las situaciones que tengo delante y entender que, si no las puedo cambiar, puedo hacer algo distinto para solucionarlas. Lo del trabajo me cuesta más por la misma “exigencia de la empresa” de cómo se deben hacer las cosas pero, sigo queriendo llegar a esa paz mental que tanta falta me hace.

Supongo que esto es como todo, se consigue poco a poco y con una paciencia incomensurable, teniendo claro por qué actuamos así y qué podemos hacer para cambiarlo… El respirar hondo antes de reaccionar, funciona muy bien. Si a alguien también le pasa, ya sabéis que podéis comentarlo o compartirlo por aquí, ¡os leo!