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Jane: La Chica Abandonada

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Relato procedente: “DISTANCIA” 

Nombre: Jane Smith                    Edad: 32 años

Ciudad natal: Bristol                   Profesión: Cocinera

Descripción física:

Mi cabello castaño me llegaba hasta un poco más abajo de los hombros, quería seguir dejándomelo largo, a la jefa del restaurante no le gustaba demasiado la idea por su pulcritud en cuanto a la higiene se refiere pero, estoy en ello. Mis ojos de color miel siguen algo caídos debido a mi situación matrimonial, a mi marcha del que había sido mi hogar durante diez años, no sabía cómo reavivar aquella mirada perdida ni cómo hacer que se desvaneciera la tristeza. Mis labios finos permanecían acallados mientras seguía en casa, tanto si estaba Josh como si no, me abrumaba la cantidad de silencio que se podía albergar en una casa como aquella. Mi tez pálida seguía suave debido a todo lo que solía cuidarla, normalmente, se secaba debido al intenso frío que solía hacer fuera. Mi cuerpo esbelto seguía siéndolo debido a la tensión que solía notarse entre nosotros, a mi estado emocional y a la cantidad de cosas que tenía en mi mente y que no me dejaban relajarme ni un segundo.

Descripción de la personalidad:

Siempre he sido una persona bastante comunicativa, el vacío de palabras no es lo mío, no puedo simplemente enmudecerme en una conversación entretenida. He sido alguien alegre y con mucha energía, donde haya un café para subirme el ánimo, ¡que desaparezca todo lo demás! Soy alguien muy independiente que toma sus propias decisiones, cuando algo deja de funcionar, dejo de esforzarme para que lo haga porque siento que es una energía estancada. Tengo mucha confianza en mí misma y soy muy positiva, dentro de lo que se puede, tengo momentos en los que me gustaría desaparecer para siempre, como cualquier persona del mundo. No me gusta demasiado llamar la atención o convertirme en alguien importante, me gusta mucho ser una buena cheff pero no que lo publiquen en el mejor periódico del país, ¿entendéis?

Una niña sintiéndose adulta:

Desde muy temprana edad, mi madre me trataba como a una joven que tenía muchas responsabilidades, todo debía hacerlo dentro de los horarios previstos por ella, de hecho, teníamos una tabla en el salón donde me decía a qué hora debía hacer cada actividad del día, terminaba siendo agotador y de lo más paranoico por su parte. A mi madre no le gustaba que fuese demasiado emocional, de esa forma, me hizo saber que no era amante de los abrazos y que prefería mantener las distancias aunque fuese su hija, yo siempre he tenido la personalidad de mi padre, ese al que nunca conocí porque decidió largarse de casa cuando yo nací, al parecer, estaba muy asustado por la criatura que iba a asomar la cabeza, sintió tanto pánico que prefirió salir corriendo.

Mi madre tenía preparados folletos de tantas Universidades que perdí la cuenta, quería que me esforzase muchísimo para llegar tan lejos como las hijas de sus amigas habían llegado, no quería que nadie hablase mal de mí o, mucho peor, que nadie dijese nada sobre mis triunfos estudiantiles. Para empezar, no quería menos de un ocho, si lo sacaba, podría arriesgarme a estar castigada, justo como si hubiese sacado un suspenso, era de lo más estricta pero yo seguía con la esperanza fija en mi mente de que debía seguir sus pasos hasta que tuviese la edad suficiente como para elegir si quería seguir bajo la dictadura de mi madre o empezar una nueva vida lejos de ella, imagináis cuál fue mi decisión, ¿verdad?

Decepción maternal:

Como podréis suponer, no fui a la Universidad, sino a una de las escuelas de cocineros más importantes de por aquí, ¡estaba realmente orgullosa de poder cumplir mi sueño! Por descontado, mi madre pensó que había avergonzado a nuestra familia, qué iban a pensar sus amigas al saber que tan solo iba a poner las manos sobre comida y a usar un estúpido horno, por desgracia, nunca cambió de opinión y desde entonces, no sé nada de ella. Justo en el momento en el que le comuniqué mi elección de estudiar para ser una buena cheff, me dijo que me largara de casa, no quería a alguien que la humillase ni decepcionase, ya lo había hecho bastante, así que, me espabilé en encontrar un sitio en el que trabajar, mientras me quedaba en casa de mi amiga Lissy, tenía un piso precioso y, además, estaba buscando una compañera de piso.

Por todo esto, Josh y yo conectábamos tanto. Él venía de una familia que nunca le había aceptado, querían que fuese abogado y terminó dedicándose al marketing empresarial, algo que le apasionaba desde que era pequeño, sorprendente pero cierto. Le echaron en cuanto supieron que su único primogénito iba a ser un don nadie, también tuvo que vivir con algunos amigos en un cuchitril, el cual, podía pagarse mientras seguía estudiando y trabajando en cosas que ni le gustaban pero con las que podía comer y tener un techo. Y así fue como nos conocimos, en mitad de una conversación sobre el asco que daban nuestros padres, cómo nos habían tratado en nuestra infancia y cuál era nuestra comida favorita, conectamos in situ. Casi tuvimos que darle las gracias a nuestros padres por haber hecho de sus vidas desgraciadas una agradable velada en pareja.

Lo que parecía un matrimonio duradero:

Tras cuatro años viviendo juntos y compartiendo nuestras vidas, Josh decidió pedirme matrimonio y, cómo no, le dije que sí. Estábamos muy compenetrados, teníamos nuestros altibajos pero seguíamos llevando una vida conjunta saludable y muy tranquila, de hecho, quisimos esperar a vivir juntos para seguir tomando más decisiones como aquella. Nuestra boda fue preciosa y pudieron venir todos nuestros amigos, a algunos les costó llegar pero lo hicieron, haciendo de aquel día una reunión de antiguos compañeros de trabajo y estudios. Recordamos aquel día con mucha intensidad, dado que, hubo muchas risas, muchas memorias sobre quiénes éramos y cómo luchamos contra aquellas esposas que nos ataban a seguir viviendo con nuestros padres hasta que nos fuimos de casa, fueron momentos difíciles que dejamos atrás juntos.

Pasamos seis años de matrimonio entre discusiones y momentos tranquilos, a veces, eran cosas del trabajo lo que las provocaban, dado que, empezábamos a entrar en el terreno que queríamos para los dos, es decir, yo ya era la cheff en el restaurante donde trabajo, ya había recibido varias críticas muy buenas sobre mi comida y cada vez nos hacíamos más famosos, éramos como el lugar perfecto para ir a cenar algo increíble mientras tienes una romántica velada; mientras que, Josh había conseguido un ascenso y por fin tenía el despacho y el sueldo que quería, habían sido momentos duros para llegar ahí, así que, fue normal. Nos fuimos acoplando bien a nuestra nueva situación, el problema fue que estábamos demasiado ocupados, casi no salíamos del trabajo, había días que ni nos veíamos, creo que eso fue lo que empezó a distanciarnos…

Las distancias:

Tal como he dicho anteriormente, trabajábamos mucho y no teníamos tiempo para nosotros y, cuando lo teníamos, estábamos tan tensos que siempre terminábamos discutiendo, era un asco. Empezamos a tomar distancias, a darnos un tiempo para recuperarnos de la pelea, a evadirnos del otro, el no cruzarnos ni siquiera por los pasillos de casa, ayudaba… Trataba de aparecer por casa más tarde de lo que debía, de hecho, me iba a dar un paseo tras el trabajo para no encontrarme con Josh, para asegurarme de que dormía cuando llegase y él trataba de levantarse lo más pronto posible para no toparse conmigo. Un error que nunca debimos dejar que se prolongase tanto, ahora éramos dos desconocidos metidos en una casa silenciosa sin más conversación que: “luego nos vemos”, “no me esperes levantado”, “comeré algo en el trabajo”, “adiós”. De lo más entretenido, sí…

Nuestra sequía ha continuado tanto tiempo que he tomado una decisión: dejarle. Comprendí que una situación así no es sana, ya se terminó todo, dejamos que las cosas pasasen sin querer arreglarlo, sin afrontar los problemas de frente, evadiéndonos mutuamente. Todavía miraba las cajas de la mudanza y pensaba en todo lo que habíamos pasado a lo largo de diez años y simplemente, no podía irme, era energía estancada, como cuando vivía con mi madre, realmente frustrante… odiaba perder el tiempo. Quería empezar algo nuevo, poder hablar con la gente, tener algo de ruido en el pequeño piso que había alquilado en el centro de la ciudad y, al menos, encontrar la forma de recuperarme de una distancia tan larga del marido que dormía a mi lado… ¿podría si quiera hacerlo? ¿Conseguiría olvidarme?

Un futuro separada:

Hacía tanto tiempo que no sabía qué era estar sola que me aterraba encontrarme la casa vacía al llegar pero, bien pensado, así había sido durante los últimos años con Josh, ¿verdad? Era como si hubiera vivido sola durante todo ese tiempo… Esperaba que hubiese leído la carta, no me había llamado, tampoco escrito ningún mensaje, o estaba enfadado o seguía evadiéndome, no era el típico tío al que le gusta afrontar los problemas, pasa de ellos para que no haya bronca, es muy inteligente pero nada práctico…

Había llamado a mi abogado para que empezara los trámites del divorcio, iba a volver a ser una mujer soltera, no sabía si emocionarme o decepcionarme por el estrepitoso fracaso que había tenido mi matrimonio. Iba a empezar una nueva vida pero no podía evitar sentirme algo vacía, como si me faltara una parte importante de mi cuerpo, un pilar fundamental en mi día a día, en mi rutina… supongo que se me pasaría dentro de unos años, todavía tenía que recuperarme de todo esto, el restaurante me ayudaría, me mantendría lo suficientemente ocupada para no pensar en ello. Por fin oiría mi voz… ¿Vosotros la oís desde tanta distancia?