Publicado en Personajes

Detective Spencer: Marcado por una Pérdida

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Detective Spencer

Relato procedente: “TRAICIÓN”

Nombre: Spencer.                              Edad: 39 años.

Ciudad natal: Londres.                    Profesión: Detective.

Descripción física:

Mi cabello negro, estaba algo poblado de canas, las cuales, nunca habían llegado a obsesionarme tanto como a mis compañeros. Mis ojos castaños permanecían en la oscuridad, sonreía pero ellos, parecían tristes aunque no lo exteriorizara, faltaba algo para completar mis días grises. Mis labios finos hacía tiempo que podían esbozar sonrisas pero, a veces, eran fingidas sin soportar demasiado mentir a los de mi alrededor. Era consciente de que debía cuidarme la piel, Jessica se ocupaba cada mañana de repetírmelo, la tenía bastante seca por el frío y no conseguía ese toque perfecto del que muchos hombres presumían. Tenía el típico cuerpo de entrenador, tenía músculo pero no demasiado, no me han gustado nunca los hombres que no caben ni por la puerta, supongo que he estado siempre en un término medio.

Descripción de la personalidad:

Siempre he sido un hombre leal, cumplo las órdenes de mis superiores sin cuestionarlas, he admirado a mi mujer por su trabajo diario y su dedicación a la jardinería, era verdaderamente una experta. He sido un amante de la naturaleza gran parte de mi vida, a mi hija le gustaba rodearse de flores y pastos para seguir mariposas siempre que fuese posible, así que, casi sentí la misma pasión que ella. Soy alguien con carácter que sabe diferenciar lo que está bien y lo que está mal, normalmente, dicen que soy bastante agradable, inteligente y encuentro pistas allá donde no las ve nadie. Soy bueno recopilando datos y juntando las piezas, por ello, les gusta tenerme cerca en todos los equipos que hacen en los casos. Me he dedicado a mi trabajo y siempre me han encantado los niños, en especial, mi hija Katy.

Viviendo aventuras:

Mi ex mujer nunca quiso tener hijos, tuvo a Katy para complacerme, la dejó a mi cargo y, una noche, se marchó mientras ambos dormíamos, a partir de ese momento, ya no he vuelto a verla más, nos abandonó sin darnos una razón. Tras darle muchas vueltas, decidí ser el mejor padre para ella, vivir aventuras juntos, era muy pequeña pero, conforme crecía, veía que ese pequeño sueño podía ir cumpliéndose poco a poco. A pesar del abandono de su madre, Katy era muy feliz, tanto que no dejaba de sonreír, le encantaba que nos fuéramos de viaje a cualquier lado con tan solo cinco años, se movía de un lado para otro y yo no tenía más remedio que llevarla donde quería para que se divirtiera más que de costumbre.

Al principio, no puedo negar que estaba aterrado. Por un momento, pensé que, con treinta y tres años no sería capaz de afrontar mi vida junto a una criatura tan pequeña, que siendo su padre no funcionaría, era una niña, quizá haría más migas con su madre por ser una mujer… Pues me equivoqué por completo. No tengo ni idea de cómo habría sido de adolescente porque no pude vivirlo a su lado pero, empezamos a tener una conexión bastante fuerte incapaz de romperse, desde que empezó a hablar de todo lo que le rondaba por la cabeza conmigo, exteriorizaba todas sus inseguridades y notaba que mis palabras la aliviaban y a mí sus tiernos abrazos. Al parecer, no éramos nadie el uno sin el otro pero, al darme cuenta de nuestra fuerte unión, ella dejó de estar aquí…

Lo que lo cambió todo:

Lo recuerdo como si fuera ayer. Cogimos el coche para irnos a ver una película en uno de los centros comerciales a los que más nos gustaba ir, Katy quería un cubo grande lleno de palomitas, estar a mi lado en una de las butacas y reírnos juntos de los dibujos que fuimos a ver. Ella iba cargada con su mochila y un par de peluches que la acompañaban a todas partes, así que, decidí salir yo primero del coche y abrirle la puerta para ayudarla pero, en cuanto lo hice, oí una especie de zumbido, asomé la cabeza y la vi, totalmente inmóvil, con los ojos abiertos de par en par. Todavía no sabía muy bien qué ocurría pero, en cuanto fui al asiento del copiloto, lo comprendí todo: alguien había disparado a mi hija desde una altura media, miré a mi alrededor pero no conseguí ver nada.

Mis compañeros de trabajo llegaron enseguida, yo casi no podía hablar, estaba en estado de shock y se llevaban a mi hija en una bolsa negra de plástico cerrada con una cremallera. En ese preciso momento, se torció todo y sabía que ya nada sería como antes. No tenía muy claro qué debía hacer, me acompañaron a casa y uno de ellos me preparó una tila para que me tranquilizara un poco tras lo que había ocurrido hacía tan solo una hora antes. No pude comer durante una semana más o menos, tratando de enfocar mis pensamientos en un punto en el que no fuese el suicidio o algo mucho peor, tratando de coger fuerzas para levantarme de la cama un insomnio tras otro, ahí fue donde le conocí. En ese instante, comprendí que seguiría sin poder dormir hasta que no encontrara al monstruo que había sido capaz de disparar a una niña de seis años, necesitaba una respuesta a ese por qué.

Una investigación larga pero fructífera:

Durante diez años, no había hecho más que buscar en la superficie datos sin interés, nada relevante, investigando a un grupo de personas que no tenían nada que ver con el delito en cuestión. Empecé con todo esto tras un mes de reflexión, soledad y palabras inútiles de psicólogos que no habían conocido en su vida lo que era perder a un hijo, supe que debía hacer algo, centrarme en aquella pregunta que me quemaba el cerebro, quería encontrarme con ese por qué a mi hija que se volvía tan presente a cada paso que daba. Al principio pensé que un año sería suficiente, que quizá incluso, podría retrasarse un poco más, no tenía ayuda porque si se lo comentaba a mi jefe podrían despedirme, así que, en aquellos horarios locos entre insomnio e insomnio, me ponía delante de los datos y los archivos con todos los sentidos centramos en un mismo objetivo: pillar a ese cabrón.

La investigación dio sus frutos por fin pero, no era para nada lo que esperaba. Los resultados exhaustivos de todas las pruebas que había realizado yo mismo en la sala de investigación, me llevaban a una sola persona, a alguien que había estado conmigo en cada malo momento de mi vida tras la muerte de mi hija: mi mujer. Llevábamos casi diez años juntos, estábamos tan unidos y nos divertíamos tanto que, hasta creí que fue real… Cuando lo supe, me sentí tan estúpido que, siendo detective, no tenía ni idea de cómo podría haber pasado por alto algo semejante. No podría explicar el conglomerado de sentimientos complejos y confusos que tenía dentro de mí al descubrir que había sido ella la que había matado a mi hija desde un edificio de ocho pisos, con una precisión milimétrica, que se había tomado su tiempo y que había llevado a cabo ese delito porque su jefe quería hacerme daño, una venganza que fue bastante próspera…

Dije desde el primer momento que, si encontraba al culpable de su muerte, no tendría compasión, así que, me enfrentaba a esa difícil decisión en la que tienes que matar al amor de tu vida para vengar la muerte de un ser muy querido. En esa cocina, mi cuerpo no dio marcha atrás, dejó hacer a mis instintos lo que debían hacer y dejar de creer que la conocía cuando había hecho de mi vida un infierno. Nada tenía sentido, además, sería detenido por asesinato, los momentos que tenía en la tierra habían llegado a su fin clavándome un cuchillo en el estómago y esperando que mi muerte fuera rápida. Lo único que sé es que todo se volvió oscuro en cuanto me pregunté dónde irían los espíritus al morir…

Un futuro en compañía:

Por fin comprendí que no estaba solo. Aquellos que había dejado atrás me esperaban para juntos, traspasar las barreras de nuestras vidas pasadas y quizá, volvernos a encontrar en unas nuevas. Katy y Jessica me cogieron de la mano y me acompañaron hacia esa luz cegadora tan potente, especial y que me llamaba tanto cruzarla. Ellas parecían estar felices, parecían estar en paz consigo mismas, incluso ahora, podríamos hacer planes familiares, dado que, todos habíamos acabado en el mismo sitio… ¿Curioso, eh?

Había estado solo durante mucho tiempo, aunque me acompañase Jessica, siempre prevalecía en mí ese vacío que me quemaba, que me rompía en mil pedazos… Hacía tiempo que se había ido pero era como si fuera ayer, podía recordar cada puto detalle, todas las conversaciones de ese día, incluso, cuando quería decirme lo que sentía pero lo decía con otras palabras más sutiles porque se moría de vergüenza, me encantaba estar con ella… Las personas se van pero los sentimientos, siguen latentes, no se olvidan y, mucho menos, dejas de quererles…

Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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