Publicado en Relatos

Distancia:

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Noté cómo te acostaste en la cama, justo a mi lado, ni siquiera sabía de dónde venías pero lo que sí tenía idea es de que habías estado bebiendo, tu aliento lo explicaba todo. Llevábamos tanto tiempo sin cruzar una palabra sincera, una sola mirada, una conversación con fundamento… Dormías a mi lado pero era como si estuvieras a mil metros de distancia; te tocaba pero era como sentir el aire frío en invierno; te observaba mientras cogías tus cosas para irte a trabajar, era como si jamás fueras a volver, teniendo ese sentimiento que quería que desapareciese, ese que me decía que no importaba que no volvieses.

Tantas horas de trabajo te volvían loco pero te empeñabas en que ese era tu deber para forjar un futuro dejando al azar todo lo demás, descuidando tu casa. Ibas y venías a tu antojo, pendiente de las llamadas de tu teléfono, subiendo de puesto en tu empresa, una felicidad que contemplaba desde el otro lado de la mesa pero de la que no era partícipe. ¿Cuándo dejamos de contarnos todo? ¿Cuándo nos alejamos? ¿Por qué no me di cuenta? Era como hablar sola en una habitación vacía, llena de recuerdos pero, a la vez, repleta de preguntas que era incapaz de responder… al parecer, era la única que se las formulaba.

Ya no llamas cuando ya has cenado en la oficina, ni siquiera para avisar de que no te haga la cena pero incluso eso, parece ya lejano, ínfimo, sin necesidad de un enfado porque ya no importa. El plato se queda en la mesa, frío, solitario, con las verduras a punto de ponerse pochas, ni siquiera era capaz de que te interesaras por mis nuevas recetas, aquellas que llevaba tanto tiempo forjando en un libro, ¿un qué tal lo llevas sería mucho pedir? El silencio que inunda nuestro hogar es abrumador, ya ni siquiera estamos en el baño los dos juntos, charlando mientras uno se peina y el otro se afeita, todo se ha vuelto tan íntimo y solitario que da miedo permanecer.

Noto tu cuerpo a mi lado, en esa cama que escogimos en aquella tienda en el polígono industrial, recuerdo que no conseguíamos encontrar el colchón adecuado, eran todos tan malos que estuvimos a punto de escupirle al dependiente por su incompetencia cuando te echaste encima de este, sin previo aviso, empujándome sobre ti, siendo el elegido por fin. Esos momentos suelen vagar en mi cabeza mientras sigo estando para ti en el lugar donde ambos escogimos para vivir hasta que nuestro silencio ha subido el volumen para hacerse oír, para ser contemplado… Cuando despierto, ya te has ido, recuerdo cuando me preparabas el desayuno cada mañana, impaciente por saber la opinión de una cocinera casi experta como yo, te esforzabas con nuestro matrimonio, era interesante ver que alguien me confiaba su tiempo sin pedir nada a cambio.

Incluso la distancia entre nosotros se ha congelado, se ha vuelto intocable, se ha dañado a sí misma, se ha transformado en un temor hecho realidad, en un suspiro de tristeza. Ahora, incluso miraba las cajas de la mudanza con bastante curiosidad, me preguntaba si era lo correcto, si dejarte ir era lo mejor que podría hacer… El simple hecho de despedirnos no era un problema, no ibas a estar ahí para mí, para importarte la situación aunque sea un poco, por ello, esta carta te serviría de guía para un futuro no tan lejano, para que veas que, incluso lo mejor de tu vida puede desaparecer por usar el simple arte de la ignorancia.

Quizá la rutina nos hiciese esto, quizá fue nuestra falta de interés por la vida del otro, quizá no nos queríamos tanto como pensamos o puede que ya se haya acabado lo que empezamos en su momento. Parece que hace tiempo no respiramos el mismo aire, que no hablamos el mismo idioma, que no andamos por la misma calle o saludamos a la misma gente, hace tiempo que nos sentimos alejados, absorbidos por nuestras ocupaciones. Ya no te conocía, no sabía si tus gustos musicales habían cambiado o si dejaba de gustarte la mantequilla, ni siquiera sabía qué comprar en el supermercado, era tan frustrante que terminaba llorando en el banco de un parque. Tu falta de exteriorizar sentimientos estaba siendo demasiado pesada para mis hombros, tu individualismo y falta de confianza, terminaba siendo tan desconcertante que decidía no decir nada… ¿Acaso era justo para los dos?

Nuestro camino se había estancado, no funcionaban los engranajes que solos se habían forjado. Me preguntaba qué había hecho mal y me vinieron a la mente mil errores que quizá pude haber corregido pero que no tuve la paciencia necesaria para ello. Tenía tanto que contarte pero tan poco que decir que tan solo necesitaba una ducha de agua fría para llevar a cabo lo que había decidido. Quizá no te importe ya pero me voy, dejo tu mundo solitario para adentrarme en lo desconocido, en lo que hay ahí fuera, para encontrarme con alguien que sepa hablar mi idioma, sentir mi mismo aire y alegrarse al verme, puede que ni siquiera sepas lo que es eso ya o no recuerdes cómo nos sentíamos hace algunas lunas pero yo sí lo recuerdo, duele no ver esos momentos en tus ojos, duele ver cómo toda nuestra vida ha ido desapareciendo, desvaneciéndose en el aire, haciéndose añicos mientras dormíamos y sin darnos cuenta en absoluto…

Un adiós está bien pero, un “volveremos a vernos” suena más alentador.