Publicado en Relatos

Destino:

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Un pie delante del otro, tratando de mantener mi decisión, tratando de dejar atrás el legado que me correspondía desde el momento en que nací. Todo mi pueblo esperó impaciente mi llegada, desde que estaba en el vientre de mi madre para ser más exacta… Las brujas de los alrededores me rendían homenaje, cantaban canciones y nombraban entre susurros viejos hechizos para que me sintiera segura y que formaba parte de algo. Siempre esperaban una dama, una joven que llevase a su pueblo a la victoria contra cualquier enemigo que apareciese, esperaban y anhelaban que mi destino tan solo tuviese una dirección, toda mi vida estaba predestinada con la palabra DESTINO como título.

Me alejaba del pueblo, era de noche y todos dormían. Estaba segura de que, si alguien me veía salir de allí a hurtadillas o incluso, caminando a paso rápido, querrían obligarme a permanecer porque ese era mi deber. Ser la futura reina de un aquelarre de brujas no estaba precisamente entre mis pasiones, a mí tan solo me gusta leer, contemplar a los pájaros mientras se dicen estupideces sobre quién de ellos tiene los colores más vivos en sus plumas, me gusta acercarme al Lago Centelleante y sentir cómo el agua empapa mis pies y observar las estrellas cada noche, no soy quién esperan que sea, ni mucho menos.

Tan solo llevaba una mochila con algo de comida, ropa y algunos artilugios mágicos que podría necesitar cuando oscureciera o si tenía que volverme invisible por alguna estúpida razón que no quería ni pensar. El camino era estrecho y todavía me sentía algo insegura tras aquella decisión, me tambaleaba un poco y no tenía ni idea de a quién enviarían a buscarme después de enterarse de que no estaba durmiendo en mi cama, mi padre trataría el tema como una traición a la Corona de Rubíes. Varias horas caminando fueron suficientes para que me sintiera algo más libre, para que dejara de pensar en qué debía hacer en cada momento o en seguir la agenda que mi madre me había marcado para adoctrinarme como una mujer adulta y responsable cuando tan solo tenía cien años. Unos kilómetros más y llegaría a un bosque precioso, el cual, no me dejaban pisar porque solía estar lleno de elfos, nunca tuve nada contra ellos pero mi pueblo se empeñaba en obligarme.

—¿Qué haces aquí? – la sombra de un joven bastante alto con orejas puntiagudas salió de la nada, justo cuando me había sentado cerca de unos arbustos para reposar y comerme una manzana en aquel bosque repleto de naturaleza – Este no es tu sitio.

— ¿Y cómo sabes tú cuál es mi sitio? – le pregunté algo curiosa y a la defensiva, mientras daba luz a mi alrededor desde una pequeña bola de fuego que salía de mi mano, la cual, me empezaba a hacer cosquillas – Tan solo…

— Llamaré a tu padre – decidió en ese preciso instante, sin pensar si quiera que quizá mi decisión tenía un motivo de base. Los elfos odiaban a todo mi pueblo, lo podía ver en aquellos ojos claros que me observaban con rudeza, incluso en la cicatriz que cruzaba su cara –.

No me dio tiempo a rechistar. Tres más de ellos me cogieron de los brazos y me ataron a un árbol, de una forma salvaje, sin miramiento, tampoco les importaba si me hacían daño o no… Cerré los ojos para concentrarme en ese poder que fluía desde el centro de mi ser hacia fuera, tal y como mis maestras de hechizos me habían enseñado desde que era niña, cuánto más me concentrara, más poder podría acumular para luego expulsarlo. Salió una luz azul muy potente de mi interior que hizo que los elfos allí presentes se apartaran varios metros de mí, dejándolos totalmente inconscientes. Oí las campanas que venían de mi pueblo… Lo sabían.

Empecé a correr como nunca antes lo había hecho, mientras las ramas me azotaban la cara y el frío viento cortaba mis labios. No podía dejar de huir de aquello a lo que estaba destinada, simplemente, no podía volver allí y eso era lo único en lo que podía pensar mientras huía de la que había sido mi familia durante cien años, tenía que aceptar que ahora, estaba sola y podría convertirme en su mayor enemiga por desertar, como ellos pensarán sin siquiera cuestionarlo. Cada vez me sentía más libre, más poderosa, podía ver mi futuro poco a poco, cada vez más nítido, hasta que noté cómo algo agarraba mi cuello con fuerza, como si un cazador por fin hubiese capturado a su presa. Aquella cuerda gruesa me impedía continuar, no podía respirar con normalidad y eso era justo lo que quería mi agresor, aquel que me cazaba como a un animal.

Me caí al suelo sintiéndome completamente inútil y pude ver aquellos ojos oscuros que me observaban con absoluta desaprobación. Sus arrugas marcadas dejaban entrever su desagrado, sus labios finos estaban sellados, decidido a levantar su mano para que yo bajara la cabeza y siguiera mi legado. Pude ver a través de su mirada que esperaba que hubiera hecho algo así y no comprendía por qué no lo había llevado a cabo antes.

— Padre – dije a través de aquel silencio ensordecedor que estaba prolongando más de lo habitual cuando me decidía a llevarle la contraria – No pretendía que…

— Has traicionado a tu pueblo, a tu familia y ahora pagarás por ello – respondió con voz solemne a aquellas palabras que tan inútilmente había empezado a pronunciar – Andando.

Me llevaron al pueblo amordazada, con unas esposas de metal hechas por el mejor cerrajero del gremio para evitar que hiciera ningún tipo de magia, la bloqueaba haciéndome sentir inútil y falta de energías, débil. Mi destino había cambiado de dirección, ahora lo veía en una espada de metal que iba a rebanarme la cabeza delante de todo mi aquelarre, dando ejemplo a los demás de lo que no debía hacerse y lo que pasaría si lo hacían. Esto era lo que merecía por querer ser libre, por querer tener una vida normal como cualquier otro ser sobrenatural que andaba por los bosques y ciudades de alrededor.

Podía ver la tristeza en los ojos de la gente, podía ver cómo la esperanza en mí desaparecía, yo era la niña esperada, la que iba a cambiar las cosas, la que iba a heredar la corona que mi madre había preservado durante tanto tiempo y con esfuerzo. Yo era la oveja negra, la bruja descarriada que ya no podía usar su propia magia antes de morir, la que se merecía el desprecio de su padre, el cual, se había postrado en primera fila junto a mi madre para ver cómo decapitaban a su hija por desertora, sin cuestionar los motivos, sin entender ningún otro punto de vista, siendo la hija que había avergonzado a su familia.

Todo se volvió oscuro en cuanto aquel hombre musculoso y tan leal a mi padre dejó caer la enorme hacha sobre mi cuello y hacía rodar mi cabeza por la hierba, chocando con los pies de mi padre, estaba segura de que la observaba con la misma cara de desaprobación que cuando me encontró huyendo en el bosque. Nadie me recordaría, mi pueblo estaba obligado a no hacerlo, a no nombrar a los desertores, a no dejar cabida a los recuerdos de esas personas en sus mentes. Mi madre convertiría mi habitación en una estancia donde meditar y practicar magia con otras jóvenes que desean por todos los medios complacer a sus padres siendo las mejores brujas del pueblo, algo que siempre me ha parecido patético.

No hay nada como la sensación de ser y sentirse libre aunque te rodee la más absoluta oscuridad…

Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

Un comentario sobre “Destino:

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