Publicado en Relatos

Traición:

Traición

No esperaba los resultados de aquel documento. Los análisis de sangre daban positivo, estaba en shock y ni siquiera podía imaginarme la situación, me preguntaba qué hacer al respecto pero tan solo podía sentirme enfadado y traicionado. Llevaba mucho tiempo buscando al tirador que mató a mi hija de seis años, tratando de encontrar una respuesta a esa pregunta tan recurrente, el “por qué a ella” resonaba en cada pequeño rincón de mi cerebro, tan fuerte que llegaba a arderme. No pude protegerla, así que, era mi responsabilidad el saber qué ocurrió… tan solo me distraje un momento, bajé del coche y fue cuando el disparo se produjo, ni siquiera se enteró. Lo recuerdo como si fuera ayer, los gritos, mis ojos abiertos de par en par y las sirenas de los coches de policía… y no pude evitar el no ser de utilidad para mis compañeros, me fui a casa sin poder mover un dedo porque no sabía quién apretó el gatillo del arma. Desde aquel día, el insomnio ha empezado a ser mi amigo, hemos llegado a entablar una preciosa amistad que parece no terminarse nunca, hay momentos en los que creo que soy un yonki de la cafeína.

Ahora lo sabía tras diez años de búsqueda exhaustiva y no me gustó nada el resultado. No sabía si había sido mejor averiguarlo o no porque la verdad me producía un dolor tal que resultaba insoportable. Pude comprobarlo dos veces, los datos eran los correctos. Nadie sabía que llevaba la investigación de la muerte de mi hija de forma paralela a los casos de la Policía, me despedirían si supieran que he estado hurgando en los archivos y haciendo pruebas de tejido y sangre durante las noches, sin dormir a penas y sin el permiso del jefe. Ha sido un esfuerzo que ha valido la pena pero iba a tener que sacrificar lo más preciado que he tenido desde que murió mi hija, alguien que me dio la vida tras mi pérdida…

Llegué a casa tratando de encontrar las palabras correctas, de formar las frases con exactitud en mi cabeza, para que fuesen convincentes, del todo comprensibles para mi interlocutora. Ni siquiera sabía si iba a interrogarla o si tan solo hablaríamos de lo bien o complicado que ha sido nuestro día, quizá era mejor olvidarlo y seguir con nuestras vidas tal como hasta ahora. Pero no podía hacerlo. La vi de pie frente a mí, me quitó la chaqueta como cada noche y la colgó en la percha detrás de la puerta que compramos en una preciosa tienda a las afueras de la ciudad, me mostró aquellos dientes blanquecinos tras una sonrisa radiante y mi mundo pareció derrumbarse de repente…

– ¿Qué tal te ha ido el día?

– Ha sido… interesante – respondí de forma forzada, mientras seguía mirándola fijamente, ya no conocía a esa mujer. Decidí ir al grano – ¿Por qué mataste a mi hija?

– ¿Disculpa? – se giró de forma algo brusca, aguantándome la mirada como pudo y tratando de no hacer ningún movimiento facial que la delatara – No entiendo por qué dices…

– He hecho análisis, cotejado datos, comprobado dos veces todos los resultados… No juegues conmigo. Fuiste la que disparó a mi hija hace diez años y ahora, casualmente, compartes cama conmigo, ¿por qué?

– No creas que es una respuesta fácil, Spencer… – empezó diciendo con condescendencia, como si esperara un grito de un momento a otro o que me volviese loco pero me sentía extrañamente sereno, algo que me interesaba que ella no supiera -.

– Para mí lo es, Jessica. Es una respuesta sencilla, ¿por qué lo hiciste?

Durante unos minutos, se produjo un silencio incómodo en medio de la cocina. Podía oír su respiración, sus labios estaban temblorosos y miraba hacia abajo, señal de que había algo que la hacía sentir avergonzada, algo extraño en los culpables de asesinato… Jessica sabía que era legal a aquello a lo que me dedicaba y también sabía que cuando encontrara al que asesinó a mi hija, no tendría ninguna compasión y no respondería de mis actos, estaba aterrada.

Finalmente, levantó la cabeza poco a poco, parecía decicida a contarme lo ocurrido, lo cual, necesitaba con impaciencia. Mientras tenía el valor de enfrentarse a la seriedad de mis facciones, cogí uno de los cuchillos de la cocina y lo escondí en mi espalda, iba a hacer justicia, tal como me prometí a mí mismo cuando encontrara a quién me quitó lo que más amaba en vida. Su sinceridad me sorprendió, al principio pensé que podría ser un truco pero parecía contar su historia de verdad, casi no soporté aguantarle la mirada sin llorar, casi me hizo recordar los maravillosos años que pasamos juntos y nos divertimos…

– Me fui de casa de mis padres muy joven, no tenía dinero y, al principio, me metí en uno de los grupos de traficantes que vendían droga en las calles, no había forma de encontrar un trabajo decente, tampoco una casa y, la verdad, estaba hambrienta y harta de tener que comer lo que encontrara en los basureros o lo que la gente le dejaba a los gatos en la calle. Una noche, uno de los traficantes me amenazó, me pegó repetidamente y juró matarme la próxima vez que me viera, así que, decidí hacerlo primero, le pegué un tiro en la sien sin pestañear para que el muy gilipollas cerrara esa bocaza de una vez, lo conseguí, por supuesto. Por suerte o por desgracia, un hombre muy educado, servil, bien vestido y con mucha curiosidad en mi disparo, encontró en mí una serie de habilidades que nadie había percibido antes y me contrató para matar a gente por dinero. Al principio, no estaba muy segura pero me pagaban muy bien, necesitaba comida y un lugar seguro en el que dormir, nadie en mi situación se hubiera negado. Tras tres años trabajando para ellos, por fin tuve una casa preciosa en la que vivir, todas mis necesidades cubiertas y un maravilloso coche en la puerta donde podía desplazarme donde quisiera…

– Al grano… – la miré algo contrariado, jamás me había contado aquello, siempre había sido muy reservada a lo referido a su pasado, ahora entendía por qué -.

– Mi antiguo jefe vino con una foto de una niña y su padre, el objetivo era ella porque querían hacer sufrir al padre, había encerrado a un grupo de mafiosos que les interesaba vengar, eran una familia grande, se protegían entre ellos y, bueno… cumplí el encargo – miró hacia abajo bastante arrepentida, tenía lágrimas en los ojos pero podría estar victimizándose tras todo lo ocurrido – Lo siento mucho.

– Entonces, cuando te conocí… ¿qué era lo que pretendías? ¿Comprobar si era un padre destrozado por haber encerrado a la familia de unos mafiosos? – se acercó a mí para mirarme a los ojos con mayor detenimiento, podía saber si estaba mintiendo o no con solo fijarme un poco en su expresión. Estaba diciendo la verdad -.

– Me sentía culpable por haber matado a tu hija, quería saber si realmente eras tan malo como ellos decían, quería conocerte de verdad y esperaba que tú también llegaras a hacerlo para poder contarte lo que ocurrió cuando fuera el momento adecuado… – se miró las manos a modo de descanso, nunca le gustaba verme enfadado, perturbaba su equilibrio emocional y se sentía incómoda – Pero nunca ha sido el momento, cada vez tenía más miedo, cada vez deseaba que formase parte de un pasado que no volviese a mi vida porque ya no me define, ya no soy esa persona…

– Y ahora, ¿qué voy a hacer contigo, eh? – juntamos nuestras cabezas con lágrimas en los ojos, sentía cómo mi corazón se desgarraba poco a poco, cómo se evaporaba todo ese sueño en el que vivía con ella y venía una ráfaga de oscuridad a toda velocidad. No sabía qué hacer, era mi mujer… – Dime, ¿qué voy a hacer contigo?

– Sé que tienes un cuchillo detrás de la espalda esperando a ser usado para vengar la muerte de tu hija, sé que has dejado la pistola reglamentaria en comisaría para evitar matarme porque me quieres y sé que lo haces… Pero es tu decisión, no la mía y debo aceptar lo que tengas en mente – clavó sus ojos en los míos y respiró hondo, era como si me hubiese leído la mente, siempre habíamos tenido esa conexión que nadie más podía compartir, qué curiosa era la vida… -.

– Comprendes por qué debo hacer esto, ¿verdad? – la miré con profundidad a los ojos, esos que tantas sonrisas me habían producido mientras ella asentía, aceptando su destino sin protestar, era como si supiera que ese momento iba a llegar – Te quiero, Jes.

– Y yo a ti, Spencer. Siempre…

No pudo continuar la frase, le clavé el cuchillo la tripa repetidas veces. Cuanto más recordaba lo que le había hecho a mi hija, más profunda pretendía que fuera la herida, para asegurarme de que no sobreviviría, no soportaría volver a hacer esto por segunda vez. La cogí en brazos y esperé a que expirara su último aliento, mientras le decía adiós con un susurro seguido de un lamento, podría arrepentirme sí, mi hija no iba a volver tras aquella tragedia y ahora mee sentía más solo que después de morir mi hija pero, había vengado su muerte y, por fin, mi espíritu podía descansar.

El cuchillo perforó mi interior, era como una explosión. Sentía cómo cada vez formaba menos parte de mi cuerpo, ya no podía ordenarle nada, era como si fuera paralizándose poco a poco, ya no quería ser el conductor de mi interior. Por fin había vengado a mi hija pero sin Jessica mi vida no tenía el menor sentido, era una vida carente de emociones, de personas importantes, de verdad y amor, estaba carente de todo, tan solo podía vislumbrar la pura realidad y no me gustaba nada, no era de los que se conformaban con poco. Cerré los ojos y mi alrededor se volvió oscuridad…

 

 

Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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