Publicado en Relatos

Derroche:

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Y ahí estaba. El grupito de niñas pijas, riendo y con ropa demasiado cara como para darle una oportunidad. Mi madre me había arrastrado a aquella fiesta tan fuera de lugar para mí, prácticamente me había obligado a entrar en las puertas del infierno, quería que hiciera amistades pero aquello no parecía entender lo que era esa palabra. Sus estridentes e irritantes risas llegaban a mi posición, lo cual, hizo que me echara hacia atrás con cara de asco, no podía creer que hubiera puesto un pie en la mansión de los Greenwings, la familia más rica de la ciudad, derrochaban tanto dinero que me costaba procesar el motivo por el cual yo, una joven adolescente humilde, encajaría en sus estúpidas conversaciones.

Mi madre seguía empujándome hacia ese grupo de chicas que, desde aquí, parecían unas desquiciadas. Llevaban esa ropa de marca tan cara que sus papis les habían comprado, iban más pintadas que una puerta y no dejaban de enseñar aquellos dientes tan envidiosamente blancos que les había dispuesto su dentista personal. Sus uñas estaban muy cerca de provocarme un ataque de histeria, ¿pero qué era eso? ¿Uñas de plástico pegadas a las suyas de verdad? ¿Pintadas como si fueran de porcelana? ¿Pero qué coño…?

— ¡¿Por qué me lo pones tan difícil, Martha?! Por dios, tan solo son unas jóvenes que estarán encantadas de conocerte… – decía algo enfadada, tratando de que me tranquilizara por medio de empujones, sin éxito, no quería acercarme a menos de un metro de ellas, actuaba como si tuviesen la malaria y con razón –.

— ¿Yo te lo pongo difícil? ¿Pero tú has visto esas uñas? Huiría hasta un gato… – respondí de forma sarcástica, con un toque dramático – Irás directa al infierno por hacerme esto, ¿lo sabías?

— Oh, vamos… ¡No seas tan dramática!

Y ese fue el último empujón para meterme entre la rubia tetona y la pelirroja con cuello de jirafa. Mi madre nos presentó de una forma increíblemente educada y yo, con una copa en la mano que olía, más bien, a colonia y con mi camiseta rockera, las miré desprovista de cualquier interés hacia ellas o hacia sus vidas pero sabía que mi madre seguía vigilándome. Tenía diez ojos observándome como si fuera un espécimen llegado de otro planeta, aquellas ricachonas no tenían ni idea de qué narices hacía alguien como yo allí, tampoco entenderían el significado de la palabra “humilde”, así que, creía que iba a encajar divinamente, ¡sí señor! Mi madre era un genio…

— Bueno, ¿y tú qué, Martha? ¿Vienes de una fiesta de disfraces o algo así? – la morena de ojos azules tenía esa típica voz chillona que irritaría hasta a los sordos, una voz que invitaba al sarcasmo –.

— ¿Y tú vienes de una fiesta de payasos? Porque solo hay que verte, bonita… – sus voces pararon en seco, algo que relajó mis oídos por fin – ¡Os habéis callado, por fin! Debería decir cosas como esta más a menudo para no oír vuestras voces de pito… Lo apuntaré, disculpad – saqué una libreta pequeña y un bolígrafo y repetí lo que les había dicho poco a poco, mientras me miraban aleladas – No seáis tímidas, podéis seguir hablando de vuestras gilipolleces, tan solo finjo porque mi madre está vigilándome, ¿sabéis? Así que, a vuestro aire que yo doy el pego…

— Deberías irte, estás siendo muy grosera – ahora la voz cantante la llevaba la pelirroja, la que no tenía el mínimo sentido común a la hora de combinar, no entendía el color de su pelo y el traje rosa chicle que se había embutido, era difícil de observar con normalidad, los ojos podrían sangrar de un momento a otro – .

— Ha empezado tu amiga la morena, yo tan solo he tenido la amabilidad de responder pero oye, por mí perfecto, irme sería el mayor regalo que el Universo podría darme porque si soportara vuestras voces un minuto más me pegaría un tiro – les dije adiós con la mano y me fui hacia donde se suponía que estaba mi madre esperando, si hubiera sabido que no estaba, no habría perdido tanto el tiempo con aquellas incultas de uñas apestosas –.

No encontraba a mi madre en aquel gran salón repleto de ricachones enfundados en trajes de marca y un montón de canapés que tenían un sabor más bien rancio. Aproveché para dejar mi copa e ir directamente a por una botella de cerveza a esa cocina que ahora estaba libre de gente, era el único lugar silencioso de la mansión. Estaba cansada, me dolían los pies y mañana tenía que madrugar, no quería perderme el ensayo con el grupo, mucho menos antes de tocar en uno de los pubs más importantes de por aquí, pero mi madre me estaba poniendo realmente difícil la tarea más interesante en toda la noche: irnos de aquel circo que no nos pegaba nada.

La encontré en una de las habitaciones que había en el piso de arriba, hacía lo que solía hacer con todos los hombres que se topaban con ella: acostarse con ellos y le excitaban más si eran ricos, era patética… Para más inri, se habían dejado la puerta entreabierta, con lo cual, podía ver cómo se desnudaban sin miramiento alguno, con una pasión irrefrenable, la misma que tuvo con el hombre que pasó la noche en nuestra casa el día anterior y que esta mañana ya no estaba, tenía unos vaivenes adolescentes que no entendía lo más mínimo y tampoco pretendía hacerlo. Me prometió que dejaría de hacer aquello, que empezaría a comportarse como una madre responsable, yo era su hija y no al revés, se supone que soy yo la que tiene que pasarse y hacer actos irresponsables, no ella con cuarenta años de edad, me daba vergüenza solo de verla…

Me había vuelto a decepcionar. Que me empujara a ese grupo de niñas pijas había sido una estrategia barata para irse con aquel hombre al que parecía que llevaba viendo bastante tiempo mientras se acostaba con el de ayer, para poder venir a verle y acabar el trabajo en una casa ajena, en una cama que era de los propietarios de la mansión y para mantenerme entretenida hasta que terminara su banquete de longanizas. En la mesilla de la habitación, cerca de donde me encontraba, pude ver las llaves del coche, así que, las cogí sin que se dieran cuenta y me largué a toda prisa. No tenía muy claro a dónde ir pero me serviría durante un rato hasta que me decidiera…

Fui a casa. Desde que papá se fue, estaba silenciosa, vacía, triste… Entendía perfectamente sus motivos, lo que le llevó a largarse de aquella casa de locos aunque yo le juzgara en un principio. Recogí algo de ropa, comida, bastante dinero y varios suministros, también me iba de aquel lugar al que nunca pude llamar hogar, estaba harta de las llamadas a altas horas de la madrugada tras una borrachera para que la recogiera, de los amantes, los encuentros sexuales en cualquier lugar, las pastillas para dormir… Era demasiado. Tan solo subí al coche y aceleré para alejarme lo más rápido posible, no quería volver a verla.

Mientras conducía, le dejé un mensaje en el contestador lo suficientemente claro como para que me entendiera, para que supiera que me había perdido tras sus jueguecitos: “Hola, soy yo. He cogido tu coche, así que, dile al tío que te estabas tirando que te lleve a casa. Me voy, mamá. Me voy de casa y no pienso volver, eres una persona tóxica, me has destrozado la vida y no quiero que lo sigas haciendo. Entiendo a papá, por fin, no te mereces a nadie que esté a tu lado, nos consumes con tus actitudes… En fin, emmm… Adiós.” Tiré el móvil a la carretera mientras seguía conduciendo, las lágrimas corrían por mis mejillas al dejarla allí, a su merced, sabía que no podía cuidarse sola pero tendría que aprender, como todos lo hemos hecho a su lado.

Y, ¿ahora qué? ¿Conducir hasta reventar? Veré qué me encuentro en el camino…

Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

3 comentarios sobre “Derroche:

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